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SULPICIO SEVERO Y SAN MARTÍN

Razones de una elección El pasado año se me indicó que en el marco de la Semana cultural, y teniendo presente que uno de los actos de la Semana lo organiza la Cofradía de San Martín, se me indicó que podía ser interesante que les ofreciera algunos datos objetivos, datos que no siempre se conocen en su verdad, de lo que es en realidad el Valle de los Caídos. A lo largo de todo el año he estado pensando en ello, aunque, también es cierto, que ha habido acontecimientos importantes con los que no conté el año pasado en estas fechas. Por otra parte, en este año también me he sentido urgido por el compromiso que asumí ante la Cofradía de ofrecerles una traducción de la Vida de San Martín escrita, en vida del Santo, por su primer biógrafo, Sulpicio Severo. El cumplimiento de este compromiso me ha exigido una solicitud singular; incluso, hubo momentos en los que, desanimado, dudé de su posibilidad, ya que servicios comunitarios me impedían dedicar más tiempo a esta tarea. Con inmenso gozo puedo decir que “Misión cumplida”; sin duda, vuestra devoción a nuestro patrón ha hecho posible que San Martín me echara una mano en los momentos en lo que todo lo encontraba muy oscuro. Por eso, cuando hace unos días, el pasado 28 de octubre, Don Isidro se puso en contacto conmigo para manifestarme que seguían contando conmigo para la Conferencia de este año, me decidí hablarles de Sulpicio Severo y San Martín, fundamentalmente para compartir con Vds. el afecto por Sulpicio Severo que esta tarea ha suscitado en mí; afecto, ciertamente, muy pequeño en comparación con el afecto que él manifiesta por San Martín; por eso, tratándose de San Martín, de la Semana Cultural en torno a la fiesta de San Martín, y tratándose de algo exclusivo de este año, porque tanto la Cofradía de San Martín como la parroquia de San Martín ya pueden contar con la primera biografía del Santo, me parecía obvio que os hablara de Sulpicio Severo, y que os diera a conocer algunos relatos significativos de la vida de San Martín, narrados por el mismo Sulpicio Severo. Con sencillez he de manifestarles que, cuando hace unos diez años, asumí el encargo de componer un himno a San Martín, de San Martín sólo conocía la escena de la capa y la pacificación de una comunidad, amargada por las tensiones que existían en ella; y este último dato por la lectura biográfica que tenemos en la celebración de la Liturgia de las Horas de este día. Dudo mucho que sus conocimientos del Santo sean mayores que los míos. Con todo, no he olvidado que la primera idea de esta mi intervención de este año era la de hablarles del Valle de los Caídos... .


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El Valle de los Caídos: Datos teológicos Junto con el texto de la Vida de San Martín, he traído para los Archivos de la Cofradía un discket, que contiene el dicho texto traducido y la versión latina escrita por Sulpicio Severo. Y, como quedaba suficiente espacio, he añadido algunos Documentos importantes sobre que es el Valle de los Caídos. Al entrar en la unidad A se ven dos archivos; el uno está dedicado a San Martín y el otro al Valle los Caídos. En este segundo hay también otros dos archivos y algunos documentos sueltos que me han parecido de algún interés. Entre los Documentos importantes se hallan el Decreto Ley de 23 de agosto de l957 por el que se establece la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y la Carta Apostólica de Pío XII por la que se crea la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Al primero de estos dos Documentos he añadido la legislación posterior que se refiere al Valle de los Caídos, incluyendo también dos artículos de la llamada Ley de la Memoria histórica. En el Decreto Ley y en la Carta Apostólica de Pío XII encontramos los datos teológicos del Valle de los Caídos, datos que es importante conocer sino se quiere tener una visión parcial, y por tanto falsa, del Valle de los Caídos. También se halla la nota del Gobierno Civil de Madrid, de mayo de 1958, que dio origen al traslado de numerosos restos al Valle de los Caídos. Reconozco que dichos traslados no se hicieron siempre con la debida consideración a las familias que señala dicha Nota. Y en el otro Archivo del Valle de los Caídos se hallan algunas intervenciones mías en la Misa conventual que he presidido en días significativos, como se percibe fijándose en las fechas de tales homilías; hay, además, un artículo que publiqué hace cerca de veinte años. En estos escritos recalco el sentido trascendente del Valle de los Caídos, sentido que quienes prescinden de él, se incapacitan para comprender la realidad del Valle de los Caídos. Hay además una crónica de las Obras del monumento y testimonio impresionante que estimula sobre todo a tratar de intuir el designio divino al querer la existencia del Monumento, con una finalidad bien precisa, teniendo también en cuenta las circunstancias que acompañan al mismo, circunstancias que todavía lo convierten en signo de contradicción. El testimonio es precisamente el del actual P. Abad de Valle de los Caídos. Él ha vivido en su familia el drama de muchas familias, y el drama presente en la historia de muchas poblaciones de nuestra Patria. En el Valle de los Caídos se hallan los restos de su padre fusilado el 18 de agosto por sus convicciones católicas, los restos de su hermana mayor, muerta en la tarde del 24 de diciembre, la tarde de Noche buena, a causa de un bombardeo de la aviación llamada nacional; y se hallan también los restos un tío muerto en el frente republicano. Lo que subyace en este testimonio y mi condición de persona consagrada, me invita a considerar, a proclamar por encima de todo, el sentido trascendente de todos los acontecimientos históricos, acontecimientos agradables y acontecimientos desagradables. Por qué las cosas han sucedido como han sucedido, podemos preguntarnos muchas veces, y podemos quedarnos desolados porque no encontramos respuestas satisfactorias; podemos pensar en responsables, en culpables de unos hechos que siguen causando amargura; pero las cosas no van a cambiar y la amargura no va a desaparecer del corazón. Quizás ahora sea el momento de elevar los ojos hacia Cristo crucificado, acontecimiento que precedió a


