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MANIFIESTO AZUL invierno 2013

número 13

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©César Sebastián

fanzine de literatura e inquietudes varias

Depósito legal: MU-3094-2008


Editorial

Aún puedes estar tranquilo. Aún. Sólo aún; o solo aún. Una primera página con cuatro presos en portada podría significar quizá que al terminar la lectura de este décimo tercer fanzine estarás encarcelado en los versos de la sección de poesía, en las líneas de los relatos o microrrelatos que aquí encontrarás, o en las medias de una de nuestras protagonistas de ilustrados. La otra opción, ya sabes, es salir libre y sin cargos (de conciencia) de su lectura, algo –permítenos la licencia- nada recomendable. Pero insistimos: Aún puedes estar tranquilo. De momento sigues siendo inocente. Por eso acomoda tu cerebro, desvístete de rutina y prémiate con unas horas de desconexión de red interna y externa. Es el momento del MA .Es tu momento azul del día. Tal vez si sigues estos consejos podrás hacer un correcto zapping entre nuestras páginas y detenerte, si así lo deseas, a leer la curiosa relación de una mujer y su tostadora. Es posible que te asalten dudas propias de la condición humana, al no saber discernir si esa unión es familiar o sólo de conveniencia. Date entonces un respiro perdiéndote entre los símbolos descarnados de Pepe Incha o entre las naturalezas urbanas que nos ofrece Manuel Rebollar. Una vez aliviada la parte intelectual de tu vejiga podrás encarar nuestras perversiones, que esta vez vienen desde la profundidad boscosa de Zagreb, y nos acercarán a Dinko Telecán. Después, ya lo sabes, es el turno de ir a la despensa y coger en esta edición unas deliciosas galletas marca Pink Floyd, para que mientras leas nuestras seis recomendaziones alguien suene en tu estómago. No te olvides, por cierto, de visitar a los ilustrados ilustradores que se han convertido ya en compañeros de viaje fanzineroso. Y si quieres que este zapping sea circular y completo debes acabar por tanto en telefunken, donde encontrarás un análisis borgiano de Christopher Nolan.

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Y sí, una vez ahí, es muy probable que ya estés preso por todo cuanto hayas visto y leído. Si te interesa, para la próxima, puedes enviarnos tus postales carcelarias a

colectivoiletrados@hotmail.com


poesía

Poema de amor en tiempos de crisis. II

Lo peor de la crisis No es su nombre, Es su sabor sufrimiento, Sufren todos los pronombres personales Sufren hasta los números, Que no dan más de sí. Lo peor de la crisis No es su nombre, Lo peor es que la desidia Se apodera de todos los rincones De tu cuerpo, Te desvela de madrugada, Te condena al silencio, Y sí, sufre el amor. Sufre el amor, No sabe ni por qué, pero sufre, solidaridad que se llama, Como si al amor, Le importara el dinero.

EME


ImposturaPaisajística

poesía

Dime, ¿Acaso siguen soñando en su mudo y obstinado letargo, ante tanta trivialidad, las eternas encinas? Descíframe, ¿tal vez la negruzca tierra, hastiada de fagocitarse de huella colonialista metamorfoseada en memoria, se erige, en el ahora, en bulímica actitud ante tan desmedido y horrendo espectáculo? Cuéntame, ¿Quizá los redentores surcos, lastrados por siempre ser enterrados sobre sí mismos, ante tanta chismografía viciosa, pudieron completar su heroica catarsis? Descríbeme, ¿acaso los olmos centenarios, zaheridos vehementemente por derrocar la nobleza del tiempo, ante el turbio acontecer, bregaron contra su nostálgico insomnio? Nárrame, ¿quizás los hieráticos y polvorientos pinos, ante la estirpe de la banalidad cultural, aceptan, sin más, que el viento parlanchín siga desconchando su piel? Anhelo, ante tanto absurdo, confundirme contigo en un beso indulgente y final.

Miguel Angel Rubio Sanchez


Sin un Euro en las Vegas, me azotan las cadenas del hijo patriota sin bandera que desertó de la incultura con gomina y teletienda. Se me llena el pecho de hambre y el bolsillo inmaculado suda una moneda. Como un niño, bajo las sábanas, escribimos, los cuentos que no quieren que lean. El último verso está en blanco. Somos la culata del tiro que no damos, y pedimos sin gaznate que no nos golpeen el estambre. Fieros esbirros de la nada, descerebradas balas de goma, en paro, sin casa. El último verso está en blanco, alerta, silente, vendado. Y tenemos en el vientre un nervio sin dientes que nos pide batallar. En la vega baja, sin un euro germánicamente estériles se nos llenan los labios de metralla.

poesía

El tiro que nodamos

Pero el último verso es nuestro, somos asquerosamente presente.

Tama Imrani Ruiz


poesía

Retorno… Voy a ser tu tragedia, aquello que imaginas. Voy hacer honor a mi nombre y a destruirme, a perderme entre la vileza que agita mis palabras. Me escondo, Para que no me veas Entre páginas y cuerdas. Busco tan sólo la belleza que te sorprenda, que te adore y te convierta en mi cómplice, mi compañera. Voy a vivir Como todo lo que he leído. Voy a ser Bukowski, Baudelaire, Morrison... y a matarme cada noche, tan despacio, en un suspiro. Porque Dios está en mi vaso Y yo soy su tragedia. Soy un desgarro en su pecho muerto, soy, al fin y al cabo, su último reto...

Nidos Hilos delgados de paja, barro y el botón perdido de alguna camisa nos sirven para inventar quimeras, fenómenos de limo, madrigueras contra la vida oscura

Juan Cubillas


Rafael Escobar Sánchez

De lo que vi borracho en un balcón que se agitaba Yo he visto el rastro sucio de las calles que has barrido de un soplido y sin esfuerzo, y no he tenido miedo. Los caminos que llevaran hacia casa y que ahora se nos pierden a la altura de la boca, esos sitios que engañaras con rencores de otros lados y que ya nunca habitamos, yo los he visto. Y te he visto guareciéndote de lluvias que no saben nunca nada

poesía

que negamos levantando refugios como incendios tibios que ahuecamos en las manos, nuestro oficio es trenzar nidos, espacios sin impostura de cobijo que nos bendicen recordándonos los labios, los placeres serenos de la tarde o la última luz derramada en la escollera, así los poemas, así el deseo, visita de caridad de un dios entre las astillas que aterran en la carne, nidos que saben al jornal limpio del amor y sustentan el empeño de vivir entre las sendas que dicta la esperanza.


poesía

pero intuyen, rescatado de las calles empapadas de sonidos como furia o yo no entiendo que me busques, y te he visto desnudándote de frío, y no he tenido miedo. Y puede ser que la certeza de que eres no discuta de ciudades ni de miedos, y que el mundo si se agita sea por culpa nada más que de la duda de ti misma y nada más y su imposible, y que por eso, te lo juro, yo no haya tenido miedo. Porque yo y todo esto te lo juro lo que yo he temido siempre es que las calles de un soplido [te lo juro] te borraran para siempre y no encontraras ya motivos para hacerte.

ManueL Torres Nieto


El jefe de máquinas siempre negó La posibilidad de toda inundación. Aquel tren había encallado en el océano. Todo ocurrió como un milagro Sin razón aparente. Sólo sentimos un golpe sordo Y un mudo quebrar de raíles. Al otro lado de la ventanilla Todo era distinto y desconocido, Todo un desierto de azul Prepotente e inesperado. Aquel cielo y aquel oleaje nunca invitados Y aquella sensación de que la existencia No albergar sentido alguno. No habíamos descarrilado Y aquel no era nuestro destino. Parecíamos un poema dadaísta Pero allí, líquidos, Nadie nos iba a recitar. Sólo restaba aguardar la leve inmersión Y el jefe de máquinas seguía obstinado. No había posibilidad de inundación Porque nunca deberíamos haber estado allí. Su rostro era un espejo de lo absurdo. El nuestro se empañaba con los restos de sal.

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Accidente


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Quizás nos acordásemos de nadar. Quizás un bote salvavidas. Quizás los raíles estaban en el fondo De este mar, quizás muy lejos, quizás Nunca y nos embarcamos en el desastre Engañados y sin tomar el suficiente aliento.

Vicente Velasco

Solopalabras. Apenas es nada… Asomarse al espejo blando de la calma que precede al temporal y a manos llenas ir arrojándole letra a letra todo aquello que se clava al costado zurdo de la vida. Y con los ojos perdidos en el abismo interior comprobar como cada vocal roca y cada consonante piedra se funden al hundirse en lo oscuro para emerger como palabras que se expanden a través de las ondas por el mar ignoto al encuentro de la orilla del verso.

ACRÓBATA


Dónde el mundo con su arquero y su veleta, su dirección y su giro. El hambre que arrastras sobre la arena de lo ajeno es cicatriz de mundo ya ella misma; y no solo eso, sino también mirada, curación, palabra. “Cuándo el mundo” harías mejor en preguntar, o “para quién”. ¿No oías tú, al igual que el resto, que los jinetes se acercaban? ¿No corriste, febril como el oro y el crisol, junto a los otros? ¿Para quién, entonces? ¿A qué título y bajo qué riendas reclamas pureza y delirio? La visión no te es exclusiva. Otros contigo han levantado fuertes, horadado valles.

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Sumarísimo


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Esta sangre que es tan tuya no es tuya solamente. Abre el puño, guarda la hoja; nadie te reta ni te autoriza. No mezcles metal y vida. Recuerda que para nosotros la retribución es usura. Tus palacios son los nuestros. Tu muerte a nuestra muerte se anuda. No preguntes dónde, porque no hay brújula ni estrella. Porque el desierto es noche y fragancia de flor de un día. Entrega las armas y confiesa: ¿para quién?

