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Hotel de tres pisos / Principio y fin Aldo Rosales

Colectivo de Editores Pobres


Hotel de tres pisos/ Principio y fin


Ficha currícular del autor: Aldo Rosales, nació el 16 de noviembre de 1986 en la ciudad de México. Es egresado de la licenciatura en Enseñanza de Inglés impartida en la UNAM campus FES Acatlán. Cofundador y exmiembro del proyecto “Río Arriba.” Actualmente radica en el Estado de México. Autor del libro de cuentos “Luego, tal vez, seguir andando.”

Ficha curricular del artista gráfico: Javier Muñoz Nájera es licenciado en Diseño de la Comunicación Gráfica por la UAM Xochimilco. Divide su actividad profesional como diseñador editoria para diversas editoriales independientes, como ilustrador y como diseñador gráfico independiente.


Aldo Rosales

Hotel de tres pisos/ Principio y fin Narrativa

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Huellas narrativas, núm. 01 Imagen de portada: “Hotel”, Javier Muñoz, 2012

Hotel de tres pisos / Principio y fin Aldo Rosales, 2010 ©

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Hotel de tres pisos


PRIMER PISO 112 6:46 pm Ya no me estés apresurando Manuel, te dije que ya ahí voy, ya ahí voy. ¿Que por qué me tardo tanto? No sé, supongo que así es esto. Puede ser lo que comimos, o el viaje, o el agua de este hotel, o la pastilla, qué sé yo. Ahí voy, ahí voy, bueno, si tanto me estás preguntando te digo: es que por más que le jalo no se va, ¿contento? Ah, pues entonces no me estés preguntando. Ya, vámonos ya, ya terminé. Mira, con tus prisas ya ibas a dejar las llaves del carro, ándale, agárralas y vámonos ya, me siento mal, vámonos ya. Pero bueno, no te enojes, ya terminé y ya nos vamos, me pasas a dejar a mi casa y se acabó, si quieres no nos volvemos a ver ya, se acabó. ¿Cómo no quieres que llore? ¿Cómo no quieres que me enoje? Pero ya, te estoy diciendo que me tardé porque no se iba, pero le jale tres veces y ya se fue, ya. Oye Manuel, Manuel, ¿estás enojado? Cálmate, ya vamos de salida y ya. Oye Manuel, Manuel, ¿te digo algo y no te enojas? Siento que se hubiera parecido a ti. 108 5:58 pm Si ella supiera ¡Dios mío! Cuántas veces hemos venido, si se imaginara por un segundo cuántas veces hemos estado aquí, sin duda algo cercano a la muerte le pasaría, algo cercano a la locura quizás.


Pero no debe, no es pertinente que sepa cuántas noches y cuántos días hemos estado aquí sobre esta alfombra que amordaza los pasos, los hace sonar como lejanos. Ni qué decir de los azulejos, o de la regadera, o de estas almohadas duras como piedra. No, no debe saber. Y me preocupa ella, no el qué dirán ni nada, sólo ella me preocupa. ¿Dios? ¿El pudor? Ésos se quedan en el vestíbulo esperando a que bajemos, callados y con el pelo húmedo, con los ojos cabizbajos y las manos en las bolsas o sobre el pecho como una penitencia. Dios no sabe de esto, no. Se lo prometí a ella, que lo nuestro ya se había acabado, y míranos. No debe saberlo. Pero ella, ¿ella qué dirá? ¿De verdad creerá que se acabó? ¿Sospechará que no hay tantas juntas en el trabajo? Es que le prometí que no volvería a verte, y si supiera le dolería, más si supiera que estamos en el mismo cuarto donde estuve con ella tantas veces; se lo prometí, pero no puedo. ¿Y Dios, me vuelves a preguntar? No creo que él diga nada: ante sus ojos, ante los de la ley de los hombres y la suya también, sigues siendo mi esposa, por eso no creo que digan nada. Pero a ella se lo había prometido, que lo nuestro ya se había acabado. Ya vístete mujer, ya nos vamos. Quedé de recogerla a las siete. Te paso a dejar a la casa y saludo a los niños, me da tiempo.

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104 6:20 pm

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No llores: casarse está pasado de moda. Ya nada tiene que ver si te casas o no, eso no te garantiza que te vayan a querer o respetar. Mira: yo a ti te quiero, y no porque has decidió entregarte a mí te voy a respetar menos. No te preocupes: tus papás no se van a enterar. De eso tampoco te preocupes: no vas a quedar embarazada, por eso me protegí. Todavía tienes muchas cosas que aprender en la escuela, por eso no podemos decir nada a nadie. Claro, yo te voy a seguir apoyando con los maestros, me tienen que respetar porque soy el director de la escuela. Les pesa que soy veinte o treinta años más joven que algunos de ellos y ya tengo el puesto principal, soy su jefe; no pueden reprobarte aunque quisieran.


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¿Qué cuántos años tengo? Pues treinta, apenas treinta. Pero en serio, hablando de lo de hace rato, no nos podemos casar, tú tienes que acabar la secundaria y después hablamos de eso. Te juro que nada es como dices, esto no es un juego, sólo te pido que acabes la secundaria y ya después vemos qué pasa con nosotros, pero necesito que entiendas: el casarse no tiene nada que ver con el respeto y el compromiso. ¿Que por qué entonces estoy casado? Pues todos cometemos errores cuando somos jóvenes.


