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MANIFIESTO AZUL otoño 2014

número 15

©Anthony Méndez

fanzine de literatura e inquietudes varias

Depósito legal: MU-3094-2008


editorial En realidad, y aunque haya sido tu secreto mejor guardado, siempre quisiste viajar bajo un sombrero. Ver el mundo sin ser visto. Oler, y fisgonear de tan cerca pensamientos ajenos. Conocer a los otros sin ser (re)conocido. Y no creas que esa necesidad de otredad, ese ansia por chequear tus sentimientos es algo exclusivo de tu propiedad. La única soledad no compartida es la del nicho final. Del resto, nos gusta compartir por definición. Es la pura esencia humana. Sentir en cuerpo propio lo que otros cuerpos ya palparon.

Por eso quizá este #ManifiestoAzul15 sea la excusa perfecta para dar vida a ese sueño de viaje bajo un sombrero, bajo este yelmo improvisado y de cómica apariencia. Probablemente no vayas a encontrar mejor testa para emprender camino: perdido entre los cabellos negros de un Quijote atolondrado puedes dejar volar, al azar, tu imaginación. Deconstruir el miedo que cuelga de tu cuello y que aún vive ajeno a esa primavera ebria que algún día llegará, para convertirlo, por ejemplo, en una manzana con corazón y piel. Y darle un bocado de esperanza. Encontrar, sudoroso después de un amanecer de locura improvisada, tu lugar en el mundo. “Peut-être” entre grúas caídas, peutêtre en otro paraíso de gravilla y habitaciones de alquiler. Y es probable que en ese despertar sufras de jet lag, o un mal mayor: habrás de combatir la crueldad de los sofás con más plazas que personas. Si es así, detén tu viaje sin asomar bajo el sombrero, y escribe en orgulloso silencio una oda al fracaso. Comparte la tristeza del voyeur en que te has convertido. Llegado a ese punto del camino deslízate sin ser visto por los bigotes de ese Quijote imaginario para contemplar el saludo (porque la rutina del día a día lo ha establecido así) entre vecinos con caras de yo nunca fui un asesino. Pero cuidado, quizá Pepita, otro de los vecinos, te detenga para contarte su teoría de cuerdas de tender la ropa: “¡Despierta! ¡Es el siglo XXI, estúpido! Ahora la única costumbre amorosa es (sobre)vivir una vida paralela con un amante, enamorado hasta negar la realidad en cada paso, y violar zombis.” Y ese discurso extravagante rebote durante todo el día en tu cabeza, como una melodía de John Fahey. En tal caso, ya situado a la extrema izquierda de la sensatez, evita ser tu propio verdugo y descarta la absurda idea de subirte a una silla para atarte una soga a la nariz. El viaje, sea como sea, siempre continúa. Sigue, eso sí, debajo del sombrero. Acabas de cumplir un sueño. Por eso recuerda, siempre recuerda, que la única locura admitida y legislada por los bienhechores iletrados es arrancarte a

escribir o dibujar, contarlo a todos, compartir. Solo si cumples tu parte del trato danos aviso en esta dirección

colectivoiletrados@hotmail.com


poesía

Negro espiritual

Qué poco he penetrado en tus heridas para poder decir una palabra verdadera. Hay veces que es mejor guardar silencio. Todo amor infinito es invisible a la arrogancia de la historia. Caminamos sin fe, con fe morimos; enfermamos de fe, por fe nos levantamos. Son formas diferentes de contar la misma historia. Tan sólo somos dueños de una tumba, y, a veces, ni siquiera, pues es la muerte un plazo compartido, lo único, quizá, que nos hermana con la inmensa marea de los hombres que ya no van al mar, que son sus olas.

Antonio Praena @APraena


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El vuelo del azar Se posará en mi vuelo, resonará en el gorjeo de mi voz, revoloteará frente al nido donde yazgo y sueño. Acomodo y sustento hallará. Su trémolo escucharemos en las alas del invierno y sus bellos intervalos, calidez nos donarán. Y su plumaje revestirá de glauco y siena nuestro lecho, picoteado en el albor del véspero y en el perezoso despertar del día hambriento. La tersura del instante no será violada. Sabrá cantar en su estación. Sabrá callar. No aleteará sordo al silencio. Sabrá entregarse a nuestro fuego. Se nos prodigará. Se posará en tu vuelo. Resonará en tu gorjeo. Frente al nudo de tus sueños, revoloteará.

Vicente Cervera


Camino muy deprisa. Voy buscando mi cara entre los muertos de batallas perdidas. Las gitanas maldicen mi descrédito del romero que ofrecen, pero su juramento no conmueve a quien le acaban de asignar verdugo. No saben del temblor ante un diagnóstico, lo que ya me dijo el espejo ayer, la analítica de hace unas semanas. Me consuelo con la vieja verdad: todo es cuestión de tiempo, todo arde y es inútil. El miedo cuelga de mi cuello como la correa de un perro extraviado.

Juan de Dios García

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Sala de oncología [Salida]


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Don de la ebri(a)edad Siempre la claridad viene del cielo; es un don: no se halla entre las cosas sino muy por encima, y las ocupa haciendo de ello vida y labor propias.

Claudio Rodríguez

El don de la ebriedad se posó en mi a la manera de los cerezos de Neruda, a la manera de El Indiferente de José Hierro en primavera. Marzo se desvestía del manto amarillo del invierno, abriéndose a una suerte de matices, a una lluvia dorada de polen que lo fecundaba todo con violencia. Recuerdo que la noche se había fundido en negro sin apenas darnos cuenta, y que la mañana de los otros nos delató en voz alta sin escrúpulos, sin importarle que el tiempo fuera para nosotros calderilla, colillas apuradas en un enorme cenicero que acabó por rebosar. Ya a salvo de las inoportunas miradas nos sacudimos nuestros sueños quinto a quinto, en una danza ritual y enajenadora hasta completar la hazaña de permanecer en pie consumado el rito cientos de veces. Y entonces, ya sin el don de la palabra, sin más diálogo que el de nosotros mismos dinamitando la sintaxis,


poesía

pudimos comprobar lo poderoso del silencio, lo ridículo de los otros con sus torpes voces, lo absurdo del resto del mundo rompiendo la asimetría de esa mañana con sus lisas corbatas ajustándose el tiempo al nudo de la garganta. Alegres y malditos retomamos el camino de vuelta a casa 40 horas después. Señalados con una lluvia de ceños fruncidos, encontramos el equilibrio en nuestros hombros por una extraña ley de la física que nos permitía caminar en línea recta pese a los círculos que dibujaban nuestros pies hinchados. Anulados como materia tangible, convertidos en sombras de un sauce llorón y cansado, comprendimos que jamás podríamos estar lejos y que la distancia no haría sino alimentar ese don de la ebriedad a la manera de los cerezos de Neruda, a la manera de El Indiferente de José Hierro en primavera.

Alberto Caride @djuan1982


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Que reviente el cincel Que reviente el cincel de la experiencia y su litografía de avisos y prohibiciones; que desaparezcan de la memoria sus golpes de miedos con reminiscencias. Que reviente el cincel por esculpir soledad en mi frente, por matar las mariposas de mi vientre, por enseñar todo a golpes. Que reviente, que reviente de una vez, y se lleve cuanto en piedra creyó infinito, que se digne a dejar un lápiz y este papel para reescribir este ayer tan mal escrito.

José Manuel Hernández Rodríguez

Un corazón manzana con piel Tiene una mirada de anzuelo capaz de atravesar cualquier coraza, unos ojos bañera, una nariz que huele a mandarina sin pepitas, una boca de agua un diecisiete de agosto en Murcia, unos hombros de prohibido llorar, unos brazos de te alcanzo la sal y te rodeo el congreso, unas manos de llave maestra, una piel de autopista sin velocidad máxima, un ombligo copa de vino, un lunar estación, unas piernas kilómetro 0, unos pies llenos de lluvia y un corazón manzana con piel que tuve que comerme.

Teresa Mateo Marcos @teremmarco


Apoyada mi cabeza sobre tu vello púbico brindamos con las manos enlazadas con un champagne moribundo. Entre jadeos y susurros besé tus labios enajenados y le canté un orgasmo al futuro en el cielo de los desamparados. El amanecer nos saludó con la brisa de los naufragios Entre tus senos soñé que en el reino de los iracundos había encontrado mi sitio, mi lugar en el mundo.

Juan Luis López

Grúas caídas Te digo, que es el tiempo quien entiende, el alma, la que no comprende. Todo se desparrama entre imágenes, y líneas con revistas en color. Naufragio de vidas esperando otro flash. Mientras, la televisión vuelve a demandar ayuda para el hambre de Somalia. Hacía tiempo no salían estos reportajes; sólo bienestar y abundancia… Extranjeros y Resort. Hoyos que se han tragado todos los euros, grúas caídas sobre urbanizaciones fantasmas. Prados soleados de césped resecos, porque el agua ya no brota. En pocos años, serán eriales con madrigueras…

M. Purificación Gil

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Mi lugar en el mundo


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Sudor

No quiero hablar ni de lo áspero ni de lo bello. Voy a sudar este flujo de improperios en este torbellino tórrido propio de antiguos gobiernos. Enriquéceme los peros y sigue vertiéndote en mi batucada de vasos. Excreta esas mariposas de humo viciosas que te devoran los pulmones. Quiero perseguir tus lagartijas infantiles por el sendero de plomo y escarcha, sin tanques ni soldaditos. Desafiando manos urbanas y urbanitas brazos pérfidos, y almohadas de neblina embalsamada. Quiero sentir el rubor de faldas y barbas en días de feria. No quiero hablar ni de lo áspero ni de lo bello. Voy a secar este sudor, muda en el desvelo psiquiátrico de no querer dormir si no es contigo.