Joaquín Lameiro

02_sesión matinal Me gusta cuando aún en sueños para llegar a los enseres del desayuno -mitad diosa, mitad jirafate estiras con los brazos hacia arriba y tu cuerpo se arquea y se marca tu pecho contra la camiseta del pijama. Es por eso que me levanto pronto y cojo sitio en la primera fila con el café que humea entre mis manos.

Antonio Aguilar


comme montent au ciel le soleils rajeunis aprés s´être lavés au fond des mers profonds? CHARLES BAUDELAIRE

Aplaca la sed y el frío agrieta, se mantiene la vida fláccida, presa. Me adentro en un camino que no es recto y una vez me llevará a los cielos. Asciendo, asciendo hasta el recodo que recodaré y a la espalda de las estrellas volveré a ocultarme. Asciendo, asciendo hasta que las rocas adquieren rigidez y hasta que el aliento escurridizo esquiva los presagios, ahora que acecha el miedo a caer. Pero asciendo, asciendo una y otra vez y te encuentro desnuda en la noche y las flores blancas que escondes me recogen, fantasías, invertidas ilusiones, promesas a olvidar. Pero ahora asciendo, asciendo más lentamente, llegando a un punto ciego en el epicentro oscuro del recreo; a un suspenso en un lugar profundo a lo lejos; a un charco en el momento justo del veneno; a un desacato en el golpe de estado perpetrado contra la parte de ti que ya no ves. Y asciendo, asciendo y veo volando al buitre, alto en círculos concéntricos. Asciendo, asciendo y cada vez es más breve este momento en que ni toco, ni siento; regreso.

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Ascensión


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Y ya nos ocultarán las estrellas asciendo definitivamente y vuelas.

Juanma Sánchez

A quien leyere, en modo epitáfico Aunque me ves ahora aquí cautivo y parece que vives y respiras; aunque crees que existe cuanto miras y que bajo este mármol repulsivo para ti solo sea un lenitivo que te hace amar la vida a la que aspiras, sabe que no me trago tus mentiras: no por estar viviendo estás más vivo. Has combatido el mal, perseverante, no has dejado al rival ni los despojos, has hecho de tu vida algo importante, has satisfecho todos tus antojos, pero no has visto a Eratia, caminante, ni tampoco el milagro de sus ojos.

David López Sandoval


a Ángel Paniagua

Cada vez que recuerdo nuestros años de amor me gusta imaginar qué sería de nosotros en un poema escrito justo al revés, en un poema en donde aparecieran invertidos nuestros papeles como los colores en un negativo poético de Ángel Paniagua. Sin embargo, el positivo de nuestro amor es ya de por sí el negativo de cualquier otro amor irremediable. Se podría decir que sólo existe por la irracionalidad de nuestros actos, porque nuestro amor es la inconsecuencia de una verdad gritada al viento. Nuestra historia tiene nombre de ciudad italiana leída al revés, es a la vez precipicio y senda reconocida por nuestros pasos, como un dolor pasajero que deja en el alma una sensación de plenitud eterna cuando pasa. El positivo del amor, Ángel, es a veces la mirada que hace posible que el mundo funcione a la manera de los que lo inventaron, pero ¿de qué me sirve un mundo calculado que sigue girando ajeno a mí? A veces el aleteo de un insecto provoca inexplicablemente un torbellino de incomprensión y tristeza

Alberto Caride

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El negativo del amor


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Ante la excelencia “Ante la excelencia, sólo cabe el amor”, declaró Friedrich Schiller. Empero, la soledad, el desaliento, la marginación y el ostracismo. Y enfrente, el repudio, la injuria, el descrédito o el escepticismo; el ultraje, en ocasiones, y, en general, la dolosa indiferencia con los rostros evasivos de la envidia. Ante la excelencia, sólo cabe la rara especie de quien admira y nada espera.

Vicente Cervera Salinas


Lo vio y lo escuchó en el informativo de la noche: “Y esta madrugada retrasaremos los relojes una hora. A las 3 serán las 2. La llegada del otoño nos obliga a este cambio horario que, según los expertos, se hace con la mira puesta en el ahorro.” La austeridad, el mensaje de la maldita austeridad otra vez, se repitió asimismo Eduardo. Es normal, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades –sentenció su padre en voz alta, al tiempo que apuraba su penúltima cucharada de sopa. Pero los políticos bien que siguen sin bajarse el sueldo –reprochó su mujer mientras cortaba una cuña de queso-, y viajando en esos cochazos para ir a, a, a… Al Congreso, mamá, al Congreso de los Diputados –completó Eduardo. La cámara de representación de todos los españoles, Carmen, que no se te olvide nunca, nunca –dijo el padre. ¡Tú sí que eres un “representao”! –contestó su mujer en tono de mofa. Eduardo recogió el plato hondo de caldo, se levantó de la mesa y avisó a sus padres de que esa noche saldría a tomar unas cervezas con sus amigos. Pero a ver a qué hora vuelves, que hoy se cambia el reloj y luego nos engañas –le recordó su padre antes de verlo salir por la puerta principal. Tras varias cervezas, varios bares, varias discusiones sobre la crisis y el futuro laboral, y un par de horas después de su hora de vuelta habitual, Eduardo volvió a casa para acostarse. No se molestó siquiera en mirar el reloj.

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ESTADOS DE ANIMO


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Al día siguiente, como cada domingo, se levantó temprano para ir a comprar el periódico. Lo primero que hizo fue atrasar el reloj que llevaba en su muñeca. Marcó la nueva hora. Después se vistió con un pantalón de chándal que su madre le había comprado días antes en el mercadillo semanal, se calzó sus zapatillas de deporte Kelme, cogió dos monedas de un euro y una de veinte céntimos, y salió de su habitación. En el pasillo, antes de salir por la puerta de entrada al piso, vio a su padre, al que saludó con un protocolario “buenos días, papá”. Su progenitor lo miró extrañado, con un gesto dubitativo, como contrariado, y no le contestó. Pensó que quizá su padre estaría enfadado por algún motivo desconocido. El día estaba muy nuboso, en contra del pronóstico que, en el telediario, había dado el día antes el hombre del tiempo. Una lluvia fina apenas perceptible emborronaba su mirada, escondida detrás de unas gafas que Eduardo estaba obligado a llevar desde que el óptico le diagnosticara meses atrás tres puntos de miopía. Camino del kiosco de prensa el joven se cruzó con algunos vecinos, a los que encontró un


Su sorpresa fue mayor cuando, al llegar al quiosco, no encontró el periódico que semanalmente compraba. Por el contrario, sólo había diarios alemanes, ingleses y algún semanario francés. Ni rastro de periódicos españoles. Aún así intentó comprar alguno, pero se dio cuenta de que todos valían más que los dos euros con veinte céntimos que llevaba en el bolsillo de su pantalón de chándal del mercadillo. Confuso por la situación Eduardo le preguntó al quiosquero por qué no había ningún periódico español sobre el mostrador, si acaso había decidido cambiar su oferta de prensa de una semana para otra por alguna razón especial. Con idéntico gesto al de su padre el quiosquero no contestó y siguió atendiendo a otro cliente, al que se dirigió en una lengua distinta a la española. Irritado, y sin ningún periódico bajo el brazo, Eduardo emprendió el camino de vuelta a casa para leer la prensa a través de internet. Ya en su habitación y con el ordenador encendido buscó en la red su diario de referencia habitual. Apenas tardó unos segundos en leer la información de cabecera, enmarcada en un enorme recuadro rojo y con la palabra urgente repartida en varios espacios de la pantalla: “El gobierno se equivoca y en lugar de cambiar las manecillas del reloj de la madrileña puerta del sol cambia la nacionalidad, la lengua y el modo de pensar de sus ciudadanos.” Incrédulo, y aún pensando en términos de español progresista, Eduardo salió de su habitación con el corazón acelerado, exaltado por la noticia que acababa de leer. Fue rápidamente a buscar a su padre. Sólo cuando éste lo vio y leyó en el rostro de su hijo el desconcierto y el miedo se lo confirmó. Ja, klar, es ist, weil wir über unsere verhältnisse hinaus gelebt haben

ÁLVARO PINTADO

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poco cambiados. Le dio la sensación de que tenían la tez más blanca, como si su moreno habitual se hubiera degradado durante la noche, el pelo ligeramente rubio y su complexión física era más gruesa. No era lo único extraño que le iba a deparar el día


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Zapping I El perro de peluche con ojos rígidos de plástico, y un punto por nariz, Bugs Bunny muerde una zanahoria obsoleto, explota un edificio y cae, y se desploma mientras ellos aplauden, hay un político, azul, naranja el fondo, mueve una mano y se agarra al atril, ahora aparece otro, agarra el atril, como el volante de un fórmula uno, y mueve la mano, de arriba a abajo, con convicción, el fondo ha cambiado, unas manos dibujan sobre una cartulina color negro, dan sombras con tiza bajo los pies de una niña que lleva una pelota bajo el brazo, en cambio un coño recibe un enorme falo, los dos gigantescos testículos golpean contra el ano de un modo inverosímil, el político sobre el atril se mueve acompasadamente, naranja el fondo, como una zanahoria, la niña agarra el falo de Bugs Bunny, como el volante de un fórmula uno, unas manos rápidas dibujan rayas de tiza con una cartulina color negro para que ellos no se cansen de aplaudir mientras el edificio explota y de los plastificados ojos del perro de peluche, rígidos y miopes, se caen dos lágrimas azules de desesperanza.