SEGUNDO PISO 205 3:43 pm “Entonces así es como esto se acaba” dirás y luego mirarás el espejo, no mirándote a ti sino más bien mirándola a ella desnuda sobre la cama, “Entonces así se acaba” repetirás y luego, como sin ganas pero con los nervios exaltados porque no aguantas más, caminarás al baño y te sentarás en el retrete; carraspearás dos veces seguidas . Jalarás la cadena y mientras el agua se va, o más bien antes de que se vaya, arrojarás con rabia las pastillas al inodoro y saldrás de nuevo al cuarto; ella se estará ya vistiendo y sentirás vergüenza de que ahora sólo tú estés desnudo. Ella te mirará el vientre ya más flácido pero tú creerás que mira más abajo. Caminará hacia la puerta pero tú la tomarás por el brazo; nada se dirán, sólo se mirarán un momento y luego ella se sacudirá para liberarse. Escucharás que ella habla por teléfono en el pasillo, pensarás que habla con él, y estarás en lo cierto. Estarás a punto de salir para reclamarle, pero sabrás que es inútil; “si se está yendo es mi culpa” dirás mientras te miras en el espejo; notarás que bajo tu vientre nada ha cambiado. Culparás a las pastillas: es más fácil. 207 3:50 pm Le pedirás que no encienda la luz, que es mejor así a oscuras, que aquello es pura intimidad. Él se encogerá de hombros y caminará hacia ti, tocando tu rostro y luego bajando la


mano lentamente, será en ese momento y no en ningún otro que te darás cuenta que fue un error pedirle lo de la luz: un cuerpo en la oscuridad habla más de sí mismo. Sin saber por qué, sin saber de dónde viene esa pregunta, le dirás que si quiere hacer el amor a pesar de tu flacidez, pero no lo dirás así, sólo señalarás tu cuerpo y harás una mueca que él interpretará como vergüenza a pesar del velo de oscuridad que te cubre. Él no dirá nada y seguirá bajando su mano hasta tu pecho, luego a tu estómago, pero lo detendrás y le dirás, en un impulso, que si es sólo por tu dinero que te quiere o si en verdad te quiere como se debe querer. Te arrepentirás de aquello pero ya será tarde, él caminará hacia la puerta y tú lo seguirás, evitarás que se vaya y le rogarás que se quede, él accederá y le prometerás que, saliendo de ahí, irán a la plaza más cercana a comer y a mirar los precios de los autos. Él accederá a quedarse y tú suspirarás aliviada. Harán el amor de un modo que te parecerá violento, pero nada dirás a pesar del ardor entre tus piernas: te repetirás una y otra vez que es su vigor de hombre joven. Él caminará hacia el baño y encenderá la luz; el sonido de la regadera cubrirá un tanto sus palabras, pero no tanto como para no entender lo que dirá. Le gritarás que sí, que no hay ningún problema cuando te diga que quizás un deportivo es la mejor opción, y luego le asegurarás que no hay ningún problema con tu familia, que ellos respetan tus decisiones. Apagarás el teléfono cuando notes que tu nieto el mayor te llama. A él le dirás que no era nadie cuando regrese del baño y te pregunte quién te llamaba. Te esconderás bajo las sábanas y él seguirá hablando de las ventajas de un deportivo.

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209 9:20 pm

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Se mojan la cara con el charquillo de agua que forman con sus manos en cuna bajo el chorro de agua del lavabo, y se miran y luego se arrojan un poco de agua como en un juego que de seguro ya habían olvidado desde la infancia. Se ríen y luego se vuelven a mojar. Salen del baño al mismo tiempo, o intentan salir del baño al mismo tiempo y se vuelven a reír cuando, como en las caricaturas, se atoran en el marco de la puerta. Sales primero tú, mujer, y corres y te avientas en la cama como cuando vivías con tu madre y te regañaba por hacer eso; tú sales después, un paso detrás de ella, y te avientas en la


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214 11:32 am Llegaste hace más de dos horas al hotel, pero hasta ahora te atreves a moverte hasta el baño y revisarte el ojo: está morado y se puede ver una pequeña abertura en el párpado. ¿Qué esperabas? Te golpeó con el puño cerrado: golpear con la mano abierta está pasado de moda, es casi un insulto. Mojas un poco el párpado y el agua rojiza cae en el lavabo blanco y mal lavado. Te duele cuando te pones la toalla sobre el ojo; recuerdas la película de Jesucristo donde seca su rostro con una manta y en ella queda la calca de sus facciones; lo recuerdas porque miras una manchilla de sangre junto al logo mal estampado del hotel. Sales y marcas el número de tu casa: nadie contesta y entonces sabes que ya está en la calle, buscándote en las casas de todos tus familiares y de todas tus amistades-que ya son bien pocas- y las suyas. Entonces te imaginas que va a tocar a tu puerta, que va a romper la cerradura y que va a volver a golpearte. Te sientas en la cama y hasta ahora notas que te duelen las costillas; de seguro te golpeó cuando caíste. ¿Qué le vas a decir

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cama como si fueras un perro jugando o algo similar; el tronido de la base de madera acusa que ya tus años no han pasado en balde, que tus carnes ya están forradas de grasa y pereza. Se quitan la ropa y juegan a golpearse con ella como si jugaran a los almohadazos como cuando niños. Y cuando se quitan las prendas que les cubren el tronco-tú, mujer, la blusa color mamey que te compré en el último cumpleaños, y tú, mi amigo, la camisa que tomaste la última vez que entraste a mi casa mientras yo estaba de viaje- y cuando se muestran el pecho uno al otro, les digo, se sienten avergonzados, tú de tus estrías que te acusan madre y tú de tu panza que te acusa inútil. Se les borra la sonrisa, se les caen un poquito los ojos y chocan con sus carnes igual de caídas; entonces apagan la luz y comienzan a reencontrase a la usanza de los ciegos: usando de ojos las manos. Alcanzan el clímax casi al mismo tiempo-tú, amigo, lo has aguantado largos minutos para no quedar mal frente a ella; y tú, mujer, lo finges con la maestría que te ha dado practicar cada medio mes conmigo- y se duermen juntos, sin querer escuchar sus celulares que vibran intermitentemente. No tengan prisa: estoy aquí afuera del hotel, los espero. Vamos a hablar.