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su resurrección, para comprender que todo tiene sentido positivo, aunque de momento ese sentido positivo permanezca oculto para nosotros. He aludido antes a los datos teológicos del Valle de los Caídos, datos que responden a un designio divino. San Pablo, en la Carta a los romanos, nos dice que todo es gracia (Rom 4,16), y esa misma carta también nos dice que los dones y las llamadas de Dios son irrevocables (Rom 11,29), Dios no cambia. Las personas podemos desertar de la misión que Dios nos confía, y entonces, si nos hacemos indignos de esa misión que Dios nos confía, esa misión se la confiará a otros (Cf. Ester 4,13-14). Y estos son los datos teológicos que brotan de la realidad del Valle de los Caídos tal como queda plasmada en los Documentos fundacionales:

1.- Que en la Cruz de Cristo adquiere su verdadero sentido el sacrificio de todos los Caídos, sin que importe el frente en el que lucharon. 2.- Que Cristo los ha asociado a todos ellos a su Cruz redentora para la redención de la España por la que lucharon, por la que murieron. Y es que por el Bautismo, todos ellos fueron incorporados al misterio de Cristo, muerto y resucitado Los desencuentros nacionales del siglo XIX y de principios del siglo pasado provocaron la gran catarsis, o purificación nacional, que se inició en la década de los treinta del siglo pasado; aconteció la guerra civil, como adviene la fiebre cuando un cuerpo está enfermo; hubo muchos excesos de las partes. Los hechos históricos son datos objetivos, y, como datos objetivos, aunque no los entendamos bien, son también datos teológicos. Cristo ayer, hoy y siempre, proclama la Iglesia en su liturgia; él es el que tiene la llave de historia, afirma el libro del Apocalipsis (Apc 1,18;3,7). Sólo Cristo, muerto y resucitado, es capaz de iluminar el sentido trascendente de los acontecimientos presentes en el tiempo; por eso, quienes tienen a Jesucristo como punto de referencia consideran como insuficiente todo intento de recuperar la Memoria histórica que prescinda del sentido trascendente de la misma. La visión parcial de la historia deja posos de amargura,, que el tiempo podrá reducir al olvido, pero nada más; quizás esta visión insuficiente de nuestra historia se constituya como el camino que hoy día debe recorrer nuestra sociedad, para que ella pueda volver a Cristo, ya que sólo él tiene palabras de vida eterna. (Jn 6,68). Cristo es el principio y fin (Apc 21,6; 22,13). La historia es el resultado del dinamismo que fluye del espíritu humano, reflejo de la Causa trascendente de todo cuanto existe, y Cristo, como Hijo de Dios, se ha encarnado para abrirnos los ojos a la verdad de la vida, ya que sólo él puede explicar el devenir de la misma. En la cúpula de la Basílica del Valle de los Caídos hay un majestuoso icono de Cristo Rey que, por un maravilloso efecto óptico, contempla a todos los fieles, sea cual fuere el lugar que ocupen en el templo; contempla a los fieles y los bendice. En su mano izquierda se halla el Libro de la Vida (Apc 3,5); en él están escritos nuestros nombres porque por el Bautismo fuimos incorporados al misterio de su muerte y resurrección; y no sólo nuestros nombres; también lo están el nombre de todos aquellos cuya muerte cruenta la vemos asociada, en el Valle de los Caídos, a su muerte redentora; no importa el lugar, las circunstancias de sus muertes, son los


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nombres de las víctimas de la gran catarsis nacional. Todas ellas, asociadas a Cristo, interceden por nosotros para que pueda llegar el día en el que España pueda exclamar gozosa con San Pablo: “¡Que maravillosos son los caminos del Señor!” (Rom11,33-36). Sulpicio Severo: Mi primer conocimiento Hasta hace unos años mi conocimiento de Sulpicio Severo se reducía a saber que, en el rezo de la Liturgia de las Horas correspondiente a la fiesta de San Martín, la lectura hagiográfica del santo estaba tomada de las obras de Sulpicio Severo; ignoraba si habían sido contemporáneos; mucho menos sabía si llegaron a conocerse y si entre los dos hubo algunos vínculos de amistad, Hace unos años se nos leyó durante la comida, práctica que aún se conserva en distintas casas religiosas, una Vida de San Martín, escrita por una tal Regine Pernoud y editada por Ediciones Encuentro, de Madrid. Hacia el final del libro la autora recordaba la Vida de San Martín que escribió Sulpicio Severo y la gran difusión que tuvo en vida del autor a pesar de que todavía no existía la imprenta; una gran difusión a pesar de las copias hechas a mano. Copié ese testimonio de Regine Pernoud y lo entregué a la Cofradía de San Martín en el Capítulo que tuvimos en ese año. He aquí el texto:

Queda por subrayar la importancia que a lo largo de los siglos ha adquirido la obra de Sulpicio Severo, su narración de la Vida de Martín de Tours. Esta obra fue, desde el siglo IV, lo que hoy llamaríamos un best-seller. El propio Sulpicio, en sus Diálogos, describió la conversación que mantuvo con un amigo suyo, Postumiano, que fue a verle en su retiro de Alzona y le dijo a Sulpicio: «Tu libro siempre lo tengo a mano. A propósito, aquí está», dice, enseñando el volumen escondido debajo de su abrigo. «Aquí está tu libro. Ha sido mi compañero en la tierra y en el mar, mi confidente y mi consuelo durante todo mi viaje». Y empezó a enumerar todos los países donde pudo constatar que se leía la Vida de San Martín de Tours de Sulpicio Severo: «Casi no hay ningún lugar en el mundo donde esta historia tan valiosa no esté difundida y no se conozca. El primero que introdujo tu libro en la ciudad de Roma fue tu amigo Paulino de Nola (355-431; 22 de junio). Allí, en toda la ciudad la gente se movía para tener acceso al volumen. En las mismas librerías, los comerciantes decían que habían hecho un gran negocio, puesto que los libros volaban a pesar de ser muy caros. Cuando embarqué, tu libro ya se había adelantado a mi viaje. En efecto, al llegar a África, me di cuenta de que ya se leía en toda Cartago. Sólo mi sacerdote cireneo [un personaje del que ha hablado poco antes] no lo tenía. Cuando se lo di a conocer, se hizo con uno de ellos. ¿Y qué podría decir de Alejandría? Allí casi todos conocen tu libro, tal vez mejor que tú mismo. Ha atravesado todo Egipto,