Zapping II Cuando me decidí a confesarle que lo nuestro se había acabado ella no pudo contener su conocida mueca de asco: “Me parece estar viviendo una película”. Lo dijo en el instante en que la primera ráfaga de electrones ya deshacía el extremo de nuestros dedos. Supe entonces que cuando sintonizaran de nuevo nuestro canal trataría de convencerla de lo contrario. JESÚS MONTOYA


Contemplada desde el aire la multitud parecía un solo ser rugiente y convulso, una masa viva y palpitante de células autónomas y excitadas. Desde los balcones de uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, la concentración se convertía en un mar de pancartas agitándose como olas arrítmicas acompañadas de un murmullo informe del que de vez en cuando se distinguían cánticos indignados, arengas políticas e instrucciones estridentes surgidas de un megáfono con más intenciones que capacidad de liderazgo. El arcoíris de banderas despertaba ilusiones o pavor según el corazón que lo contemplara pero siempre inyectaba aún más sangre en venas y arterias. A pie de calle el panorama cambiaba, empezaban a distinguirse rostros. Adolescentes que vivían su primera jornada de protesta y que no podían ocultar unas pupilas ardientes en busca de emoción; ancianos que sentían renacer el fuego de la ira ante los derechos pisoteados, que decidían regalar su amor a los suyos en un último grito de justicia; médicos, profesores, bomberos y enfermeros que habían descubierto con las necesidades la verdadera función social de su oficio y que no estaban dispuestos a dejar pasar la oportunidad de sentir por una vez la verdadera finalidad de su labor; amas de casa preparadas para defender con uñas y dientes el pan y la sal de sus hijos. A la altura de las miradas el rumor dejaba paso a las conversaciones, a las advertencias ante una posible carga policial, a las argumentaciones que justificaban cambiar una tarde de paseo por la protesta, a los comentarios cotidianos, “después de esto iré visitar a Paco al bar”, “no me dejes olvidar que tengo que tender la ropa cuando llegue a casa”, “luego te llevo en moto, no te preocupes”, también a algún que otro grito que no quería quedarse atrapado en una garganta y que estallaba arrastrando consigo parte de un alma. Bajo la piel, manadas de glóbulos rojos aceleraban su ritmo siempre acompasado y se agolpaban transportando más oxígeno de lo

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Dejen al muchacho en paz


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habitual a cerebros que debían permanecer despiertos para la acción. En las marañas neuronales fluían los mensajes en un intercambio aparentemente caótico de sodio y potasio. Carteles con lemas mordaces, personas disfrazadas, algún que otro encapuchado y banderas amarillas, rojas y verdes eran contempladas tras la cerca por otra muchedumbre, ésta silenciosa. Los cascos ocultaban pupilas dilatadas, los uniformes, singularidades y opiniones; los escudos, escopetas de pelotas de goma y porras eran

toda una declaración de intenciones sin palabras. El tiempo no había pasado en el cuerpo de policía, pensaba un viejo sindicalista cogido del hombro de su nieto. Incluso estatura, complexión y edad eran casi idénticas entre los guardianes del orden, entre los que custodiaban la disciplina por encima de cualquier otro valor. Absorto en esta última idea se encontraba el muchacho cuando sintió el primer golpe en la cabeza, el que dolió de verdad. Ya en el suelo, encogiéndose instintivamente y mirando las botas negras que una y otra vez se lanzaban contra un cuerpo que ya no obedecía, solo tuvo


De repente la acción se detuvo. Los uniformados se habían hecho a un lado, en formación, como siempre, como no podía ser de otra forma. El ruido alrededor había cesado. Cuando alzó la mirada con menos esfuerzo del que había imaginado se dio cuenta del cambio de panorama. Un señor con gabardina y tez grisácea, con el rostro medio oculto por un sombrero, agarraba firmemente una pistola que apuntaba hacia los policías. Con voz grave y firme pero tranquila les decía “dejen al muchacho en paz”. Los antidisturbios, sin protestar, alzaron los brazos en señal de tregua y se retiraron poco a poco. Dando por terminado el peligro, el joven se levantó casi de un salto y le pasó el brazo por encima del hombro a su salvador. “Coño, tú eres el tío de Casablanca”. “Muchas gracias colega, ¡creo que este es el comienzo de una gran amistad!”, exclamó tras una carcajada. Y sin mediar una palabra más, ambos se alejaron caminando entre la niebla en blanco y negro por una explanada ahora vacía. Atrás, en el suelo, rodeado de fotógrafos y de personas llorando indignadas, con la cabeza contusionada apoyada en el regazo de su compañera, quedaba el cuerpo inerte de ese mismo muchacho. Un charco de sangre lo enmarcaba. Desde los helicópteros de seguridad que sobrevolaban la plaza, la multitud era solo un ser rugiente y convulso que había perdido para siempre a una de sus células autónomas y excitadas.

CARLOS EGIO

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tiempo de pensar que su despiste habitual le iba a costar caro esta vez. ¿Cómo no había sentido comenzar la carga de los antidisturbios? ¿Estaría bien su novia?


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Imagínate que estás conduciendo por la noche: la carretera larga, inacabable. De pronto unos faros te deslumbran. Apenas un parpadeo y todo está oscuro. Te despiertas en una habitación desconocida. Lentamente tomas conciencia de tu cuerpo. Semanas más tarde, el médico te comunica que no podrás volver a andar. Te parece estar viviendo un sueño. Pocos días después, sales del hospital en silla de ruedas. En casa, a veces te despiertas creyendo que puedes andar. Y ya han pasado diez años desde entonces. Ahora mismo, sin saber cómo, te encuentras saltando sobre la blanda hierba del parque que has contemplado tantas veces desde tu ventana. Entonces notas algo molesto que aumenta, hasta que tomas conciencia de que es el sonido de algo y estás en un sueño y el parque ha desaparecido y abres los ojos y de pronto unos faros te deslumbran.

JORGE GÓMEZ VÁZQUEZ

LO NATURAL Sucede a veces. Cuando estamos haciendo cosas rutinarias se enciende una luz. Nos descubre la verdad... Imagina que vas con tu coche por la misma carretera que todos los días te conduce al trabajo. Vas escuchando, oyendo (si me lo permites) la radio. Como todos los días. Empieza a nevar, nieva muy fuerte y

cuanto más lo hace más se apodera de ti una sensación armoniosa de calor y silencio. Un silencio que esta vez es blanco y acogedor dentro de tu automóvil. Y tú, que quizá no te des cuenta, únicamente quieres llegar a tu trabajo para no ser el último en aparecer por allí. Sin saber


ESTHER DE NÓVOA FERNÁNDEZ

HUMANOIDE Me llamo Nagakute Aichi y estoy convencida de que mi tostadora lee a Asimov. Desde su pantalla led me envía mensajes todas las mañanas: “Un robot no puede hacer daño a un ser humano”, “Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos” o “Llegas tarde a la oficina”. Hoy dice: “En la Fortaleza de la Soledad hay que resistir”. Tecleo en Google “Fortaleza de la Soledad” y averiguo que es la casa de hielo de Superman. ¿Está mi tostadora sola? ¿Qué tiene que resistir? ¿Tendrá frío?. Recargo mis relés, termino mi desayuno y me marcho al trabajo. Apago la luz de la cocina y al hacerlo, creo percibir que la tostadora centellea con sus luces verdes.

RUBÉN GARCÍA PARDO

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que la naturaleza te está ofreciendo un verdadero espectáculo. Sólo para ti. Aún quedan algunos minutos para llegar a tu destino. Piensas en ese silencio y descubres una obviedad: no hay coches en la carretera y los únicos con los que te cruzas van muy despacio. La belleza de la soledad, del silencio, lo atractivo de vernos aislados entre cuatro paredes. Se rompe esa imagen al entrar por la puerta y pensar (desde tu despacho) que quizá merezca la pena ese viaje de todos lo días en el que siempre se pueden encender luces que te avisan de lo obvio.


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MILAGRO Lanzaban presos al abismo. A uno le crecieron alas y voló. El sargento le disparó: el único con derecho a hacer milagros era el general.

Hemorragia Buscaban petróleo. El taladro penetró la tierra y salió sangre. Los médicos no pudieron hacer nada: el país murió tres días después.

CONDENA Un hombre fue asesinado por su sombra. Esta fue enjuiciada y condenada a vivir para siempre en oscuridad, dentro del féretro de su víctima.

ALBERTO SÁNCHEZ ARGÜELLO

Mi propia envidia No me ha caído bien. Demasiado obstinado, demasiado independiente. Amoroso con los que ama. Y genial, sobretodo. Insoportablemente genial. Además inventarlo todo de la nada no fue fácil… He intentado echarlo por alguna nimiedad, algo artero, pero un hurto me parece poca cosa. No, he decidido: le instigaré la misma envidia que siento por él. ¿Pero en quién? Que decida el azar… Lo echo a la suerte. Ya está, le ha tocado a Caín.