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cuando regrese? Porque vas a regresar: dejaste todas tus pertenencias y tu dinero ahí en su departamento que nunca, por más que te esfuerces en creerlo, va a ser tan tuyo como de él. Entonces suena tu teléfono celular: es él. Contestas y de inmediato, como para no enfurecerlo más, le dices exactamente dónde estás, y le aclaras mil veces que estás sola y que sólo te estabas escondiendo de él. Pasan los minutos y mientras él llega te revisas desnuda en el espejo: no pasó a mayores. Luego tocan en la puerta: es él. Abres la puerta y regresas corriendo a la cama, luego tomas tu bolsa y le dices que se vayan, que no fue para tanto, que ya no peleen. Le vuelves a explicar, por si se le había olvidado, que te dolía la espalda y la cabeza, pero sigues pensando que fue por su aroma a borracho que lo rechazaste. Vas a caminar hacia la puerta y él te empuja hacia la cama y se monta sobre ti: no hubieras gastado tus 180 pesos ni tu tiempo ni tu piel en decirle que no cuando llegó totalmente ebrio: de todos modos lo va a hacer.

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TERCER PISO 305 7:05 pm El sonido de las llaves en la bolsa del pantalón de Jorge se confundía con el de las monedas que ahí llevaba: había roto su alcancía y se había llevado todos los billetes y algunas monedas, las cuales el dependiente del hotel no aceptó: sólo le había dado la llave del cuarto cuando Jorge extendió los billetes. Tras él, por el pasillo alfombrado y oloroso a detergente barato, venía Marta con la cabeza agachada. Jorge miró el número en el llavero de cuero y lo comparó con el de la puerta frente a la que se había parado: eran el mismo. Metió la llave en la cerradura y dejó entrar a Marta cuando logró abrir la puerta: ella lo empujó para entrar. -¿Quieres que te vaya a traer algo?-Jorge le hablaba a Marta desde la entrada de la puerta. Ella, sentada en la cama, comenzó a llorar mientras se miraba en el espejo. Él se acercó y se sentó junto a ella.-Ahorita bajo por algo para que comas…no traigo mucho dinero pero por lo menos algo podremos comprar. Marta no respondió: seguía llorando con la cabeza gacha. Jorge se atrevió a tomarle la mano y ella no dijo nada. Las cortinas del hotel eran de una tela aterciopelada y gruesa; pesaban como si fueran a prueba de balas. Jorge las descorrió y vio que ya había anochecido; Marta se apresuró a decirle que las cerrara pero luego se tranquilizó al ver que era de noche. Jorge caminó hacia la cama y se sentó junto a ella. -¿Por qué me hablaste a mí?- La voz de Jorge temblaba como la luz del foco del baño.


-Porque nadie más quiso ayudarme-Marta se había ya calmado y ahora se miraba en el espejo mientras se limpiaba el rímel de las orillas de los ojos.-¿Tu mamá no te preguntó a dónde ibas? -Mi mamá llega tarde de trabajar; y ya le dejé un recado que me iba a quedar en casa de Antonio.-Jorge miró las caderas de Marta y luego sus nalgas. -Gracias-Marta se sentó junto a Jorge y lo miró a los ojos- a pesar de que no hablamos mucho en clase yo sabía que me ibas a ayudar. Nadie sabe lo que se siente que te corran de tu casa. Y bueno, cuando me dijiste que sí me ibas a ayudar no pensé que me fueras a traer aquí, pero… -Es que no creo que mi mamá deje que te quedes… -Está bien- Marta le tocó la pierna, luego sonrió al notar que tenía una ligera erección. Jorge se levantó a la medianoche y caminó hacia el baño; se tropezó con la ropa de Marta. Caminó hacia el baño y se miró en el espejo: apenas por la mañana era virgen, ahora él se burlaría de sus amigos. Pero tal vez no le creerían. Entonces caminó hacia la recamara y sacó de su pantalón el teléfono celular, retiró ligeramente las sábanas y empezó a fotografiar a Marta dormida. Se quedó quieto cuando creyó que ella iba a despertar, y luego que vio que seguía bien dormida comenzó a vestirse: vivía a unas calles de ahí, y Marta no era su problema.

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311 06:50 pm

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“Muchacha universitaria de buen cuerpo y cara angelical busca hombre maduro que la eduque.” El anuncio era sencillo, casi trivial, pero entonces, ahí debajo de las letras, casi tocando la línea que separaba a esa muchacha de otras tantas (como si estuvieran enjauladas para siempre en el papel) estaba algo que las demás ofrecían, pero no con la misma vehemencia de tinta barata y papel arrugado “virgen”. El hombre dobló el periódico por la mitad y le ordenó al chofer que arrancaran; las orillas del periódico se hicieron abanico con el aire que entraba por la ventanilla.


