Issuu on Google+


Jorge Muzam El insomnio de la carne Relatos

© El insomnio de la carne Sara Bell Editores, 2012 Santiago de Chile Primera edición virtual (no comercial) Diseño de portada e interiores: LRL

ILUSTRACIONES

©


P r ó l og o Escribir relatos con contenido intencionalmente erótico nunca se me pasó por la cabeza. Quizá cuando fui un preadolescente dibujé algunos penes y vaginas y tetas y culos en las hojas de los cuadernos de clases. Desde entonces también escribía tonterillas amorfas, para nadie, que intentaban ser divertidas. Pasó mucho tiempo antes de que empezara a escribir sistemáticamente, vale decir, todos los días y sobre distintos temas, porque lo de tomármelo en serio sigue mal encaminado. Mi idea del erotismo estuvo desde un comienzo limitada o circunscrita a las posibilidades imaginarias que rodeaban a las mujeres que amé. Sólo con ellas y a través de un sentimiento compartido funcionaban las historias nacidas del deseo recíproco. Pervertidas a veces, extremas, colectivas, tiernas, en lugares insólitos, pero siempre de la mano de ellas, de cada una, o de todas juntas, en retrospectiva. Cuando creé mi blog personal, Cuadernos de la Ira, di rienda suelta a mi pluma, compulsivamente, con cierta soberbia por haber encontrado un espacio propio. Desde allí, y espontáneamente, surgieron historias que podrían calificarse de existenciales con fuertes pinceladas eróticas. No hubo predisposición, ni ánimo de provocar nada en nadie. Por eso algunas historias pueden incluso parecer tristes, trágicas, inconstantes, ridículas, inconducentes y dignas de un basurero sin fondo. Varias de las historias narradas en este libro son reales, y las palabras sólo pretendieron calcar con exactitud lo ocurrido, pero ya sabemos lo difícil que es recrear una imagen sin aroma, sin sudor, sin dolor, sin gritos o risas bobas. No diré cuáles son las reales ni cuáles nacieron de mi exclusiva imaginación y de mi deseo de que ocurrieran realmente. Es el lector quien debe juzgar, sacar sus conclusiones, odiarme, sentir asco o besar los pechos y hombros de este autor miserable.

Jorge Muzam Santiago de Chile, enero de 2012


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El insomnio de la carne

Anochece, como cada fin de jornada. La oscuridad suma el pánico a la incertidumbre, el agobio al desdén, el hambre carnal al insomnio. Debemos desnudarnos uno frente al otro. Mi mujer sigue siendo bella pero su frialdad me empapa los huesos. Ya no sé cómo hacerla gemir. Las técnicas aprendidas ya no resultan y la libido subsiste como una mera erección molesta que hay que desalojar de alguna forma. Mi esposa deja expuesta su vasija para que la ocupe y descanse en paz, pero su vasija ha perdido toda conexión con su cerebro y

JORGE MUZAM

5


EL INSOMNIO DE LA CARNE

tampoco es estimulante penetrar y penetrar esa especie de bistec refrigerado. Hay algo que subsiste de cazador en los hombres y la carne muerta no da apetito a un cazador. ¿Y luego? TV or not TV. Ahmanideyad ensaya nuevos misiles provocadores, y es un mero dato vespertino; Italia y Grecia se han convertido en hostales de pobres, desempleados y putas, y es menos que un chiste; al Presidenta Piñera lo persigue la mala suerte mientras emite lugares comunes que finalmente no dicen nada, pero su dificultad para expresar ideas en público no es de mi incumbencia; la cama está fría, el aire está frío, mi mujer duerme hacia su lado envuelta en sí misma y quisiera ofuscarme pero ni de eso soy capaz. Reconozco que me gusta dar nalgadas y contar historias sucias al oído de mi amante usando coloquialismos de periferia.

JORGE MUZAM

6


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Rasguños en la espalda - Parte 1

Mi última refriega sexual la tuve hace tres noches con una auxiliar nueva que llegó a hacer un reemplazo al colegio. No fueron necesarios escarceos ni seducciones románticas pues hubo química de inmediato. La verdad es que yo era el candidato único, pues los otros papábiles como el profesor de lenguaje o el tío Sopita son ya algo viejos. El profesor de lenguaje es un caso que provoca risa. Debe tener unos 53 años, es pequeñito, de cara alargada y anteojos. Siempre se está quedando dormido y por lo que he podido averiguar, desde hace treinta años repite exactamente la misma clase en cada nivel, en cada colegio y en cada ciudad en que ha trabajado. No es una mala persona pero está cansado o nació cansado de una forma tal que sus ojos siempre están medio cerrados, tiene manchas de café por todo su traje, arrastra los pies al caminar y mirarlo se vuelve contagioso. Los alumnos flojos lo estiman y no lo molestan más de la cuenta, pero los otros, los que tienen alguna pretensión académica en sus vidas lo viven acusando de ineficaz, de desprolijo y pajero.

JORGE MUZAM

7


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El profesor de música es un zorrillo y basta que se acerque a alguien para que marchite sus ánimos de conocerlo. Los profesores de educación física podrían ser contendores, son grandes y atractivos pero no lo suficientemente asertivos para tratar a las mujeres. De esta forma, la auxiliar Jocelyn cayó en mi red o más bien yo caí en la de ella como lo comprobé más tarde. Jocelyn, más que una mujer es una hembra de veinticuatro años que huele a sexo, todo en ella es sexo, desde sus ajustados pantalones de delgadísima tela que pregonan la mercancía interna, hasta los grandes pezones que se erigen desde sus pechos redondos, su melena suelta y fragante a colonia de baño, su piel blanca y limpia, sus aretes gigantes, su escote, sus tacones, pulseras, sus grandes ojos verdes y sus labios pintados de rojo magmático que hacen suponer maravillas. Salimos al día siguiente de conocernos. La pasé a buscar a su casa. Salió apenas frené mi auto. Desde sus ventanas husmeaban sus padres y un niño pequeño. -¿Es tu hijo?- le pregunté. -Es mi vida- respondió- tiene cuatro años. -Es apuesto, se parece a tí- dije a modo de conclusión. Apreté el acelerador y la llevé hasta un camino rural de la localidad de San Juan que se adentra por un bosque de pinos. Avanzamos un buen rato hasta que las luces de la ciudad se transformaron en una lejana bóveda difusa y blanquecina. Detuve el auto y encendí la radio. David Bisbal cantaba su Ave María en una versión discotequera. Encendimos cigarros en silencio, nos miramos y nos dio un ataque de risa. Fueron largos minutos de reírnos de nada. Intentamos besarnos pero nos dio otro ataque de risa. Abrí un vino tinto y empezamos a beber de la misma botella entre grandes sorbos y medio atragantados de risa. Intentamos darnos otro beso pero fue inútil, la carcajada se extendía a nuestros cuerpos y llegábamos a tener convulsiones. Abrí la ventanilla para que entrara aire fresco y nos espabilara. En la radio tocaban una versión medio reggaetonera de “La maldita primavera” de Yuri. Cantamos a JORGE MUZAM

8


EL INSOMNIO DE LA CARNE

todo pulmón y medio embriagados… ”volveraaaa…la maldita primaveraaaa…”. Destapé otra botella de tinto y le dimos el bajo de un sorbete. Mi conquista era un encanto, estaba más loca y era más borracha que yo. Luego de que empezara el “Tonta, ciega, sorda y muda” de Shakira nos bajamos a tientas del auto. Estaba oscuro y no quise prender las luces. Jocelyn empezó a bailar pero estaba muy mareada y se cayó dos veces. Intentó hacer un striptease y quedo con las tetas al aire. Fue el momento en que me abalancé sobre ella. Quería mamarle sus tetas blancas pero no reparamos en que estábamos al borde de un cerro y el impulso nos hizo rodar varios metros hacia abajo. Un árbol muy grande y unos follajes nos detuvieron. Quedamos abrazados, magullados y algo adoloridos, pero eso no fue suficiente para que nos sobreviniera otro ataque de risa. Intenté mamarle sus tetas como una guagua medio atorada. Ya no podíamos detenernos y ahí mismo nos desnudamos completamente. La lamí y luego la penetré largos minutos. Me sentía muy bien por estar dentro de su amable y jugoso chochito. Ella me seguía acariciando con ternura y a ratos me rasguñaba la espalda. Acabamos casi al unísono entre quejidos y risotadas. Lo hicimos dos veces más y quedamos tendidos un par de horas aprisionados en un abrazo muy cariñoso bajo la noche oscura de San Juan. Una vez que nos incorporamos subimos afirmándonos por la leve cuesta en que habíamos rodado. El cielo estaba nuboso y el vientecillo tibio que antecede a la lluvia nos golpeó de frente. Los pezones aún desnudos de Jocelyn seguían enormes y colorados, tuve ganas de hacerlo nuevamente pero miré el reloj y pensé en el hijo de ella y preferí ir a dejarla. Con cuidado saqué el auto de allí y me fui en tercera por el camino terroso. Una vez en la carretera me costó distinguir la ruta y las luces de los otros autos se me quedaban grabadas como las estelas de los cometas. Puse el máximo de atención en las curvas cerradas mientras algunas bocinas de otros autos me iban avivando, iba con miedo de desbarrancarme pero llegamos por fin a su casa sanos y salvos. Las luces estaban aún prendidas. Sentí algo de pena y de culpa por su hijo. JORGE MUZAM

9


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Jocelyn estaba en condiciones deplorables y parecía haber sido arrasada por un huracán caribeño. Nos dimos un beso y nos dijimos hasta pronto. Cuando llegué a casa guardé al auto y me dirigí a la ducha. Me desnude y contemplé ante el espejo mi estúpido rostro alcoholizado. Miré mi cuerpo y noté feos machacones en el antebrazo izquierdo y en la rodilla. Mi cara tenía aún maquillaje y seguramente debía apestar a la Jocelyn. Me di vuelta y casi me caigo de susto cuando vi toda mi espalda rasguñada. Algunas marcas eran muy feas. Fue entonces que reparé en el tipo de caricias de Jocelyn. Las mujeres que hacen eso, sobre todo con los hombres casados, quieren despejarse rápidamente el camino. ¿Qué diablos iba a hacer los días siguientes? ¿Cómo me las arreglaría para que mi mujer no me descubriera? Es un problema tensionante y que sólo el paso de los días puede resolver.

JORGE MUZAM

10


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Rasguños en la espalda -Parte 2

Anoche estuve a punto de ser sorprendido por mi mujer. Quiso hacer el amor y me pidió que me sacara la polera. Me excusé diciéndole que me sentía mal y que probablemente me iba a resfriar. Antes de que se pusiera cargosa me levanté y saqué desde el botiquín una tira de analgésicos. Me tomé tres delante de ella para que me creyera y puse cara de moribundo. Fui hasta la cocina y fingí que me estaba preparando una limonada caliente. Lo hice lentamente hasta que supuse que Brenda se había dormido. Para asegurarme me quedé otro rato, me preparé un café con coñac y abrí la novela Viaje al fin de la noche de Céline justo en la página que había quedado la noche anterior. Avancé con interés, Céline es un tipo que me cae muy bien y le creo gran parte de sus pachotadas. Antes de veinte minutos retomé la historia de la Cosa Nostra de John Dickie, documentada obra que me retrotrae a mis propios antepasados sicilianos. Tras cinco hojas escarbé otro libro muy extraño de Jerzy Kosinski que tengo a medias. Se trata de El ermitaño de la calle 69. Es de ese tipo de libros que nunca le publicarían a un escritor desconocido. Es un collage de citas JORGE MUZAM

11


EL INSOMNIO DE LA CARNE

y referencias que enmarcan la historia de un alter ego del propio Kosinski. Es compleja la forma y el trasfondo, pero ante cada párrafo uno se detiene a elucubrar sobre mil cosas tornando la historia sabrosamente dispersa. Las horas siguieron pasando y el sueño se me fue por completo. Me preparé un coñac seco y proseguí mi promiscua rutina con mis polvorientos nenes. Hay un escritor boliviano que me recomendó mi abuelo Enrique. Él lo compró en una librería de viejo porque le llamó la atención el título: El Chile que yo he visto. Del autor, Gustavo Adolfo Otero, no existe referencia alguna ni siquiera en internet. El libro fue publicado en La Paz en 1922 y es un conjunto de relatos que intentan diseccionar diversos aspectos de la sociedad chilena de ese entonces. Hay capítulos sobre las costumbres y manías de políticos como Arturo Alessandri y Enrique McIver, sobre el pelaje del perro de Alessandri, sobre una jovencísima e imponente Gabriela Mistral, sobre los escritores Jenaro Prieto, Fernando Santiván y Fray Apenta. El boliviano es tan irrespetuoso como incisivo y su prosa no trastabilla deslizándose entre la buena poesía, la diatriba y el sarcasmo. De los poetas sólo trata bien a Gabriela y es extraordinariamente duro y despectivo con el resto. De los chilenos, lo menos que dice es que somos tan arrogantes como hipócritas, sucios, arribistas, mal hablados y proclives a militarizar cada aspecto de nuestra convivencia. He encontrado tan útil este libro, para historiadores, literatos, políticos y humoristas, que me he propuesto reeditarlo en la editorial que abriremos junto a Claudio Rodríguez. Un ejemplo de su visión de los literatos chilenos es lo que afirma respecto al escritor Daniel de la Vega: “Su alma es una camisa húmeda puesta a secar al sol, cuya agua se evapora lentamente, pero muy lentamente, sin embriagar a nadie, sin despertar entusiasmo, sin emocionar.” Pronto dejé al boliviano y abrí uno de mis libros preferidos: Painting in England. 1500-1870 de David Piper. Es una joyita bibliográfica editada por The Book Society de Londres. Lo compré hace más de diez años en una feria callejera de Santiago. Dentro están tres de mis pintores preferidos: Thomas Gainsborough, Joshua Reynolds y William Turner.