STEFANO VALENTE (traducción por Alejandro Ramírez Giraldo)


Érase una vez un humilde jornalero, muy honrado y de poco dinero, cuyo nombre, Jorge Dido, a menudo pasaba desapercibido. Casado con la simpática Olga Amanta, embarazada de ocho meses y trece días, una noche de septiembre decidieron, en un impulso inusual de derroche, homenajearse por su aniversario con un refrigerio en una conocida multinacional de hamburguesas. No había dado aún dos bocados cuando la simpática Olga Amanta se desplomó sobre el bol de patatas. Fallecida ipso facto. La autopsia desveló que la carne de su hamburguesa era de todo menos de vacuno. El desolado Jorge Dido asistió impertérrito a tal hecho, aunque tuvo un pequeño consuelo; los médicos pudieron sacar al bebé sano y salvo. -¿Y ahora qué haré?- se preguntaba Jorge Dido. Y un reputado letrado tenía la respuesta. “Te forrarás a costa de esa gentuza malsana”. Así fue, en pos de no manchar aún más su imagen, la multinacional obsequió al inconsolable viudo con un cheque que contenía tantos ceros que permitió a Jorge Dido no tener que trabajar nunca más. Consciente de la vida que le esperaba a su hijo, y en honor de su difunta esposa, en un ataque de lealtad, llamó al retoño por el nombre de ambos progenitores. “Jorge Olga Dido Amanta te llamarás, pequeño”. Y tratando de suplir en el pequeño la falta de una madre, se prometió darle todo lo que hiciera falta para no ver en sus ojos ni un halo de amargura. Así que el pequeño Jorge Olga creció entre montañas de juguetes y demás regalos. Mientras, el viudo Jorge Dido, gracias al efecto que producía en los demás su fortuna, pasó a ser el Sr. Dido o simplemente D. Jorge. El niño creció, y a la tierna edad de ocho años, colmado de todos los presentes que ninguno de sus compañeros podía soñar, se convirtió en un pequeño tirano con los demás infantes. Sorteaba los juguetes que le aburrían entre los demás a cambio de diversas vejaciones infantiles. Aunque pronto reparó el pequeño Jorge Olga que él también era objeto de burla a escondidas por parte de los demás, debido a su segundo

narrativas

Érase una vez…


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nombre: Olga. Tan ofendido se sintió que en un arrebato decidió que nunca más se nombraría su nombre completo y tan sólo permitió sus iniciales junto a sus dos apellidos por lo que pasó a ser J.O. Dido Amanta. El pequeño J.O. Dido Amanta creció y creció y se convirtió en un imberbe de veinticinco años dispuesto a disfrutar la vida. Mientras tanto, el Sr. Dido no gastaba un céntimo más de lo necesario para subsistir, tal y como había hecho toda su vida. -Papá, quiero conducir- dijo un día al Sr. Dido su hijo J.O. Dido. -De acuerdo, hijo, pero hazlo con discreción. Y el chaval compró un avión privado, contrató a un piloto profesional para que lo manejase y él iba sentado a su lado con un panel de control de juguete simulando que pilotaba. -Papá, quiero trabajar. -De acuerdo, hijo, pero hazlo con discreción. Y el pequeño J.O. Dido Amanta contrató a dos reputados letrados que crearon una empresa a su nombre, compraron unas instalaciones de unos cuantos miles de metros cuadrados a su nombre, contrataron a quinientas personas a su nombre y los metieron allí. El pequeño J.O. Dido fue todas las mañanas durante un mes a las instalaciones y su espíritu de pequeño tirano afloraba cada día. “¿Qué hacéis de brazos cruzados? Trabajad, energúmenos”. Los quinientos trabajadores respondían: “Nos han metido aquí, pero aquí no hay nada, ni mesas, ni máquinas, ni teléfonos, ni material, nada. No sabemos a qué se dedica esta empresa, no sabemos qué hacer”. Así que el chaval se aburrió y fue al encuentro de su padre. -Papá, quiero enamorarme. -De acuerdo, hijo, pero hazlo con discreción. Así que el pequeño J.O. Dido se informó de cuál era la empresa mundial más importante de contactos virtuales, la compró, repasó las primeras diez fotos de los millones que había y seleccionó a la chica más voluptuosa que encontró, la rusa Karina Mirael Vientoseva. Como no se entendían, el pequeño J.O. Dido contrató a un traductor que mandó un mensaje a la señorita Vientoseva indicándole que volara urgentemente para formalizar la relación. Ella aceptó cuando al pie de carta se indicaba la cantidad de dinero que recibiría por el casamiento. Y así vivió y vivió el pequeño tirano con su esposa, sin hablarse porque no se entendían, hasta que pasados los meses sin tener noticias de su padre, un día recibió un aviso: el Sr. Dido se moría inminentemente. Así que el ya no tan pequeño J.O. Dido acudió al lecho de muerte para despedirse.


narrativas -Papá, has disfrutado de una inmensa fortuna durante muchos años, pero curiosamente nunca la has disfrutado. Jamás te has dado un capricho, ni has ido a un buen restaurante, nada, nunca. Y siempre me pedías discreción en lo que hiciera. ¿Por qué, papá? -Porque en el fondo yo he sido el más indiscreto en todo esto. -¿Tú, papá? ¿Tú, que nunca has gastado nada? -Sí, hijo, cometí la mayor de las indiscreciones; te tuve a ti. Pero ahora, en mi agonía, sabiendo que me quedan escasos minutos de vida, puedo morir en paz sabiendo que ya no puedes perturbarme con ninguna de tus excentricidades. En ese preciso instante entró la señorita Vientoseva, se dirigió al perchero para dejar su visón de cinco ceros y mientras lo colgaba, el Sr. Dido pudo vislumbrar, atónito y agónico, la oronda y perfilada curvilínea que describía el feliz embarazo de su nuera de catálogo.

ÓSCAR GALLEGO


narrativas

VIDA DE LA MOSCA Para David Baizabal Zumbaba y zumbaba, hasta que le pedí que dejara de rondar por mi puesto, no vaya a ser que se encontrara aplastada entre las palmas de mis manos, le dije con buena voz. Pero la mosca seguía aferrándose, hasta que le grité encabronado que se alejara. No me hizo caso, entonces preparé el papel untado de cera. ¡Pinche papel!, por la fuerza del ventilador nunca estaba en su sitio. Luego ya no la sentí, seguramente andaba revoloteando por los puestos de frutas; al fin me dio reposo, ¡Canija mosca! Más tarde volvió. Le dije entre dientes: Hasta aquí llegaste con tu vuelo zumbón. Fui por un matamoscas a la tlapalería, al volver a mi puesto lo reposé sobre el mostrador, entre retazos, suaderos y la cabeza del chancho descoyuntada por la mañana. Regresó como a las cinco, cuando ya me preparaba para recoger y cerrar la tocinería. La oí planeando sobre el mostrador, luego orbitaba a mi espalda, ¡la muy cabrona midiéndome!, pero ya sabía que ésa era la última visita de la pinche mosca. Tener cerca el matamoscas me daba la seguridad del cuchillo bien esmerilado; en sigilo y sin moverme lo tomé y esperé a que circunnavegara de nuevo frente a mí. Cuando lo hizo, de un tajo fulminante la azoté contra las carnes tendidas. Levanté glorioso el matamoscas para limpiarlo, pero no vi nada de ese cuerpo alado entre su tejido plástico. Enseguida planeó nuevamente sobre el caballete cuando destazaba las últimas costillas. ¡Déjame en paz!, le grité, pero mi súplica fue en vano. Ahora vive entre los tasajos, arracheras y bistecs que tengo apiñados en el refrigerador. Cuando lo abro para despachar el pedido de otro cliente, me aseguro de que sigue ahí, entre los mullidos cortes de carne. No me da lata, pero ya me compré un machete por si acaso.

JAVIER PERUCHO


El moro llegó a Toledo con sus manuscritos bajo el brazo, seguro de que la historia de aquel hidalgo manchego le daría fama y dinero. Al anochecer, después de fatigar imprentas y de escuchar negativas, se encontró con ese viejo manco que accedió a entregarle unos pocos maravedís por sus ajados pergaminos. Cide Hamete Benengeli murió pobre y desilusionado. Hoy, para los críticos, es tan sólo “un recurso literario”.

JULIO ESTEFAN

DUDAS Con esa exactitud tan característica de la ciencia mi padre se fuma un cigarrillo cada dos minutos y medio recorriendo toda la casa en continuas idas y venidas. La mirada difusa, el semblante petrificado. Y en la cocina, nosotros esperando. El llanto hambriento de mi hermanito rompe el silencio. Limpio el vaho de la ventana y nada. Tan sólo una columna humeante en el jardín asciende y se pierde en la noche. Es muy tarde ya. ¿Dónde se esconden los grillos? ¿Qué harán los zapatos de mi madre olvidados junto a un pico y una pala?

DAVID MORENO

narrativas

Recurso literario


narrativas

OBRA MAGISTRAL Alex adoraba coleccionar novelas, libros de cuentos, cómics, poemarios, de tema terrorífico. Había rastreado a multitud de autores desde que tenía diez años. Durante tres décadas había rebuscado en librerías modernas y de viejo, luego en la Internet. Prácticamente había consumido toda la Literatura que se había escrito de calidad dentro del género. Un día, recorriendo una oscura feria de textos prohibidos y ediciones muy raras, encontró un libro, en cuya portada había una extraña y aterradora criatura hecha de papel. Pagó el irrisorio precio del ejemplar y corrió a su casa, se bañó, se puso su pijama y se acomodó en su sofá predilecto para leer. La obra que tenía frente a él rompía todos los esquemas. Se titulaba «Ténganme miedo, bastardos», de autor anónimo, y se burlaba de los mejores escritores del género de horror. Alex se sumergió en la lectura durante varias horas. Al terminarlo, quedó satisfecho. Le había encantado el estilo y el argumento. De repente el volumen le mordió en el brazo, causándole una pequeña herida. Esto fascinó al hombre. Se dedicó a releer ese texto una y otra vez. Empezó a buscar otras novelas similares sin resultado. A veces, se enfrascaba en duras contiendas en su habitación, el cuaderno intentaba masticarle el rostro y las manos; el sujeto gozaba con ello, estaba convencido de que era una obra magistral, que había entendido el sentido del título, que conseguiría descubrir el nombre del autor de dicha magnificencia para poder adquirir nuevos trabajos suyos. Pasa el tiempo. Alex ya no lee otro libro que no sea ese. Ha descuidado su persona, ha abandonado su trabajo y a su familia; llegará el momento (pronto) en que muera de hambre. Entonces el volumen lo devorará finalmente, incluyendo los huesos, e irá en busca de un nuevo lector.