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Mientras avanzaban por las avenidas, el hombre que había leído el anuncio extrajo de su saco el teléfono celular y marcó el número que estaba en el anuncio: le contestó un hombre de unos 40 años; ambos colgaron casi al mismo tiempo. Volvió a marcar y esta vez cambió el “5” final por un “8” y la llamada fue la correcta: la voz era de una muchacha joven con cristales en vez de cuerdas vocales. Quedaron de verse a las 7 de la tarde de ese mismo día en un restaurante cerca del centro de la ciudad. El hombre salió de las oficinas del partido luego de mirar el proyecto de pancarta que le habían mostrado sus ayudantes en la oficina (“si de legislar se trata, vota por Ernesto Plata” rezaba el cartel que la tarde siguiente se imprimiría por millares). El carro avanzaba entre el trafico como un coágulo de sangre enferma a través del sistemas circulatorio de un hombre viejo; eran las siete menos diez cuando llegaron y la muchacha ya estaba ahí: su cara era una sopa de letras donde era difícil hallar la palabras fea o común. Cruzaron algunas palabras y salieron en el auto rumbo al hotel más cercano, pero una llamada una cuadra antes de llegar a su destino hizo que el hombre le diera indicaciones a su chofer de desviarse hacia la embajada y llevar a la muchacha a comer mientras él despachaba unos asuntos con un jefe del partido; el chofer esa tarde llevó a la muchacha a su casa luego de esperar con ella cerca de cuatro horas en el hotel donde su jefe estuvo a punto de entrar con ella. El hombre, por su parte, nunca llegó a la cita de ese día porque en el partido le habían asignado una prostituta madura y de facciones duras que tenía el pelo teñido de rubio con las raíces de hielo: fue la primera vez que el candidato a diputado consumía drogas y alcohol en tales cantidades; la primera vez que lo poseía un igual a él pero vestido de mujer y la primera vez en mucho tiempo que sabía que alguien sabía un secreto suyo e inconfesable. Nunca le hablaría a nadie de eso. A la semana siguiente el hombre volvió a buscar a la prostituta: su chofer los llevó a ambos al hotel que el hombre había escogido desde la primera vez y los esperó en el estacionamiento: era un hotel de paredes leprosas y aspecto desconfiable, poca cosa para alguien que quizás sería el diputado de la región, pero muy acorde al hombre que desde niño se ganó la vida haciendo mandados en las oficinas del partido hasta que sus zalamerías le fueron colocando peldaños al frente. Entraron al cuarto y el hombre le pidió a la muchacha que se desvistiera: el hombre, más que pensar en el cuerpo de la muchacha, pensaba en el título casi nobiliario que


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le otorgaría ser el primero en algo o en alguien: colonizar es acto de valientes y de ilustres. Recordó de repente el anuncio en el periódico “virgen”. En realidad la muchacha no era de su total agrado (no sólo por esa especie de grosera belleza que lo hacía sentirse mal por su rostro carcomido de viruelas) sino por ser muchacha, mujer: hembra. Tendría que demostrarles a los del partido que aquello que le hicieron esa noche fue una trampa y nada más. Y qué mejor motivo de alarde que ser quien le arrancó la primera sangre no violenta a una mujer. Qué mejor que eso, se preguntó cuando volvía del baño.

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ESTACIONAMIENTO 7:20 Nunca he soportado estos lugares…mucho menos éste, pero tengo que esperarlo aquí, como si yo fuese una sombra que puede despegarse del cuerpo pero no por mucho tiempo, no por muchos metros. Esclavitud es una palabra que se redefine cada nueva era, cada año y en cada lugar. Aquí se define como chofer, como ayudante general, como guardaespaldas. Me dijo que no tardaba, y fue ese modo de decir las cosas donde quizás se halle la solución de esto: dijo “no me tardo” en vez de “no nos tardamos”, pero no pude decir nada: por lo que él paga es por las acciones físicas que realizo, jamás por las que no lo sean; manejar, abrir las puertas, traer a la mujer, todo menos lo que quiera decir o pensar. Me dijo no tardamos pero bien pudo haber dicho que regresaría pasado mañana o en dos años, o bien no decir nada. Es mi deber no preguntar. Ella me miró antes de ser jaloneada por el patrón hacia la recepción. Veo a las parejas salir del hotel y subir a su auto, o caminar hacia la avenida, y gasto el mucho tiempo que tengo imaginando las historias que arrastran, o las que dejaron allá adentro. “No te enojes Manuel” dijo una muchacha mucho menor al hombre, pero el rostro de aquel era amargo como un cigarro mal encendido. “No te enojes Manuel” pero debió haber dicho “Y qué que te enojes, es tu deber por ser un viejo y yo joven y bonita” yo no sé, creo que así debieran ser las cosas. Las canciones en la radio son remedio por unos minutos, luego se amontonan aquí en el carro y hacen bulto, no me dejan respirar. Prefiero oír las voces sin el estorbo de la música, las noticias por ejemplo, o los programas del corazón, todo menos música, ésa tarda más en evaporarse.


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No lo veo venir, y ya se está haciendo noche, no puedo decir tarde porque para alguien sin familia nunca es tarde, nunca es temprano. No soporto este hotel…aquí fue donde pasó todo. Esa noche, lo recuerdo, me encargó traerla y que lo esperara aquí con ella hasta que él llegara; me dio dinero suficiente para comprarle tragos y comida. No llegó, y yo lo supe desde que me llamó para decirme que mejor la llevara a su casa, que otro día iba por ella, que estaba mejor la rubiecita con la que estaba en el hotel junto a la embajada. Pero me quedé callado, y seguimos tomando tragos, comiendo y platicando de trivialidades que se fermentaron en vino y se hicieron anécdotas cada vez más largas. Ella, según me dijo, tenía otros planes, eso era sólo por un momento, unos años a lo mucho, en lo que juntaba para su carrera; una madre enferma desde el divorcio y planes de mejorar el jacal donde vivía allá a las orillas de la ciudad también brotaron de su boca. Estoy seguro que se robó su historia de alguna telenovela o de una revista pornográfica, pero no dije nada, nunca me pagaron para hablar y fue entonces que perdí la costumbre. No me gusta emitir palabras, pero me gusta recibirlas. Por eso me gustan los programas del corazón, porque son puras palabras sin dueño, sin boca y sin saliva, y me gustan las historias que se inventan, como el que según se suicidó al teléfono hace algunos momentos en el programa de amor, ya no saben qué inventar para subir el rating. Por fin lo veo venir. Viene más enojado que de costumbre. Le ofrezco fuego para el cigarrillo arrugado que trae en los labios y arrancó. Las luces de la avenida parecen detener sus palabras. -La muy puta…la muy pendeja…-la viene bañando de adjetivos, como si su sólo nombre y profesión no delataran ya lo suficiente. Luego el humo saliendo de su boca lo hace lucir como si su enojo lo tuviera en llamas por dentro, como en las caricaturas. Nos detenemos frente al alto y la luz roja me hace recordar las pantaletas que ella traía aquel día: blancas, pero con una mancha roja en lo alto, roja como las sabanas del hotel. “Soy virgen” me había dicho ella cuando me levanté hacia el baño, pero se equivocó, debió haber dicho “era virgen”. Mi jefe siguió hablando, o más bien volví a escucharlo. -…y entonces me doy cuenta que ya era de segunda mano, viejo, de segunda mano…y yo que me la creo… Me pidió que volviéramos al hotel y que circulara alrededor de la cuadra. Fumaba como si los cigarros fueran pruebas de un delito y necesitara eliminarlos todos antes que la policía llegara. Y vaya coincidencia, hablando de policía…