Tama Imrani Ruiz @Amat91


Por llegar junto a ti resistí con paciencia la impertinencia del personal de la aerolínea cuando anunciaron el retraso del vuelo, entregué mis maletas consciente de que quizá no volvería a verlas, sufrí sin drama los despegues, los aterrizajes y esas turbulencias que a cada rato me recordaban que lo improbable era que aquel aparato atravesara el océano, contemplé absorto el atardecer y el amanecer ignorando el codo que oprimía mis costillas, decidí no mirarle el culo a la azafata ni dedicarle un comentario que hiciera justicia a sus ojos azul cobalto, esperé sin desesperar en salas de espera desesperanzadas mientras mi espalda se despedazaba, ingerí de mala gana pero con una sonrisa el menú insulso del avión, pues quería llegar entero y con energía, obediente abroché y desabroché el cinturón, enderecé el asiento cuando era necesario, apagué y encendí mis aparatos electrónicos, dejé de mirar el culo a una segunda azafata, envejecí en las colas, fui sospechoso en controles y aduanas, me quité zapatos y cinturón, me los volví a poner, estuve más despierto que los taxistas. Cuando emocionado llegué por fin hasta ti me dijiste con voz carente de emoción: “estoy cansada de esta rutina, me voy”.

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Jet lag

Sin pensarlo, por alejarme de ti, resistí con paciencia la impertinencia del personal de la aerolínea cuando me anunciaron el retraso del despegue. Al menos esta vez le miré sin remordimiento el culo a una tercera azafata.

Carlos Egio @cjegio


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Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Edgar Allan Poe Y yo también lo dije. Estaba decidida a no ceder al lenguaje ordinario de los muertos, a sus cuencas vacías, a sus extrañas formas de vivir. Porque viven, lo sé, deambulan por los tomos de las estanterías silenciosas, por los viejos legajos de las bibliotecas o archivos militares, por las casas de empeño, por los lugares más inverosímiles y por los más oscuros, por el cuarto de estar o la cocina. No intentes despertarlos. Piénsatelo mejor. Porque si los despiertas ya no podrás dormir: de noche ni de día, en verano, en invierno, en primavera. Todo será distinto cuando escuches su voz amortajada. No podrás olvidar sus exigencias, sus discursos famélicos, sus reproches, sus vicios, sus mentiras que saben a verdad incontestable. No les hagas promesas que no podrás cumplir, es mejor que te inventes otro juego, que alargues el momento del saludo, que dibujes a lápiz su silueta, que vivas, que te rías, que acaricies las horas que le quedan al reloj. Porque tarde o temprano, tendrás que acariciar sus calaveras, atravesar el tiempo y el espacio y emprender para siempre


Entonces, tú serás uno de aquellos. ¿Lo serás? Tal vez no.

Nieves Álvarez Martín @lvarez_mart

Habitaciones de alquiler Las paredes de la habitación han vuelto a su blanco, pero no al blanco puro y liso de las paredes recién pintadas, sino que están cubiertas de esa niebla oscura que se posa en las habitaciones que van cambiando de inquilino; de esa niebla que se introduce en los armarios que acaban con las puertas abiertas y las estanterías vacías. Las paredes se han vuelto a encontrar desnudas como un Cristo crucificado, con sus heridas, sus señales y sus clavos, pero visten rotas como una novia que sale del juzgado con otro anillo de compromiso. Están viciadas como el ambiente de los sótanos sin ventilación, o el alcohol barato de los antros. Pero no existe otro blanco para esta habitación. No existe otro blanco para esta ciudad de alquiler a la que nadie pertenece.

Javier G. Calabria @javiercalabria

poesía

el viaje final, definitivo, del que nadie se escapa.


poesía

Cuando vuelvas «Vuelvo a mirarte aún. Y eres el mismo milagro de ternura y egoísmo, triste y feliz, eterno y pasajero.»

Julia Prilutzky El amor es nuestra tragedia escrita de antemano. Simulas una huída cada noche cuando sueñas con encontrar ese futuro perdido le rezas a algún Dios porque te dijeron que existe algo etéreo que nos salva; hacen falta tiritas muy grandes para curar a este mundo. Hay días en los que la soledad no pesa y disfrutas caminando entre la gente, recordando el pasado, poniendo la lavadora. Hay noches a las que habría que escribirle un epitafio. No sé cómo decirte que valores la crueldad de algunos pequeños detalles y los evites, para intentar que no siga resquebrajándose el cristal de Bohemia con el que brindamos para celebrar que -pese a todo- seguimos vivos. Yo quería mantener activa la llama del mechero con el que quemas la tristeza pero eres un prófugo incontrolable un coleccionista anestesiado la viva imagen de que el deseo condena de que es cierto que, a veces es demasiado tarde. La distancia se extiende rápida y destruye por dentro como un cáncer.


te he dejado un par de poemas en post-it y un trozo de mi corazón en la nevera.

Marina Alcolea López @marina_alcolea

Infinity Y la vida dejará mi cuerpo, y ese aliento suave que siempre tuve dentro escapará invisible de mi boca inundando el aire de silencio. La luz pasará de largo de mis ojos abiertos, y mis oídos devolverán un eco al universo. Y una sonrisa dirá en mis labios que vuelvo al lugar de donde vengo. El tempo de mi latido se alargará hasta el infinito y cambiará el concepto de mis recuerdos: Todos mis instantes se resumirán en uno y toda mi vida se congelará en un momento. Mi existencia, toda, dispersa por el aire Y mi voz… deshilachada en el viento.

Rafael Moreno Gómez

poesía

Quizá ya no esté cuando vuelvas a esta casa


poesía

Las pequeñas cosas Sentir, aún dormido, bajo las sábanas, el cálido centímetro de aire que rodea la piel que te abraza, tu proximidad. Observar tu reflejo en el espejo, desde la puerta del baño, mientras te ahumas los párpados y coloreas tus labios en Russian Red. Las pequeñas cosas hacen de esto algo grande. Combatir la crueldad de los sofás con más plazas que personas, escurriéndonos a su rincón más angosto, la postura siempre complementaria de tu cuerpo y el mío en abrazo infinito, abandonados a la monótona cadencia de los informativos y sus tragedias. Pequeños tesoros al borde justo de las rutinas. Frecuentar el vértice de tus miradas, la milésima de segundo que transcurre entre el contacto de tus yemas y el proceso que lleva a mi cerebro a hacerme consciente de tus caricias. Adoro tus besos de semáforo en rojo, los latidos de inercia, motor al ralentí. Un enorme universo de pequeños gestos. Las estrellas fugaces que habitan en el brillo de tus ojos, el manojo de sueños que hemos hecho realidad. Llegar a casa y encontrarte en mi vida, las cosquillas de tus pies, el aire que respiras,


esta convivencia que llamamos amor.

Álvaro Bellido @ciudadano_b

Oda al fracaso La otra noche Angelitos negros sujetaban tu sonrisa, Y allá que fui a encomendarme A tu dios; Acaso tanta poesía, Acaso un avatar, Quizá unas cervezas de más... Y ese es todo el material Que tengo: Un espejismo de alcohol y humo, Unos versos tomados por ridículos Y todo un verano, Para despeñarme en el intento. Pero la POESÍA es así, Permite que este poema tan raro Me salve, Me cure este vértigo De versos peleados, Esta herida de letras Que no termina de cicatrizar.

EME

poesía

las nubes con tu nombre, tu voz, la colección de pequeñas cosas que forman


poesía

Timanfaya Aterrizaje forzoso a los infiernos acabados sobre las duras cenizas de la arena negra extraviadas y secas como si fuéramos nosotros los que no volverán. Nos unimos para hacernos más débiles en los hoyos bajo las cepas escondidas, conservando callada su humedad, como si no nos mojaran, mojados ya. Vuelve el viento a enamorar a las plumas; la espuma, a marcar los límites y los ángulos de los hervideros como si fueran a clavarse, clavados ya. Lava y gas olvidados entre rocas húmedas, el color cárdeno, el fósil del ardor derretido como si no se fuera a apagar apagado ya. Aterrizaje forzoso a los infiernos acabados sobre el charco verde de las algas fuera del mar como si no pudieran ahogarse ahogadas ya.

Juanma Sánchez @Astrominimo


basado en una historia real Ella no había sido. Pensó si tal vez Francisca... No, no. María era la prudencia personificada, no podía dudar de la pulcritud de quien, como ella, había nacido para servir. Mucho menos iba a pensar en interrogarla. La duda ofende, y no quería enemistarse así porque sí con su compañera de fatigas. Jamás en sus confidencias le había comentado que se le hubiera pasado por la cabeza la idea de fumar. Fumar era cosa de hombres… o de malas mujeres. Acostumbraban a depilarse el vello de las pantorrillas pasando a distancia prudencial un misto, tal como sus madres les habían enseñado. Tal vez un pequeño descuido... Se limitó a guardar para sus adentros la pregunta sin formular y recogió la cerilla consumida mientras se dedicaba a otros quehaceres, decidida a olvidar por completo el incidente y aliviada de que no hubiera sido la señora quien la encontrase. La rutina de doña Engracia consistía en revisar palmo a palmo la casa buscando un fallo para justificar el exiguo salario que a regañadientes introducía en un sobre de papel de estraza a fin de mes. Sus dedos, retorcidos por la artrosis, palpaban los muebles en busca de una mota de polvo que hubiese podido pasar desapercibida a su menguada vista, pero rara vez las cogía en falta. Malpagadas pero limpias y serviciales, que las murcianicas son muy curiosas de toda la vida de Dios. La dignidad la ponían en su honor y su decencia, y por eso se resignaban sin rechistar al maltrato, que alguna vez era más que verbal. Tres días después se repitió la historia, pero esa vez fueron tres las cerillas completamente apuradas, junto a una cuarta sin usar. ¡Si la viera la señora, que las obligaba a reutilizarlas hasta que se quemaban las puntas de los dedos! Ni huellas tenían ya. Se agachó a recogerlas y la sobresaltó una señal: advirtió en el cobertor de su cama un pequeño agujero de bordes irregulares festoneados por el rastro de un fuego que había debido prender mientras ella dormía. También el visillo guardaba trazas de una quemadura que había encogido la tela, y la cabeza del fósforo permanecía adherida a él.