CARLOS ENRIQUE SALDIVAR


Los ves deambulando por el instituto. Nadie se acerca a ellos y ellos jamás miran a los ojos a nadie. En las clases adquieren un silencio sepulcral, que no rompen ni para acompañar las bromas ni para responder al profesor. Son diferentes. Nadie sabe la causa exacta. Quizás sea por su obesidad, por su leve retardo o por haber llegado en mitad de un trimestre. Quizás sea por otro motivo.

© E.G. Barceló

El caso es que ya en el colegio vagaban por el patio lejos del resto y el resto no se ocupaba de ellos ni siquiera para burlarse de su rareza. Algunos pasan los recreos en la biblioteca, otros, incluso, caminan por la grava tras alguno de los profesores de guardia. Nadie los ve. Nadie los escucha. Ni siquiera cuando terminan las clases se unen al bullicio que hermana a todos los estudiantes. Ellos salen en silencio y esperan en un banco a que vengan a recogerlos. Cadáveres pudriéndose al sol de su propia adolescencia.

narrativas

CADAVERES SOCIALES

BASILIO PUJANTE


transiciones

DE CÍCLOPES Y SANITARIOS

El cráneo de Polifemo era claramente de inspiración griega.


transiciones

TRA(D)ICIÓN FAMILIAR

Desde muy pequeño supo, a su pesar, que tendría que seguir sus pasos.

Manuel Rebollar


transiciones

Como en una película de Woody Allen siempre me imagino a mis padres llevándome al médico, preocupados, porque el niño lo mira todo raro, no dice cosas coherentes -le comentan al doctor-, ha dejado de hablar en prosa y a veces en ocasiones ni se le entiende, aunque habla con una determinación meridiana. Es el remedo de una escena de Woody Allen, donde aparece de niño, cabizbajo, en el médico porque el mundo se expande, hasta que el facultativo le hace ver que eso es verdad, pero que él está en Brooklyn y que Blooklyn no se expande. Así que aún veo a mis padres sorprendidos cuando, apuntando sus gafas una vez más con el índice sobre el puente de su nariz, el doctor dictamina que su hijo está enfermo de una extraña y anacrónica dolencia llamada poesía. Todo en mi vida anda liado con los libros. Desde hace unos diez años, por ejemplo, llevo una lista en la que apunto los libros que leo cada mes de cada año. Así sé que me pasó esto o aquello porque recuerdo que leía Mañana en la batalla piensa en mí de Javier Marías, o Casi una leyenda de Claudio Rodríguez, o intentaba cantar los versos llenos de música que compuso Clara Janés en Kampa para que pudiera entenderla el poeta Vladimir Holan del que había caído en una babel de enamoramiento o recuerdo que me pasó aquello mientras me apabullaba la visión de las dos Alemanias de La Avenida del sol de Thomas Brussig, o me mareaban los cuentos de Kjell Askildsen, o deseaba escribir de nuevo contagiado por la impresionante poesía de Eugenio de Andrade, de Katleen Raine, de Anne Carson, de Olvido García Valdés. Cambié, en un momento de mi vida, que sólo ahora podría datar con un libro, las fechas por las lecturas. Y así me va hasta ahora, siempre más lector que autor, pero con cierto orgullo también por esta casa de palabras donde anidan mis poemas. En esa casa andan la vida y la lectura a la par. Y se confunden a ratos y se explican la una a la otra y se complementan o discuten y no se encuentran. Es la poesía como un hilván, que a veces une, pero del que sería muy fácil tirar deshaciendo la costura.


Y así ando yo con la poesía, unas veces como esa madre que busca a su hija, que anhela encontrarla, que espera la llegada, que se impacienta cuando intenta escribir y no puede, pero también como el amante que ha aprendido a ser paciente y a leer y a hablar de las cosas con amor a la espera de que un día abra la puerta del pequeño patio y se adentre de nuevo en la casa.

ANTONIO AGUILAR

transiciones

Mi relación con la poesía es interrumpida, viene y va, como Perséfone, la portadora de destrucción. Relata Robert Graves cómo su madre, Deméter, pierde la alegría cuando le arrebatan a la joven aún llamada Core. Hades se enamora de Core, y la rapta y se la lleva al Tártaro, un mundo de sombras bajo la tierra. Su madre la busca durante nueve días y nueve noches, sin comer ni beber, llamándola infructuosamente. Oye de madrugada alguien gritando “violación”, “violanción”, pero al apresurarse a rescatarla no ha encontrado ni rastro de ella. Sin embargo, como apunta, en su hermoso libro Averno, la poeta norteamericana Louise Glück, Hades es un dios enamorado -si sirve esto en su defensa-, que desea desposarla, que ha creado un mundo para ella, donde ella pueda ser feliz. Mientras, Deméter ha secado los campos y los árboles no dan frutos, tal es su ira. Si no devuelves a Core,-le dice Zeus a Hades- estamos todos perdidos. Así que le permiten recuperar a su hija a condición de que no haya probado el alimento de los muertos. Pero lo ha probado, apenas unos granos de una granada del jardín y quizás movida por la alegría de saber que regresaba con su madre, de tal manera que Deméter no tiene más remedio que llegar a un acuerdo en el que su hija Core, con el nombre de Perséfone, deba pasar tres meses al año en compañía de Hades como Reina del Tártaro, y los nueve meses restantes con ella haciendo que los campos florezcan.


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Dinko Telecan

(Zagreb, 1974) no es un poeta representativo de la lírica croata actual,

pero es uno de los poetas más interesantes que uno se puede encontrar. Situado en la periferia de las tendencias dominantes y de la ciudad de Zagreb, que contempla desde lo alto de una colina, en una casa que linda con el bosque, se mueve con comodidad en el centro como activista literario. Dirige un programa de radio sobre literatura y colabora con diversos editores y revistas. De nuevo en la periferia, en la colina o quizás más lejos, en una pequeña isla de la costa de Dalmacia, escribe poemas que combinan la contemplación de lo espiritual propias de un conocedor de la filosofía budista, con un concepto de la literatura que combina el juego y la mirada incisiva, digno de un traductor de Borges y Cortázar, como es el caso. Estos poemas, que a veces parecen mantras escritos por un escéptico, nos descubren siempre una mirada que se aparta del mundanal ruido para señalar con el dedo sus llagas más purulentas, pero sin alzar la voz, sino con la justa dosis de ironía.

Dinko Telećan ha publicado los libros de poemas Kreševa (Batallas), Vrtovi & Crvena mijena (Jardines & fase roja), Iza (Allende) y Plast igala (El agujar) y en prosa el ensayo Sloboda i vrijeme (Libertad y tiempo), la colección de ensayos Pustinja i drugi ne-vremeni ogledi (El desierto y otros ensayos intemporales), y el libro de viajes por Pakistán e India Lotus, prah i mak (Loto, polvo y amapola).


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dan kad je bombardiran Mjesec ništa se čulo nije nijedna žaluzina zatresla se nije Sunce je tek trepnulo a dnevna kvota nevažnih skapala je u prašini muhe su zadovoljne gotovo kao učenjaci i njihova debela djeca u supermarketu istraživanja se nastavljaju a optimisti razmišljaju o proširenju obitelji el día que fue bombardeada la luna no se oyó nada ni el temblor de una persiana, nada solo el Sol parpadeó y la cuota diaria de parias murió de sed en el polvo las moscas están satisfechas, casi tanto como los científicos y sus hijos cebados en el súper continúan las investigaciones y los optimistas se plantean ampliar la familia

9. listopada 2009.