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Nitria, la Tebaida y todo el reino de Menfis. Hasta en el desierto vi a un anciano leyéndolo. Como le dije que era íntimo amigo tuyo, me encargaron una misión. Si alguna vez, me dijeron, volvía a tu pueblo y te encontraba con buena salud, te tenía que animar a terminar tu obra añadiendo cuanto en tu libro decías haber omitido acerca de los milagros del bienaventurado Martín". Es difícil para nosotros imaginar, en aquel tiempo en que cada copia de un libro se tenía que hacer a mano, semejante difusión. Sin embargo, tenemos un testigo de ello, alguien que no duda en decir su nombre y que manifiesta tanto interés como el de los lectores de los que habla. La obra apareció en el año 397, año en que murió Martín. Los lectores pedían a Sulpicio Severo más detalles sobre la vida y milagros del santo. La obra lo merece. Está escrita con gran dedicación por un contemporáneo suyo, un hombre muy entusiasta que evoca con gran calor cuanto conoció de Martín. Y sabe comunicar su entusiasmo. Muy pronto, la obra fue utilizada y retomada por otros autores. En el siglo V, fue versificada por Paulino de Perigueux, amigo del obispo Perpetuo, obispo de Tours entre el 461 y el 491, el mismo que construyó y consagró la primera basílica dedicada a San Martín. Este testimonio me impresionó, y entonces surgió en mí el deseo de hacerme con un ejemplar de esta Obra de Sulpicio Severo para proporcionársela a Cofradía de mi pueblo como aportación de mi parte. Intenté saber si había sido editada y si existían ejemplares en venta; cierto que tampoco fueron muchos los esfuerzos que hice en estos intentos. Después, sin pensar en el trabajo que me supondría, pensé que lo más práctico sería proceder a la traducción de la misma, porque daba por supuesto que el texto latino se encontraría en la biblioteca monástica. Y así, pensando que todo sería fácil, asumí este compromiso en el Capítulo del pasado año. Breve biografía de Sulpicio Severo y algunos datos sobre la Vida de San Martín. Sulpicio Severo nació en la Aquitania, región francesa que se halla al norte de los Pirineos vasco navarros, hacia el año 360. Pertenecía a una familia distinguida y realizó estudios jurídicos y literarios en Burdeos. Pronto comenzó a sobresalir como abogado y contrajo matrimonio con una rica doncella de familia consular; pero no tardó en enviudar; su esposa le dejó una cuantiosa fortuna, acrecentada, además, por la generosidad de su suegra, Bássula. Impresionado por esta muerte, ya que aún no había cumplido treinta años, se entregó, hacia el año 390, a la vida ascética, junto a su amigo San Paulino de Nola, que poco antes había recibido el Bautismo (389); a Paulino de Nola lo menciona varias veces en su Vida de San Martín. Su convivencia con Paulino duró poco tiempo; a Paulino, en el año 393, lo encontramos en Barcelona, ordenado de sacerdote por el obispo Lampio. En esta etapa ascética pudo conocer la vida ejemplar de Martín, y le entraron grandes deseos de visitarle para conocerle mejor. Lo hizo en el año 396; así lo cuenta en el capítulo XXV:

Hacía tiempo que habíamos oído hablar de su fe, de su vida y virtud, por eso ardíamos con el deseo de conocerle en persona, e


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iniciamos una grata peregrinación para verle. E igualmente, tan ardiente era el deseo de mi espíritu para escribir su vida, que traté de enterarme bien; algunas cosas las he conocido por él mismo, otras, por quienes convivieron con él o porque ya las sabían. Es increíble cuan grande fue su sencillez, la benignidad con la que me recibió; se alegraba y se gozaba mucho en el Señor porque fuera tan grande mi interés hasta el punto de emprender una peregrinación para ir hasta él. Pobre de mi, no me atrevo a decirlo; él mismo me lavó las manos cuando se dignó invitarme a su santa mesa. Por la tarde, me lavó los pies, no tuve la valentía de negarme; tan subyugado estaba por su autoridad, que hubiera considerado nefasto el no acceder. Nos habló de la necesidad de abandonar los atractivos del mundo y de las cargas del siglo para seguir libres y sin estorbos al Señor Jesús. Nos propuso el ejemplo Paulino, varón ilustre de nuestro tiempo, del que ya hicimos mención; abandonó sus muchas riquezas para seguir a Cristo, siendo casi el único que en nuestros tiempos cumplió íntegramente los consejos evangélicos. A él había que seguir, a él había que imitar, me decía con fuerza; era una dicha para el presente siglo el tener un testimonio de tanta fe y de tanta virtud, pues, según la palabra del Señor, siendo rico y poseyendo muchos bienes, vendiéndolo todo y dándolo a los pobres, hizo posible lo que parecía imposible realizar. Como nos acaba de decir, era ardiente el deseo de escribir la Vida de Martín; por eso trató de enterarse bien; algunas cosas las conoció gracias al mismo Santo; otras, por quienes convivieron con él, o porque ya las sabían. Con todo, no eran muchas sus pretensiones, nunca pensó en que sería divulgada. Fue una especie de antología sobre Hechos de San Martín, que redactó para su uso personal y para conocimiento de sus allegados. Por eso, en esta antología existen muy pocas referencias a los acontecimientos históricos del momento. Como de pasada, menciona al emperador Constancio, hijo de Constantino el Grande, al general Juliano, que pasó a la historia como el emperador Juliano el Apóstata, al usurpador Máximo y al emperador Valentiniano. Existen alusiones a las primeras invasiones de los bárbaros, que todavía pudieron ser contenidas por el imperio. Por ser muy reducidas sus pretensiones, no juzgó necesario añadir más. Sus proyectos fueron unos; los de Dios, otros. Los nuevos biógrafos del santo siempre tendrán presente esta biografía de Sulpicio Severo, biografía que enriquecerán evocando la historia que subyacía en ella. Personajes contemporáneos que cita en esta Vida de San Martín, son: San Hilario, su maestro, muerto en el 367, y cuya fiesta se celebra el 13 de enero; San Paulino de Nola (353-431); la fiesta de este santo se celebra el 22 de junio. Contemporáneos son, aunque no los mencione, el español San Dámaso, cuya fiesta el es 11 de diciembre, y fue Papa entre los años 366 y 384. San Ambrosio, arzobispo de Milán, nació en el 340, y falleció en el 397, en el mismo año que San Martín; su fiesta, el 7 de diciembre. San Martín coincidió con el emperador Teodosio (379-395), que reorganizó positivamente el imperio, y que declaró al cristianismo como la