JORGE MUZAM

12


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Desde mi perspectiva, esta tríada conforma la cima de este período. Ninguno me parece constante en el despliegue de su talento, pero cada uno tiene obras singulares que lo enaltecen. Gainsborough destaca por los retratos de Lady Howe, Robert Andrews y su esposa y por su autoretrato; Joshua Reynolds por los retratos de Nelly OBrien, Sarah Siddons, el Coronel Tarleton, Lord Heathfield y su autoretrato; Turner destaca por Snowstorm y Burning of TheHouses of Parlament. Es parte de un gusto muy personal. Conozco sus historias y comprendo sus estilos e innovaciones particulares, pero mi preferencia va más allá, donde las palabras descriptivas son tan innecesarias como ineficaces. Es una especie de diálogo silencioso que traspasa el tiempo y el espacio, que involucra un modo de hermandad y una comprensión que va más allá de cualquier teoría estética. Tal como necesito a los ingleses antiguos, necesito el arte de los norteamericanos ReginaldMarsh y Tom Wesselmann, de los franceses Jean-FrancoisMillet y Honoré Daumier o del alemán Karl Schmidt-Rottluff. Es aire, oxígeno y compañía en este viaje milenario. Ya han dado las cuatro de la madrugada y para que me dé sueño me afano en el Ulises de Joyce, el único libro que he leído durante veinte años sin poder terminarlo. Efectivamente decaigo a los pocos minutos y aunque me gusta Joyce debo dejarlo nuevamente. Subo hasta el segundo piso, me recuesto junto a mi mujer con mi camiseta bien afirmada y me quedo dormido.

JORGE MUZAM

13


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Rasguños en la espalda -Parte 3 A la mañana siguiente me vuelvo a hacer el enfermo. Brenda me mira con cara de incredulidad pero finalmente me presta su celular para que llame a mi trabajo informando sobre las razones de mi ausencia. Luego termina de arreglar a los niños y se los lleva al colegio. No volverán hasta ocho horas más tarde por lo que puedo dormir, comer, leer y hacer lo que se me dé la gana. Lo primero que hago al quedar solo es prepararme un café muy cargado y retomar la lectura de El palacio de la luna, de Paul Auster. El autor entretiene y sabe dar giros sorpresivos e inteligentes a su historia. Avanzo un par de páginas y prosigo con Mr. Vértigo, otra buena historia que sería un completo disparate en malas manos, pero Auster lo hace creíble, entusiasma y provoca un encariñamiento progresivo con cada personaje. Mi dispersión lectora se arranca hasta el segundo piso donde dejé La maldición de los Dain, de Dashiell Hammett. El autor practica una interesante evolución de la historia donde lo simple y obvio se convierte a poco andar en la punta de un sórdido iceberg. Es rápido, efectivo, casi no elucubra y sabe transmitir sutiles imágenes delatoras de las intenciones de los personajes. Tras cuatro hojas de lectura me visto con buzo y zapatillas y salgo a trotar al cerro con mis perras. El viento costero es muy agradable a las nueve de la mañana. Mis hiperkinéticas perras enloquecen de alegría, huelen todo lo que hay a su paso, raspan la hierba mojada, saltan hacia mis piernas y finalmente corretean mordiéndose los cuellos hasta perderse en el bosque.

JORGE MUZAM

14


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Despertando junto a las olas

Antes de pasar un mes desde mi regreso a San Antonio, ya había conocido a dos tiernas peruanas que habían llegado a probar suerte al puerto. Me las presentó el inútil de Marchesi. Eran primas de una amiga de una cuñada de Marchesi. Algún bromista les recomendó acudir a buscar ayuda donde el tipo menos contactado de la provincia. La cosa es que Marchesi me llamó y me dijo si mi esposa sabría de algún trabajo para esas dos peruanas. Le dije que lo vería con mi mujer. La verdad es que en los días siguientes ni me acordé del asunto. Pero Marchesi, presionado por su cuñada, programó una cita para que yo conociera a las peruanas. Nos encontramos a las seis de la tarde en el Lucernita, un bar de mala muerte en la avenida Barros Luco. Eran bien atractivas para mi gusto, morenas y aindiadas, delgaditas, como Pocahontas liliputienses de 1 metro 53 a lo mucho, muy risueñas, hablaban cantadito, con una dicción impecable. Tenían sus tetitas de limón muy paraditas, el culo pequeñito y bien formado, la piel muy limpia, los dientes blanquísimos y perfectos y usaban más palabras que el huevonaje medio chileno. Les pregunté la edad. 26 y 22. Vaya que festín me daría con ellas. Marchesi, siempre temeroso de su mujer, se marchó al poco rato. Les pedí otra cerveza y se pusieron muy contentas. Ya me

JORGE MUZAM

15


EL INSOMNIO DE LA CARNE

empezaba a gustar más la de 22. Se parecía a Amparo, sólo eso. Pero las dos eran unas muñecas hechas a mi medida. Luego de terminar la tercera cerveza las invité a dar un paseo. Caminamos hacia el estacionamiento y las tomé a ambas de la cintura. Mi sexo ya estaba muy encabritado. Les abrí la puerta de mi auto y se acomodaron muy a gusto. Las llevé a dar un largo paseo por la costanera hasta los acantilados de Algarrobo. Estaban impresionadas con la vista pues eran serranas, de Abancay exactamente. Nos sentamos en una banqueta mirando las últimas pinceladas del crepúsculo. Puse mis brazos en sus frágiles hombros y ambas se acurrucaron como gatitas huérfanas en mi pecho. Eran muy dulces. Permanecimos así largos minutos, en silencio, muy quietecitos. Amanecí sobre una de ellas, con mi sexo aún desplegado en el interior de su cavernita. Respiraba entrecortado por la presión de mis 72 kilos, pero tenía dibujada una sonrisa de satisfacción en su boquita. De buenas a primeras no reconocí la habitación. Debieron pasar unos segundos de espabilamiento para recordar cómo había llegado allí. Era un hotelucho de El Quisco. Desde la ventana se veían las olas muy grandes.

JORGE MUZAM

16


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Sexito hinchado Mientras Brenda se duchaba, le he escondido sus calzones. Deben ser unos cuarenta diminutos calzones de distintos colores, diseños y encajes. Brenda demora largos minutos en la ducha y debe suponer que ya me he marchado. Al cabo de veinte minutos sale envuelta en su toalla naranja. La ausculto desde otra habitación. Sé que lo que hago no es gracioso. Por lo demás, Brenda tiene muy poco sentido del humor y ya presiento su furia. La oigo abrir el clóset, los cajones y las cómodas cada vez con más violencia. Un par de exabruptos se escapan de su boca. Me llama por si acaso aún estoy en casa. No le contesto. Me vuelve a llamar. La escucho sentarse en la cama sin saber qué hacer. Espero otro tanto e ingreso a la habitación. Está irritada y desnuda. Me pregunta por sus calzones. Me encojo de hombros. Me lanza su zapatilla. La esquivo y me lanzo sobre ella, se resiste, me golpea, lanza puñetazos y patadas pero logro abrirla de piernas y le sujeto los brazos mientras le mamo las tetitas. No se entrega y me grita obscenidades, sigue pataleando pero no puede zafarse de mí. Logro bajarme los pantalones y sacar a batallar mi exaltado pene. Brenda se dobla, se enrosca como una serpiente herida pero no puede evitar que la termine penetrando con fuerza. Ya al tercer o cuarto embiste deja de resistir y se entrega. La poseo con salvajismo, como si fuera un exprisionero en su primera noche de libertad. La penetro, la lamo, la succiono, la muerdo y la sigo penetrando hasta estallar dentro de ella. La dejo exhausta, adormecida y temblorosa, con sus piernas abiertas, sus manos cerradas y su sexito muy hinchado emanando fluidos hacia sus muslos y nalgas.

JORGE MUZAM

17


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Braguitas impolutas

Vargas Llosa trae a colación un tema singular a propósito de La casa de las bellezas dormidas de Kawabata. Eguchi recuerda: “Desde la antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de las doncellas como un elixir de la juventud”. Recuerdo como olían mis primeras mujeres a las que ni siquiera pude palparles un pecho. Como un estático gatito, permanecía arrobado detrás de sus orejas, aspirando, inhalándoles su esencia más secreta. Luego, mis primeros besos al sexo de Amparo, aún sin desflorarla, y no encuentro parangón a algo más elevado, más perfecto, más narcotizante. Después nada ha sido igual. No puedo dejar de relacionar este tema con una noticia ciertamente pintoresca sobre las costumbres masculinas en Japón. Uno de los principales productos que se tranzan en el mercado informal son las braguitas de adolescentes vírgenes. Se llegan a pagar sumas astronómicas y los clientes, tipos ya bastante maduros saben perfectamente distinguir cuando es una falsificación.

JORGE MUZAM

18


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Mi mente se traslada hacia el desquiciamiento de Humbert Humbert. Dolly emana una fragancia que enloquece al maduro profesor. Puede ser la fragancia de un alma limpia, de la huidiza juventud en el momento exacto en que no es sólo recuerdo. Solo se anhela la eternidad cuando se es joven. Humbert está muriendo de añoranza y su deseo no más que el de una bestia moribunda que patalea contra lo irremediable. Fue un buen round contra lo infinitamente fugaz e insustancial que resultan todas las cosas que no pueden apreciarse sino en retrospectiva. Sufro una obsesión parecida por Lindsay, la profesora de inglés. Es once años menor que yo. Bella y pura como quinceañera, pareciera que ninguna aplanadora existencial ha pasado por su alma. Irradia gran parte de las cosas que se me han esfumado a lo largo de los años. Para apaciguar el dolor que me genera mi incapacidad de abordarla, bebo hasta quedar ebrio y luego actúo como un normal. Bebo sentado sobre un sofá violeta, escucho a Chopin y miro lo que está más allá de la ventana. Cada tanto, hago brindis con mi perra que afirma sus patas delanteras en el vidrio y mueve la cola.