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9 de octubre de 2009 JUNACI ona koja kredom crta mandalu u prašini i on koji u predvečerje pere potok Vermeerova švelja s nevidljivom iglom i zauvijek nepomični bacač diska stari primoštenski vinogradar logoraš koji slaže trupla na hrpu i Onaj koji se preporađa zbog Tebe


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HÉROES la que dibuja con tiza mandalas en el polvo y lava el arroyo en el ocaso la encajera de Vermeer con la aguja invisible y el discóbolo eternamente inmóvil el viejo viñador de Primošten


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el deportado que apila cadáveres y Aquél que renace por Ti o smrti, suglasnika puna o smrti, suglasnika puna pravilno opisuješ mlado sunce i mudro se uklanjaš bijelim ljubavima gnijezdiš se na dnu vaze, u suterenima gdje je nemoguće osušiti rublje i zaboravljena čekaš turistima u džepu ulaziš i u krošnju koja sebe osigurava zaljubjlenim znanjem o prolječu i u misao radosne djevice tako gordo punu samoglasnika bivaš lijepa i sasma obična kad pod suncem okružiš tijelo sa svih strana i stidljivo mu se najavljuješ dođi ili nemoj doći i imaj oći čije hoćeš, crna sestro ljubavi: znam da si točka iza koje novi red već slijedi


Oh muerte, de consonantes llena, Oh muerte, de consonantes llena, dibujas regularmente un sol joven y sabiamente te apartas de los amores blancos anidas en el fondo del jarrĂłn, en los sĂłtanos donde es imposible secar la ropa y esperas olvidada en el bolsillo de los turistas entras tambiĂŠn en la copa que se afianza con el saber enamorado de la primavera y en el pensamiento de vĂ­rgenes felices tan soberbiamente lleno de vocales eres bella y tan comĂşn cuando bajo el sol rodeas completamente el cuerpo y vergonzosa te anuncias ven o no vengas y ten los ojos de quien quieras, negra hermana del amor:

perversiones

o smrti, suglasnika puna


perversiones

sé que eres el punto tras el que sigue una nueva línea oh muerte, de consonantes llena ZLATNI PIJETAO u meni se pagode podižu i ruše u meni se bogovi odriču svog poroda u meni otoci izranjaju i zaranjaju u meni djecu tetoše i siluju u meni nebo obaraju na zemlju u meni žene polijevaju kiselinom u meni pjesnicima čupaju jezike u meni je feniks prazna riječ u meni jedan ludo zaljubljeni par postaje jači od razornog kotača i svoj toj vrtnji staje na kraj kad kukurikne zlatni pijetao u meni i sve se zavrti iznova kad zlatnog pijetla meni žrtvuju odljubljeni u meni

NOTA BIOGRÁFICA Y TRADUCCIÓN POR

Pau Sanchís


dentro de mí las pagodas se alzan y se derrumban dentro de mí los dioses reniegan de su progenie dentro de mí las islas emergen y se sumergen dentro de mí a los niños miman y violan dentro de mí el cielo se desploma por tierra dentro de mí las mujeres regadas con ácido dentro de mí a los poetas les arrancan las lenguas dentro de mí el fénix es una palabra vacía dentro de mí una pareja loca de amor cobra más fuerza que la rueda devastadora y termina toda su vuelta con el quiquiriquí del gallo de oro dentro de mí y todo vuelve a girar cuando me sacrifican el gallo de oro los desenamorados dentro de mí

perversiones

EL GALLO DE ORO


© by Basi © by Álvaro

dímelo en la calle

Calle Montijo. MURCIA

Calle Ángel Romero Elorriaga. Vistabella. MURCIA


© by Basi © by Basi Calle San Antonio. MURICA

dímelo en la calle

Calle Aljibe de la Gitana. Granada


recomendaziones

Neighbors (1980) Thomas Berger. Una pareja que se muda a un suburbio y que se enemista con sus vecinos hasta que de pronto, aunque magistralmente dosificadas, florecen de la cerrazón vecinal un montón de travesuras adultas que van escalando y escalando y escalando, en ritmo agilísimo, y que pasan a los golpes de puño, al secuestro, a los insultos, al asalto armado, para tejer una tensión impresionante entre la verdadera viabilidad de la muerte, el juego, el poder y el odio en un lugar normalmente aburrido y pacífico. Las situaciones tristes y cómicas, siempre con giros sorpresivos en espacios pequeñísimos de dos, tres habitaciones, un carro, un patio, algunas de ellas casi absurdas aunque no son del todo absurdas sino muy particulares y propias a la cultura estadounidense, porque la prosa del autor es de una parquedad y precisión que hacen temblar, del mismo modo como su ojo para el detalle hace temblar. Neighbors es un ejercicio sobre la imposibilidad de la corrección política y la civilidad, pero es también el riesgo más puro y personal de la escritura acopiada a partir de los restos de material sobrante de las novelas familiares estadounidenses (Cfr.The Corrections). A la vez retrata, cauterizándola, la conducta tan gringa como ineficaz de evitar y esquivar la confrontación hasta la estupidez más asumida e irrefutable; todo se va de las manos, lo real no existe y termina explotando.

ESTEBAN MAYORGA


El camino de vuelta de Antonio Rodríguez.

por

ANDRÉS GARCÍA CERDÁN

Le robo este título -yo que soy sobre todo eso: un ladrón- a Débora Cerio, quien así llamó un estudio muy inteligente sobre los vínculos entre historia y filosofía en la obra de Walter Benjamin. ¿Quién puede decir que no sea delicado el trueno, que no fulja el relámpago en toda su violencia y nos revele en la oscuridad lo hermoso, lo furtivo y lo definitivo de su latigazo y su latido sin rumbo? La poesía es algo así: numen, daimón, latigazo, latrocinio, tormenta, oscuridad, fulgor, iridiscencia, historia, crimen, salvación. Escribir un poema es asesinar muy delicadamente. Antes y después del asesinato no hay poema: solo los preparativos de la fiesta o el resto, el escombro, la baba del mar que se pudre en la orilla, la rémora que se astilla en los acantilados. Cualquier poeta sabe que la única experiencia inconfesable es la experiencia del instante en que la palabra se deja caer en la página y te dice que llega para quedarse, que trae incienso, oro y mirra en su seno. Como la palabra de Antonio Rodríguez Jiménez. Fue Adorno quien cuestionó en una frase lúcida y lapidaria el horrible del lugar de la poesía en el mundo:

“escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”.

recomendaziones

El delicado sonido del trueno


recomendaziones

Con toda seguridad. Peor sería, sin embargo, no escribir poesía después de lo más negro de lo negro entre lo negro. Una esperanza de redención hay siempre en el poema, querido Theodor. Una luz se entrevé en los vanos y los umbrales del otro lado. Luz, luz y luz, por favor. Lo de Auschwitz es, posiblemente, el ejemplo más claro de la falta de poesía en el mundo. Lo que pasa ahora es hijo de esa misma escoria, y no voy a explicarlo. Nos hemos deshumanizado, inhumanizado, infrahumanizado casi absolutamente. Sí, me preocupa mi paga extra, pero me olvido de África. Los banqueros y los políticos se mean en mi cara y no sé con qué limpiarme. Lo hemos hecho todo a mordiscos, perfectos como arcoiris de odio. Hoy, como entenderéis, es imprescindible el poeta. El Minotauro ha de vivir. Que no se atreva Teseo a degollarlo. Que la voz del poeta vuele sublime sobre la mustia pátina de este mundo caníbal y la rasgue y le inocule el veneno más fértil: palabra enamorada, maravillosa, verdadera, divina. Que la voz del poeta retumbe, dentro y más allá de las cloacas en que vivimos, con la rotundidad del trueno. Que sintamos en la piel el delicado rumor del poema, que viene a salvarnos.

La hermosura del héroe

El poeta cubano José Martí decía –con toda la propiedad con

que un hombre puede decir- que

“la poesía vive de honra”

.

Así, con tanta sencillez, con tanta ingenuidad. En muy pocas palabras Martí recoge la esencia del pensamiento poético de todos los tiempos, de William Blake a Lautréamont, de Horacio a César Vallejo. El poema es trascendencia, no sumisión. El poema es siempre algo más. Como palabra de la tribu, la palabra poética es el altar en que se cumplen y se honran las aspiraciones, los deseos, las inquietudes, los tiempos de la tribu. Entre los múltiples cristales con que la poesía nos deslumbra –belleza, intimidad, música de la naturaleza, inteligencia, exquisita sensibilidad, imagen del sueño…-, la ética ocupa un lugar propio. La poesía es ese hueco en que se rescata y se protege la hermosura moral del hombre. Así es la poesía de Antonio Rodríguez. Una poesía que se alimenta con la ética de un samurái, sensual e intelectual, prometeica y órfica, discreta y poderosa. El


Poesía como la de Antonio Rodríguez nos defiende de ese asqueroso olvido de lo humano al que llamamos dinero o poder y nos salvaguarda de la superexposición a las miserias más clínicamente cínicas. Llamo, por tanto, ética a esta sublime necesidad suya –y nuestra– de huir de lo mediocre, lo adocenado y lo bestial, a la conciencia de estar restituyendo una verdad original, a la dicha en el conocimiento de uno mismo, que es el conocimiento del otro. Con el timbre incisivo del mirlo, contra “la insoportable estupidez del mundo”, Rodríguez canta y se acoge a la calma universal del que observa las estrellas y es mejor así. Esa es su revolución. Su honor es la construcción reservada, privada, secreta, de un mundo mejor, inédito y redondo en su maravilla. El honor -nos dice- es eso que ocurre cuando el tiempo juega su juego contra la barbarie, cuando palabras como “camino” y como “volver” se revelan como la mejor forma de regreso a la limpieza poética, a la antigua pulcritud, a la elegancia. “Ha querido la noche señalarte/ con el mágico don de la alegría”. Mejor que nadie sabe el poeta que Marco Aurelio espera cada noche a Amy Winehouse en la barra del mismo bar y que cada noche cantan juntos la canción que habla del otro mundo, del mundo mejor, del mundo que es caudal de hermosura, heroísmo, honra. Enhorabuena otra vez.

recomendaziones

poeta nos regala en los hermosos versos de El camino de vuelta (Premio Arcipreste de Hita 2012, Pre-Textos, 2012) la única lucha digna de un hombre: buscar el secreto de la hermosura del héroe, rescatar a la princesa del lodo, vivir un prodigio, gozar la paz anterior a todo ruido, dejarse ir al son de todos los vientos, lejos, muy lejos. Una lucha clásica como una oda horaciana.