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religión del estado... . San Benito, el patriarca de los monjes de Occidente, ya es un siglo posterior... . Porque nunca pensó en que su obra sólo sería leída dentro del círculo de sus amistades, no juzgó necesario dar fechas para que los lectores pudieran conocer mejor las circunstancias externas que rodearon la vida de San Martín. Por eso, antes de seguir, juzgo oportuno ofrecerles sucintamente algunos datos que conocemos por la historia: Martín nace en Sabaria, en la Panonia, en la actual Hungría, en el año 316. Tres años antes, en el 313, fue el edicto de Milán, por el que el cristianismo dejó de ser una religión perseguida. Martín tenía pocos años cuando su padre se vio obligado a pasar a Pavía, en el norte de Italia. Martín, a los diez años pidió y obtuvo ser contado entre los catecúmenos de Pavía. Ya a los doce, aún sin estar bautizado, pretendió hacer vida de solitario, pero se lo impidió su padre. Por ese tiempo salió un decreto según el cual los hijos de los soldados veteranos se debían alistar en los ejércitos del emperador, y su padre le obligó a cumplir esta orden. Su regimiento fue destinado á Amiéns, y aquí sucedió aquel hecho tan celebrado en la vida de este santo. Entraba un día en la ciudad, cuando en la puerta de la misma un pobre transido de frío pedía limosna; los demás que iban con Martín no hicieron caso del mendigo, y él entonces vio una ocasión propicia para ejercitar la misericordia, En el año 334, a los dieciocho años, recibió el Bautismo. Continuó en el ejército dos años más en atención a uno de sus jefes, esperando dejar las armas cuando este cesara en su servicio. A los veinte se licenció, y se confió a la dirección espiritual de San Hilario. Conociendo éste sus deseos de retiro, le concedió unos terrenos, cercanos a Poitiers, y allí, en el año 362, se levantó el primer monasterio de Francia. Faltaba más de un siglo para que naciera San Benito. Este monasterio es el monasterio de Ligugé, monasterio muy significativo en mi vida monástica. En el año 371 fue elegido obispo de Tours, y como obispo de Tours terminó sus días en el 397. Uno de los acontecimientos significativos en su ministerio pastoral fue la fundación del monasterio de Marmoutier (Magnum monasterium), que de hecho se convirtió en semillero de obispos. El mismo Sulpicio Severo lo indica en el capítulo décímo: “Hemos visto a muchos de ellos que luego fueron hechos obispos. ¿Qué ciudad, en efecto, no deseaba tener un pontífice salido del monasterio de Martín?”. Durante los más de veinte años que duró su ministerio pastoral, sobresalió sobre todo en la evangelización de los muchos paganos que existían en su diócesis, sobre todo en las poblaciones diseminadas por la campiña. El autor también narra algunos hechos maravillosos, no sólo de curaciones, sino sobre todo descubriendo los engaños del diablo. El presente ejemplar de la Vida de San Martín El texto que les ofrezco contiene la vida del santo, tal como la escribió Sulpicio Severo, y tres cartas. En la primera carta, con pasión, defiende al santo de algunas calumnias que gente ligera se atrevía a lanzar contra la virtud de Martín; en esta carta también manifiesta que su opúsculo es muy elogiado. En la segunda


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escribe al diácono Aurelio como desahogo ante la tristeza que le embargó cuando tuvo conocimiento de la muerte de Martín. En la tercera, en medio de cariñosos reproches a su suegra porque, como ella es rica, soborna a sus secretarios para que sus escritos sean muy pronto conocidos. Ella enseguida se había enterado de la carta que, como desahogo, había escrito al diácono Aurelio; y ahora ella le ruega que le dé más noticias de cómo fue la muerte de Martín. Sulpicio le escribe: “Por

tanto, si deseas conocer todo lo referente a la muerte del santo obispo, pregunta a aquellos que estuvieron presentes; por mi parte, he determinado no escribir nada, no sea que después lo des a conocer en todo lugar. Sin embargo, si me prometes que nadie más lo va a leer, con pocas palabras cumpliré tu deseo, y te haré partícipe de todas aquellas cosas que me son conocida con certeza”. En este ejemplar, junto con los textos de Sulpicio Severo, agrego una breve nota biográfica del autor, el testimonio, que ya les he dado a conocer, que revela la amplia difusión que tuvo esta Vida en tiempos de su autor, este testimonio generó en mí un gran interés por conocer esta primera biografía del santo; añado una breve nota sobre las fuentes de esta edición y un mapa que presenta los lugares geográficos en los que se movió San Martín. El autor dedica su vida a Desiderio. Entre otras cosas, le dice:

Hermano de mi alma: había determinado guardar encerrado en sus folios y esconder entre los muros de mi casa el pequeño libro que he escrito sobre la vida de San Martín [...]: pero no puedo negarte lo que tantas veces me has pedido ¿Qué es lo que no haría movido por tu afecto, aun a costa de mi vergüenza? Te entrego esta pequeña obra confiando en que no se la darás a conocer a nadie, ya que así me lo has prometido. Pero temo que no te la guardes, y que una vez que haya sido dada a conocer, ya no sea posible retirarla. Si esto llegara a suceder y vieras que es leída por otros, rogarás a los lectores de bien que sopesen las cosas más que las palabras, y si ven que alguna incorrección ofende a sus oídos, que la soporten con paciencia porque el reino de los cielos se alcanza más por la fe que por la elocuencia. Recuerden que la salvación no fue predicada al mundo por personas elocuentes; si hubiera sido conveniente, así lo habría dispuesto Dios; fue predicada por pecadores. Cuando me decidí a escribir, porque juzgaba negativo ocultar las virtudes de tan gran varón, también decidí no avergonzarme de las incorrecciones gramaticales, [...] si te parece bien, puede publicarse este librito, pero suprimiendo el nombre del autor. Para ello, raspa mi nombre del título del encabezamiento, dejando la página en blanco; es suficiente que ésta contenga sólo el argumento, y no el nombre del autor. [...] Me parece que haré una obra importante si escribo detalladamente la vida de un varón tan santo, para que sirva de ejemplo a otros y mueva a los lectores a la verdadera sabiduría, a la


