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Del Estado de Derecho al estado de inseguridad jurídica MANUEL M. GÓMEZ DEL CASTILLO Y GÓMEZ CATEDRÁTICO DE DERECHO PROCESAL DE LA UNIVERSIDAD DE HUELVA JOSÉ ALBERTO SÁNCHEZ DEL CASTILLO PRESIDENTE DEL COAAT DE GRANADA

No nos desviemos, sin embargo, del tema que nos ocupa, que no es otro que la situación actual de la seguridad jurídica en el seno del Estado de Derecho. Dicha situación, a juicio de los analistas más especializados, comienza –dicen- a “ser preocupante”. O, lo que es lo mismo, traduciendo al significado de las palabras que tuvo a bien enseñarnos “la madre que nos parió”, existe en el Estado de Derecho un quantum de inseguridad jurídica que compromete, y que está realmente comprometiendo, el propio concepto, y con ello, la propia existencia del mismo. De ser cierta y probada tal afirmación, interesaría a la ciudadanía (a todos nosotros y todas nosotras, en el lenguaje políticamente correcto) conocer las causas o los motivos de esta posible desviación. A ello vamos. Creemos que no es difícil comprender que todo empieza, en realidad, con la “crisis” que padecemos y que no es sino la expresión más contundente de la quiebra

y la consunción del sistema neocapitalista surgido en la segunda mitad del siglo XX: un sistema basado en una espiral ya viciada en origen (tal como ya reconocen algunos de sus “inventores”), puesto que ligar el empleo a la producción, la producción al consumo y el consumo al endeudamiento, es un proceso que, finalmente, termina chocando con la capacidad y la posibilidad de endeudarse “del común de los mortales” (sean personas físicas o personas jurídicas, Administraciones Públicas incluidas). Nadie puede asumir unos compromisos de pagos que superen las expectativas de ingresos que vaya a obtener durante toda su vida. Alcanzado ese límite, el total colectivo de endeudados (es decir, todos) no puede consumir más, lo que evidentemente tiene un efecto negativo sobre la producción y, en definitiva, sobre el empleo. Y, si el empleo se desmorona, se tambalea la totalidad del sistema hasta que un movimiento telúrico socio-economista termina por abatirlo de un modo definitivo.

A partir de esta realidad, (que se hace gráfica en la expresión “las hipotecas no han de ser concedidas ni asumidas a mas de cuarenta años” -¡que ya son años!-), los ideólogos del sistema no han visto otra salida que, en una clara huida “hacia adelante”, reinventar la defensa a ultranza de la libre competencia (icono supersagrado del movimiento neocon) como mecanismo que, a su juicio, va a lograr la reactivación y dinamización del sistema y, con ello, “tirar”, mejor o peor, otros diez o veinte años. Y, para lograr tal objetivo, los ideólogos del sistema han considerado que la medida capital a adoptar no es otra que lo que se ha dado en llamar la “desregulación” (¡el término manda “güevos”!) de los diversos sectores socio-económicos (rectius, sólo de aquellos sectores respecto a los que tienen “güevos” de hacerlo). Así nace, a los sones de la novena sinfonía de Beethoven (en versión himno de la Unión Europea), y como si realmente fuese la Ode An die Alzada 61

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