JORGE MUZAM

19


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Amor a orillas de un río

Pocas veces me había adentrado con una mujer en esos parajes de San José de Maipo. Al menos no solos. Nos bajamos del bus y cruzamos una alambrada. La carretera se empinaba zigzagueante hacia los altos de San Alfonso. A nuestro alrededor, cerros enormes y espinales y el murmullo del río cercano, pero ninguna persona. Sólo nosotros. El calor de diciembre nos achicharraba. Nos adentramos entre unas malezas en dirección al río Maipo. Alejandra, delgada y seductora mechona de Parvularia, no había puesto ningún reparo ante mi osada invitación. Llevábamos poco de conocernos. Apenas un par de cafés en el casino de la facultad y muchos jugueteos y risas sin sentido. Nos sentamos en el borde del río, sobre unas piedras que parecían asientos de cavernícolas. El agua, naturalmente turbia y correntosa, bajaba acompañada de una fresca brisa que nos acariciaba de pies a cabeza. -Olvidé mi bikini- musitó Alejandra con cierta sorpresa. Me encogí de hombros. Ya me había sacado la polera y rozaba el agua con mis dedos. JORGE MUZAM

20


EL INSOMNIO DE LA CARNE

¿No te importa, verdad?- me dijo Alejandra, al tiempo que se bajaba los pantalones y se sacaba su peto, quedando apenas cubierta por un minúsculo calzoncito blanco. Tenía los pechos pequeños, muy de mi gusto, y usaba un sostén de niña. Caminó descalza hasta el río. Verla era mejor que contemplar a todo el resto de la naturaleza. Se sentó a mi lado y puso los pies en el agua. No hablamos mucho. Sólo nos tomamos de la mano y contemplamos la corriente. Estábamos de alguna forma felices. Nuestras manos no tardaron en ponerse a jugar, en entrelazarse, en escabullirse, en atraparse, en hacerse cosquillas y excitarse, como si tuvieran su propio amorío, indiferentes a nuestra mística contemplación del agua. Pero las manos pronto fueron por más. Nos tendimos sobre una toalla, en medio de un claro de hierba. No tardamos en quedar desnudos, en besarnos enteros el uno al otro y en hacer el amor con tanta ternura, alegría y placidez, como si aquella tarde y aquel día y la vida misma fuesen a durar mil años.

JORGE MUZAM

21


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El deseo esparcido en la brisa

Ingresé a un vestíbulo oscuro. Había un sillón gastado y sobre él estaban tiradas mis ropas. -Amparito se las dejó ahí- me dijo la señora Stella Malebrán, mi pensionista hasta ese día. Sentí deseos de llorar como cuando era un niño muy pequeño, aunque mi expulsión no era un juego de niños. Amparo me había expulsado efectivamente de su vida. Era definitivo y yo estaba nuevamente en la calle con mis escasas pilchas y sin mis libros, sin mis sábanas y sobre todo sin mi adorada Amparo. Tomé con desgano las camisas, los calzoncillos, las poleras, los pantalones, mi desodorante, mi dentífrico, mi toalla y mi sweater y los introduje en mi mochila, al lado de los libros que me habían acompañado las últimas noches y por lo tanto se habían salvado del naufragio, aunque estaría mejor decir que naufragaban lealmente conmigo y quizás hasta terminarían calcinados brindándome un último servicio, un poco de calor en las noches frías y secas de Santiago. Me despedí de la señora Stella. Fue un abrazo largo, apretado y genuino. Ella había sido buena conmigo, me quería JORGE MUZAM

22


EL INSOMNIO DE LA CARNE

sinceramente y sé que sufría demasiado con mi partida. Stella sobrepasaba los 75 años y ciertamente no le quedaba mucha vida, y quizás yo era para ella el hijo, el sobrino o el nieto algo desordenado que nunca tuvo y que la surtía de cigarrillos a escondidas. Luego me despedí de don Oscar, su hermano, una buena persona que tampoco volvería a ver pues sobrepasaba los noventa años. Don Oscar también me quería y en su mirada adivinaba la complicidad que sentía con mis correrías de macho joven e inquieto. Luego me acomodé la mochila, crucé la puerta y me largué. Aún levanté la mano un par de veces a la señora Stella antes de doblar la cuadra y perderme en la ciudad infinita. Tres años antes habíamos llegado a vivir en esa pensión. Era más cara que la anterior en que habíamos vivido pero era mucho más segura. Amparo la buscó pues temía que los borrachos que vivían al lado de nosotros me terminaran acuchillando. No les caía bien, pues me consideraban un señorito universitario engreído que no encajaba entre ellos. Golpearon varias veces a mi puerta ofreciéndome pelea, pero nunca les abrí ni les di la cara. Sólo los habría matado si hubiesen tocado a Amparo pero nunca se metieron con ella. De esta forma llegamos un domingo de agosto a vivir en la nueva pensión. Era un caserón enorme con al menos quince habitaciones, todas ocupadas por solterones y solteronas y parejas muy jóvenes. El alquiler costaba 150 dólares, nada barato para nuestros bolsillos, pero teníamos derecho a tener televisión por cable y a usar todos los servicios sin restricción. Habían pasillos interiores rodeados de jardines bien cuidados y al menos cinco baños completamente equipados. Todo era limpio y las personas eran amables y bien vestidas y ganaban por lo general mucho más del sueldo mínimo en sus trabajos. Fue una buena época. Amparo volvió a hacer el amor sin miedo, volvió a gemir despreocupadamente, volvió a rasguñarme la espalda y a soplarme los pelos de mi pecho. Jugábamos desnudos durante las mañanas, las tardes y las noches enteras. Éramos solamente el uno para el otro. Cuando nos daba hambre, nos JORGE MUZAM

23


EL INSOMNIO DE LA CARNE

vestíamos e íbamos al supermercado. Comprábamos yogures, quesos, ensaladas y huevos. Luego nos volvíamos a desnudar y a hacer el amor de lado viendo una buena película. Nunca nos cansábamos de decir te amo, nuestro cuerpos eran hambrientos, adictos, voraces. En ocasiones nos deslizábamos hasta inhóspitos senderos de la precordillera para que Amparo se erotizara al pisotear las hojas secas o me escondía entre el follaje observando su desnudez en la orilla de los riachuelos. Me excitaba que la sorprendieran o la fisgonearan otros hombres y ante cualquier peligro yo aparecía para rescatarla. Amparo era bella como pocas y su belleza era del tipo tahitiano. Yo le decía que era mi Rapa Nui, mi última mohicana, mi Barbie indígena, mi Pocahontas, la última de las Amazonas. Si piel era firme, sana, limpia y levemente tostada. Su boca era un saludo cariñoso y su mirada una sonrisa perenne. Grandes pestañas curvadas aleteaban cómicamente esparciendo su candidez en todas direcciones. Su cabello liso, negro y brillante se alargaba hasta el fin de su espalda. Sus pechos eran dos firmes gotas de rocío cordillerano. Su cuerpo era atlético, armónico, perfecto y su aroma rivalizaba con un bosque de jazmines hispanos. Amparo era el deseo esparcido en la brisa, el arrimo de las estaciones frías, el regazo del consuelo, la única voz más dulce que el silencio. En el intertanto de nuestro romance aparecieron seductoras luces que enceguecieron a ratos mi rumbo. Apareció Brenda. Sí, la misma Brenda que conocéis, la bella madre de mis dos únicos hijos y la mujer que hoy me odia y me castiga sin sexo. Apareció Marta, una muñeca rubia, burguesa, ociosa, exasperante y sobretodo completamente loca. Apareció Jessica, una candorosa mamá soltera que aullaba cuando le mamaba los pechos. Apareció Jeannette, una extremista de culo delicioso que celebró el ataque a las torres gemelas. Apareció Rosalía, una campesina aparentemente inmaculada y coqueta que se mordía los labios y se abría el escote para provocarme. Apareció Katzumi, mi madame Butterfly, una japonesita menuda y liberal cuya delicado sexito enrojecía con mis besos y las púas de mi barba. Apareció Stacey, una gringa judía boticelliana y desabrida. Reapareció Carla, uno de mis amores de colegio. Reapareció Mariana, una treintona pervertida que gustaba de montarme desnuda y gritar JORGE MUZAM

24


EL INSOMNIO DE LA CARNE

obscenidades como una vaquera domando a su furioso toro negro. Fue una época difícil de sobrellevar, pues al final de todo ese trajín, siempre estaba Amparo esperándome y dispuesta a perdonarlo todo. Mis vecinas de pensión eran, por su parte, perturbadoramente bellas. Pasaban frente a mi ventana semidesnudas, en calzones o apenas cubiertas por una toalla mal sujeta. Delgadas y turgentes, blanquísimas y angelicales, sin excedentes de grasa en las caderas ni remotas espinillas en la piel. Conocía sus gemidos de placer y estaba al tanto de sus orgasmos y pataletas gracias a sus delgadas e indiscretas murallas. Colgaban infinidad de calzones liliputienses ante mis ojos y en las noches acompañaban en un coro muy armónico de gruñidos y graznidos destemplados a mi insaciable Amparo. Durante el día o al anochecer, las miradas de coquetería iban y venían pues yo también exhibía mi ruda desnudez ante sus ojos, y no tardé en acostarme con dos de ellas. Rosalía tenía un marido militar y Paola uno enfermero y por lo tanto los horarios de ausencia eran completamente predecibles. Dejé de asistir a los cursos más intrascendentes para poder lidiar con aquellas batallas de carne, sudor y gritos. Casi reprobé Latín II, América III y Paleografía I por satisfacer mi calentura enfermiza, pero mi buena estrella académica me salvó a última hora. No sentía culpabilidad de hacer lo que hacía. Tomaba a las mujeres porque ellas lo querían así y nunca forcé a ninguna, a menos que le gustara ser forzada. Tenía la convicción de ser el amo absoluto de mi tiempo, el responsable de todos mis actos y entendía que cada secuencia de mi vida era irreversible, y sobre todo no quería pensar que en el futuro llegaría a ser un maldito anciano castrado por las circunstancias, un anciano indigno que retornaba mentalmente tras el tiempo perdido para idealizarlo a modo de exculpación por su cobardía de no haber vivido a plenitud. Mi cuerpo era mi arma de ataque y el sexo era mi única salvación en un mundo donde había escasas cosas auténticas a qué aferrarse. JORGE MUZAM

25


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Los débiles se aferraban a su religión, a sus tradiciones, a sus hijos, a sus esperanzas, a su alcohol de las tardes. Yo era mi presente, mi propio dueño, un animal furioso y soberbio que sólo obedecía a su instinto. Paradójicamente, mis instintos no eran malvados, no deparaban peligro para nadie y más bien me transformaban en un sacerdote bienintencionado que resucitaba a las almas adormecidas por la futilidad de los días.

JORGE MUZAM

26


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Brusquedad sexual

No he tenido muchas parejas sexuales en mi vida, pues a pesar de mi fama de canalla seductor, he sido conscientemente muy selectivo con las mujeres con las que he llegado a intimar. He disfrutado al máximo mis relaciones y espero haber contribuido al disfrute de quienes compartieron parte de su vida conmigo. De mis experiencias he aprendido muchas cosas. Una de ellas es la predilección que tienen ciertas mujeres por el trato sexual brusco. No es algo que se suela ventilar en público, pero en privado una mujer excitada quiere ser manipulada como si fuera un platanito resbaloso en manos de un gorila hambriento, o como una muñeca de trapo desarmada a mordiscos por un rabioso bulldog.