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milicia celestial y a la virtud divina. Lo que nos importa no es el vano recuerdo de los hombres, sino el premio eterno de Dios. Por eso, si acaso no vivimos de un modo tal que sirva de ejemplo a los demás, por lo menos empeñamos nuestro esfuerzo para que no quede oculto quien debería ser imitado. A lo largo de la obra dice repetidas veces que sólo escribe lo que ha comprobado o lo que sabe por fuentes fidedignas: Así, al principio del texto, en el capítulo primero, escribe:

Voy a comenzar pues a escribir la vida de san Martín, contando lo que hizo antes y durante su episcopado, aunque no pueda narrar todo. Aquello de lo cual él solo fue testigo no podrá nunca conocerse porque, como no buscaba la alabanza de los hombres, ocultó cuanto pudo todas sus virtudes. Omitimos también muchos hechos que conocemos, por parecemos suficiente narrar sólo los más importantes, para no cansar al lector multiplicándolos excesivamente. Ruego por tanto a los que me van a leer, que den fe a las cosas que narro, y que crean que sólo he escrito lo que me era bien conocido y probado, pues hubiera preferido no escribir nada antes que afirmar una falsedad. Y en el capítulo vigésimo séptimo, al final del texto:

Por mi parte, soy consciente que he relatado cosas conocidas, que, movido a escribir por la fidelidad a los hechos, he dicho cosas verdaderas por el amor a Cristo; y, como así espero, tendrá un premio preparado por Dios, no todo aquel que lo lea, sino también el que lo crea. Como es obvio, esta antología evoca la infancia del santo, su conversión, su servicio a las armas, al que estuvo obligado por la legislación del imperio, y el final de su vida militar. Su vida ejemplar fue cada vez más conocida; por eso llegó el momento en el que fueron muchos los que pusieron sus ojos en él cuando fue necesario elegir un obispo para la sede Tours. El autor ya dedica más espacio a su ministerio episcopal; la evangelización de muchos núcleos paganos que aún existían en su diócesis, la curaciones que realizó, cómo desveló muchos engaños del diablo, que incluso llegó a disfrazarse de Cristo Rey; y termina con unos capítulos para testificar sobre el talante del santo, tal como lo comprobó cuando lo visitó. El autor, desde el principio, indica que se ha limitado a hacer una selección de hechos admirables, y, antes de darles a conocer algunos menos conocidos, quiero hacerles una observación. Una primera lectura de tales hechos podría inducir a pensar que se trata de verdaderos milagros como suspensión de las leyes de la naturaleza; y no es eso precisamente. El autor es sensible a la acción divina que de forma especial se ve presente a las que no dudamos en atribuir una cierta


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experiencia del Dios vivo. Y esta experiencia del Dios los faculta para que puedan realizar hechos admirables. Hace muchos años tuve ocasión de leer un texto de un autor monástico sobre la virtud de la obediencia, sobre los milagros que pueden resultar como consecuencia de dicha virtud; el texto me pareció muy significativo. En suma venía a decir dicho autor que la obediencia sobrenatural conduce a que la voluntad de la persona coincida con la de Dios, y puede llegar un momento, puesto que sólo existe una única voluntad, en que dicha persona, movida por el mismo Dios, aunque no se dé cuenta de ello, en que exprese un deseo, y ese deseo se realice al instante (Dom Prosper GUÉRANGER: Notions sur la Vie Religieuse y monastique). En los Evangelios encontramos relatos en los que el Señor actúa movido por la misericordia (Cf. Lc 7,13); expresa un deseo, y ese deseo se cumple. Quiero ofrecerles algunos acontecimientos significativos en la vida del Santo tal como los narra su autor. Martín, hombre de Dios, en la tarea de evangelizar a los gentiles, actúa muchas veces, diríamos que temerariamente, movido por el mismo Dios, sabiendo con certeza que Dios no le fallaría; cómo actuaría Dios para manifestarle que no le fallaría: eso no lo sabía, pero estaba cierto que no le fallaría. Un caso significativo en el desafío del pino, narrado en el capítulo décimo tercero:

Una vez, como en cierta población hubiera destruido un templo pagano muy antiguo, y como ya había empezado a cortar un pino que estaba próximo al templo, el jefe del lugar se opuso con el resto de la turba de los gentiles. Por voluntad del Señor no habían hecho resistencia cuando se destruyó el templo, pero no toleraban ahora que cortaran el árbol. Martín les explicaba con insistencia que ese árbol no tenía nada de sagrado, que tenían que seguir al Dios que él servía, y que había que cortar el árbol porque había sido dedicado al demonio. Entonces uno de ellos, el más audaz de todos, dijo: “Si tienes alguna confianza en el Dios al que dices servir, nosotros mismos cortaremos este árbol, y tú lo recibes en su caída, y te librarás de él si, como dices, tu Señor está contigo.”. Él, lleno de confianza en el Señor, se obliga para que así sea. Toda aquella multitud de gentiles consintió con esta prueba, creyendo que sería fácil que el enemigo de sus ritos sacros será aplastado por el árbol cortado. Como el pino estaba inclinado hacia un lado, nadie dudaba sobre qué parte caería el pino una vez cortado, por eso, según el deseo de los aldeanos, se estableció y se determinó que Martín estuviera atado en el mismo lugar donde nadie dudaba que caería el árbol.Con inmenso regocijo y gozo empezaron a cortar el pino. A distancia se había colocado una inmensa turba de curiosos. El pino empezó a oscilar poco a poco, y con la caída amenazaba la ruina de Martín. Los monjes, desde lejos, palidecían y estaban aterrados por el peligro inminente que corría Martín. Ya habían perdido toda esperanza y fe, y sólo aguardaban su muerte. Pero él, confiando en el Señor, esperaba intrépido.