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El voyeur


-“Qué mala cara tienes hoy, María. Sabes que más que una amiga eres para mí una hermana. Algo te pasa y no quieres contármelo. Yo jamás te he guardado un secreto, ¿qué te preocupa?”, musitó Francisca mientras desgranaban las habas. Y así fue como el misterio de las cerillas comenzó a ser menos misterioso, y ambas se pusieron de acuerdo para establecer turnos y poder desenmascarar al desconocido que -cada vez estaba más convencidase dedicaba a espiarlas mientras dormían.

© CHARO GUAINO

narrativas

Se puso en guardia y pasó la siguiente noche en vela. El rumor de pasos de cuando en cuando y el susurro de alguna que otra voz acompañaron su insomnio. La del alba sería cuando sus ojos se rindieron al cansancio provocado por la vigilia. Nada. Al menos eso le pareció, pero al ir a buscar agua al pozo sintió un estremecimiento: al pie de su ventana una cerilla usada delataba que alguien había estado allí aquella noche. Francisca advirtió su reacción, pero guardó silencio con disimulo. Debían cumplir con su obligación de forma abnegada y dejarse de chácharas. La jornada la pasó mal que bien deseando que llegara la noche para coger la cama, aunque no veía más remedio que continuar su vigilancia, y ese día las tareas domésticas le resultaron especialmente gravosas. La inquietud y la fatiga habían hecho mella en su piel y un velo de palidez cubría su semblante.


CHARO GUARINO

@enellaberinto

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Se hicieron de un palo que había en la despensa destinado a otros menesteres y dividieron la noche en dos dispuestas a terminar con la incertidumbre que las tenía atemorizadas. A las diez comenzó el turno de Francisca. María era incapaz de conciliar el sueño, pero era preciso que permanecieran en silencio si querían que su plan prosperara, así que a la señal convenida apagaron la luz y fingieron echarse a dormir. En el salón el gran reloj de pared marcaba puntualmente las horas y dejaba oír sus campanadas sin que hubiese habido novedad, hasta que rondando las dos de la madrugada, justo en el momento en que habían acordado hacer el relevo, oyeron un chasquido y al instante una luminaria alumbró la oscuridad. Permanecieron inmóviles, conteniendo el aliento, y en unos instantes todo volvió a cubrirse de sombras. No habrían pasado ni cinco segundos cuando una mano apartó el visillo mientras otra avanzaba de nuevo, pero no tuvo tiempo de repetir la maniobra. Soltar el golpe Francisca y sonar un alarido que resquebrajó la noche fue todo uno. Oyeron los pasos atropellados en su carrera del que huía, e incluso creyeron adivinar una caída, por el estrépito que causó, y toda la casa se puso en pie, pero no pudieron darle alcance, ni conocieron jamás la identidad del sujeto, como tampoco volvieron a encontrar rastro de cerillas ni a sentir ultrajado su pudor más allá de la vergüenza que les supuso dar cuenta del hecho al señorito. El padre del señorito, marido de la señora, sospechosamente se marchó sin despedirse al día siguiente y no apareció en todo el verano, por más que los baños de sol y de mar habían sido para él desde siempre un placer irrenunciable.


Me folló quitándome todos los pantalones que tenía en el armario. Los negros de cremallera plateada. Los vaqueros ajustados. Los pantalones campana que pasaron de moda. Los pantalones grises que me hacían buen culo. Los del pijama. Los vaqueros rotos por la rodilla. Los vaqueros rotos por todos lados. Los pantalones marrones que usaba con la camisa verde. Los de cuero para salir de fiesta. Los pantalones de correr. Eso sí, no me quiso con ningunos.

© AN A SO TO

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MI EX USABA EL CORAZÓN COMO SI FUERA UNA TOSTADORA

ANA SOTO

@AnaSoto1992


© E.G. Barceló

Las habrán visto ustedes en los telediarios de todas las cadenas, regionales o nacionales. Son señoras vestidas con batas rosas que, en el quicio de la puerta, responden asustadas y sin maquillar que su vecino, el cruel asesino que ha “atemorizado a toda España”, siempre saludaba en la escalera. Las habrán visto ustedes y, quizás, no habrán reflexionado sobre ello. De hecho, quizás todavía piensen que esas declaraciones son lógicas y que una persona educada jamás podría matar a nadie. Pues se equivocan. Si algo nos ha enseñado la Historia es que no existen parámetros para los delincuentes. Que un asesino puede ser negro o blanco, hombre o mujer, mendigo o presidente del Banco Santander. Sí. Así que ahórrense esas palabras si alguna vez, Dios no lo quiera, un periodista les anima a dar detalles escabrosos sobre su vecino homicida. Ahórrense también las quinielas sobre quienes de sus conocidos podrían ser capaces de asesinar. (Mi amiga Trini, no; mi prima, sí; el conductor del autobús, no; el gordito que trabaja en la biblioteca; sí). Se las pueden ahorrar porque no sirven para prever a un monstruo de ojos de piedra que se apodera sin piedad de cualquiera. Levanten la vista de este papel y miren a la derecha y a la izquierda. Levántense y miren en el espejo. ¿Ya lo han hecho? Recuerden que todas las personas que han visto siempre saludan en la escalera.

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SIEMPRE SALUDABA

BASILIO PUJANTE

@elsursumcorda


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DAILY ROUTINES Para alguien tan aferrado a las viejas costumbres como yo todos los cambios se traducen en malestar y desasosiego. Mis vecinos, mis pobres vecinos siempre me han detestado. Ahora lo sé. Una inequívoca envidia por mi linaje o por mis extensas propiedades en Newcastle o por este castillo medieval que heredé de mi acaudalada estirpe de Normandía. Quizá porque carecen del más mínimo sentido del decoro y de la cortesía. El caso es que mi relación con los parroquianos se ha visto degradada a la indiferencia más absoluta. Y me quedo corto por no acometer el uso de epítetos que ensucien mi diáfana gramática de Oxford. Recuerdo cuando los Walter me procuraban obsequiosas visitas. Se ofrecían para podar mis parrales. Me saludaban con respeto y pulcra educación. ¡Qué lejos están esos días de plenitud! Ahora, cada vez que me cruzo en su camino, como poco me ignoran. Hacen guiños y aparentan que no me han reconocido. Hasta las viejas comadres de este condado, oscuras como grajos, se santiguan descaradamente nada más verme. Incluso los niños, aleccionados sin duda por sus progenitores, huyen de mi presencia despavoridos. Sus dulces rostros se retuercen en insultantes y asquerosas muecas que casi parecen espasmos terroríficos. Es inaguantable. Y mucho más clamoroso si este encuentro tiene lugar en alguna dependencia de mi noble y ya derruido castillo. Sinceramente, querido bisabuelo, creo que el asunto de mi entierro ha producido daños irreparables en nuestras relaciones vecinales.

PEDRO PUJANTE


La llamaban La Pepita. Se travestía. En carnaval no se disfrazaba, se vestía de sí misma con orgullo porque ese día era legal. Qué fuerza interior hay que tener para salir por el pueblo vestida como te dicta tu instinto y no como manda la norma. Trabajaba en las fábricas de conserva pero no quería llevar mono de hombre, se ponía un babi como las mujeres y trabajaba en la cinta con ellas, una más. Yo la veía pasar por la calle, frágil paso, fingida seguridad. La cabeza muy alta, sin mirar a los lados, como un funambulista por el cable, asustado y decidido. Llevaba un babi de la fábrica, chanclas y la cola recogida con una pinza de flor, de esas que se ponen las gitanas. Un gracioso desde la otra acera le gritaba: ¿Ande vas Pepita?. Y ella recibía como una pedrada en la espalda el nombre en femenino, el suyo, el que le pertenecía porque era el que sus sentimientos habían elegido. Pero la ofensa está en la intención, no en el nombre, y la intención era ofender. Y ella no contestaba, no se volvía, no miraba, seguía acera adelante por su cuerda floja, con su cabeza alta, su babi, sus chanclas, su flor… Y el gracioso, ya de lejos: ¡Adiós Pepita!. RAMONA LÓPEZ

Siglo XXI Pone a prueba la hipótesis de que las cosas sólo existen cuando se las observa. Todo lo que no existe porque nadie lo hace existir. Entonces solo frente al espejo, él es su propio demiurgo, pensándose a sí mismo todo el tiempo como un narciso, exhalando subjetividad como un ególatra, afirmándose en la razón porque cree que eso es el progreso, haciéndose la paja como un idiota. Existe porque se hace a sí mismo existir, aunque queme todo el futuro. No como nosotros, los fantasmas. LEANDRO HIDALGO

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LA PEPITA


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La travesía poética La esquina estaba plagada de versos, unos muy clásicos y bien hechos, otros grotescos y desaliñados. Los versos gustaban de entrar en las estrofas, bajo la luz roja, y descendían por los estribillos hasta llegar a los sonetos, para efectuar el encabalgamiento y esperar que en el éxtasis llegue la jitanjáfora. Uno de esos versos se escabullía entre todos los demás, robando las carteras, besando en la oscuridad de una octava real, porque a pesar de todo, era parte de un poema, como todos los que vivimos aquí. Ese verso se llamaba “Pero el amor, esa palabra…” y se encontraba en uno de esos libros que nunca tuvo importancia.Vagando, llegó a la casa de una vieja música, donde la voz áspera lo recibió con un trago de tequila. Después de varias noches, la voz áspera se entregó al verso. Una parte de la voz quedó en él, al final de sus pasos y muy a pesar de los retruécanos de su mente, llegó al calor de una jarcha, donde se reunían los versos menores. Pero él ya había estado en otros mundos, yo pertenezco a un poema muy lejos de aquí, donde el polvo no llega, aunque él sabía, a la hora de dormir, que era parte de un sueño en prosa. MAGNOLIA ORLI