JORGE MUZAM

27


EL INSOMNIO DE LA CARNE

La misma mesa, la misma ventana

Anoche conversé con Stella Malebrán. Estábamos sentados en la misma habitación que le arrendé durante algunos años en Santiago. Mi televisor estaba encendido, mi cama estirada y mis dos sillas la ocupaban Stella y otra señora que no alcancé a reconocer. Me senté en mi velador y conversamos sobre los pormenores de mi larga ausencia. Más bien yo les preguntaba, ante el poco entusiasmo de ellas. Pregunté por Amparo, por don Oscar, por el resto de los arrendatarios y les manifesté muy sentidamente mi deseo de que las cosas volviesen a ser como antes. Quise ofrecerles un café, pero no tenía fósforos, ni sabía si era prudente hacerlo, pues mis cosas no eran ya mis cosas, Amparo no era ya mi mujer ni ese lugar, donde transcurrimos tantos inviernos abrazados haciendo el amor, no era ya mi lugar. Vi mis libros intactos, mi ropa aún colgada, mi control remoto, mis lápices, mi vaca reloj, mis cuadros, mis periódicos, mi máquina de escribir, mi radiocassettera y mis ornamentos. Los diminutos calzones de Amparo seguían colgados de un colgador, apenas sacudidos por la brisa que entraba por la ventana, los mismos calzones diminutos que le

JORGE MUZAM

28


EL INSOMNIO DE LA CARNE

arrancaba apenas caía en mis brazos. Mi cenicero guardaba en su fondo la misma ceniza del último cigarro que fumé diez años antes. Mi taza sin lavar parecía seguir siendo mi taza, como si me hubiese ausentado sólo algunas horas. Pero los momentos avanzaban y mis interlocutoras seguían silenciosas y desinteresadas. ¿Dónde estaban los apretados abrazos de otros tiempos, la alegría exultante ante mi llegada vespertina, los convites, los recados, los besos y las confidencias? Quería volver, quería volver pero ese ya no era mi lugar, quería volver a envolverme en los brazos de Amparo, sentir su sexo abierto, su comida, su mirada protectora, quería volver atrás, pero mis interlocutoras seguían silenciosas y nunca me respondieron si Amparo volvería a ese lugar. ¿Cómo permanecería más tiempo allí si nadie me respondía nada? ¿Cómo saber si podría siquiera volver a preguntar, si ya nadie movía los labios? Y si no movían los labios era porque esas personas estaban ya muertas, tan muertas como mis grandes expectativas de mis diez años en reversa. Quería quedarme, reimplantar mi reinado de lujuria y trasnochadas, quería quedarme allí para siempre, porque sentía que dentro de esas cuatro paredes estaba mi hogar, el único lugar que sentí como mi hogar a lo largo de mi desordenada vida. He perdido la fría coraza que me permitía ahuyentar los sueños cuando atacan con su carga de nostalgia. Hoy no sé cómo controlar aquello que me rebana, me deshoja y no quiere irse. Aquello que se resiste a ser olvidado, permaneciendo días y semanas, como un castigo muy merecido enviado por quien sabe quién, que me hace arrastrar los pasos y me da a entender que nada de lo que he hecho posteriormente ha valido la pena y que desperdicié la única posibilidad que tuve en mi vida de ser real y perdurablemente feliz.

JORGE MUZAM

29


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Piernas largas Tengo una amante joven y blanca llamada Sofía. La conocí accidentalmente a través de un chat. Como también vive en San Antonio la cita fue casi instantánea. Tiene 20 años y unas piernas largas y tersas que al entrelazarlas entre mis hombros se ven apetecibles. Eso es algo objetivamente bueno. A todo hombre le gusta o le gustaría tener una amante sexualmente dócil, que no hinche tanto las pelotas en otras áreas. Mi amante es una mosquita muerta, mojigata y manipuladora, pero bien disfrazada de borreguita sexy. Eso al menos es soportable. Su piel es limpia y su culito y tetitas están donde deben estar. No podría decir que es alguien importante en mi vida, pero al menos me llama cada tanto diciéndome que yo sí soy importante en la vida de ella. Mi dulce amante vive en un encumbrado cerro de San Antonio, donde hay que subir por vericuetos y callejuelas improvisadas esculpidas de hoyos. Todas las vías están atestadas de flaites por las orillas. Traficantes, sicarios, pelusas y holgazanes acechan buscando la mejor oportunidad para asaltar, golpear o hacer la transacción del día. Siento sus miradas amenazantes, desconfiadas, resentidas. Una pana en ese lugar sería mi fin. Al bajar, traigo a Sofía y las miradas que nos intentan atajar se vuelven furiosas porque es como si les estuviera robando a una de sus mujeres. Apuro el acelerador y me encamino hasta el más alejado y oscuro mirador de Rocas de Santo Domingo donde le arranco la ropa y la poseo con fuerza y repetidas veces.

JORGE MUZAM

30


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El dudoso calzón

La historia que Toño Hernández nos contó era tan vívidamente convincente, que todos creyeron y disfrutaron con el relato de esa hazaña que enalteció sus pergaminos. ¿Todos? No precisamente. Yo sabía que Toño era un mentiroso compulsivo, un mitómano, él no me engañaba, al menos no siempre. Reconozco que sabía adornar muy bien sus historias. Según sus palabras, había peleado innumerables veces y siempre había ganado, había derrotado leones en el bosque y había pateado el trasero a su propia mamá sin que ella tomara represalias. Toño era un maletero y me había dejado fuera de combate en varias ocasiones, pues apenas nos enemistábamos me asestaba un certero golpe de puño en la boca del estómago dejándome doblado, sin respiración, adolorido y totalmente knockout. Pero de ahí a ganarle a varios tipos juntos era por lo menos para mirarlo con escepticismo. Betty Silva era la prepúber más infernalmente hermosa y deseable del colegio. Todos quienes la rodeamos sufrimos de precocidad sexual, una nínfula que habría atormentado sobremanera a Humbert-Humbert. Betty era hija del JORGE MUZAM

31


EL INSOMNIO DE LA CARNE

poderoso aunque amable cabo Silva, en una tierra y en una época donde hasta los conscriptos eran poderosos. Betty y Brenda, Brenda y Betty eran hermanas, un dueto ideal, perfecto, de barbies de cabello oscuro. Aquel fin de año hicimos el mismo paseo de todos los años. Fuimos a la Puntilla, una lagunita en medio de un bosque a los pies del enorme cerro Alico. Solíamos jugar y perdernos en aquel lugar, por lo tanto la historia de Toño tenía una base real. Todas las niñas se ocultaban en el bosque para cambiarse de ropa, y hasta yo mismo sorprendí más de una vez a la Juana Ramírez y su enorme vagina sin vellos mientras se desnudaba para ponerse su traje de baño. Toño reunió a los varones del curso detrás del último pabellón de salas. -Ayer, mientras exploraba en el bosque de la Puntilla, sorprendí pilucha a la Betty Silva-nos confesó Toño en voz baja, intentando que nadie más escuchara. -Primero se tapó la cara y se puso a llorar- prosiguió-, pero yo me acerqué y la abracé y le dije que no se preocupara, que yo no le iba a contar a nadie. Cuando se calmó, le ofrecí ayudarla a vestirse y me dijo que bueno, así que tomé su calzón y le dije que levantara un pie y luego el otro y se lo subí con mucho cuidado. Después le puse sus polera, su short, sus calcetines y sus zapatillas y volvimos al lugar donde estaban ustedes- concluyó, al tiempo que tocaban la campana para entrar a clases. Hubiese querido darle unos combos en el hocico a Toño en ese momento, porque sabía que todo era mentira, porque a mí también me gustaba la Betty y sobre todo por imaginársela desnuda.

JORGE MUZAM

32


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Lo tienes demasiado grande

-No había pensado en eso- fue lo único que se me ocurrió responder. Una respuesta estúpida, para salir del paso o más bien porque no era importante para mí fabricar una mejor respuesta. Mimí estaba preocupada por la posibilidad de que mi esposa nos descubriera. Ya le había contado cómo reaccionaba Brenda ante mis amantes y eso la atemorizaba. Brenda no enrostraba nada, pero usaba sus contactos para que mis amantes fueran hostigadas o despedidas de sus trabajos. Sé que las cosas habían cambiado y probablemente a estas alturas Brenda estaría hasta feliz de que me fuera con otra mujer. Pero no tenía ganas de aclarar ni discutir nada con ella. Encendió un cigarro. Desnuda y en cuclillas sobre la cama no se veía particularmente sensual sino más bien algo vulgar y ridícula. No tenía ya las tetas firmes y un pequeño abdomen le sobresalía como si fuera un embarazo permanente de dos meses. Me entretuve soplándole el humo hacia otro lado. Ella seguía hablando y yo asintiéndole pero no sé de qué hablaba…

JORGE MUZAM

33


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Mimí tiene un ojo más grande que el otro, como Lee Majors, el pelo quemado de tanta tintura y planchado, la boca pequeña y las orejas de Dumbo, pero aún así me apetece sobremanera. La huelo y es como si despertara instantáneamente con su sólo aroma todo mi apetito sexual. Ante mis narices es una perra en celo todo el año. Me gusta su culo, lo reconozco. No podría estar con una mujer con un mal culo. La embisto demasiado seguido por el culo y eso la exaspera al comienzo pero a poco andar se entrega con resignación de monja misericordiosa. Está casada con un hijo de puta. Ella lo llama así, y por lo que me cuenta de él, yo tampoco lo llamaría de otra forma. Él la engaña. Lo ha hecho desde antes del matrimonio. Más bien desde el día mismo en que se conocieron. Trabaja de guardia en el puerto de San Antonio. Un puesto insignificante, pero eso no es problema, porque a muchas mujeres les atraen los hombres con puestos insignificantes, como si les gustara ser las madres sexuales de tantos perdedores. El hecho de que ella tenga la certeza de los continuos engaños del hijo de puta le agrega un ingrediente fogoso a nuestra relación. Ella se entrega como si se estuviera vengando permanentemente del tipejo, se entrega con rabia, con brusquedad, con saña y las exclamaciones de su excitación son ruidosas, ensordecedoras, y aunque sean o no genuinas, no dejan de ser atractivas. Mimí satisface además mi anhelo erótico de poseer a una soprano internacional como Verónica Villarroel. Mientras la penetro le pido que me cante La reina de la noche, algún fragmente de Carmen o el final de Madame Butterfly. Pero a menudo mi soprano porteña parece estar constipada y gangosa y no para de beber pisco como carretonera acordándose de su pichula infiel. Es entonces cuando me marcho y la dejo sola y tirada en la cama, hecha una mierda de mujer. Mi tolerancia no alcanza para tanto. Brenda, mi mujer, sí es bella, como la muñeca inflable más deseada de las vitrinas de Amsterdam. Una muñeca que causa dolor a quien la desee porque no tiene alma, y no tiene alma simplemente porque no le parece necesario mantener un alma inútil. Brenda parece no estimar a nadie. Trabaja todo el día y al llegar a casa come lo que encuentra a mano como una autómata y se acuesta sin hacer ruido, siempre en silencio, y JORGE MUZAM

34


EL INSOMNIO DE LA CARNE

así cada día. No habla, no reclama, no llora ni ríe. Cuando está cerca prefiero no mirarla porque su belleza me daña, ¿quién puede no sentirse dañado ante una belleza insensible? Poseer su cuerpo quizás hasta podría, pero no lo hago porque termino deprimido durante días. Poseer una piedra duele. Contemplar su perfección desnuda sabiendo que nunca se le podrá arrancar un gemido ni un gesto tierno es de suicidas. He optado más bien por cerrar los ojos, por no mirarla, por no olerla, alejándome incluso de la ducha donde ella se baña. Oír caer esa agua sabiendo que se desliza antes por su cuerpo, que toca ese Stradivarius a quien no le puedo arrancar ni una sola nota, me tortura. No quisiera volver a verla en mi vida, pero tenemos una hija pequeña que nos necesita a ambos. Con la pequeña Ana sonríe levemente, pero no la acaricia. Tan solo se deja abrazar. No siempre fue así. Hace seis años bailábamos algo embriagados al ritmo de Tom Jones y nos moríamos de la risa. Nos reíamos mucho, aunque no hablábamos casi nada. En realidad nunca intercambiamos más palabras que las imprescindibles para coordinar nuestros roles de madre y padre. Mi cumpleaños 37, hace seis años, sirvió para congregar a mis viejos amigos de universidad, que por añadidura seguían siendo los mismos vagos de siempre. Uno de ellos, Buffonais, invitó a Brenda al festín. Era su pareja y no pasaban por un buen momento. Brenda saludó a todo el mundo amablemente. Hubo un momento de silencio. Hasta ese momento sabíamos de su existencia pero nadie la había visto en persona más que el mismo Buffonais que se vivía ufanando de ella y nos enviaba fotos a través de Internet. Pero las fotos, siendo bellas, no le hacían justicia. Ver a Brenda era un sufrimiento. Había algo más allá de su belleza perfecta que devastaba el alma, un aura impenetrable, un territorio que nunca sería conquistado por nadie. Entonces no pensaba eso, sino más bien lo intuía. Aquella noche Brenda bailó desaprensivamente con cada uno de nosotros. Buffonais intentó hacerse el desentendido para no quedar en vergüenza, pero su incomodidad era evidente. Betty apenas lo miró un par de veces en toda la JORGE MUZAM