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El pino dejó oír un crujido y comenzó a derrumbarse. Ya caía y se desplomaba sobre Martín cuando éste, levantando la mano hacia él, trazó la señal de la cruz. Entonces, rechazado hacia atrás como por un huracán cayó hacia el lado opuesto, de tal modo que casi aplastó a los campesinos que se habían ubicado en lugar seguro. Entonces se elevó al cielo un gran clamor: los campesinos se admiraban del milagro y los monjes lloraban de alegría, y todos alababan el nombre de Cristo. Claramente se comprobó aquel día que la salvación había llegado a esa región. No hubo casi nadie de esa multitud que no creyera en el Señor Jesús y pidiera la imposición de las manos, abandonando el error de la impiedad. Antes que Martín llegara a esas regiones, eran pocos o casi nadie los que habían recibido el nombre de Cristo. Pero tanto fue el poder de las virtudes y el ejemplo de Martín que ya no se encuentra lugar donde no haya numerosas iglesias o ermitas, pues cuando destruía los templos paganos, enseguida los reemplazaba construyendo iglesias o ermitas. Ahora paso a ofrecerles otros hechos significativos del santo. El primero será contarles cómo fue su adiós a las armas. Como se ha indicado, por ser su padre veterano, e incluso llegó a serlo con cierto rango, estaba obligado al servicio militar. Bautizado a la edad dieciocho años, continuó en el ejército durante dos años en atención a uno de sus jefes, esperando dejar las armas cuando éste cesara su servicio. La ocasión llegó; queda narrada en el capítulo cuarto:

Por aquel tiempo los bárbaros invadían las Galias. El césar Juliano reunió al ejército en la ciudad de los Vangios, y comenzó allí a distribuir una gratificación a los soldados. Como era costumbre, los llamaba uno por uno. Cuando le tocó el turno a Martín, creyó éste que había llegado el momento oportuno de pedir su baja, pues pensaba que no era honesto recibir la gratificación ya que no tenía la intención de seguir en el ejército. Dijo entonces al césar: "Hasta este momento he estado a tu servicio; permíteme ahora que sirva a Dios. Que reciba tu gratificación aquel que va a pelear, pero yo soy soldado de Cristo, y no me es lícito combatir". El tirano se indignó al oír estas palabras, y le respondió que si no quería luchar no era a causa de su religión sino porque tenía miedo del combate que se iba a entablar al día siguiente. Martín, intrépidamente, y con mayor firmeza aún porque lo querían atemorizar, contestó: "Si crees que obro así por cobardía y no a causa de mi fe, mañana me presentaré desarmado delante del ejército, y en el nombre del Señor, protegido, no por escudo o casco sino por el signo de la cruz, penetraré incólume en las líneas enemigas". Entonces se ordenó que lo pusieran bajo guardia para asegurarse de que iba a cumplir lo que había prometido, y que se presentaría desarmado ante los bárbaros. Al día siguiente, los enemigos enviaron parlamentarios

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para negociar la paz, y se entregaron ellos con todo su bagaje. ¿Cómo dudar que esta fue una victoria del bienaventurado varón, a quien se le concedió el no tener que presentarse desarmado a la batalla? Y si es cierto que el piadoso Señor hubiera podido salvar a su soldado aun entre las espadas y flechas del enemigo, sin embargo, para que ni siquiera la mirada del santo fuera ultrajada al ver la muerte de otros, lo eximió de asistir al combate. Cristo, en efecto, le concedió la victoria de la sumisión incruenta del enemigo, sin que nadie muriera. Este Juliano es el emperador que ha pasado a la historia como Juliano el Apóstata. Fue un buen general; incluso un buen emperador en los cerca de los tres que fue la autoridad máxima del Imperio, pero, renegando de su condición cristiana, quiso recuperar la gloria del Imperio restaurando el paganismo. Murió en una batalla contra los persas en el año 363. Herido de muerte, se arrancó la flecha y la lanzó contra el cielo, exclamando: “Venciste, Galileo”, que es así como él llamaba a Jesucristo. La historia es maestra de la vida. He recordado muchas veces unas palabras que el Papa Juan Pablo II dirigió a algunos de nuestros obispos, en la visita “Ad límina” que tuvo lugar poco antes de su primer viaje a España. Entre otras cosas les dijo que “el alma de España es católica”. Ante los acontecimientos que vivimos hoy día, algunos pueden pensar que existen intentos de borrar todo resto de catolicismo del alma católica de España. Se equivocan, nunca lo conseguirán del todo; siempre existirá un Resto que, como los Restos bíblicos, dará origen a un orden nuevo. San Pedro nos dice que Dios tiene mucha paciencia; no quiere que ninguno se pierda, sino que se conviertan (2Pedro 3,8-15). Pero si a pesar de todo no se convierten, deja que la naturaleza siga su curso, ya que la “naturaleza no perdona”. La elección de Martín como obispo de Tours fue bastante conflictiva. Así la narra el autor en el capítulo noveno:

Se lo postulaba para el obispado de la Iglesia de Tours, pero no era fácil arrancarlo de su monasterio. Entonces un tal Rústico, ciudadano de Tours, fingió que su mujer estaba enferma, y, postrado, le rogaba que fuera a verla, y consiguió hacerlo salir. La gente de la ciudad, que ya se había apostado en el camino, lo condujo custodiado a la ciudad. Fue extraordinario: una multitud increíble de personas, no sólo de la ciudad sino también de los pueblos vecinos, había venido a votar. Todos querían lo mismo, y unánime fue su parecer y su deseo: que Martín era el más digno del episcopado, que sería feliz la Iglesia que tuviera un obispo semejante. Un pequeño grupo de obispos de los que habían sido llamados para instalar al prelado, se oponían impíamente alegando que Martín era una persona ordinaria, que era indigno del episcopado un hombre con un exterior despreciable, con los vestidos sucios y los cabellos desgreñados. Pero el pueblo, juzgando más sanamente, pensó que era ridícula la demencia de aquellos que, al querer vituperar al ilustre varón, lo ensalzaban. En consecuencia no


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pudieron hacer otra cosa sino lo que el pueblo quería inspirado por la voluntad del Señor. En el capítulo XXIV el autor cuenta, e indica, además, que lo sabe por el mismo santo, cómo el diablo se le apareció disfrazado de Cristo Rey. Así lo narra:

Me parece que no debo omitir narrar con qué habilidad el diablo tentó a Martín por aquel tiempo. Cierto día en efecto se hizo preceder de una luz brillante y se envolvió él mismo en la luz, para engañarlo más fácilmente con la claridad del resplandor que tomaba. Iba vestido con un traje real, ceñido con una diadema de piedras y oro, y llevaba calzado bordado en oro. Tenía el aspecto sereno y el rostro alegre, de modo que en nada se parecía al diablo. Así se presentó en la celda de Martín cuando éste estaba orando. Martín cuando lo vio se quedó estupefacto, y los dos permanecieron largo rato en silencio. El diablo habló primero. "Reconoce —dijo— oh Martín, al que ves: Yo soy Cristo. A punto de descender a la tierra quise manifestarme primero a ti". Pero como Martín callara ante estas palabras y no le dijera nada, el diablo osó repetir la audaz declaración: "Martín, ¿por qué dudas? Cree puesto que ves. Yo soy Cristo". Entonces Martín, a quien el Espíritu Santo había revelado que aquel personaje era el diablo y no el Señor, le dijo: "El Señor Jesús no predijo que iba a venir vestido de púrpura y con una diadema resplandeciente. Yo no creo que Cristo venga así, sino con las vestiduras y el aspecto con que padeció, llevando claramente las huellas de la cruz". Al oír estas palabras, aquél se desvaneció como humo. La celda se llenó de un hedor tal que indicó con certeza que el diablo había estado allí. Este hecho que acabo de narrar lo conocí por boca del mismo Martín. Digo esto para que nadie lo tome por una historia inventada. La muerte de Martín En la carta al diácono Aurelio Sulpicio Severo cuenta cómo tuvo conocimiento de la muerte del santo. Le escribe:

Esta mañana, cuando te alejaste de mí, estando en mi celda, sólo y absorbido por los pensamientos que me ocupan con frecuencia, [...] De repente me pareció ver al santo obispo Martín, revestido de una blanca toga, brillante el rostro, llenos de luz sus ojos, y muy brillante el cabello. En su porte exterior me parecía verlo en la misma apariencia en la que yo le había conocido, de forma, que no sé cómo explicarlo, le podía reconocer aunque no le viera. Y, sonriéndome un poco, mostraba en la mano derecha el librito que sobre su vida yo había escrito. [...]Yo tenía mis ojos fijos en él, sin poderme saciar de contemplar su rostro; cuando de pronto me fue arrebatado a lo alto.


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Mientras le seguía con la mirada, llevado por una rápida nube, recorrió la inmensidad de los aires; se le abrieron los cielos, y ya no le pude ver más. [...]Yo, muy atrevido, deseé seguirle, y mientras hago esfuerzos por seguir tan altos caminos, me desperté. Despertado del sueño, cuando empezaba a alegrarme a causa de la visión que había visto, se me acercó un criado, con el rostro más triste de lo acostumbrado, porque la tristeza no le dejaba hablar. "Yo le dije: ¿Por qué quieres hablarme y estás tan triste?". Y él me respondió: "Dos monjes acaban de llegar de Tours, y anuncian que ha muerto el señor Martín.” Reconozco que me derrumbé y, deshecho en lágrimas, lloré abundantemente. Incluso, mientras te escribo estas cosas, querido hermano, las lágrimas fluyen de mis ojos, y no hay consuelo para este dolor tan intolerable. Cuando recibí esta noticia, quise hacerte partícipe de mi dolor, ya que eras compañero en el amor. Ven pronto para que juntos lloremos al que juntos amábamos; aunque conozco que este varón no debe ser llorado, pues ahora justamente le es devuelta la corona de justicia porque ha vencido al mundo, porque ha triunfado en el siglo. Pero yo no puedo obligarme a no dolerme. La carta sigue llena de desahogos, de lamentaciones y panegíricos. En la carta que escribió a su suegra Básula, ya da más noticias de cómo fue la muerte y el funeral.

Martín conoció su muerte con mucha anticipación; comunicó a sus hermanos que estaba inminente la disolución de su cuerpo. Entretanto tuvo necesidad de visitar la diócesis de Candas. Habían surgido desavenencias entre los clérigos de dicha Iglesia y Martín se propuso renovar la paz. Sabedor, no obstante, del fin de sus días, no rehusó partir ante un motivo de tal índole. Daba por buena esta culminación de sus actividades, si lograba que la iglesia recuperara la paz. [...] Permaneció algún tiempo en la población o iglesia a la que había ido. Restablecida la paz entre el clero, pensó en reintegrarse al monasterio. Pero de repente se sintió desfallecer. Reúne a sus hermanos y les participa que le ha llegado el momento de su muerte. Entonces se originó la consternación, las lágrimas y el lamento unánime. «¿Por qué, padre, nos abandonas? ¿A quién, huérfanos, nos confías? Asaltarán tu rebaño lobos feroces ¿Quién nos defenderá, herido el pastor, de sus embestidas? Sabemos de cierto que suspiras por Cristo. ¡Que queden a salvo tus galardones! ¡Que no disminuirán por el hecho de que se retrasen! Pero, antes que nada, compadécete de nosotros; que nos sentimos abandonados por ti».