El violador de zombis Los zombis en las calles no asustaban a Ramón, le producían suculentas erecciones. Decía que tenían un tacto distinto. “El frío de la carne muerta produce una agradable sensación, ¿sabes? como cuando te haces una paja con dos filetes de pechuga de pollo recién sacados del frigorífico”. La diferencia entre la necrofilia y follarte zombis es que los segundos son un cuerpo muerto que se mueve. “Y eso, quieras que no, es más divertido”. SAMUEL JARA


DESIRÉE JIMÉNEZ

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Desconocemos si se trataba de un miedo animal a la cuchilla o de una dejadez antropológica; solo sabemos que Manolo se había dejado crecer la barba desde que el primer vello asomó, pubescente y atónito, a su rostro igualmente atónito y pubescente. Por lo demás, se había desarrollado con normalidad. Adquirió un gusto estereotípico por el heavy metal y consiguió un empleo como electricista. El vello facial y la gravedad de su voz resultaban, en conjunto, muy varoniles. Ganar el Concurso Mundial de Barbas celebrado en los Estados Unidos de algún modo suponía la culminación de sus esfuerzos o, según otros, de la pura inercia. Por desgracia y paradójicamente, el premio consistía en afeitar la barba del ganador y exponerla, reconstruida, en el Museo Nacional de Barbas. Una única lágrima, grande como un puño, rodó junto a los restos gloriosos de aquella barba primigenia. Durante el proceso de afeitado se perdieron tres especies de aves autóctonas, cuyo destino fue perecer irremediablemente fuera de su hábitat natural. Manolo denunció a los organizadores del concurso, pero no por la extinción de los desdichados pajaritos. No. Tras deshacerse del pelo, nadie fue capaz de reconocerlo. Él mismo se enfrentó a una angustia existencial enloquecedora. No ha salido del país, puesto que en la frontera no pudieron verificar su identidad. Sus costumbres han cambiado. Ahora solo escucha jazz fusión. Se le ha aflautado la voz y no es capaz de hacer un puente como antes. Le han dado trabajo como contable y todos lo llaman Jack. Desde entonces no le ha vuelto a salir un solo pelo en la cara. Jack acude al Museo Nacional de Barbas de vez en cuando y permanece un rato absorto frente a la vitrina donde se expone la barba de un hombre llamado Manolo.


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Costumbre amorosa de los gigantes Cuando un gigante decide proponerle casamiento a su novia, le ofrece una primorosa caja de madera de incienso rojo, más o menos del tamaño de sus manos y le dice, con voz quebrada: ―¿Te quieres casar conmigo?_Ella la toma y exclama ―¡Ay! ¡Por supuesto, mi vida! ¡Gracias, mi amor! ¡Qué hermosa! Temblorosa y con gran expectativa, la gigante abre la cajita y encuentra, sobre terciopelo azul ―color que entre esta raza simboliza fidelidad— un humano atado de pies y manos, su boca amordazada y un terror indecible en su mirada. Alrededor de su cuello, anudado un hilo ―hilo para los gigantes, gruesa cuerda para los humanos— de oro y plata. En una ceremonia muy emotiva, la mujer se inclina sobre la cajita y el gigante ata el cordel en la nuca de su amada, cuidando de que quede adecuadamente flojo. A continuación, ella se levanta de golpe y el hilo se tensa. El humano pendula sobre el pecho sonrojado, se contorsiona, encoje y estira sus piernas varias veces, gira apenas su cabeza a un lado y otro buscando una bocanada de aire que no está, completamente ajeno al beso con que los novios sellan su compromiso. Luego muere. La novia llevará el cadáver del hombre en su cuello hasta el casamiento, más o menos un año más tarde. El olor a putrefacción se considera de buen augurio y es motivo de orgullo para las gigantes, debido a que indica su condición de mujer comprometida en matrimonio. Después de la boda, será el marido quien quite el colgante y lo guardarán, juntos, dentro de algún libro de poemas que él le habrá regalado durante el noviazgo. Unos doscientos años después, el esposo habrá muerto. Un día cualquiera, su viuda estará sola ―los hijos también se habrán ido y verá a los nietos una o dos veces por año— y sumida en la nostalgia tomará el viejo libro, lo abrirá con temor respetuoso y encontrará el pequeño esqueleto casi formando parte de las páginas. Dejará caer una lágrima, más o menos donde el humano tenía su corazón. Ella creerá, por un segundo, sentir de nuevo el olor tan amado a carne putrefacta. DANIEL FRINI

@DFrini


La gente le decía que iba a ser buena madre. Por su carácter, tan dulce, tan cariñosa. Y así insiste en demostrarlo día a día. No se separa de su bebé en ningún momento. Lo da todo por él a costa de descuidarse ella misma. Cuando le oye llorar le acuna sin descanso, si cree que tiene frío le arropa entre sus brazos, en mitad de la noche le canta al oído para protegerle de los malos espíritus… Que iba a ser buena madre. Aunque ahora la miren con cara de pena cuando sale a pasear con el carrito en verdad vacío. NO COMMENTS

@NoComments23

Ninguno de nosotros se había dado cuenta de verdad. A mamá le dio por estar ausente, con la vista perdida tras los cristales de la ventana. Se pasaba el día mirando los mensajes del móvil. Escuchaba en el coche unos discos de boleros, que tarareaba constantemente mientras ponía el lavavajillas o tendíamos la ropa. Sonreía como no la habíamos visto hacer desde hacía tiempo. Y se esforzaba más que nunca en ser amable con nosotros. Por eso no sospechamos. Hasta que aquella tarde Quique levantó la vista de sus sumas y le dijo: “Mamá, tú estás enamorada”. Todos la miramos a ver qué decía. Mamá nos miró y se echó a llorar. Pero extrañamente, no la vimos mirar en ningún momento a papá. MARIA JOSÉ VILLARROYA

narrativas

N E GAC I Ó N D E L A R E A L I DA D


narrativas

Homenaje comprometido Estamos aplaudiendo hace diez minutos. No podemos parar, estamos obligados. Tenemos las palmas rojas pero seguimos. Ya van treinta minutos. Algunos están lastimados. Mas sabemos que el castigo a la desobediencia podría ser severo. Una hora. A todos nos sangran las manos. El agasajado toma el micrófono. Dice que no exageremos, que se nota. Seguimos aplaudiendo. LEONARDO DOLENGIEWICH

@LeoDolengiewich

Adiós De quién serán los ojos inertes que miran desde el fondo. Se preguntó, sereno, mientras cerraba para siempre el costal. VÍCTOR ALVARADO

@Alvarado_Victor

Antes del flamenco Se la vio deslizar con sensualidad las medias oscuras sobre sus piernas de cuero terso; de igual manera sujetó las cintas de los tacones; delineó sus mulatos ojos y enchinó las pestañas para una mirada irresistible. El perfume que esparció se quedó suspendido, excitando a la habitación. Y mientras el labial rojocarmín se apoderaba de sus belfos, la coqueta vaca moteada repasaba mentalmente su técnica de baile. ATZAED ARREOLA

@AtzaedArreola


La primera vez que entraron en casa nos asustamos mucho. Mi papá no se movió de su lugar en ningún momento, parecía que no respiraba,mi mamá gritaba cosas que nadie de los presentes se tomó el trabajo de entender mientras nos abrazaba —muy fuerte— a mi hermana y a mí, como si nos fuera a asfixiar. Ellos hacían todos sus movimientos de forma maquinal, como siguiendo paso a paso una coreografía; mi papá no salía de su insoportable quietud y mi mamá, en un intento desesperado por escapar, corrió hacia la puerta, pero le fue imposible abrirla: ya no era la nuestra. La segunda vez que entraron se hizo de noche en ese instante. Saltaron la verja, se metieron por la puerta, que estaba mal cerrada y volvieron a hacer sus movimientos maquinales, manipulando las armas; una bolsa vacía y otra llena. Robaron el televisor a color y pusieron otro falso en su lugar, hicieron lo mismo con el equipo de música, el microondas y los cuadros de paisajes que tapaban manchas de humedad en la pared; cuando ellos se fueron la noche siguió. La tercera vez que entraron nos habíamos mudado pero nos encontraron igual. Estábamos solos, mi mamá ya se había ido y mi papá tardaba en llegar; ellos entraron sin esfuerzo y con sus dos bolsas robaron cada uno de los artefactos del hogar y los muebles poniendo otros falsos en su lugar, sin mirarnos ,siguieron robando, un florero, expresiones de fotos familiares y hasta pósters de la habitación de mi hermana que abría la boca como si estuviera por decir algo y se balanceaba de atrás para adelante como presagiando una caída. La cuarta vez que entraron los maté. Mi mamá viene a verme seguido y me cuenta mentiras sobre su vida, continúa diciendo frases incomprensibles aunque ya no me puede abrazar—muy fuerte— como si me fuera a proteger. Mi padre está tranquilo en casa, a salvo de sobresaltos, ya sin nada verdadero que le puedan robar. Mi hermana a veces emite algún sonido, pero de su boca nunca sale palabra, mientras balancea el cuerpo de atrás para adelante, estando siempre, a punto de caer. MARIO LAMIQUE

@MLamique

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LOS ROBADORES


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Wake up! You can’t remember where it was. Had this dream stopped? ‘The celebration of the lizard’