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Nada puede usurparnos la belleza Hay caminos posibles que discurren libres de oscuridad y de zozobra. No han dejado jamás de sucederse los dones de la vida, junto al gesto que nos devuelve al barro, a lo que somos: naturaleza ciega y esplendente. Porque resplandecemos sobre lo más abyecto y homicida. Hasta en la destrucción es deslumbrante esta estirpe dañina y creadora. Y hay algo que perdura por encima de siglos y catástrofes. Aunque cubran oscuras amenazas el horizonte, hay algo indestructible, no lo muerden el tiempo ni el desgaste que persiguen las huellas de los hombres. Mientras alguien aliente en este mundo y acumule palabras este aire, nada puede usurparnos la belleza.

Antonio Rodríguez Jiménez.


El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Es un marinero soez y de talla media. Que sea extranjero es clave, por lo ajeno; y también marino, porque, en cada nueva ruta de barco, se aleja progresivamente de Emma, igual que el recuerdo de su padre, y además se evitan futuras investigaciones policiales. La joven protagonista, Emma Zunz, presenta problemas de comunicación (vive sola), sobre todo con los hombres. Su comportamiento maníaco-depresivo proviene de un trauma de infancia: vio a su padre violar a su madre. La fábrica donde trabaja se torna el perfecto laberinto psicótico, de ahí su actitud confusa, tendente al repudio de sí misma y de su patrón (guardo la verosimilitud si evito que Emma narre en primera persona; mi historia exige la organización racional de un narrador omnisciente). Las motivaciones de Emma, aún virgen, oscilan entre la atracción y la repulsa. Íntimamente quiere ser poseída por su patrón-padre (complejo de Electra), pero externamente pretende eliminarlos (complejo de Edipo). Con Emmanuel Zunz de fondo, quedan explicadas las relaciones con el marinero y el patrón: el primero es la coartada del crimen; el segundo, consumación. El asesinato plantea entonces el valor moral del acto. En este sentido, creo necesario diseminar términos religiosos en el texto: justicia, sacrificio, impiedad, arrepentimiento… entrelazados con un vocabulario «del horror»: asco, oprobio, miserable, obscenidad… que diseñen una atmósfera de culpa y castigo. Este lenguaje simbólico ha de tener un referente objetivo en anécdotas concretas (ejemplo: losanges, casita de Lanús) para que los abusos sexuales (madre-pasado e hija-presente) coincidan en la perturbada psiquis de Emma y actúen como motivo desencadenante de la historia. Finalmente, son preferibles la alusión y el indicio antes que una lectura lineal. Dispondré los materiales narrativos de acuerdo a controladas ausencias de contenido. Evitaré pisar la interpretación del lector.

RUBÉN ROJAS

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Notas para la composición de «Emma Zunz», por Jorge Luis Borges


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Madame de Duffand y su mundo de

Benedetta Craveri por Mari Cruz Gallego

Nos encontramos en la Francia del siglo XVIII. Son los años del Siglo de las Luces, del Despotismo Ilustrado y la extravagancia de la corte, los años finales del Antiguo Régimen. Todo ello mezclado como un cóctel que estallaría al final de la centuria pero que, por el momento, se mantiene en un estado de quietud sólo agitado, y no nos parece poco, por el intenso debate filosófico e intelectual que se produce en estos años. Es en este contexto en el que vive nuestra protagonista, Marie de Vichy-Champrond, Marquesa du Deffand. Educada un prestigioso internado parisino, Marie de Vichy se casa con dieciocho años y su matrimonio le abre las puertas de la vida social y mundana del París dieciochesco del que tanto participó en su vida adulta. Hasta aquí, su biografía no difiere en demasía de la que tuvieron muchas de sus coetáneas; sin embargo, un hecho marca el inicio de una de las vidas más apasionantes que los años ilustrados: la marquesa, cansada de la monótona convivencia marital, decide separarse y comenzar un camino independiente que le llevará a ser, no sólo amante del regente Luis de Orleans (con el que participará en las numerosas orgías de la corte) y de Hennault, presidente del Parlamento, sino también dueña de uno de los salones más famosos de todo París, en el que se daban cita personajes tan ilustres como Montesquieu, Voltaire, D’Alembert o Rousseau. Los Salones o Tertulias son uno de los fenómenos intelectuales más interesantes de estos años. Estos espacios, generalmente regentados por una figura femenina perteneciente a la aristocracia, conseguían dar cita a personajes de lo más variopinto: desde nobles de rancio abolengo a los nuevos intelectuales que participan en el ferviente debate ilustra-


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do, junto a damas de alta alcurnia que reniegan de una aburrida vida conyugal o una monótona estancia en la corte. Madame du Deffand fue una de aquellas damas y en sus reuniones semanales de los lunes, “bureau d’esprit”, como ella las llamaba, polemizaban y difundían sus ideas los más altos intelectuales de su época y ella misma se erigía como un personaje, no sólo polémico, sino agudo, ingenioso y en defensa siempre del buen gusto y de la inteligencia. De toda esta intensa vida nos quedan hoy el testimonio más fiable: sus cartas. Las epístolas de du Deffand no están escritas para ser publicadas, sino como parte de su correspondencia privada. Eso sí, en ellas nunca encontraremos la espontaneidad que hoy día podríamos pensar, sino que hay que entenderlas en una triple vertiente: la comunicación entre ella y sus allegados, un medio para exponer su visión crítica y mordaz de la sociedad que la rodea y un modo de dar rienda suelta a sus reflexiones intelectuales. Todo mezclado con un estilo literario y elegante que fue calificado por SainteBeuve como “junto al de Voltaire, el más clásico y puro de esta época”. En ellas apreciamos, desde la descripción mordaz de su entorno (“Ayer tuve doce personas, y admiré la diferencia de clases y matices de la imbecilidad: éramos todos perfectamente imbéciles, pero cada uno a su modo”) a la descripción del que, en el fondo, será su auténtico carácter: el hastío y la visión desencantada de la existencia humana. Este rasgo la aleja, en cierto modo, de su época para acercarla al pesimismo existencial de Ciorán o Beckett: “Todas las condiciones, todas las especies me parecen igualmente desgraciadas, desde el ángel hasta la ostra. Lo molesto es haber nacido…”.


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Pero de entre toda su correspondencia, son de gran interés las numerosísimas cartas escritas entre ella y uno de sus más íntimos amigos, un por aquel entonces joven D’Alembert que acababa de publicar la primera entrega de su Encyclopédie y que no terminaba de acostumbrarse a la intensa y superficial vida social de la Francia dieciochesca. La amistad entre la aristócrata y el ilustrado se extiende por varios años pues los dos participan de la intensa y fatigosa búsqueda intelectual así como de la crítica aguda del tiempo que les tocó vivir. En la correspondencia entre ambos descubrimos, no sólo el carácter agudo y perspicaz de la marquesa, sino también una parte desconocida de la biografía de D’Alembert, un joven inseguro y con dificultades para la vida en sociedad. Los años avanzan y con ellos, se vislumbra el advenimiento de un nuevo orden. Du Deffand no deja de pertenecer al que pronto será el anterior Régimen y los intelectuales se refugian ahora en el regentado por madame du Geoffrin, la que será musa de los enciclopedistas. La marquesa tiene ahora más de 70 años y está ciega. Los últimos años de su vida los pasa con lo poco que queda de vida en su salón y sumida en la enfermedad del alma, como ella denomina al aburrimiento profundo que la inunda: "Lo que se opone a mi felicidad es un hastío que se asemeja a la tenia solitaria, que consume todo lo que podría hacerme feliz". Sin embargo, de estos últimos años de vida es uno de sus amores más apasionados: el que siente por el famoso escritor de novela gótica Horace Walpole, casi treinta año más joven que ella, y al que le dedicará un epistolario de más de 800 cartas en las que vemos la última pasión amorosa de la dama. Esta correspondencia final de su vida fue publicada poco después; de ella dicen que Napoleón Bonaparte pidió un ejemplar para llevárselo a su campaña en Rusia y se sintió fascinado por la lucidez de la anciana enamorada del joven escritor. Hoy, casi tres siglos más tarde, la historiadora italiana Benedetta Craveri recopila, en un magnífico ensayo titulado Madame du Deffand y su mundo (Siruela), los fragmentos más interesantes de las misivas que escribió a lo largo de su vida y las que le dedicaron sus amigos, D’Alembert, Montesquieu y otros. Ellas nos sirven para conocer parte de la biografía de los grandes hombres ilustrados desde una perspectiva diferente, la personal, y también para adentrarnos en una de las mentes más lucidas y perspicaces de su tiempo: la de una marquesa que, a través de la intensa vida de su salón, intentaba huir del hastío que, en el fondo, había llenado toda su vida.