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-…ya la encontraron, de seguro la de limpieza habló…pero nadie sabe nada, es lo bueno, aquí eres don no me importa de la ciudad de paga en efectivo y guárdate tu nombre. Seguí circulando alrededor del hotel, como si el auto fuera un insecto idiotizado por las luces de las patrullas y las ambulancias; una camilla estaba siendo subida a una de las ambulancias; en la otra camilla llevaban una bolsa negra. -¿Quién será el otro? -Preguntó mi jefe, pero como todas sus preguntas ésta tampoco esperaba una respuesta, mucho menos mía. Me pidió que siguiéramos a las ambulancias. La noche era espesa como agua sucia. “bueno, por lo menos si muere no será siendo virgen, hubiera sido un desperdicio” pensé mientras avanzábamos. El hotel se iba quedando atrás en el retrovisor, quieto y oscuro, como un niño que alguien pierde en el parque cuando ya no hay dinero para mantenerlo.


Principio y fin


MOTIVO DE NO LLORAR Para Alejandra Estrada, por siempre escucharme. Son ya las doce del día y el agua en las enormes cacerolas está hirviendo sobre el fuego indigesto de tanta hierba seca y tanta hierba verde; el humo se va para arriba, como un papalote sin dueño y sin colores. Las cubetas, ya sin dibujo, ya con los bordes raspados de tanto ir y venir llenas de agua o de grava o de sangre, esperan junto al tronco donde está amarrado el pequeño chivo. -Agárralo del pescuezo, y no empieces con tus lástimas, va a sentir, y se va a tardar más en morirse. Él va a morirse: es decir, el mismo se va a arrancar la vida. Morirse uno mismo, eso es lo único que sabemos hacer desde que nacemos, morirnos a nosotros mismos. Ese chivito no es la excepción; en sus ojos hay tanto que se le desborda un balido y tira hacia el monte, pero la cuerda de rudo y deshilachado yute lo castiga y lo trae, lo deja ir tantito y lo vuelve a traer; en eso la cuerda se parece a Miguel. Cuando lo llevó al monte, se acuerda, lo llevaba cargando mientras Rodolfo, su hermano mayor, llevaba a las demás a pura caricia de vara hacia el monte. “Bájalo, te vas a encariñar.” Entonces Miguel le puso su cinturón en el cuello y lo llevaba por las veredas limpias de víboras y huellas. Lo dejaba ir tantito y le jalaba la cuerda que le había amarrado al cinturón para no ahorcarlo. Lo dejaba ir y lo regresaba. -Tráete los cuchillos-Rodolfo se lavaba las manos en una cubeta; sobre la mesa ya estaba la sal en grano, la verdura picada- te dije que no te encariñaras.


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Rodolfo sabe que Miguel quiere llorar: tiene los ojos llenos del chivito, llenos de puro recuerdo y llenos de vacíos. Miguel camina hacia la casa y regresa con el envoltorio donde están los cuchillos. Le alarga el curvo a su hermano. -Mira, vente para acá-Rodolfo camina hacia el chivito que sigue tirando al monte si querer notar que no puede. Lo toma de las barbas: está pequeñito y ya tiene barbas, como un adulto bebé, porque los que no tienen papá siempre crecen más rápido y sin opción de negarse; en eso Miguel conoce demasiado fuerte y bien. -Le estiras el cuello, ¿ya viste? Y cuando se le salte esta vena, le picas rápido. La mano de Rodolfo llueve como lluvia de temporal sobre el cuello tenso del animal, pero por más picadas que le dé el cuero del animal apenas si se entera; los movimientos del chivito se asfixian entre las manos toscas de Rodolfo y del primo Julián que tiene bien agarradas las patas traseras del animal. Miguel quiere voltearse pero no quiere hacer enojar a Rodolfo, quien ya camina hacia la mesa y toma de la franela mantecosa una especie de picahielos. Vuelve a tomar las barbas del animal, como un barbero sin modales. -Le picas aquí- y cuando dice eso puja y le siembra el metal al chivo- rápido, tráete la cubeta. Miguel lleva la cubeta y la coloca debajo del vendaval de sangre que le brota del cuello al chivito. Qué violenta debe ser la tierra de donde el agua brota púrpura y sin miedo. El sonido del líquido chapuceando en el fondo de la cubeta es espeso como atole. Los movimientos del animal se están quedando dentro de sus carnes, ya no afuera. Amaina la tormenta sin viento y sin vida. -Te dije que no lo cargaras esa vez-Rodolfo se seca las manos en la franela de los cuchillos y empieza a vaciar la verdura picada en el agua; Miguel se seca las lágrimas con el dorso de la mano y luego las embarra en el pantalón.- ¿Sí aprendiste? El niño sólo asiente con la cabeza. El humo del fogón se sigue yendo hacia el cielo como si tuviera miedo de perderse. -Pues ahora vas tú. El primo Julián trae de las patas a otro chivo, pero éste tiene el hocico amarrado con lazo. Lo amarra al mismo palo donde estaba el otro chivo que ahora Rodolfo ya está pelando como si fuera una naranja. Miguel toma el picahielos y camina hacia él. El primo


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Julián lo agarra del hocico y la vena en el cuello se dibuja como un río al día siguiente de un diluvio: fuerte, sucio, doloroso. Son las doce y media y el niño recién bautizado y los invitados ya vienen llegando a la casa.