35


EL INSOMNIO DE LA CARNE

noche. Hoy sé cómo Buffonais sufría por ella. Conmigo bailó un lento de A-há. A media luz, con Buffonais y la mitad de nuestros amigotes medio borrachos, no pude evitar envolver su cintura con mis manos, hundir mi rostro en su cabellera crespa, dejándome narcotizar por su aroma y experimentando una erección monumental de la que no sabía si sentirme avergonzado en ese momento. La atraje fuertemente hacia mí y fue como si la sintiese desnuda. ¿Fui desleal por desear tanto a la mujer de mi amigo? No lo sé. Miraba la cara estúpida de cada uno de mis amigos y sentía que estaban deseando lo mismo. Las otras seis mujeres de esa fiesta no congregaban ni una mirada y parecían toscas matronas lavanderas al lado de Brenda. No más de una semana después de ese cumpleaños, Buffonais nos comunicó sobre su separación con Brenda. Debí sentirme triste por mi amigo, pero no fue así. Me sentí radiante, como si la principal avenida del mundo se abriera para darme el paso a mi solo. Buffonais era un buen tipo, muy atractivo, amable, fino en sus modales, y sin embargo, sus relaciones de pareja, incluyendo esta, habían sido muy breves. Tengo la impresión de que su extrema caballerosidad aburría a las mujeres, siempre anhelantes de ser más bien sacudidas que acariciadas con ternura. Fui un oportunista. Lo reconozco. Desde la noche que la abracé por la cintura no dejé de pensar en ella. Me conseguí su teléfono por medio de terceros y no dejé de acosarla hasta que me aceptó una invitación a comer. Aquella noche comimos camarones ecuatorianos y brochetas de salmón chilote y bebimos vino blanco. Una cena suave y una conversación de puras miradas. Nunca supe de qué hablar con ella y ella no hizo esfuerzos por hablar de nada conmigo. Pagué la cuenta y la lleve a un motel muy alejado que quedaba en una carretera secundaria. La noche estaba oscura y nubosa. Mi auto rechinaba como hueso de anciano, pero para no asustarla subí el volumen de la radio. Madonna disipó mi negligencia mecánica. Su belleza inaudita le daba estatus al conjunto de mi imagen. Pensé en eso mientras avanzaba por el angosto camino rodeado de maleza humedecida con rocío. Los hombres buscan mujeres muy

JORGE MUZAM

36


EL INSOMNIO DE LA CARNE

hermosas para apuntalar su propio ego, para ostentar ante otros hombres, para agregarle valor a su miserable condición, para enaltecer su imagen ante otras mujeres. Yo la busqué porque la deseaba desesperadamente. No más cerrar la puerta le bajé los tirantes del vestido y le dejé sus tetas al aire. Las mamé con todo el deseo que tenía acumulado desde que la conocí. Me dejó hacerlo. No opuso resistencia ni contribuyó a la causa. La desnudé en menos de un minuto y la recosté en la cama. Encendí la grabadora de mi celular y lo dejé filmando desde un rincón. Me terminé de desnudar y me recosté sobre ella abriéndole las piernas en 100 grados. Intenté penetrarla pero mi pene parecía estar demasiado grande y duro y se resbalaba. Bajé hasta su sexo y se lo besé durante unos minutos. Olía y sabía como deben ser las diosas. Me sentía bien ahí, con mis labios besando su delicada carne rosada, soplando suavemente sus pelitos púbicos y adentrando mi lengua hacia su interior. Le succioné levemente el clítoris y eso pareció gustarle porque se estremeció y lanzó un gritito como de muñeca que pide auxilio a su mamá. Cuando logré ingresar en ella, con dificultad, pero sin presionarla demasiado, su cara adquirió una expresión de seductor dolor: –Lo tienes demasiado grande, me haces dañodijo ahogadamente. Aún así, presionó mis nalgas hacia su cuerpo y me empujo lentamente hasta que mi hambriento sexo sintió por completo el cobijo de su vientre. Fue una buena noche. Logré sacarle tres orgasmos. Yo no tuve menos de ocho. Seguimos saliendo. Brenda no se veía entusiasmada conmigo, pero no me eludía y me dejaba poseerla a mi antojo. Le gustaba bailar y beber vino blanco. Sólo en tales deslices sonreía e incluso improvisaba danzas eróticas. Le propuse matrimonio y aceptó. Nos casamos al mes siguiente. Poco sabíamos el uno del otro, pero yo la seguía deseando, aunque ya empezaba a sufrir por su aparente desconexión con la emocionalidad del mundo. Brenda era muy fría y creo que siempre fue muy fría, pero mi deseo por ella me encegueció. Poseerla me pareció más importante, porque si no era yo sería otro y eso me enfurecía. Reparando JORGE MUZAM

37


EL INSOMNIO DE LA CARNE

en nuestra relación no encuentro un solo momento en que se haya dirigido a mi con ternura, no recuerdo una sola caricia, un solo halago. Sólo silencio. Yo era como una sombra que pasaba a su lado, que incluso entraba en ella, pero ante la cual era completamente inmune e indiferente. Ya no gemía, ya no sonreía. Quedar embarazada y tener nuestra hija fue como comprar un detergente en un supermercado. Hizo lo que tenía que hacer y luego la pequeña Anita quedó en manos de una niñera. No se tomó siquiera el pre y post natal para descansar y amamantar a la niña. Pronto ya no me dirigió ni la mirada. Pasaba delante de mí y escasamente me saludaba o se despedía. Se dejó absorber por su trabajo. Poco la veía durante la semana y el fin de semana salía temprano con nuestra pequeña. No me invitaba, no me consideraba, no me decía adónde iba. Más de una vez se dirigió a mí para hablar de nuestra situación económica y pedirme que buscara mejores empleos, pues quería tener pronto una casa grande con piscina y un todo terreno nuevo. Nunca le di respuesta alguna. Qué podía decirle. Mis trabajos siempre fueron estúpidos. Sólo dar clases a pequeños imbéciles pobretones. Ganaba muy poco, menos de ocho veces lo que ganaba ella. No pretendía emplearme y aceptar órdenes de empresarios a los que despreciaba. No quería iniciar negocios ni marcharme a Estados Unidos. Quería estar cerca de Anita. Como nunca hablamos, nunca se enteró que yo era un anarquista furibundo, y que si hubiese llegado a tener una casa grande con piscina me habría puesto una bomba yo mismo.

JORGE MUZAM

38


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Adiós a un susurro

Era un placer contemplar a Victoria, la profesora de inglés, subiendo y bajando escaleras con el libro de clases que bajo su brazo se veía más grande de lo habitual. Llevaba poco tiempo y la directora no acababa de convencerse de su contratación, pues la encontraba poco ruda para lidiar con las legiones de monstruillos encarcelados cada mañana. Victoria intentaba ser obediente con las órdenes de la dirección, pero no era capaz de levantar la voz ante los alumnos, y estos, que olían su debilidad, se le escapaban en bandada entre burlas y gestos obscenos. Pero Victoria no reclamaba, ni mascullaba, ni profería amenazas ni maldiciones como yo sí lo hacía. Parecía tan frágil, como arrancada de una tienda de muñecas finas. Su mirada inocente y bienintencionada alumbraba su rostro muy pálido y su larga cabellera ondulada ocultaba sus hombros y la totalidad de su espalda. Prontamente Victoria había debutado desde su llegada en mi perversa imaginación como una deliciosa fantasía sexual, le había besado reiteradamente la entrepierna y sus pechos blancos y firmes eran mi alimento habitual mientras JORGE MUZAM

39


EL INSOMNIO DE LA CARNE

soportaba los incesantes cotorreos de los profesores con mayor poder administrativo intentando imponer sus inútiles teorías. Victoria me saludaba amable y sonriente, pero muchas veces su risa parecía forzada, dificultosa, abrumada, y para mí era comprensible, pues su fragilidad y su voz casi imperceptible no eran idóneas para contrarrestar a todos los macacos y delincuentes que teníamos de alumnos y menos aún a los chupasangres que nos empleaban. Muchas veces sentí deseos de abrazarla y no dejar que nadie más se acercara a ella, de establecer un murallón entre su delicada belleza y la vulgaridad del entorno. Sentía que algo entre nosotros nos acercaba, que de alguna forma compartíamos muchas cosas y respondíamos idénticamente a muchos estímulos de la vida, pero en lugar de protegernos mutuamente, yo la había dejado sola, sumido en mi propia liviandad, aislado en mi búnker impenetrable donde sólo yo me guarecía. La invité a un café al kiosco del frente. Dijo no beber café pero que me acompañaría mientras yo me lo bebía. Nos sentamos, nos miramos y sin que ella me lo pidiera le pedí disculpas por mi aparente ausencia, por mi falta de compromiso con toda causa, por mi hermetismo. Intenté explicarle en la marcha sobre cosas en las que nunca había reparado. Mi silencio, el hastío en mi rostro, aspectos que en mi calidad de escritor autoproclamado se convertían en una incongruencia. Ciertamente que tenía que respirar el mismo aire viciado de todos y dejar que la cotidianeidad royera mi carácter, aumentara mis vicios, tenía que palpar las vidas auténticas, mínimas, miserables, sus dolores e intrigas, la euforia y la envidia de los pequeños, el segundo tras el segundo, la espontaneidad habitual de los que no viven más allá sino aquí mismo…pero mi alma se seguía fugando, mi ser se evadía, contemplaba y recordaba, proyectaba y seguía contemplando, y vivía sin vivir y luego escribía lo que nunca vivió. Le conté que a veces temía no llegar a necesitar a nadie, temía ir quedando más solo de lo que ya estaba, solo con mi café caliente que usualmente era la única gran alegría que refregaba en mi rostro su cuota de vida con calor, aroma,

JORGE MUZAM

40


EL INSOMNIO DE LA CARNE

amargura, más recuerdos y ondas de vapor que jugueteaban hasta adosarse en mis cejas. -Debo irme-dijo ella, con la mayor amabilidad que pudo usar. Mientras se alejaba me sentí doblemente culpable, pues mis palabras parecieron remarcar mi egoísmo, mi ego descarrilado y sin destino… Nunca hablamos de ella, nunca la dejé hablar y ella se alejó para continuar con su rutina de subir y bajar escaleras con el libro de clases que bajo su brazo parecía más grande de lo que era. Al mes siguiente la despidieron por inservible y nunca la volví a ver.