J. Morrison

Las tres últimas mañanas había amanecido igual: empapado en sudor, las palmas de las manos enrojecidas y el corazón acelerado. Su boca y su nariz estaban tan resecas que, nada más despertar, le costaba respirar sin sentir el dolor propio de quien tiene una grieta en alguno de los orificios naturales que hay repartidos por su cuerpo. Trató de recordar sus sueños para analizarlos. Quizá una pesadilla, por capítulos, y dividida en tres días sucesivos estaba detrás de esa sintomatología. Pero por mucho que lo intentaba no conseguía acordarse de nada. Su subconsciente estaba limpio, o al menos ese era el resultado que ofrecía su análisis interior. Se sentía totalmente descansado porque dormía del tirón, sin interrupción alguna, y eso era lo que más le extrañaba de todo. Lo comentó con su mujer durante el desayuno, y tampoco ella alcanzó a darle explicación alguna. Esa misma mañana, asustado, acudió a su médico de cabecera. El doctor, sin embargo, no pudo ofrecerle más que un diagnóstico contemporáneo y ajustado a las rutinas propias de un comercial de ropa de moda: estrés. Pero él estaba convencido de que el estrés no era la razón: las cosas en el trabajo marchaban maravillosamente bien, de hecho el último ascenso a jefe de equipo comercial le había supuesto un aumento de sueldo considerable, y con ese plus de dinero había podido comprarse aquel todo terreno de alta gama soñado desde siempre. Con Sofía, además, todo iba sobre ruedas y su embarazo los había colmado de felicidad a ambos. El pequeño Berto, que en un mes estaría ya haciéndoles compañía, tendría de todo. No iban a escatimar en compras para él. La habitación del bebé estaba decorada de acuerdo


ÁLVARO PINTADO

@alvaropintado84

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a lo que había dispuesto el interiorista, y toda la ropa para sus primeros meses de vida estaba ya comprada. Tanto él como Sofía eran felices. Lo eran, al menos, al modo en que se entiende la felicidad en el mundo occidental del siglo XXI. Por eso –estaba seguro- el análisis de su médico de cabecera había sido erróneo. Algo fallaba, aunque ni él ni nadie habían conseguido averiguarlo aún. Decidió darse de plazo una noche más antes de acudir a un médico especialista. Quizá un psiquiatra o un psicoanalista pudieran ofrecerle respuestas –pensó para sí-. Al día siguiente, si los síntomas se repetían, iría a ver a alguno de ellos. Como hacía cada noche después de cenar rápidamente en la cocina y darse una ducha, se vistió con su pijama de verano. Era una prenda sencilla y de tela muy fina, que había comprado a un precio módico en una gran superficie comercial apenas tres días antes. Pantalón corto negro y camiseta blanca en la que se podía ver un dibujo de una tostadora (con sus tostadas) y leer una leyenda sobreimpresa en inglés: Wake up!. Después de tres días poniéndosela, decidió cortar la etiqueta que llevaba cosida la camiseta y que le rozaba en el costado. Tras ver durante un rato largo la televisión (Sofía y él siempre daban una primera cabezada en el sofá), se fue a la cama con su mujer. Se acostó ladeado mirando a Sofía, como de costumbre. No se imaginaba que aquel iba a ser su último sueño. De saberlo, le habría dicho a su esposa aquellas palabras que (repetidas noche tras noche) parecían ser suficientes para disculpar cualquier pecado y reconciliarse así con el mundo: te quiero, cariño. Pero no, aquella noche se durmió sin mencionarlas. Aquella noche se durmió, sí, se durmió para siempre. Por supuesto, fue Sofía quien encontró el cuerpo rígido y tendido sobre la cama de su marido. Las manos coloradas y (extrañamente) aún muy calientes, la boca y la nariz resecas y con algunas grietas en las que se podían ver restos de sangre seca, el pijama mojado. Sobre la mesita de noche, la etiqueta cortada de la camiseta del pijama. Fue en ella donde Sofía leyó: made in Bangladesh.


transiciones

VERDUGO

Luego cruzó el pasillo, bajó el sótano y mató al prisionero. El ruido de su muerte hizo retumbar mis párpados. Me lo esperaba. Me sé muy bien las reglas, pero no me acostumbro. Éste ha estado cerca. Hasta sus últimos tres pasos no sabía si me tocaría a mí. Notar que el silencio va ocupando celdas me indica que ya quedamos pocos. No sé dónde estoy ni qué hago aquí. Ni siquiera quién muere ni quién mata. Pero este juego acabará conmigo. Cuando me toque esa pistola, mi bala, será para mí.

GERMÁN MERINO

@GermanM_Foto


Prisão Nesta cidade quatro mulheres estão no cárcere. Apenas quatro. Uma na cela que dá para o rio, outra na cela que dá para o monte, outra na cela que dá para a igreja e a última na do cemitério ali embaixo. Apenas quatro. Quarenta mulheres noutra cidade, quarenta, ao menos, estão no cárcere. Dez voltadas para as espumas, dez para a lua movediça, dez para pedras sem resposta, dez para espelhos enganosos. Em celas de ar, de água, de vidro estão presas quarenta mulheres, quarenta ao menos, naquela cidade.

perversiones

por JACICARLA SOUZA DA SILVA

Quatro mil mulheres, no cárcere, e quatro milhões - e já nem sei a conta, em lugares que ninguém sabe, estão presas, estão para sempre - sem janela e sem esperança, umas voltadas para o presente, outras para o passado, e as outras para o futuro, e o resto - o resto, sem futuro, passado ou presente, presas em prisão giratória, presas em delírio, na sombra, presas por outros e por si mesmas, tão presas que ninguém as solta, e nem o rubro galo do sol nem a andorinha azul da lua podem levar qualquer recado à prisão por onde as mulheres se convertem em sal e muro.

Quatrocentas mulheres, quatrocentas, digo, estão presas: cem por ódio, cem por amor, cem por orgulho, cem por desprezo em celas de ferro, em celas de fogo, em celas sem ferro nem fogo, somente de dor e silêncio, quatrocentas mulheres, numa outra cidade, quatrocentas, digo, estão presas.


En esta ciudad cuatro mujeres están en la cárcel. y cuatro millones - y ya perdí la cuenta, Apenas cuatro. Una en la celda que da para el río, en lugares que nadie sabe, otra en la celda que da para el monte,están presas, están para siempre otra en la celda que da para la iglesia - sin ventana y sin esperanza, unas vueltas hacia el presente, y la última en la del cementerio otras hacia el pasado, y las otras allí abajo. hacia el futuro, y el resto – el resto, Apenas cuatro. sin futuro, pasado o presente, presas en prisión giratoria, Cuarenta mujeres en otra ciudad, presas en delirio, en la sombra, cuarenta, al menos, presas por otros y por sí mismas, están en la cárcel. tan presas que nadie las suelta, Diez vueltas hacia las espumas, y ni el rojo gallo del sol diez hacia la luna resbaladiza, ni la golondrina azul de la luna diez hacia piedras sin respuesta, pueden llevar cualquier mensaje diez hacia espejos engañosos. En celdas de aire, de agua, de vidrio a la prisión por donde las mujeres se convierten en sal y muro. están presas cuarenta mujeres, cuarenta al menos, en aquella ciudad.

perversiones

Cuatrocientas mujeres, cuatrocientas, digo, están presas: cien por odio, cien por amor, cien por orgullo, cien por desprecio en celdas de hierro, en celdas de fuego, en celdas sin hierro ni fuego, solamente de dolor y silencio, cuatrocientas mujeres, en una otra ciudad, cuatrocientas, digo, están presas. Cuatro mil mujeres, en la cárcel,

CECILIA MEIRELES


El poema “Prisão”, escrito em 1956, fue publicado por la primera vez, en el año de 1973, en Poesias completas de Cecília Meireles, organizada por Darcy Damasceno. In: Meireles, Cecília. Poesia Completa. Organización Antonio Carlos Secchin. Rio de Janeiro: Nova Fronteira, 2001. 2 tomos

perversiones

Cecilia Meireles (1901-1964) nació en Rio de Janeiro e integró el movimiento literario modernista brasileño. La escritora también actuó como profesora, periodista y estudió diferentes temas como el folklore brasileño y educación. Cecilia posee una significativa producción poética. Fue incluso galardonada con el Premio de Poesía de la Academia Brasileña de Letras en 1933 con la obra Viagem.

CACASO


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Nostradamus [para Davi Arrigucci Jr.]

Que homem esquisito essa Mulher

Nostradamus [para Davi Arrigucci Jr.]

Qué hombre raro esa Mujer

Indefinição pois assim é a poesia: esta chama tão distante mas tão perto de estar fria

Indefinición pues así es la poesía: esta llama tan lejos pero tan cercano de estar fría

Antonio Carlos de Brito (1944-1987), conocido por Cacaso, nació en Uberaba (Minas Gerais). El poeta estudió Filosofía y dio clases de Teoría del texto literario y de Literatura brasileña en la Pontífica Universidade Católica de Rio de Janeiro. Su obra se sitúa dentro de la “poesía marginal” que se preocupa en difundir la poesía en el circuito alternativo, sin la presencia de las grandes editoriales. Esta “generación” tiene como contexto histórico la censura de la dictadura militar de la década de 1970. In: Brito, Antonio Carlos. Lero lero. São Paulo: Cosac Naify, 2012.


© by Basi © by Juanma “La lluvia va a entender algún día el valor de la tierra; pero la lluvia será de grasa ese día, la lluvia de ese año“ FIL YOCUÇU SK. ESTAMBUL

dímelo en la calle

“El pecar es una forma de control social“ Jenny Holzer CALLE ORILLA DE LA VÍA. MURCIA.


© by Basi

dímelo en la calle

El dinero destruyendo el arte y la cultura calle Frakkastigur. REIKIAVIK


ALABANZA de Alberto Olmos

por ARACELI MUÑOZ GARCÍA

@AraceliMuGa

Era una broma, claro. O un prejuicio. O simplemente mentira. Llega un momento en la vida de cualquiera –y sobre todo en la vida de un escritor- en el que se hace inevitable hacer frente a ciertas historias pendientes con el propósito de cerrar círculos y constatar determinados hechos y reflexiones. Es lo que le ha ocurrido en esta ocasión a Alberto Olmos (Segovia, 1975) y por eso ahora podemos tener en nuestras manos su última novela: Alabanza (Literatura Random House). Una deuda con el origen en forma de pueblo lleva a este autor fundamental de la literatura española contemporánea a escribir una novela al más puro estilo clásico en la que una arquitectura excepcional se contonea con una ornamentación cuya protagonista indiscutible es la palabra. La pasión que Olmos siente hacia la palabra pura, la inevitable, la que ha de ser, sale a borbotones en esta apología de la novela como fuente inagotable de lenguaje.