ATALAYA Para mi hermano Carlos Ricardo -Los descubrí anoche que mi papá iluminó para acá con los faros de la camioneta. La voz de Esteban se cortaba con los sonidos de hierbas y ramas quebrándose debajo de nuestras suelas; el terreno era fangoso y el olor que dejaba escapar el lodo podrido se metía en la nariz como si le tuviera miedo al ambiente. La tarde comenzaba a parecer noche y el camino empezaba a parecer más largo de lo que Esteban nos había dicho cuando estábamos en su cuarto. Eran vacaciones, uno de esos periodos donde todas las actividades se acaban y se recurre al siempre desesperado recurso de visitar a la familia; Esteban era hijo de mi tio Gustavo, un primo lejano de mi papá, tan lejano que ya ni siquiera compartían apellido. Éramos cinco los que avanzábamos por ese terreno que nos parecía un pantano peligroso y que hoy, salpicado de años y de cosas, recuerdo que era sólo una charca maloliente; Esteban hasta el frente, su hermano Jean, Verónica-hija de otro tío lejano que también había ido de visita- mi hermano Ricardo y yo. Íbamos, sin darnos cuenta, ordenados por estaturas. Las edades no iban en pirámide; mi hermano era el mayor de todos nosotro dos años mayor que Esteban- y yo el menor; tenía siete años. -Luego se pegan en la ventana del baño de arriba, y espantan a la criada. Una vez se metió uno y lo atrapamos y lo metimos en un calcetín. Lo soltamos en la cocina y mi mamá se subió a una silla, como si con eso lo esquivara. Esteban iba contando anécdotas que nos parecían cada vez más irreales, pero no dijimos nada porque de verdad queríamos verlos. A mitad del camino nos encontramos


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una víbora muerta y Verónica decidió que regresaría; Esteban tomó la víbora muerta con una vara y se la arrojó: no le atinó y la víbora quedó colgando de una rama. La noche seguía avanzando y el cielo se veía como incendiado. Por fin llegamos; era un amontonadero de piedras que seguramente alguien había tirado en ese terreno baldío: parecían las sobras de una construcción. Aquello tenía el aspecto de una de esas cuevas como la de las películas que pasaban en los días que no había escuela. Algunas hierbas habían crecido sobre las piedras y las hojas colgaban en la entrada, como una cortina. En las puntas de algunas ramas las hojas se veían más oscuras; una se echó a volar hacia nosotros. -¿Ya los vieron?-Esteban preguntaba triunfal, como si aquello fuera una obra suya. Otro par de murciélagos salieron volando y se perdieron en la noche que ya nos rodeaba. Yo era el único sorprendido: mi hermano parecía fastidiado, y ahora que lo recuerdo estoy seguro que sólo estaba allí porque mis papás siempre lo obligaban a cuidarme; Esteban estaba distraído con la lata que habíamos cargado desde su casa; mi primo Jean siempre parecía que estaba dormido y esa vez no era la excepción. Era cierto: parecían ratas con alas. Mis primos decían que eran ratas viejas, que era una ley que a todas las ratas, cuando estaban muy viejas, les salían alas y se volvían murciélagos. Mi hermano me dijo que eso no era cierto, pero Esteban insistía en lo contrario. Metí las manos en las bolsas de la chamarra y encontré las llaves del carro de mi papá; se me había olvidado dárselas cuando se las pedí para sacar mi chamarra de la cajuela; mentira, por supuesto. Esteban y su hermano le sacaron gasolina al carro y la pusieron en la lata que Esteban intentaba destapar ahí frente a los murciélagos. Me habían mandado a mí porque sabían que nunca me negaban nada, además apenas si me prestaron atención: todos estaban distraídos tomando y platicando con mucho escándalo. -Miren, van a ver que algunos salen prendidos.-Esteban regresaba de la entrada de la cueva hacia nosotros, que nos quedamos diez o veinte pasos atrás; venia caminando de cuclillas y en reversa: entre sus manos tenía la lata que dejaba escapar un gorjeo continuo. Jean sacó de su chamarra un encendedor y con él prendió un pedazo de papel que sacó de quién sabe dónde. El caminito de fuego se abría paso entre la oscura y pegajosa noche y a través de la hierba mojada. Cuando el brillo llegó hasta la entrada de la cueva se escuchó una


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pequeña llamarada que creció por el efecto del hueco entre las piedras. Algunos murciélagos se encogían en el piso hasta confundirse con piedras o simplemente desaparecer de nuestras vistas, otros se arrastraban hacia la noche, intentando alejarse del fuego; sólo un par lograron volar y se fueron hacia el cielo: parecían luciérnagas, sólo que de otro color. Mi hermano Ricardo me tapó los ojos, pero yo le quité las manos para seguir viendo. Amenazó con acusarme con mi mamá, pero ésa era un arma que me pertenecía a mí, no a él. Jean picó con una vara a un murciélago que estaba cerca de sus pies; seguía prendido. El animal se echó a volar mientras chillaba: cayó un par de pasos adelante. Regresamos porque escuchamos que nos gritaban desde la casa. Tropezamos varias veces porque regresamos corriendo; yo sólo pensaba en los murciélagos que habían volado, y le pregunté a mi hermano si seguirían volando; por respuesta él me empujo para que corriéramos. Antes de acercarnos a la familia, quienes nos esperaban en la entrada de la casa, Esteban nos hizo jurar que no diríamos nada. No hacía falta. Nos despedimos ya entrada la madrugada; las luces del auto apenas si podían rasgar la oscuridad. Yo me asomaba por la ventana para ver si ahí seguían los murciélagos: no pude ver nada. -¿Seguirán vivos?-le pregunté a mi hermano; ni siquiera me volteó a ver. De repente pensé en si se habrían quemado todos los murciélagos, hasta los bebés que a lo mejor todavía ni sabían volar. -Tú qué crees- me contestó mi hermano, otra vez sin voltear a verme. Pensé en los que se habían quedado adentro sin poder salir debido al calor, y en si seguirían vivos y encogidos entre el lodo. En el cielo no se veía nada, ni siquiera las estrellas


DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Son doce. Son las doce. Mide doce. Los números tienen peso cabalístico, astronómico, pero sobre todo un peso que no se puede sacudir; Juan piensa en eso porque no puede dormir. Son doce. Son las doce. Mide doce. La noche está cargada de sonidos, de espesos y calurosos minutos también. No se acaba, no le tiene miedo al tiempo. Ya ha terminado el turno y todos están ya en los cuartos: es una noche de Nueva York, o de Chicago, o de cualquier otra ciudad. Juan no sabría cómo identificar si en verdad está en Chicago o en Nueva York; sólo sabe que ya no está en Guerrero porque el idioma es otro, las palabras que se hablan ahí en donde él y su papá trabajan tienen varios ritmos, varios tonos, varios matices. Aunque a veces, claro, alguien además de su papá habla en su mismo idioma; son de su mismo país, nacieron dentro de las mismas fronteras que se les ciñen al cuerpo aunque ya no estén en su país. Allá afuera la noche avanza espesamente. -Papá, papá, ¿estás despierto? Juan llama a su padre porque no puede dormir; los gemidos del niño que duerme en una cobija junto a la suya no lo dejan dormir. Ese niño es como él; también tiene sólo un padre y una patria que se le ha tatuado en los ojos con tinta de nostalgias y llantos anegados. Se ha quejado desde la mañana, justo antes de que Juan y su padre salieran rumbo al restaurante. El padre de ese niño es un negro, negro como el niño mismo, negro como no recordar. Viven todos ellos en un departamento que alguien les ha rentado a tantos y tantos indocumentados de tantos y tantos países; los une un anonimato apátrida


Huellas narrativas 38

y el miedo a ser devueltos a sus países. Trabajan en lo que sea: en hoteles, en las bodegas de los supermercados, o en restaurantes como Juan mismo y su papá. En ese cuarto, una habitación rectangular y estrecha, duermen doce personas entre hombres y niños; es lo único para lo que alcanzan los sueldos que obtienen en sus sitios de trabajo. En la otra habitación duermen otros doce, y en la zona que debiera estar destinada a la sala y a la cocina duermen alrededor de treinta. Pero en ese cuarto, ese cuarto testo de los gemidos del niño negro, son doce; el cuarto mide doce. Son las doce y Juan no puede dormir por los gemidos del niño. -Papá, papá; le está doliendo. El padre no contesta. El niño negro le dice algo a su padre y éste se inclina un poco sobre él y le tienta el pecho; Juan lo sabe porque ha aprendido a leer los movimientos en la oscuridad. El padre y su hijo cruzan unas palabras que Juan no entiende pero de las que extrae el mensaje; el dolor habla un mismo idioma en todas las naciones de la tierra. Quisiera ayudarlo pero no sabe cómo. Sólo se limita a quitarse la cobija que lo cubre y la pone sobre el niño a su lado. Es ahí donde se da cuenta que el niño suda brutalmente. -Juan, no te destapes, agarra tu cobija de nuevo. La voz de su padre es una orden seca, llena de dolor y de instinto de supervivencia; Juan finge no escuchar. El padre negro mira fijamente a Juan y él le devuelve la mirada; los ojos del negro no dicen nada, están blindados, nunca dejarán escapar nada. Alguien debería buscar un médico, claro, pero allá afuera las patrullas tiñen la ciudad nocturna en azul y rojo de miedo; imposible salir sin ser detenido y luego deportado. Las razias son algo constante. -Juan, agarra tu cobija. El negro sabe qué es lo que pide el padre de Juan, y mira al niño instándolo a que obedezca, pero Juan se ha vuelto sordo a algo que no sea la respiración del niño a su lado. Piensa en ese niño; nunca ha cruzado palabra con él, nunca lo ha visto a los ojos por más de un segundo. Lo único que los ata es compartir refugio y un dolor por estar en ninguna parte. En otro tiempo hubieran jugado, pero los juegos son algo que se atora en la malla metálica que se libra al pasar la frontera. Alrededor de Juan zumban hasta cuatro mosquitos; él es un ángel coronado de insectos.


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Juan siente una de las manos de su padre sobre el rostro: le está buscando las patillas. Cuando las encuentra, toma los cabellos finos entre su pulgar y su índice y jala hacia arriba. Las manos de su padre son arrugadas como las de Juan; ambos están cubiertos por una vejez de cloro y detergente para trastes. Pero Juan no puede ya obedecer a su padre. Simplemente no puede. El hombre negro sigue susurrando algo a su hijo; alguien en el otro extremo de la habitación grita, en algún idioma extraño, que guarden silencio. La noche se decolora poco a poco hasta parecer una madrugada con pinta de mañana. Todos se levantan para intentar ganar el baño; un niño comienza a llorar en la cocina. Juan se levanta cuando su padre le dice que ya deben irse o les descontarán el día. Cuando se levanta, mira al hombre negro de rodillas junto a su hijo que sufre una sequía total de vida: los labios del niño son blancos. Al principio Juan no lo nota, pero el hombre negro llora quedamente sobre el torso de su hijo; así es como lloran los que tienen siempre la persecución a cuestas. Juan y su padre salen a la sala y se dirigen a la puerta esquivando a otros que todavía duermen; hay un olor a pies y a alcohol. -Papá… Juan camina detrás de su padre con pasos grandes para intentar igualar las enormes zancadas que da aquél; Nueva York o dondequiera que estén comienza a respirar. -Papá…-Juan no puede alcanzar a su padre sino hasta la puerta del restaurante donde ambos laboran-el hijo del señor… -A veces pasa. Olvídate ya.-El padre de Juan también ha escondido sus ojos en una caja fuerte de resignación. La mañana suena a trastes chocando. Y huele a basura mojada.