JORGE MUZAM

41


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Voy por el libro de Rojas

Nunca me gustaron las mujeres excesivamente tetonas o culonas. Como habitualmente era el único varón que no se embobaba por tales atributos, podía desplegar sin contratiempos mi talento conquistador en las frágiles y menudas bellezas discriminadas por tener menos culo o tetitas de limón. Mi vida afectiva y sexual transcurrió, de esta forma, en medio de sucesivos relevos amorosos. Un härim de despreciadas esperaba paciente o impacientemente su turno conmigo. Nunca alcancé a estar más de un día sin una exclusivista dueña que me aprisionara entre sus brazos y le mostrara los dientes al resto. Las mujeres frágiles suelen ser más silenciosas y recatadas, aunque no menos manipuladoras y mentirosas. Todo en ellas es sutileza, autocontrol, salvo en la intimidad y en la furia, donde libertan su monstruo emocional en un colérico poltergeist de objetos voladores, rasguños, patadas, chupones, mordiscos, obscenidades, recriminaciones y llantos. Carecen, además, de la petulancia y egolatría sudorosa de las mujeres exuberantes y rubenescas, acostumbradas a oliscar el celo perenne de centenares de machos a su alrededor, a sentirse la JORGE MUZAM

42


EL INSOMNIO DE LA CARNE

guinda de todas las tortas, el centro de todas las batallas, el blanco predilecto de todos los misiles carnosos que aúllan por estallar en su centro. Una de estas despampanantes hembras llamada Tamara fue la que llegó hace pocos días hasta mi domicilio. En mi trabajo debe ser una de las más deseadas. Ella lo sabe y camina por los pasillos con la cabeza en alto como si fuera la reina Victoria. Una corte de varones la intenta envolver con el silbido serpentino del cortejo, la aplaude, la huele, la roza, la husmea desde los pisos más bajos, le grita inmundicias. Ella prosigue indeleble con su tránsito monárquico apenas enturbiado por una muequilla de satisfacción. Tamara me llamó en voz muy alta por mi nombre, sin considerar el timbre de la verja, como quien llama a su esclavo. Salí y la saludé con mi amabilidad acostumbrada. Dos vecinas fisgoneaban desde sus ventanas superiores. Aún sentada sobre su bicicleta me pidió que le prestara un libro de Manuel Rojas con el que pretendía rendir su último examen. Le dije que lo iría a buscar. Antes de entrar me volvió a llamar y me dijo que la hiciera pasar pues estaba a punto de llover. Se bajó de su bicicleta y en su delgada mezclilla quedó perfectamente delineada su vagina adolescente. Entró con cierta soberbia, como intentando dejar en claro que nuestra tradicional relación asimétrica de alumna-profesor allí no existía. Su aroma de hembra todoterreno se desparramó en segundos por todo el recibidor, un aroma que mezclaba ansias juveniles, impaciencia, grandes expectativas, nerviosismo, turbación, sudor, frambuesa, chicle, colonias de baño, lacas de cabello y una vagina humedecida que palpitaba al ritmo del marcapasos del deseo ascendente. Caminó por mi casa y abrió cada puerta como buscando asegurarse de algo. Me pidió una Coca Cola y le pasé una lata de Pepsi. Se sentó en el sillón con las piernas cruzadas, los brazos extendidos y la mirada clavada en mi sexo. Fui por el libro a mi biblioteca. Cuando volví ella ya no estaba. La llamé y me respondió desde mi habitación en el segundo piso. Subí y la encontré sentada en la cama. Se había desprendido de su franela y sus tetas gigantes las cubría JORGE MUZAM

43


EL INSOMNIO DE LA CARNE

apenas con un petito blanco agujereado de encajes. ¿Por qué me mira tanto en el colegio? fue lo primero que dijo mirándome secamente a los ojos. -La miro como miro al resto de mis alumnos- respondí. -Usted sabe que no es así profesor. Venga, siéntese a mi lado. No me senté. Simplemente la empuje suavemente y la cubrí con mi cuerpo. Su cuerpo estaba muy caliente y a través de la ropa calentaba el mío. Nos dimos un larguísimo beso y antes de soltar su boca le desabroché el petito y el botón del pantalón. Ella me desabrochó mi camisa y yo le abrí el petito dejando sus tetazas de elefanta pegadas a mi pecho. No era mi tipo de mujer, pero debo reconocer que se sentía muy bien estar allí. Solté su boca y descendí a mamar sus tetas. Eran tan grandes y duras que se me escapaban como se le escapan a un ternero atolondrado y juguetón. Seguí mamando y lamiendo sus pezones mientras le intentaba bajar los pantalones. Cuando iba a medio camino y empezaba a aparecer la desparramada vellosidad de su pubis, alguien llamó a la puerta de calle. Tamara se asustó y se cubrió en el acto. Me abroché rápidamente mi camisa, me arreglé el cabello y salí a ver quién era. Grande fue mi sorpresa cuando me encontré de frente con la mismísima directora del colegio que pasaba a dejarme el boceto de un proyecto escolar para que yo lo terminase. Me preguntó si me pasaba algo pues me notaba pálido. Le dije que no había dormido muy bien, pero me estaba recuperando y que su proyecto estaría terminado sin falta el día siguiente. Se despidió y se marchó rauda en su Mercedes Benz. Subí y encontré a Tamara temblando. Me dijo que en otra ocasión volvería, me dio un beso delicado y se fue en su bicicleta.

JORGE MUZAM

44


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Antonia

Era muy temprano aquel último viernes de noviembre. Acababa de llegar a casa y sólo quería beber una leche caliente antes de irme por una hora a la cama. Había sido una semana desgastadora. Mi turno nocturno en la fábrica de esponjas me dejaba escasas fuerzas para continuar con eficacia los seminarios matinales en la universidad. Pero ya estaba casi listo, a sólo dos sesiones y un examen de grado de convertirme en un selecto historiador. Antonia apareció desde la ducha envuelta en una toalla, clavó su mirada furiosa en mis ojos y me dijo que me fuera para siempre. No tenía forma de defenderme. Apenas llevábamos dos meses viviendo juntos y ya la había engañado. Mi morena salvaje, la única mujer que compartió conmigo el amor por la historia, las letras rusas y los mejores polvos de madrugada, me daba el puntapié de salida. Quedó llorando, sumida en un rincón. No había mucho más que hacer. Como en cada nueva mudanza apresurada, dejé mis cosas abandonadas y me fui con lo puesto y mi bolso de libros a la universidad. No volvimos a saludarnos.

JORGE MUZAM

45


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Sandwich dance Era a fines de los noventa. Recuerdo que inventé el sándwich dance. Yo era muy popular en las fiestas universitarias. Era alegre. Un buen humorista. Los comunistas no me querían precisamente porque hacía reír a carcajadas a los explotados del sistema, porque los enajenaba cuando la consigna decía que había que estar siempre enojado. Algunas mujeres creían a pie juntillas en mis atributos sexuales superdotados. Varias quisieron comprobarlo de primera fuente. Tuve unas cuantas, las hice gemir, las hice gritar de lujuria hasta quedar roncas, aunque por voluntad propia fueron mucho menos de las que pude tener. Simplemente algunas no me gustaban. ¿Qué podía perder? Bailábamos al son de ritmos estúpidos, variaciones de poperías, tecnos y rancheras. Abrazaba a la japonesa, le besaba el cuello. Me daba vuelta y abrazaba a Brenda y la atraía con fuerza hacia mi cuerpo. Sus pezones acariciaban mis costillas. La dejaba luego para rozarle el culo a la insoportable Jeannette, o a una putita de media oreja con cuerpo de pasarela que se ofrecía muy loca en cuerpo y alma. Los botones de mi camisa se abrían hasta la cintura como un gitano superexcitado, y golpeaba el piso con mi cinturón llamando al orden a mi rebaño de hembras, y el huaso reculiao de Marciel me secundaba y me las arreaba y las apretujábamos con nuestros cuerpos y la música seguía y seguía hasta la orgía final.

JORGE MUZAM

46


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Celos retrospectivos

Son cosas que pasaron antes que te conociera, dice ella, como si ese argumento tuviera un efecto benéfico en tu tormento. Te sientes absolutamente seguro de tu presente, tu autoestima está por los cielos, crees tener las cosas bajo control y frente a ningún otro hombre te sientes en desventaja. Pero nada sirve frente a los celos retrospectivos. Difícil nos resulta a los hombres coexistir con aquello que no podemos cambiar y que son los recuerdos de nuestra pareja. Quisiéramos desterrar ese disco duro de nuestra memoria y de todas las memorias para que no prosigan esas torturas que a ojos de otros solo provocan risas sarcásticas. Pero esos otros, los que amaron a tu mujer, pasan cerca o lejos de ti, y esa mirada que intercambia con tu mujer no es igual a otras miradas, hay un brillo indisoluble que quebranta tu presente. El amor de ella es la suma de todos sus amores, su deleite sexual es la suma de todos sus deleites, sus orgasmos son réplicas de sus otros orgasmos, su cuerpo está esculpido por miles de caricias ajenas, hay huellas dactilares desconocidas en sus emociones, su aroma está impregnado de otras noches y sólo puedes auscultar tras una penumbrosa muralla imaginaria los sonidos de todos sus goces, que reverberan cada segundo en tu mente como un eco seco, ardoroso y agigantado. JORGE MUZAM

47


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Sobre una alfombra de acículas

Mi mujer no ha querido tener sexo conmigo. No es fácil para un hombre convivir con la abstinencia prolongada, pues cargamos con acumulativas bombas de tiempo que deben ser diariamente descargadas en lo posible con un poco de ternura. El onanismo no ayuda demasiado porque es sólo un burdo recurso de autoayuda. La mano no huele a mujer ni hay devoción en sus embestidas. No se le puede mamar las tetas al aire ni agarrar el culo a la nada. Las mujeres saben que su vagina es su mejor arma de chantaje y suelen utilizarla con crueldad, para doblegar, para mantener arrodillados a los pendencieros machos, para exigir continuos perdones y promesas. ¿Pero qué podemos hacer? No podemos salir a violar a cuanta minifalda se nos cruce. Al menos a mí me gusta que las mujeres aparenten quererme mientras las penetro. Soy un animal débil y mi pene es el principal guía de mis pasos. Para que no me siga atormentando con su acumulación atómica he llamado a Tamara para concretar lo que en otro tiempo quedó inconcluso. Se muestra sorprendida al escuchar mi voz luego de tantos meses, pero accede de inmediato a tener una cita. Vive en una JORGE MUZAM

48


EL INSOMNIO DE LA CARNE

zona periférica muy alejada de mi casa si tuviéramos que tomar cualquier camino iluminado, pero apenas a unos seiscientos metros si tomamos el atajo de un bosque de pinos que se encumbra hacia una colina solitaria. Quedamos de juntarnos a las once de la noche en la entrada del bosque que da hacia su casa. Al salir digo a Brenda que voy a buscar un boliche abierto porque necesito beber una Coca Cola. No me mira ni responde y sé que no me cree nada. Salgo y la brisa nocturna de la primavera costera me termina de secar el cabello recién mojado por la ducha. Salto unas vallas de alambre oxidado y me adentro en la colina del bosque. Llego hasta un punto en lo alto en que veo la casa de Tamara. Me siento en la alfombra de acículas resecas contemplando el fulgor de sus ventanas iluminadas y pensando en lo que ella está haciendo con su cuerpo para agradarme. El aire trae esencias de hierbas silvestres y a lo lejos se escucha retumbar las olas. Tamara no tarda en salir de su casa. Mientras camina se termina de arreglar su cabello mojado. Se ha puesto un ajustado vestido de gasa. Sabe que amo que se le transparente la ropa interior. Me hago visible y ella se apura no sin antes mirar para todos lados. Nos tomamos de la mano y nos adentramos en el bosque hasta un lugar plano y completamente oscuro donde le aprisiono las caderas y la atraigo hacia mí. No hablamos demasiado. Ambos sabemos a lo que vamos. La beso y la huelo como un sabueso moribundo que aspira su último hueso, la recorro con mis labios y mi nariz y mis dedos, la huelo y el olor de su boca, de su cuello, de su cabello, de sus pechos y sus axilas me enloquece, es exquisita, es joven, es fresca, es sexo puro, es el olor de una puta que no ha empezado a ser puta… La desvisto parada y la rodeo con mi vista. La desnudez vertical es más incitante que la desnudez horizontal. Su belleza perturba, hiere, como si fuera una preciada joya que nunca me pertenecerá completamente, una joya a la que estoy condenado a perder tan pronto la hayan palpado mis dedos. Su espalda es magnífica, precisa y no denota más esfuerzo que el necesario para haber crecido adherida al más

JORGE MUZAM

49


EL INSOMNIO DE LA CARNE

impresionante culo. Un culo grande, blanco y firme frente al que ni yo ni ningún hombre se resistiría. Me arrodillo ante ella y acerco mi boca hasta su pubis, la huelo, la saboreo, la muerdo con delicadeza. Permanezco largo rato hundido en esa oscuridad tan íntima y tan dulce que calma mis pensamientos. Luego recuesto delicadamente a Tamara sobre mi chaqueta. Su piel blanca de maja latina resiste la penumbra, tiembla, respira entre quejiditos, le abro las piernas y los brazos, le toco su chochito gigante, abierto, caliente, mojado y la vuelvo a recorrer con mi nariz y mis labios. Me entretengo en los deditos de sus pies, en sus tobillos, en sus pantorrillas y muslos y paso apenas rozando su chochito. Asciendo hacia su ombligo y lo lamo, lo soplo y beso cada una de sus costillitas hasta atrapar el primer pezón duro y grande como el de una vaca holandesa. La beso, la huelo, me instalo en su boca y la monto. Mi pene recibe las contracciones de bienvenida de su chochito. Avanzo hacia la perdición narcótica de sus fluidos, avanzo lenta e interminablemente, avanzo hasta el fondo de esa noche caliente hasta que mis rezagados testículos quedan atascados en la entrada. Su interior palpitante, me aprieta, me atrapa con desesperación, como si tuviera vida propia y ahí me quedo, avanzando y retrocediendo entre caricias internas, avanzando y retrocediendo mil veces, hasta que el sentido del tiempo y el espacio dejan de tener toda importancia.