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Nada es casual, todo es premeditado


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La estructura clásica en tres partes: planteamiento, nudo y desenlace, llamadas aquí Prejuicio, Broma y Mentira, viene dada ya en las primera líneas del prólogo, anunciando lo que será una constante a lo largo de la novela: nada es casual, todo es premeditado. La simetría se vuelve esencial y las diferentes partes y capítulos parecen estar en continuo diálogo. La artesanía con la que está escrita esta alabanza es, sin lugar a dudas, uno sus puntos. Cualquier amante de las letras disfrutará como nunca. Y si el estilo y la forma no dejan de embelesar ni un solo momento, el contenido y la temática no se quedan atrás. Dos grandes temas vertebran esta novela de 376 páginas –la más extensa de las escritas por el autor-: el amor y la literatura. Una combinación nada desdeñable de por sí, que además se va ramificando en otros subtemas con los que, finalmente, crea un universo que se sostiene en gran medida en la autoficción. Es bien sabido que hay una fuerte relación entre Alberto Olmos y este tipo de ficción, siendo Alabanza la novela en la que encontraremos su mayor despliegue. Un escritor de cuentos, Sebastian (sin tilde), se toma unas “vacaciones” junto a su novia en un pueblo cuyo nombre se nos oculta. Allí, mientras Claudia recorre la zona intuyendo que hay algún secreto, su pareja se dedica a escribir Las Amadas, un compendio de relatos sobre sus antiguas amantes, tarea que se vuelve agónica e imposible de cumplir. Acudimos en la primera parte –Prejuicio- al proceso de escritura del autor a través de sus obsesiones y recuerdos; y también a los paseos de reconocimiento que Claudia va protagonizando por las calles del lugar en el que se resguardan. Broma, el nudo de esta novela, se convierte en la parte más corta pero quizá sea la más importante y reseñable, pues alcanza una fuerza narrativa propia de la literatura más exquisita. Una serie de recuerdos y temas pendientes se nos presentan de forma aleatoria al contacto con el origen, que no es otro que el propio pueblo. La tercera y última parte, Mentira, es, quizá, donde más reconocemos la propia voz de Olmos: esa voz irónica y crítica a la par que honesta y sincera. Un recorrido por el mundillo literario y editorial y un


Alrededor de todo ello gravitan dos reflexiones fundamentales y más que ambiciosas: El significado del amor y el fin de la literatura. ¿Qué significa leer? ¿Qué era realmente amar a alguien? Solo la curiosidad por descubrir la respuesta a estas preguntas será un aliciente para embarcarse en esta deliciosa lectura. Y si ya conocen la escritura de este autor, probablemente encuentren muchas más razones para hacerlo. Madurez, honestidad, pasión. Ese es Alberto Olmos. Esa es Alabanza.

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elogio a la cultura indie consiguen que el lector más exigente no pueda dejar de pasar las páginas, acuciado también por el elemento de intriga que no desvelaremos aquí y que llega en esta última parte, como era de esperar, al culmen.


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Un fragmento de eternidad el nuevo poemario de Gregorio Muelas por

JOSÉ ANTONIO OLMEDO LÓPEZ-AMOR

La carrera literaria de Gregorio Muelas Bermúdez (Sagunto, 1977), ha pasado de ser prometedora a constatarse como un valor seguro. Su escritura, como trasunto de la vida, engloba sus debilidades, su pensamiento, pero sobre todo, la honda preocupación por ese estigma que sobre todos nosotros esculpe el Tiempo, la condición en fuga de estar vivo y saber que la Muerte se aproxima. Gregorio Muelas, vehicula este poemario con el criterio y orden musical de una sinfonía; la concepción de su poética está suscrita a un germen musical, germen que durante el poemario se escenifica minoritariamente en rimas consonantes y mayoritariamente en rimas asonantes. El poeta valenciano Rafael Coloma, redacta un prólogo notable en el que disecciona la estructura del poemario y a la vez confiesa encontrar un existencialismo latente que hilvana los diferentes bloques que conforman esta obra, un existencialismo que siempre subyace, vigoroso y reflexivo, en los tres temas principales del poemario: la Música, el Tiempo y la Naturaleza; no por nada, Coloma titula su prólogo de la siguiente manera: Música y paisaje. En el año 2002, el escritor argentino Héctor A. Piccoli, publica un libro titulado Manifiesto fractal, en el cual propone a la comunidad literaria mundial, rescatar el ritmo y la musicalidad en la poesía para contrarrestar esa prosificación o versolibrismo prevalente, que tanto daño ha hecho a los contemporáneos amantes de la poesía clásica desde finales del siglo XX


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hasta la actualidad. Gregorio Muelas se suma a ese llamamiento abanderado por Piccoli y cultiva, entre otros formatos de su repertorio: la métrica en forma de soneto blanco o clásico, la rima jotabé, el heptasílabo, el verso libre y la asonancia. El poemario comienza con un poema titulado Preludio que inaugura el discurso poético con la palabra “nada”, curiosamente, podría considerarse a este poema una bisagra que ensambla todo su simbolismo con el último poema del libro, titulado Nada, formando un final-principio recursivo y eviterno, constituyendo un viaje desde la Nada al Todo, localizaciones donde la mirada del poeta revela su enamoramiento por la Vida y su fascinación por su efímero milagro: Pero sé que todo es final, / que todo acaba, / que sólo existen los instantes, / y que cada instante, / cíngulo del tiempo, / es un fragmento de eternidad• El primer bloque, titulado Aurora y agonía, se compone de dos sonetos -blanco y clásico respectivamente- que narran, casi en tono bíblico, la “aurora” de la formación del Universo, cuna y morada de la Música; y la “agonía” de la auto-coronación de Luzbel, siniestro Ángel Caído, como Señor de la Nada. Ambos momentos, tienen una importancia capital en la memoria del poeta, ya que, de esa culminación, nace su percepción de la Vida como un curso dual y binario de fuerzas complementarias, visión que vertebra el segundo bloque del poemario, Música en la oscuridad, pasaje que comienza con estos esclarecedores versos: Toda nota tiene su silencio. / También toda luz tiene su sombra. El yo lírico de Gregorio Muelas, se ubica en diferentes tribunas para pronunciar su alocución. En los sonetos: Música callada y Olas al fondo, utiliza la primera persona como ente presente y exclamativo, mientras que en los poemas: Adagio, Bruckner y Schubert Park, el foco emisor de su poesía es un narrador omnipresente. Los magmas de su mundo interior buscan, en todo momento, la forma más propicia para manifestarse. Ese ejercicio de adecuación, aderezado con el poder magnético de algunos arcaísmos que revelan un culturalismo, o relativismo posmoderno, denota una vasta formación y vocación en un autor que ama, respeta y cree en el valor de la palabra. El cuarto bloque lleva por título El peso de los días, una alusión a la obra poética del poeta Blas Muñoz Pizarro, referente y amigo del autor, poeta al que además va dedicado uno de los poemas del bloque, Otro cielo. Pero también el título alude a ese agónico proceso de erosión que sufre el habitante citadino de las


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grandes y caóticas urbes, la soledad, la deshumanización, la prisa, una desazón reflejada perfectamente en poemas como Hoy: …entonces entonan vítores los televisores / y vuelan altivos los sueños / de los vivos murientes, / aquellos para los que el ayer no es más / que una borrosa instantánea, / una sonrisa congelada, / y el día a día un futuro sin presente. En el cuarto bloque, además de la sombra del tiempo, incide argumentalmente una preocupación humanista, las descripciones del mundo y sus pobladores dibujan un panorama descorazonador, donde los seres humanos viven hastiados y llenos de carencias en un mundo desgastado y posmodernista. El poeta encuentra únicamente en las alturas de la poesía, pero no de una poesía cualquiera, sino de una poesía verdadera, auténtica, porque es forma de vida; una escalera hacia la belleza, ese axis mundi desde el que puede disertar sin ser juzgado, un lugar donde su alma de artista y su conciencia de hombre pueden dialogar armónicamente y de esa eufonía mística emerge su poemario, un poemario al que podríamos llamar exegético. En el poema Refutación a Adorno, la palabra poética es para Gregorio Muelas un arma para luchar contra la injusticia y el olvido, un acto de civilización contra la sumisión y la barbarie, un elemento clave para defender, legar, constatar, vivir. En el poema Pessoana, el amor nos dice que siempre ha estado ahí y se revela como otra luz que conquistar, otro arma que defender. Ya en el quinto bloque, Apuntes de paisaje, como su propio nombre indica, es la Naturaleza quien inspira unos versos contemplativos, evocadores, que describen la belleza de un paisaje, el vuelo de un pájaro o un atardecer, al tiempo que inunda su poesía de pensamiento, de dolor, de nostalgia. En estos breves poemas el autor imprime siempre un ápice de esperanza; sus agrestes pinceladas dibujan una posible primavera en pleno otoño, un camino alternativo que podemos transitar sin pesadumbre. En definitiva, Un fragmento de eternidad es un poemario atípico por su pluralidad de formatos poéticos, valiente por su apuesta literaria -tan formal como conciliadora- y un ensayo rico e ilustrador sobre el ser humano moderno y sus preocupaciones. Una excusa perfecta para reflexionar sobre nosotros mismos y nuestro entorno en este efímero lapso que es la vida. Su mensaje es un proyectil lanzado en dos direcciones, al conocimiento y al corazón, un mensaje que sin duda encontrará su destino en el amor y comprensión de los lectores.