SUSURRO DE SOMBRA Y MONTE

Los sonidos que se cuelan entre la hierba se empapan del rocío que ha quedado de la noche anterior, se baten también de lodo y llegan hasta los oídos a intervalos teñidos también de sol. Los pájaros aúllan más que cantar, con un ritmo que parece arbitrario; parecen conversar allá en las ignotas copas de los árboles. Las hojas y el musgo despiden un pequeño sonido húmedo a las pisadas de los hombres. Llevan horas caminando, desde que el amanecer se empezó a desnudar. -Mateo, Mateo. El niño voltea cuando escucha su nombre, pero nadie lo está llamando: todos van caminando detrás de él con los ojos puestos al frente, con las piernas semi flexionadas y los brazos tensos al frente, arrullando el arma en sus manos. Se distrae y tropieza con las raíces de un árbol que se está despegando de la tierra; el sonido de sus pies al romper una rama seca detiene en seco a todos los hombres que van caminando con él. Mateo también se detiene y voltea a todos lados para ver si ya vienen, si su llamado los alertó; usan uniformes verdes para confundirse con lo verde del monte, pero generalmente no buscan esconderse, no: los que se esconden son ellos, Mateo y su padre y sus tíos y sus vecinos son los que se esconden, no los otros, los que vienen de otras partes del país a cumplir con lo que alguien que ni siquiera sabe que Mateo se llama Mateo les ha ordenado. Y el niño por un momento se pregunta si de casualidad los soldados saben que en esa comunidad donde sólo hay una escuela sin techo y una iglesia igual de triste, hay un niño que se llama Mateo. Quisiera saber.


Huellas narrativas 42

-Mateo, Mateo. Siente que alguien le habla pero nadie le está poniendo atención; todos van caminando en alerta, pendientes del más mínimo sonido que no sea puramente del monte; Mateo tiene miedo, está cansado y el rifle le pesa mucho, más que el machete cuando salía a desmontar el monte con su tío. Pero prefiere eso a matar los pollos, por eso se fue con los hombres: no le gusta matar a los pollos, no le gusta escuchar cómo su cuello se disloca y la vida se les borra de los ojos que se les cierran de un momento a otro. -Mateo, Mateo. Siente esa voz otra vez en la nuca, pero cada que voltea no hay nadie. Piensa por un momento que los soldados ya lo han visto y se están divirtiendo a sus costillas, llamándolo escondidos entre los árboles para que él se espante. Ya ha aprendido a tenerles miedo a los soldados; eso se tiene que aprender rápido en su pueblo. Se aprende desde que se tiene consciencia, se aprende antes que aprender a leer. -Mateo, ¡agáchate! Esta vez alguien lo llama, esta vez sí escuchó una voz a sus espaldas: es su tío Francisco, que ya está con el pecho entre las hierbas y con los ojos erizados viendo hacia el frente. Sus susurros son rasposos, llenos de desesperación: allá, al frente de ellos, se viene acercando un grupo de soldados. Mateo no sabe qué hacer. Mira a su alrededor y ve que todos con los que viaja están ya con los ojos al ras de las raíces; todos ruegan por lo bajo que los soldados tomen otro rumbo. El aire de repente se rompe con un silbido ronco y uno de los soldados cae entre la hierba y desaparece de la vista de Mateo; comienzan a quebrarse las hojas al tiempo que los disparos granizan desde todas partes. -¡Agarra duro el rifle, dispárales! Mateo escucha la voz de su tío enredándose entre las telarañas que forman los silbidos de las balas; quién sabe cuánto va a durar aquello, eso de estarse gritando bala desde un lado y otro del monte, hasta que unos u otros se quedaran callados con las palabras ahogadas adentro del pecho, y el pecho volteado hacia afuera, todo tinto en rojo y huesos quebrados. Mateo recarga el rifle en el pasto y lo agarra con las dos manos, luego levanta un poco la boca del arma y jala del gatillo; el retroceso del disparo hace que la culata golpee a Mateo en el rostro. Lo vuelve a hacer una y otra vez, y a cada disparo el arma le golpea la cara; no sabe si es sangre o sudor lo que se le mete por el


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cuello de la camisa. Luego todo es silencio, como si al mundo se le hubieran acabado por un segundo los sonidos y necesitara respirar. -¡Vámonos que se echaron a correr, van a ir por más!- Alguien grita desde atrás de un árbol y Mateo ve a su tío levantarse y hacerle señas de que lo siga; todos avanzan poco a poco, con la cabeza casi a la altura de las rodillas. Mateo alcanza a su tío. -¡Vente, vámonos Mateo!- su tío lo jala del cuello de la camisa para que sigan subiendo por el monte y le saquen distancia a los soldados que no tardan en llegar; Mateo se tropieza con el cadáver de un soldado: una bala le arrancó la nariz. Los ojos del hombre se ven desnudamente abiertos: parecen más grandes de lo que son por la ausencia de nariz- ¡No lo veas, voltéate! Mateo sigue corriendo sin notarlo siquiera. Mira a los demás hacer lo mismo. Está a punto de preguntarle a su tío si alguna de las balas que disparó fue la que mató a ese soldado pero mejor se queda callado. No quiere escuchar que su tío le conteste que sí. Mateo piensa que hubiera preferido quedarse: los pollos cierran los ojos cuando ya no están vivos.


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Narrativa

Hotel de tres pisos / Principio y fin de Aldo Rosales  

Hotel de tres pisos / Principio y fin de Aldo Rosales (Huellas narrativas, núm. 01, agosto de 2012)

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