JORGE MUZAM

50


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Una propuesta poco ortodoxa

Clarita es una simpática alumna de tercero medio B. Es esbelta, risueña, altiva y completamente despreocupada con sus estudios. Su rostro y orejas están agujereados de piercings por todos lados. Acostumbra peinar su cabello negro hacia el cielo adornando las cumbres de azules y naranjas, mientras en sus bases legiones de apacibles piojos transitan sin molestarse entre sí. Clarita me ha pedido que inicie un affaire con su madre. Me es difícil disimular mi sorpresa cuando me lo pide. Se muestra seria y determinada. Me dice que su madre es hermosa, que se ha separado recientemente de su padre y que yo correspondo a su tipo ideal de hombre para iniciar una nueva aventura sin calificativos. Le respondo que tengo pareja e hijos y que los quiero, y por último que su propuesta es muy poco ortodoxa. Mis argumentos parece ni escucharlos y me deposita rápidamente el teléfono de su madre en el bolsillo de mi chaqueta. Luego me da un sonoro beso en la mejilla y se marcha. Quedo helado. ¡Loca de mierda!, pienso para mis adentros.

JORGE MUZAM

51


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Al día siguiente se me acerca algo enfadada. Mi madre estuvo esperando toda la tarde su llamada. Dijo que hoy la llame sin falta y que no haga ninguna cita para el sábado en la noche porque quiere que la vaya a ver. Yo voy a ir a una fiesta así que se van a quedar solitos. Luego me da otro beso, esta vez en el borde de mis labios y se marcha. Al tercer día que es un viernes reaparece más desgreñada que nunca y con la corbata mal puesta. Pero profe, otra vez no llamó a mi mamá, la dejó nuevamente esperando hasta muy tarde en la noche. Ayer hasta se fue a comprar ropa especial para recibirlo. Mi mamá se está poniendo muy triste pues profe, por favor, llámela hoy. No, mejor deme su teléfono para que ella lo llame. Le garrapateo en un papel un número inexistente. Ella se alegra, me abraza por atrás, me acaricia mi pecho, me lo aprieta y me da reiterados besos en el cuello y la barbilla. Luego se marcha. Pasa el fin de semana y ni me acuerdo del incidente hasta que a media mañana del lunes reaparece en mi oficina la despampanante y piojenta Clarita. Está muy enojada y sólo atina a decirme: ¡profe, dijo mi mamá que se fuera a la chucha!

JORGE MUZAM

52


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Calzones de frutillita La primera noche que salí con Giselle fuimos a un oscuro y arbolado mirador, frente al principal muelle del puerto. Apagué las luces y el motor y nos quedamos en silencio escuchando el golpeteo del viento marino en los vidrios y el incesante trajín de las maquinarias. Los pechos de Giselle eran tan grandes que los dos primeros botones de su blusa simplemente no existían. Despedía un fresco aroma a chicle de menta, a colonia de baño y a kojak de frambuesa. Su vestido de tela muy frágil se levantaba al menor movimiento dejando gran parte de sus muslos al descubierto. No necesitamos intercambiar palabras, Giselle se acercó resueltamente a mi boca y me tragó con un enorme beso mientras mis manos recorrían sus caderas y muslos o terminaban de desabrochar los botones de la blusa. Sus calzones a la vista tenían estampas de Frutillita y sus sostenes sólo alcanzaban a recubrir el borde de sus pezones gigantes. La incomodidad de estar en asientos separados, con el freno de mano como árbitro de la contienda, nos obligó a trasladarnos al asiento trasero. Recosté a Giselle, le bajé su sostén y mamé como un ternero hambriento sus durísimos pechos durante largos minutos. Giselle no me apuró. Luego le bajé sus calzones de Frutillita y le lamí su sexito con delicadeza. Giselle gemía o balaba como una cabrita nerviosa. Cuando me dispuse a montarla y estaba acoplado en la entrada de su vaginita, me susurró: “Soy virgen”. No me importó. Presioné con decisión pero mi pene no quería entrar o era demasiado grande. Lo seguí intentando sin resultados. Nos detuvimos cuando escuchamos que se acercaban grupos de personas. Luego de di un gran beso, le subí sus calzones de Frutillita y la fui a dejar a su casa.

JORGE MUZAM

53


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El preámbulo del absurdo

He bebido dos tazas de leche bien caliente para aplacar el frío nocturno de mayo. Intento concentrarme, pensar en algo que me lleve a escribir otra historia o a proseguir las ya comenzadas, pero aún no lo logro. La posibilidad de que Brenda se duerma y que no pueda hacerle el amor esta noche me tiene con el oído atento a lo que hace allá arriba. Anoche la follé bastante bien, me dejó hacerlo dos veces, algo muy raro en ella, y luego la agarré por las caderas y la seguí penetrando por atrás. Estaba muy mojada y eso me excita. Aunque como es costumbre ella no suele expresar mucho y toda la historia erótica la tengo que fabricar en mi cabeza. Recuerdo que algunas historias que le cuento al oído mientras la penetro le han gustado particularmente. En una, ella se ducha desprevenidamente en medio de una enorme hilera de duchas sin que exista algún tipo de biombo separador. Se lava el pelo y como todas las mujeres, eso le lleva mucho tiempo. Afuera oscurece y ella no tiene idea donde encender alguna luz ni ve rastros de alguna ampolleta. JORGE MUZAM

54


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Cada vez está más oscuro y el ruido del agua que cae y los ojos medio cubiertos por espuma le impiden percatarse de la llegada de decenas de hombres desnudos que han llegado a sacarse su sudor. Están por ambos lados y las puertas de salida quedan a cuarenta metros por lo menos. Está tan oscuro que cuando termina de enjuagarse ya no se ven siquiera las manos. Lentamente empieza a tantear y a tratar de avanzar en alguna dirección y se empieza a percatar de que está rodeada de cuerpos, empieza a tocar músculos y vellos, cuerpos calientes que la intentan asir a sus cuerpos, siente que unas manos enormes y fuertes la sujetan por las caderas y la atraen hacia un pene gigante y durísimo. No puede desprenderse de ellas, son demasiado fuertes y el pene empieza a presionar por entrar en su culo aunque poco a poco resbala hacia su vagina y ahí se introduce inmediatamente pero es tan grande y grueso que pareciera que nunca va a terminar de entrar completamente, siente que va a reventar, que no va a poder resistir algo tan grande en su cuerpo tan diminuto pero el pene llega hasta el fondo y siente unos grandes testículos que esperan en la entrada. El pene retrocede con prontitud para rápidamente volver a embestir con fuerza hasta el fondo y así sucesivamente muchas veces mientras siente que otras manos le acarician las tetas y le chupan los pezones y el pene gigante lleva varios minutos entrando y saliendo hasta que lo siente reventar en su interior y siente que un líquido caliente le llena la vagina completamente hasta desbordarla. Cuando me decido a subir ella ya está durmiendo y sé que si la despierto se enfadaría mucho, por lo que vuelvo sobre mis pasos y releo un artículo sobre el Teatro del Absurdo.

JORGE MUZAM

55


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Multiorgasmia estética

Madame Kukulis era la encarnación del sueño más dorado de cualquier hombre. Una barbie ya crecida que por fin se casa y es abierta de piernas para descargar sobre ella el deseo acumulado de todos los pervertidos del mundo. Nunca he conocido ni he podido imaginar una mujer más fina y más distinguida (utilizando el sentido que le dan los franceses). Mis esfuerzos iban más allá, intentando dilucidar su vida cotidiana, cómo se duchaba en las mañanas, como comía o lavaba los platos, y sobre todo, cómo gemía en las noches mientras la penetraban. Todo eso me excitaba mucho, precisamente porque ella parecía una diosa durante el día, una divinidad que descendía momentáneamente desde el Olimpo para transmitirnos ligeras dosis de sabiduría. Definitivamente, ella no podía ir al excusado ni ejecutar los actos fisiológicos a los que estamos todos condenados, su perfección lo hacía inasociable. Fueron innumerables las noches que me masturbé pensando en ella, en como la poseía o viendo cómo otros la poseían. Incluso cuando estaba en sus clases y ella hablaba de Octavio Paz y cerraba los ojos recordando sus poemas, una y JORGE MUZAM

56


EL INSOMNIO DE LA CARNE

otra vez expresando gestos de placer, como una multiorgasmia estética, yo experimentaba las mayores erecciones de que tengo recuerdo y hacía esfuerzos descomunales por no acabar en la misma clase, delante de ella.

Biologizando la mirada Para entender a los hombres suelo observar a los animales. Hay un momento en que fuimos iguales a ellos. Muchas de las actitudes de entonces se conservan apenas pinceladas de adornos culturales. Mi mirada biologizada tiende a ver a los hombres como un conjunto de seres en abierto conflicto por lograr el mejor pan, la guarida más segura y la mejor perpetuación posible de su especie. Esta pugna lleva necesariamente a conformar grupos de poder que se defienden entre sí y se superponen y usufructan de otros, que son por lo general los más débiles o los menos codiciosos. Mi mirada se arrastra inevitablemente hacia el origen y conformación de todas las civilizaciones que han poblado el planeta, y a establecer los patrones que guiaron sus pasos. Nuevamente necesito echar mano a la biología y a los elementos geográficos para explicar cada particularidad.

JORGE MUZAM

57


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Amante arribista

Tenía entonces 18 años y ella 32. Mariana me perseguía, me acosaba, me celaba, no me pasaba las llamadas, me manoseaba en los ascensores y me agarraba el culo en público. El día que estuvimos juntos por primera y única vez fue en su casa desocupada. Recién le habían entregado las llaves y me invitó a inspeccionarla. Quedaba en Maipú. Entramos. No había cortinas y aún quedaban restos de cemento y trozos de pvc esparcidos por el piso. Avanzamos hacia una habitación que no daba a ninguna ventana y ahí mismo nos desnudamos y nos frotamos hasta quedar acostados sobre la misma ropa que íbamos tirando. Me dijo que era virgen. Era trigüeña y sus pechos eran pequeños cucuruchos terminados en pezones puntiagudos. No era nada de fea aunque tenía el culo algo fláccido. Le gustaban los roces y los besos. Se contorneaba y gemía como una cerdita. Me costó entrar y al hacerlo ella sangró. La penetré hasta el fondo durante diez o quince minutos. Le levanté las piernas y JORGE MUZAM

58


EL INSOMNIO DE LA CARNE

las afirmé sobre mis hombros. La sentía incómoda y menos a gusto que cuando la rozaba. Mi sexo era de seguro muy grande para ella y esas penetraciones tan profundas no conviene hacerlas la primera vez. No me agradaba su aroma. Seguramente no teníamos mucha química. Pese a ello me excitaba con facilidad. Pero en ese tiempo me excitaba hasta con el paso de una yegua en el Hipódromo. Era un explosivo semental. No acabé en ella y la dejé un rato acostada en el piso. Me vestí. Ella se veía feliz, aunque adolorida. Su familia y ella misma eran las personas más arribistas que conocí en mi vida. Pequeñas ratas provenientes de la pobreza sancarlina, capaces de vender a su propia madre con tal de escalar, de avasallar al resto y sobretodo de aparentar una clase que no tenían. Menos mal que me salí a tiempo de su camino. La cosa es que Mariana pareció quedar muy enamorada tras ese encuentro y no paró de llamarme a cara rato durante varios días. A mí me tenía hastiado incluso antes de ese encuentro furtivo y la evité hasta que simplemente se cansó y dejó de llamarme.