una visión de la tercera España

Por

Mari Cruz Gallego Ruiz @MariCruzGallego

“La literatura no estuvo casi nunca a la altura del momento histórico, porque casi nada ni nadie lo estuvieron tampoco”, afirma Andrés Trapiello en el prólogo a Las armas y las letras. Se refiere el escritor a la literatura escrita en España durante la Guerra Civil, y es que en medio de la barbarie ninguno de los dos bandos escatimó esfuerzos en ganar para su causa a las plumas más dispuestas. Incluso hoy, casi ochenta años después de la contienda, la literatura de la Guerra Civil se ha convertido en un género que todavía no se ha desprendido del todo del partidismo y la visión sesgada. Excepciones las hay, como todo en la vida y, extrañamente, una de las primeras proviene de aquellos años. Primavera de 1937. Pequeño hotel a orillas del Sena. Un periodista español en el exilio acaba su libro de relatos sobre el horror que asola España. Manuel Chávez Nogales (Sevilla, 1897 –Lon-

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C h á ve z N oga l e s :


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dres, 1944) había ejercido de redactor jefe en El Heraldo de Madrid y director del diario Ahora. En su bibliografía, se encuentran obras que dan cuenta del ejercicio periodístico de su autor: Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929) o la biografía del mítico torero Juan Belmonte, libro que le dio gran fama en su tiempo. “A costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando en adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”, confiesa. Al estallar la guerra, y una vez que el gobierno de la República se trasladó a Valencia, Chávez Nogales se exilia en París y, posteriormente en Londres, donde fallece en 1944. Su último libro es la colección de relatos titulada A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España. Publicado en Chile en 1937, fue olvidado hasta que Andrés Trapiello dio con él y le reservó un puesto de honor en su estupendo libro sobre la literatura y la Guerra Civil. Son nueve relatos basados en experiencias contempladas por el propio autor, en los que se conjuga la maestría periodística del que observa sin juicios la realidad y el ejercicio literario de quien otorga sensibilidad y humanidad con una prosa cuidada y limpia. En el primero de los textos, “¡Masacre, masacre!” ya encontramos el horror de la ideología que aparecerá como leitmotiv en la obra: Valero, su protagonista, defiende la actitud revolucionaria aunque ello le cueste la vida de su propio padre. En “La gesta de los caballistas” la brutalidad aparece encarnada en las figuras de unos señoritos andaluces que se compadecen antes de un caballo herido por el ejército republicano, que del hombre sobre el que ejercen su venganza. Junto a la brutalidad ideológica, otro de los temas que articulan el libro es el de la estupidez, la incultura y la crueldad de quienes formaban ambos bandos Así, nos describe a los delincuentes y exconvictos que entraron a formar parte del ejército republicano como milicias independientes dedicadas al pillaje y el vandalismo en “La columna de hierro” o a los soldados norteafricanos que luchaban en las filas fascistas en “Los guerreros marroquíes”. La heroicidad y el fanatismo aparecen de manera muy clara en “Viva la muerte”, donde Tirón, prestigioso hombre de derechas, es salvado por la miliciana Rosario. Ambos plantean el conflicto


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moral que aparece cuando la ideología sustituye a la dignidad humana. De este último punto, el de la dignidad, quizás sea Bigornia, el protagonista del cuento homónimo, el que mejor encarne sus valores: el mecánico anarquista es el ejemplo del hombre primitivo que se levanta contra toda forma de dominio, por esto, acude al asalto al Cuartel de la Montaña y regresa a casa derrotado al ver que su utopía se ha transformado en despotismo. A sangre y fuego es uno de los mejores libros sobre la Guerra Civil que se hayan escrito en nuestra lengua. Y lo es porque, alejada de clichés e ideologías, la prosa de Chávez Nogales se aleja de la propaganda y encarna a esa tercera España que contempló con horror cómo, de un lado y de otro, se aniquilaba el futuro. Nos lo imaginamos en la pequeña habitación frente al Sena poniendo punto y final al último relato, “El consejo obrero”, con las palabras que mejor resumen la dramática historia de nuestro país: “Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese.”


balompédica iletrada

Cena de empresa por Alejandro

Oliva B.

@betandtuit

Están organizando una cena en la oficina y, aunque no estás pendiente de la conversación, de pronto, escuchas tu nombre entre el ruido de fondo: “Mejor cenamos el viernes, porque el sábado hay fútbol y Alejandro es muy futbolero”. No estás pendiente de la conversación, pero has escuchado tu nombre y, como pasa con cierta frecuencia, va acompañado de la palabra fútbol. Y sin levantar la mirada de la pantalla, como si no hubieras oído nada, piensas. ¿Hay fútbol el sábado? Sí, pero no. Hay un partido de fútbol, pero no hay fútbol. Piensas que eso que llaman fútbol no es fútbol y que a ti no te importaría que la cena fuera el sábado. Piensas en si sería posible explicarles que, para muchos futboleros, el fútbol nos interesa de verdad sólo si juega nuestro equipo. Y sin levantar la mirada de la pantalla, como si no hubieras oído nada, vas a intentar explicarlo. Y entonces piensas en el fútbol. En esa extraña sensación de que cada vez nos gusta menos y cada vez nos gusta más; en que el fútbol ha crecido tanto que se ha convertido en una enorme contradicción. Nos gusta porque nos emociona como siempre: por el juego


balompédica iletrada

en sí mismo, rodeado por esa magia de lo imprevisible. Y, sobre todo, por el juego como excusa para apasionarse por algo; por ese vínculo tan especial que se establece con el paso del tiempo entre un grupo de gente y el escudo de un equipo. Por esa comunión mística que uno siente en las gradas, cada dos semanas, que nada tiene que ver con el juego y mucho con la lealtad y el compromiso. Nos gusta el fútbol, y cada vez más, porque amamos a nuestro equipo. Pero hoy el fútbol es, además de todo eso, mucho más. Es demasiadas cosas, raptado por la civilización del espectáculo, que ha convertido el juego en un producto de ocio, en una industria que, como tal, sólo persigue ampliar su mercado. El fútbol servido como entretenimiento banal, que termina por interesar a todo el mundo, incluso a los que nunca disfrutaron del juego, pero que se sienten atrapados por ese monstruo llamado actualidad. Y ahora el fútbol es un bailecito de moda tras un gol y una polémica vacía continua. El fútbol es un corte de pelo distinto y un fichaje innecesario, o falso. El fútbol es un conjunto de botas de colores que da igual cómo golpeen después el balón. El fútbol son cifras millonarias, y amoríos con cantantes y reporteras, y jugadas de mercadotecnia. Todo eso, ahora, también se incluye dentro de la palabra fútbol. Y la corrupción, el fraude, la violencia, la crueldad, que tanto se reflejan en el fútbol, como producto estrella de la sociedad. Vuelves a escuchar tu nombre, y cada vez con más fuerza (“¿Cómo va a ser la cena el sábado, si hay fútbol y Alejandro lo querrá ver?”), pero tú ya no puedes levantar la mirada de la pantalla. Tienes que seguir. Ya estás cerca de poder explicarles por qué ya no te gusta el fútbol. ¿Por dónde ibas? Ah, sí. Te has quedado en que el fútbol de hoy en día es una de las cosas que más odiamos los que amamos el fútbol. Y piensas en que quizá sólo sea un problema de lenguaje. ¿Cómo una sola palabra puede englobar tanto? Es imposible que aquella palabra inglesa popularizada en el siglo XIX aguante en solitario todo lo que arrastra el fútbol. Así como los esquimales tienen 22 vocablos diferentes para designar el color blanco, nosotros necesitaríamos más palabras para expresar todos los matices del fútbol. Para explicar bien cómo, de


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alguna manera, el fútbol nos gustará cada vez menos y nos emocionará cada vez más. Y que mientras nos alejamos de su fútbol, nos hacemos fuertes con el nuestro, el que nos hace llorar, porque forma parte de esta vida que se nos escapa día a día. El fútbol vivido como un regalo que recibes y que esperas saber regalar algún día; un regalo que te prepara todas las semanas para celebrar, pero también para la derrota y el dolor, en las gradas, rodeado por los tuyos. Un regalo que, como la amistad o la poesía, hace el mundo más habitable, nos enseña a vivir y a resistir, a dar algún sentido a lo que no lo tiene. “Alejandro, te están llamando”, te dice tu compañero, y te levantas de la silla eufórico, casi como si estuvieras en las gradas rodeado por los tuyos, porque parece que por fin tienes una respuesta, una explicación. - Cuéntame, Pedro. - Nada, que al final la cena de empresa va a ser el sábado, porque la mayoría no podía el viernes. Pero no sabemos si tú podrás venir. - Bueno, no te preocupes. Yo no creo que vaya. El sábado hay fútbol. Y regresas sonriente a tu puesto de trabajo, desde donde, sin levantar la mirada de la pantalla, vuelves a escuchar entre el ruido de fondo tu nombre acompañado de la palabra fútbol, como pasa con cierta frecuencia.