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telefunken

© Roberto Marín

por TONI RIVAS Circula por ahí una camiseta adornada por la venerable imagen de un autor y bibliófilo argentino. Hablar del mundo de este escritor es considerar el universo como una trampa, como el laberinto que en el que cae fatalmente Lönnrot, o como un simulacro, en el que vive el mago de “Las ruinas circulares”. Creo reconocer esa misma realidad dudosa en el mundo que nos propone el director británico Christopher Nolan, en cuyas películas,


De hecho, ni siquiera en El caballero oscuro puede dejar de reconocerse un eco borgesiano; pues, al igual que el Kilpatrick “El tema del traidor y del héroe” o como sus muchas versiones de Judas, Batman acaba siendo aquí un dudoso héroe que voluntariamente participa en una representación. Lo más probable es que Nolan comparta la misma incertidumbre borgesiana con que ahora miramos el mundo. Más que de una influencia directa, yo diría que Nolan ha trasladado a la pantalla la clarividencia borgesiana, clarividencia que, por lo demás, fundamenta el espíritu de nuestro tiempo posmoderno. En Following, por ejemplo, un derrengado aprendiz de escritor-Cobb- busca entre el caos urbano material para sus historias sin otro método que la persecución y el espionaje de vidas ajenas. Irónicamente, la persecución del prójimo va enredarle en una madeja que desembocará en su propia destrucción; la realidad no es un material inerte para ser apresado en la creación, sino que es ante todo, un engaño, una trampa y hasta una perdición. Insomnia, por su parte, nos conduce hasta un espacio hostil, Alaska y su perenne luz; hasta donde llegan dos detectives para resolver un crimen. Durante la investigación, uno de ellos, el irónicamente llamado Dormer, mata a su compañero. Así, la película estrecha el paralelismo entre el tormento de la conciencia y el insomnio que causa la falta de noche del verano polar en este atribulado sabueso. Progresivamente, la realidad se va desdibujando conforme la falta de sueño debilita la capacidad de juicio de Dormer, hasta que el recuerdo se convierte en un todo neblinoso que disuelve la frontera entre la culpabilidad y la inocencia. Por eso, en sus últimas palabras, Dormer confiesa “I don’t know anymore” al tiempo que ruega que le dejen dormir.

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muchas veces auténticos thrillers metafísicos, domina esa misma isotopía de la incertidumbre. En Following, Insomnia, Memento o Inception, la realidad nunca es unívoca o firme u objetiva, incluso, puede llegar a postularse como un acto de la propia voluntad.


telefunken Š Roberto Marín


A ese origen falaz nos conduce también Inception. Esta película, para mí la menos afortunada, muestra no obstante la coherencia de la filmografía de Nolan (o la inconsistencia del mundo en el que habitan sus personajes). Aquí se mueve más bien en el campo de la ciencia ficción a través de la posibilidad del viaje por múltiples dimensiones oníricas. El arquitecto de esta invención, un personaje de nuevo llamado Cobb (palabra que significa algo así como ‘telaraña’), subsume en su experiencia los avatares de los personajes de las películas anteriores. Como le sucedía al primer Cobb, éste también es víctima de su propia trama. Como a Dormer, las realidades se le confunden, incapaz como termina de distinguir la vigilia del sueño. En fin, comparte con el Leonard de Memento la base de la consistencia de su mundo, menos una certeza objetiva que un acto de la voluntad.

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Aunque de contornos más nítidos, la realidad del protagonista de Memento es igualmente incierta. En este caso, por el extraño caso de amnesia que Leonard padece. La vida de este personaje se ha borrado desde el asesinato de su mujer. Así, la desconcertante disposición temporal de la película –prodigio del montaje- nos debe conducir a reconstruir ese hecho traumático, a esclarecer el crimen así como a explicar las razones de su conducta métodica. Pero, lejos de resolver todo esto, al principio de los hechos, que es el final de la película, solo sabemos que la verdad, el origen, está más allá, que lo que hay al principio de la historia no es la verdad primera sino una mentira motriz con la que el amnésico puede motivar su razón de ser.


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The dark side of the Moon 40º ANIVERSARIO

por JULIO RÓDENAS La experiencia te enseña que en ciertos círculos de nuestro indie patrio, decir que te gustan Pink Floyd es un atrevimiento. Está mal visto. Incluso alguna influyente publicación especializada contribuye a fomentar esa animadversión por todo lo que huela a rock progresivo. En realidad, esa antipatía es inexplicable, más cuando algunas bandas del olimpo de lo alternativo reconocen abiertamente la influencia de los Floyd en su música; un ejemplo paradigmático lo encontramos en The Flaming Lips, quienes llegaron a versionar de principio a fin el disco The dark side of the Moon. Hoy hace 40 años desde que Roger Waters, David Gilmour, Richard Wright y Nick Mason terminaran de grabar un álbum que significó todo un derroche de creatividad; un disco con el que pusieron en práctica innovadoras técnicas de grabación y que sirvió para demostrar que, en lo que se refería a sonido, Pink Floyd fueron unos adelantados a su tiempo. Con The dark side…, el grupo dio un puñetazo sobre la mesa que cambió su rumbo musical y comercial. Corría el mes de mayo de 1972 cuando los británicos entraron a los estudios de Abbey Road con la idea de grabar un álbum conceptual. Hacía cuatro años que el líder de la banda, Syd Barrett, había abandonado la formación a causa de los trastornos mentales provocados por su desenfrenado consumo de LSD. Barrett era el principal compositor del grupo, con


Así que en el verano del 72, mientras David Bowie presentaba al mundo su alter ego “Ziggy Stardust”, Pink Floyd entró en el estudio para dar forma a un proyecto ambicioso y complejo. Era la época álgida del glam-rock, pero Roger Waters, que se ocupó de escribir todas las letras, no estaba por la labor de pergeñar pequeñas fantasías pop; quería profundizar en las miserias de la condición humana mediante unos textos que hablaran de la ambición de poder, el consumismo, el paso del tiempo, la avaricia, la muerte, la locura y las relaciones personales. Las letras conectaron con toda una generación inserta en una época gris y desencantada tras los sueños rotos del hipismo. En el apartado puramente musical, The dark side… destacó gracias a una calidad de sonido sin precedentes y a una amalgama de efec-

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lo que, tras su marcha, sus compañeros tuvieron que enfrentarse al reto de asumir toda la responsabilidad de textos y músicas. Después de publicar algunos discos irregulares donde primaban los temas instrumentales, urgía encontrar una dirección musical definida. Por fin lograron formular el dilema: ¿Cómo componer canciones pop y seguir sonando experimentales? El punto de inflexión fue Echoes, pieza que ocupaba toda la cara b del disco Meddle y que definía perfectamente la nueva senda que seguiría Pink Floyd a la hora de trabajar en The dark side…: empastar una línea melódica de voces sobresaliente con pasajes instrumentales donde dar rienda suelta a la alquimia sonora.


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tos nunca antes utilizados por una banda de rock –conversaciones pregrabadas, latidos de corazón, explosiones, pasos, reactores-; de hecho, en muchas tiendas nunca faltaba una copia del álbum para probar los nuevos equipos de alta fidelidad. Con la ayuda de Alan Parsons como jefe técnico, la banda elaboró un disco de estructuras aparentemente sencillas pero trufado de originales detalles que permanecerían en la memoria colectiva, como el estruendo de las decenas de relojes que suenan al comienzo de Time o la caja registradora que marca el ritmo de Money. La grabación también destacó por el uso innovador de sintetizadores; si bien otros grupos como Roxy Music, Genesis o Yes ya habían incorporado sintes en sus discos, nunca antes una banda de rock había creado canciones construidas únicamente sobre este instrumento, como sucede con On the run, en la que Waters y Gilmour juguetearon con un famoso secuenciador. Pero no sólo es pura tecnología lo que respira en este

álbum, también hay sonidos orgánicos: destaca el notable trabajo de guitarras de Gilmour y sus armonías vocales, la sencilla pero precisa batería de Mason, los coros soul en Time y Eclipse, el gran riff de bajo cortesía de Waters en Money, y los destellos jazzísticos del piano de Wright que encuentran su momento cumbre en The great gig in the sky, donde sobresale la soberbia improvisación vocal de Clare Torry –sí, la grabación fue improvisada y prácticamente en una sola toma-. Como broche final, el recuerdo de Syd Barrett vuelve a cobrar forma en Brain damage y Eclipse –“The lunatic is on the grass”, canta Waters en referencia a su amigo-, cerrando el disco con la mítica e inquietante frase:


A finales del mes de enero de 1973, Pink Floyd salieron de Abbey Road con su mejor trabajo hasta la fecha: un álbum que vería la luz dos mese después y que terminaría convirtiéndose en uno de los discos más vendidos de toda la historia, permaneciendo unos 14 años en las listas de éxito. Irónicamente, el grupo se hizo popular en todo el planeta con el sencillo Money, una canción que hablaba de los aspectos más negativos de la fama. “En aquel momento todos compartíamos el objetivo de hacernos ricos y famosos”, comentó Gilmour décadas después. Sin embargo, cuando finalmente lo consiguieron, todos se hicieron las mismas preguntas: “¿Ya está? ¿Esto es la fama? ¿Y ahora qué?” La camaradería entre los miembros del grupo que había caracterizado las sesiones de grabación de The dark side… fue esfumándose poco a poco y las rencillas entre ellos comenzaron a aflorar. Pero todavía tendrían que pasar años para que Waters dejara la banda tras sus desavenencias con Gilmour y, mientras tanto, aprovecharon para publicar álbumes que reflejaban las relaciones entre los componentes de Pink Floyd, como Wish you were here. Aunque esa es otra historia… Hoy parece mentira que muchas de las ideas que suenan en The Dark Side… fueran inventadas hace cuatro décadas y sigan resultando tan modernas. Estamos ante un disco que deja espacio para la imaginación del oyente y que invita a ser escuchado de principio a fin, sin ocupar el tiempo en otra cosa que no sea perderse por los múltiples recovecos de un álbum tan trascendente como atemporal.

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“No hay lado oscuro en la Luna, en realidad toda la Luna es oscura”


ilustrados ©Federico Fernández y Javier García Herrero


ilustrados


ilustrados ©César Sebastián


ilustrados

ŠChema Arake

(2012)

El recuerdo


ilustrados ŠPepe Incha


ilustrados ŠPepe Incha


Sebastián © César

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Manifiesto Azul 13  

Fanzine de Literatura e inquietudes varias. Murcia, Enero de 2013.

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