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Se conmovió entonces Martín ante estos lamentos; como consagrado siempre a Dios, se le derramaban sus entrañas de caridad por los demás, y se asegura que rompió a llorar. Pero se dirige al Señor con estas palabras, respuesta a la vez a quienes tanto lloraban por él: «Señor, si todavía soy necesario para tu pueblo, no rehúso seguir trabajando. Hágase tu voluntad». En efecto, colocado entre la esperanza y la tristeza, dudó sobre qué sería preferible, porque no deseaba abandonarlos, ni tampoco quería estar más tiempo separado de Cristo. Sin embargo, sin tener en cuenta sus deseos, se entregó totalmente a la voluntad de Dios, y oró diciendo así: “Pesada es, Señor, esta lucha de mi servicio terreno, y ya es suficiente lo que hasta ahora he trabajado; pero si todavía me mandas continuar en este servicio, no lo rehúso, ni alegaré la debilidad de mi edad. Obediente cumpliré tus encargos, serviré bajo tus órdenes mientras tu mismo lo desees, y aunque sea deseada la liberación del trabajo, sin embargo mi espíritu quiere ser victorioso sobre los años, renunciando a condescender con la ancianidad. Pues, si ya comprendes mi edad, mi bien es, Señor, tu voluntad; tú mismo custodiarás a estos sobre los que estoy preocupado.” ¡Varón extraordinario que no fue vencido por el trabajo ni logrará vencer la muerte! Jamás fue propenso a elegir una u otra cosa: ni temió morir ni rehusó seguir viviendo. Ciertamente, aunque por algunos días estuviera postrado por la fuerza de la fiebre, sin embargo no cesó en la obra de Dios; pasaba las noches en oración, y mortificaba sus miembros débiles por servir al espíritu, descansado en un noble lecho: sobre la ceniza y el cilicio. Y como sus discípulos le rogaran que al menos pudiera su cuerpo cubrirse con sencillos lienzos, les decía: “No, un cristiano sólo puede morir sobre la ceniza; si yo os doy otro ejemplo, yo habré cometido pecado”. Sus ojos y sus manos, sin embargo, estaban siempre dirigidos hacia el cielo, y su espíritu no cesaba de orar. Y, al suplicarle los sacerdotes, allí presentes, que cambiara de postura para alivio de su pobre cuerpo, replica: «Dejadme, dejadme; prefiero mirar el cielo y no la tierra, para que mi alma, a punto de iniciar su marcha, esté ya orientada hacia Dios». Tras estas palabras, se fijó en el diablo que estaba bien cerca. «¿Qué significa —le dice— tu presencia en estos momentos, bestia sanguinaria? No podrás convertirme en presa tuya, verdugo. Me acoge ya el seno de Abrahán» Triunfo fúnebre de Martín Las exequias del santo las describe con todo lujo de detalles: Fue increíble la multitud de personas que vino a tributarle honores fúnebres Toda la ciudad se apresuró para ir al encuentro de su cuerpo; estuvieron presentes muchos pobladores de los campos,

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de los núcleos rurales, e incluso de poblaciones cercanas. ¡Cuán grande fue el duelo de todos, y sobre todo las lamentaciones de sus apenados monjes! Se afirma que en tal día estuvieron presentes cerca de dos mil personas. Es la especial glorificación de Martín: tan gran multitud de devotos era el fruto de su testimonio de servicio al Señor. El Pastor iba delante de su rebaño, delante de una piadosa multitud dolida; como ejército uniformado seguían ancianos llenos de méritos por sus trabajos, o jóvenes novicios formados en los misterios de Cristo. El grupo de las mujeres consagradas, reverentes, contenían su dolor. En su dolor, ¡cuán gran gozo ocultaban! Ciertamente, la fe prohíbe llorar, pero el amor provoca los gemidos Ciertamente, tan santo era el gozo por su glorificación, como la tristeza por su piadosa muerte. Puedes comprender a los que lloran, y puedes alegrarte con los que gozan, mientras cada cual sufre por sí mismo y se alegra por Martín. De este modo la multitud cantando himnos celestiales acompaña el cuerpo del bienaventurado varón a su sepultura Compárese esto, si se quiere, con las pompas seculares, no digo las fúnebres, sino las mismas triunfales. ¿Qué puede haber semejante con las exequias de Martín? Aquellas llevan delante de sus carros a los cautivos vencidos con las manos atadas a su espalda; éstos, que han vencido al mundo gracias a sus enseñanzas, avanzan tras el cuerpo de Martín. A aquellos los honra la locura de los pueblos con aplausos confusos; a Martín se le ensalza con salmos divinos, y es honrado con himnos celestiales. Aquellos después de sus triunfos serán precipitados en los crueles infiernos. Martín, gozoso, es recibido en el seno de Abrahán. Martín, pobre y humilde entra en el cielo. Desde allí, como lo espero, nos protege: a mí que escribo estas cosas, y a ti que las lees. Conclusión He de concluir ya. Os consta que con gozo, y siempre que me es posible, paso estos días con vosotros. Y en este año vosotros habéis sido el medio elegido por Dios para que os pudiera dar un testimonio singular. Hace quince años, en el marco de esta Semana Cultural, os ofrecí una “Aproximación a la Vida monástica”, ya que a ella debo todo cuanto soy, y la vida monástica que vivo en el Valle de los Caídos, motiva mi deseo de vivir plenamente encarnado en la sociedad española. En aquella ocasión también dije que más de una vez he manifestado que “como monje de Sta.Cruz del Valle de los Caídos, he adquirido una peculiar

sensibilidad para sintonizar con las preocupaciones, inquietudes y esperanzas de todos los españoles”. Y entonces, citando al Concilio también dije: “Nadie piense que los religiosos, por su consagración, se hacen extraños a los hombres o inútiles para la sociedad terrena. Porque, si bien en algunos casos no sirven directamente a sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes de manera más íntima en las


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entrañas de Cristo, y cooperan espiritualmente con ellos, para que la edificación de la ciudad terrena se funde siempre en el Señor y se ordene a El, no sea que trabajen en vano quiénes la edifican" (Lumen gentium, 46). Esto es lo que he pretendido en este año al ofrecerles algunas ideas sobre lo que es el Valle de los Caídos y al darles la posibilidad de conocer mejor a nuestro santo patrón, ya que San Martín, anterior en más de un siglo a San Benito, es llamado con razón el primero de los monjes de Occidente. Como conclusión, evoco una vez más las palabras con las que hace quince años concluí mi intervención el 10 de noviembre en la Semana Cultural con ocasión de las Fiestas de San Martín. Cristo “nos mueve (a los monjes) a ser solidarios con

todos los hombres, a ser partícipes de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas. Entendemos, además, que vale la pena el que todos nos conozcamos mejor: así nos estimularemos para avanzar por el camino de la vida en fidelidad a nuestra condición humana”. Por eso entonces terminé manifestando este deseo: “Ayudadnos ser fieles a nuestra vocación, porque sólo así sabremos poner al servicio de los demás los dones recibidos, y así seremos buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (Cf. 1Ped 4,11).

12 de noviembre de 2008 SEMANA CULTURAL Albalate de Cinca


Conferencia Semana Cultural 2008  

Conferencia hecha por el Padre Montull en la semana cultural 2008 de las fiestas de San Martín

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