”Stuck in the middle” con Quentin Tarantino

por TONI RIVAS Probablemente sea casi una boutade ponerse a hablar a estas alturas de las películas de Quentin Tarantino; poco puede decirse ya de un director (y guionista) cuya irrupción en los noventa se recuerda como una de las más claras muestras de la posmodernidad fílmica. De hecho, para algunos como yo, algunas de sus últimas creaciones han dado algún que otro síntoma de agotamiento (o al menos eso me parece con Kill Bill o con Deathproof), sin que por ello pueda uno ponerle peros a la ejecución de las mismas (aunque no guardo esa opinión de esa maravillosa filtración del western a través de una sensibilidad muy siglo XXI: Django Unchained) En todo caso, entre el gran repertorio de aciertos que encontramos en sus películas se encuentra el tratamiento de la música. Además de colaborar decisivamente en la ambientación de sus películas (cuyo ejemplo más claro me parece Jackie Brown), la música, las canciones, le sirven al director norteamericano para hacer múltiples malabarismos. Como los cruces transgenéricos, como esa frecuente recurrencia a los clásicos morriconianos del western (con o sin espaguetti), que irrumpe en films tan variopintos como Kill Bill o Malditos bastardos (Unglorious basterds). Más portentosa me parece la irrupción de “Black coffins”, una canción de rap que suena durante el trasiego de los esclavos mandingo en la infame plantación recreada en Django unchained. Incongruencia de género, pero que tiene un efecto parabólico en la audiencia, que no puede obviar el paralelismo entre la épica del liberto Django y la denuncia social con la que se identifica las manifestaciones más genuinas del rap. Con todo, a mi modo de ver, la cumbre de estos coros disonantes se encuentra en una de sus primeras películas, Reservoir

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De coros y disonancias:


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dogs. La disonancia en cuestión tiene lugar en una escena brutal, quizá no del agrado de todos, que sitúa al espectador en una posición muy incómoda de la que, además, no es para nada ajena la música. Me refiero a la escena de tortura, aquella en la que Míster Blonde (Michael Madsen) procede a, entre otras cosas, rebanarle la oreja a un desafortunado policía. Lo interesante a mi juicio es que mientras dura la escena suena una canción: “Stuck in the middle with you” (Stealers Wheel), que el propio Blonde ha sintonizado en la radio. La canción es el relato de una fiesta y de alguien que se encuentra atrapado, entre, traduzco literalmente, payasos y bromistas. El espectador no puede dejar de experimentar el efecto de distanciamiento, que crea ese aire festivo yuxtapuesto a un acto tan inhumano. Pero, al mismo tiempo, quienes tengan presente la película recordarán que, con la canción se alude al conjunto de los personajes, pues todos ellos se encuentran atrapados en ese garaje, soportándose los unos a los otros mientras se tensa progresivamente el claustrofóbico ambiente. Y eso puede explicar, por ejemplo, el psicopático comportamiento del Señor Rubio. Ahora bien. quien de verdad se encuentra atrapado es el personaje cuya auténtica identidad se revela, precisamente, en esa escena: Mister Orange (Tim Roth), el policía infiltrado.

Yes I’m stuck in the middle with you, And I’m wondering what it is I should do, It’s so hard to keep this smile from my face, Losing control, yeah, I’m all over the place, Clowns to the left of me, Jokers to the right, Here I am, stuck in the middle with you.


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Orange es el personaje que encubre su identidad y que, por lo tanto, se encuentra verdaderamente “aquí en medio atrapado con vosotros”. Esa sensación claustrofóbica y casi esquizoide se muestra durante la secuencia dedicada al personaje. Me refiero al truco (o anécdota) que el policía debe contar a sus cómplices para poder pasar a ese otro lado: lo maravilloso es que la anécdota en sí, el relato de un camello que, con una bolsa llena de droga, entra a un lavabo lleno de policías, no es otra cosa que el reflejo invertido de la situación en la que se encuentra en el momento de narrarla: la suya, la de un policía rodeado (atrapado) entre malhechores. La tensión que todo ello conlleva se representa mediante la ruptura metaléptica en pantalla, con un Señor Naranja en imagen contando la anécdota a los policías, lo que reafirma la falsedad de la historia, lo de ensayo o simulacro que tiene, con lo que podemos incluso creer que, en el paroxismo del riesgo, Freddie (el policía infiltrado) se está delatando a sí mismo. Por todo ello, tanta mayor la ironía final de la película, cuando ese policía que se ha revelado como un genio del disfraz y del temple, que ha experimentado el robo, y hasta el asesinato, decide, final y fatalmente, descubrirse.


Por Romu

López

@RomuLopezl

Leo menos de lo que me gustaría y escucho música por encima de mis posibilidades. Es por ello que en ocasiones, tratando de leer canciones entre líneas, me agarro firmemente a una voz sin palabras que nace en cuerdas que no son vocales, sino metálicas, afinadas de forma abierta y correctamente pulsadas en la guitarra de uno de los músicos más apasionantes del siglo pasado: John Fahey. Siendo reduccionistas podemos presentarlo como un creador de folk con un marcado carácter experimental, pero un relajado vuelo a través de sus composiciones nos evoca mucho más que una simple etiqueta. Él simplemente se consideraba “un guitarrista clásico” pese a estar catalogado como músico de folk.

© Matthias Lehmann

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La literatura sonora de John Fahey

Entendiendo la literatura como una forma de dotar de belleza con sentido a la palabra escrita, lo que John Fahey dejó para la posteridad fue una suerte de literatura sonora. Esta afirmación propia puede ser cuestionada, por supuesto, pero también probada,


Desde sus inicios y mientras duró su particular escalada hacia el techo creativo, la originalidad de sus composiciones llamaba la atención tras una primera escucha. Te hacía bajar la guardia con acordes, arpegios o notas sueltas que remitían de forma instrumental a las piezas de folk, country o blues que el artista coleccionaba con entusiasmo en discos de 78 rpm. Esa familiaridad, el reconocer de alguna forma lo que escuchas, te deja indefenso ante lo que te espera porque, ya sea a través del bucle con ligeras variaciones o de una estratégica disonancia, tu mente acaba virando hacia otro universo, el suyo, plagado de referencias a la historia del pueblo americano (con puntuales incursiones en otros continentes), la naturaleza más inspiradora o una etérea espiritualidad multirreferencial. El propio John Fahey explicaba el hecho evocador en su música: “Hay algo acerca de las guitarras, algo mágico quizá, que cuando se toca adecuadamente evoca sentimientos pasados, misteriosos y apenas conscientes, algo individual y universal a la vez. El camino al pasado inconsciente. La guitarra es la que llama, trayendo emociones lejanas que no sabías que tenías. Es un instrumento muy personal”. Este fragmento pertenece a uno de los escritos recogidos en un recomendable libro titulado Cómo el Bluegrass destruyó mi vida, que recopila reflexiones escritas del guitarrista con curiosa estructura, sorprendente sinceridad y tintes autobiográficos. Sin ir más lejos, en el texto que le da título al libro piensa en voz alta sobre la infelicidad provocada por los matrimonios disfuncionales de sus padres entre sus compañeros de generación, incluso habla abiertamente de incesto (su padre fue un pedófilo y él sufrió sus abusos)

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incluso superada, por la realidad de su música. Sí, se puede escribir sin letras, trasladar todo un pensamiento a través del sonido. Fahey lo consigue transformando la tradición más primitiva en magia, valiéndose de una espiritualidad muy particular, nutriéndola con vastos conocimientos musicales, abrazando el clasicismo a través de la vanguardia y consiguiendo el eterno santo grial de cualquier disciplina artística: trasladar repetidamente al destinatario de tu obra a otra dimensión espacio temporal con un discurso natural ajeno a cualquier impostura.


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y de como esa espiral de frustración derivó en una especie de vacío existencial cuya cura paliativa consistía en la escucha compulsiva de las emisoras musicales de la época. Un día, explica, mientras escuchaba a Don Owens en la WARL, algo ocurrió: “¿No es extraño que alguien como un DJ al que incluso ni conoces ni has visto nunca pueda hacer algo aparentemente trivial que cambie por completo el resto de tu vida?”. Owens había puesto a Bill Monroe & The Bluegrass Boys interpretando a Jimmy Rodgers y el instinto genial del joven John se había revolucionado hasta la locura.

Se hace por tanto recomendable, además de la escucha re-


Fahey fue un niño falto de cariño que se refugió en la música, ávido estudioso de la misma, distribuidor de sus primeras grabaciones en la gasolinera en la que trabajaba y quizá el primer propietario de una discográfica independiente para autoeditarse (Takoma Records), reconocido alcohólico, ilustrado y desconcertante conversador, productor de otros artistas, marido fracasado por triplicado, vagabundo y ángel caído en los 80, pintor autodidacta, enfermo de diabetes y fatiga crónica, ave fénix en los 90... Mientras su vida mutaba, él nunca paró de expresarse con su guitarra en diversos formatos, incluso cuando su virtuosismo se resintió. Algunos afirman que sus cuatro primeros discos de la época comprendida entre 1959 y 1965 le hubieran bastado para hacer historia, pero nos habríamos quedado sin conocer su crucial etapa californiana, muchos de sus collages sonoros, los experimentos de estudio, su relación con la psicodelia e incluso con las canciones navideñas. Los interminables recovecos de sus composiciones, con cierta tristeza perpetua, misteriosa y en ocasiones fantasmal, han ejercido una poderosa atracción en generaciones posteriores de músicos. Algunos, como Jim O’Rourke o Thurston Moore, conocidos por su actividad en los imprescindibles Sonic Youth, o el grupo Cul de Sac, con los que incluso grabó un disco en el 97, supieron reconocerle en vida su valor creativo. Acompañaron a John Fahey en un último viaje eléctrico por la experimentación que culminó en el año 2003 con Red Cross, su último disco (póstumo, porque murió en 2001 a los 61 años). En la actualidad podemos acercarnos desde muchos puntos de vista a su obra, ya que existen numerosas recopilaciones, sugerentes álbumes de tributo, un recomendable documental del 2013 (In Search of Blind Joe Death) y una biografía recién editada, Dance of Death. Eso, más de tres decenas de discos de estudio y algunas cosas que nos dejaremos en el tintero.

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posada de las distintas fases de su extensa discografía, la lectura de estos textos. Entre sus escritos destacamos también las notas clarificadoras y apuntes varios que acompañan las ediciones de sus discos. Al final resulta que no solo hacía literatura con las seis cuerdas, sino también con la palabra escrita.


© Matthias Lehmann

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Quizá perdió la cabeza de verdad con aquella interpretación de Bill Monroe que escuchó en la radio, o quizá ya estaba un poco loco como casi todos los que acaban dotando de verdadera profundidad a sus creaciones.


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por SONIA MARPEZ @SoniaMarpez


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Palomo © Violeta

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Manifiesto Azul 15  

Fanzine de literatura e inquietudes varias. Editado por Colectivo Iletrados (@ciletrados). Septiembre de 2014.

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