JORGE MUZAM

59


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Sexo virtual

Fue como perder la virginidad nuevamente. Parecía increíble que me estuviera excitando a través de las palabras que iban apareciendo en la pantalla. Ni siquiera había empezado esa conversación con una motivación erótica de por medio. Las palabras simplemente se iban enlazando unas a otras, automáticamente, como respondiéndose entre ellas. Los sentidos habituales estaban neutralizados. No la olía ni la escuchaba ni la oía ni la palpaba ni la saboreaba y sobretodo no la veía. Eran sólo las letras de Romina tecleadas sobre su lecho, a miles de kilómetros de mi propio lecho. Le pedí que se describiera, recordando quizás la reprensión que el viejo Effing le hace al joven Fogg en El Palacio de la Luna, de Paul Auster: "Cuénteme cómo son las nubes. Descríbame cada nube que hay en el cielo hacia el oeste, una por una hasta donde alcance su vista". Para un escritor es importante que la descripción que se haga sea certera, que intente atrapar lo que ni siquiera ven los ojos. Romina fue certera, aunque poco afectuosa consigo misma. No se creía la reina de Saba, sino más bien un insecto insignificante y hasta molesto para el resto del mundo. Sin embargo, en las imágenes que ella me seguía enviando yo la JORGE MUZAM

60


EL INSOMNIO DE LA CARNE

veía conmovedoramente sensual, fresca, sana, vital, desbordante de energía, sensible a las cosas simples y sobretodo acometida de una ira inmanejable contra todo lo que le parecía injusto en esta vida. Se describió semidesnuda y acalorada bajo un ventilador. Afuera, una tormenta tropical arreciaba descargando una copiosa lluvia sobre su techo. Le dije que en ese momento deseaba esparcirle miel sobre sus pechos y besárselos hasta dejarlos limpios de tanta pegajosa dulzura. Tecleó el fonema de un suspiro. Nos repartimos uvas en la boca y yo comí una desde el interior de su sexo. Me dijo que era bisexual y que deseaba compartirme con otra mujer. Le respondí que eso me parecía muy incitante. Proseguimos largos minutos, quizás horas, haciendo el amor a través de palabras. Mi cuerpo respondía con la misma potencia que en una sesión real. Ella parecía igualmente arrobada por tanto deseo desplegado, por tantas posiciones, movimientos y formas de besar. Quedamos de juntarnos en Buenos Aires, Asunción o Sao Paulo para hacer realidad nuestro deseo virtual.

JORGE MUZAM

61


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Pornografía

He visto pornografía desde mis años colegiales. No tengo una respuesta certera y contundente respecto a las razones por las que los hombres consumimos pornografía. Simplemente están ahí, dándonos cada día nuevo material, prodigando a nuestra vista con escenas renovadas, posiciones gimnásticas y acaparando una industria que mueve miles de millones de dólares al año. Suelen estar controladas por mafias internacionales, cineastas fracasados, antiguos nerd de la secundaria o por el lumpen de cada país. Gran parte de este cine lo considero despreciable, particularmente los que utilizan objetos, animales y humillaciones hacia las mujeres. No soy de los pervertidos. Menos de los románticos. Me gustan las mujeres frágiles, ojalá orientales o latinas, sin siliconas ni metacriles ni pestañas ni dientes postizos. Suelo buscar la pornografía que más se asemeje a la cotidianeidad, escenas donde aparezcan mujeres que uno podría encontrar sin problemas en el diario trajín. No me gustan los extremos, los desafíos a la física, la ramplonería ni la violencia de ningún tipo, prefiero las posiciones

JORGE MUZAM

62


EL INSOMNIO DE LA CARNE

tradicionales y la simple unión de dos o más cuerpos hermosos y sanos. Me gustan asimismo los ingredientes humorísticos. Tal como en el cine tradicional, valoro la naturalidad de las buenas actuaciones. Me he encontrado así con verdaderas Michelle Pfeiffer y algunos Robert Downey Jr. de la pornografía. Cuando les digo a mis amigos que en ocasiones veo cine pornográfico por simple interés antropológico, me agarran para el hueveo. Pero hay algo de eso. Estoy seguro que el historiador Marc Ferró vio más que Ally Mcbeal y Lost para entender a la sociedad estadounidense. Son vías poco ortodoxas para conocer y entender las permanencias y cambios de las sociedades. El explorador británico Richard Francis Burton hizo algo parecido. Investigó, registró y hasta practicó las usanzas sexuales de los innumerables lugares que visitó. Estos días he vuelto a meter las narices en la Historia de la sexualidad, de Foucault. Antes ya había hurgado en Gombrowicz y Bataille. Y sumando a Henry Miller, Philip Roth y mis propias experiencias, acumulo una carpeta cultural levemente distinta a todo lo anterior. Hace unos días recibí de obsequio unos videos brasileños bajados de internet. Lo que vi me dejó perplejo y me hizo reflexionar sobre la decadencia a la que están llegando grandes grupos humanos. Hasta etapas muy recientes existían ciertos códigos de filmación pornográfica que nadie traspasaba, ciertos temas que eran simplemente intocables, pero ya tuve ocasión a comienzos de este año de contemplar a chinos y coreanos filmando violaciones. Lo consideré perverso, pero recordé al instante que en el inconsciente de muchos hombres este tipo de hazañas les exacerba la libido. Por eso el diario La Cuarta, el más amarillista y vendido de Chile, dedica páginas enteras a narrar los pormenores de las últimas violaciones, lo cual es el principal gancho para que hombres de todas las condiciones compren ese pasquín. Luego de los ataques a las Torres Gemelas, circularon videos con hombres barbones cubiertos de turbantes violando anglosajonas. Fueron todo un éxito. Extrañamente hoy no se JORGE MUZAM

63


EL INSOMNIO DE LA CARNE

encuentra ninguno en la red. Sin embargo no era snuff, porque los expertos sabemos diferenciar una simple actuación de una escena de la vida real. Más bien provocaban risa porque parecían sketchs de revistas eróticas. Lo que vi en el caso brasileño fueron violaciones con un grado de violencia impresionante. Negros, traficantes, guardias blancos y delincuentes comunes asaltando mansiones con cuchillos, pistolas, amarras y violando mujeres blancas con salvajismo. ¿Qué pasó con los consumidores? ¿Por qué un simple placer privado tiene que volverse una adicción en escalada? ¿Esa fue la forma de reemplazar la predilección de los hombres por las nínfulas luego que las penas se volvieron disuasivas? Me inclino a pensar que este tipo de cine avanza hacia un abismo de perversión, de la mano de una sociedad cada día más enferma. Lo paradógico es que la vanguardia de estos desquiciamientos se esté radicando en países donde las legislaciones hacen la vista gorda y donde a las mujeres se les sigue considerando como simple mercancía, objeto y propiedad. Creo que de ahora en adelante haré mis propios videos, por lo que necesito dos musas histriónicas, desinhibidas y sin operaciones ni postizos. Yo seré un recurrente cameo que cruzará las escenas leyendo a Lawrence. Intentaré hacerle honor a lo aprendido con el maestro Tinto Brass, y sobretodo desplegaré la misma seriedad de los Hermanos Marx.

JORGE MUZAM

64


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El aire apestaba a mierda de vaca

Las nubes no han dejado ver las cumbres cordilleranas. Parecen escenas de películas de Hayao Miyazaki, y sólo falta que de entre las nubes emerja un castillo ambulante con un mago infantil y vanidoso. Las cerezas siguen madurando en los árboles y son tantas que ni las bandadas de pájaros las disminuyen. Pronto empezarán a caer como frutos secos sobre la hierba. Anoche bajé hasta la plaza de San Fabián. Enorme, solitaria y oscura. Tenía la mitad de sus faroles encendidos y medio ocultos entre el ramaje de los tilos centenarios. Me esperaba Samuel, que intentaba sobrevivir a su primer día de separación. Sabía que yo también me había separado recientemente. Que más bien mi ex mujer me había engañado con un mojón retardado tan insignificante que no daba ni para matarse de la risa. Nos sentamos, nos fumamos un cigarro y me hizo escuchar su bitácora personal de aquel día en su Blackberry.

JORGE MUZAM

65


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Su historia era pausada, coherente. Su mayor tristeza era no seguir viviendo junto a Aurora, su pequeña hija de un año y medio. Desde la grabación se oían queltehues, mientras Samuel relataba su vida, sus sueños, los pormenores del rompimiento y de su felicidad esfumada, a través de una claridad narrativa que me hizo recordar a los buenos escritores estadounidenses. Tras media hora de grabación, Samuel le enviaba un abrazo a su hija y el sonido se apagaba. Me dijo que lo grababa para que su hija supiera en el futuro que había sido concebida con todo el amor del mundo, y para que entendiera las circunstancias de la separación de sus padres. Era también su terapia para poder sobrevivirse, como una especie de psicoanálisis frente al espejo. El amor, la nostalgia, el rencor y el desconcierto iban plasmándose en esa voz, como un disco duro que necesita ser sacado del cerebro porque la información que contiene es demasiado dañina, pero que no puede eliminarse por completo, sino que más bien queda ahí, en un stand by, ni tan cerca ni tan lejos, pero fuera del sitio donde se anida el dolor, como un testimonio, como letras talladas en un tronco sonoro, como una huella imborrable de la intensidad de tres vidas compartidas, atacadas irremediablemente por la borrasca de la cotidianeidad y la incomprensión. Luego, otro cigarro, y nuestra conversación se volvió más distendida. Sexo, mujeres y recuerdos de nuestras andanzas de otros tiempos. Empezamos a reírnos. Me preguntó cómo fue mi primera vez. Le dije que fue decepcionante porque ni siquiera estoy seguro si fue la primera vez. Lo hicimos con Amparo en la oscuridad de unos potreros de San Carlos. No distinguíamos nada y caminábamos a tientas, nerviosos, excitados y temerosos de ser sorprendidos. Al llegar a un punto donde las luces de la ciudad apenas se distinguían, nos abrazamos y comenzamos a besarnos. Le besé el cuello, le toqué el culo, le acaricié los pechos y le desabroché el pantalón. Su sexo estaba muy húmedo y Amparo se estremecía cada vez que se lo tocaba. El suelo donde estábamos era irregular. No se veía nada. Había zarza, pasto mojado y olía a ganado. Yo sólo llevaba puesta una polera y JORGE MUZAM

66


EL INSOMNIO DE LA CARNE

un jeans, pero Amparo llevaba una parca acolchada celeste. Se la sacó y la puso en el suelo. Nos recostamos sobre ella. Era incómodo. Los troncos y espinales nos rozaban la piel. Le bajé los pantalones y los calzones y me monté sobre ella. La incomodidad nos impedía concentrarnos. Nos acariciamos y besamos como pudimos. Mi sexo acarició el suyo, se resbalaba en su humedad, se introducía entre sus piernas, pugnaba, arremetía y se volvía a resbalar. Me pidió que no acabara dentro de ella. Intentó ayudarme con su mano para que mi sexo entrara en el suyo. Probablemente lo hizo, pero no pude ser completamente consciente de ese momento. Tanto roce y tanto nervio y tanta incomodidad me llevaron a acabar en ella. Angélica se asustó cuando sintió mi explosión y mi semen recorriendo su vagina y sus piernas y sus nalgas. Nos incorporamos y nos arreglamos la ropa. El aire apestaba a mierda de vaca. Nos alejamos de ese lugar tomados de la mano, pero el olor no se alejaba. Ya con las luces de la ciudad nos percatamos que la parca de Angélica estaba impregnada de mierda de vacuno. Samuel refiere luego su primera vez. Fue en un hotelucho de mala muerte en Santiago. El era un jovenzuelo sin experiencia. Ella, una experimentada dama. Subieron a la habitación. La ornamentación y la higiene del lugar les pareció asquerosa, pero igual se desnudaron. Samuel hizo lo que entendía que había que hacer, pero estaba tan preocupado por satisfacerla a ella que ni conciencia tuvo de su propio placer. Sólo se la introdujo y arremetió y arremetió incansablemente, pensando en no quedar mal. Luego, una sensación de vacío y asco y decepción. Esa fue su primera vez. Avanza la hora. Nuestro celular marca la medianoche. Samuel refiere nuevas historias. Recuerda la vez que se internó con una amiga por el estero de piedras. Subieron hasta llegar a un lugar muy alejado donde se desnudaron, se miraron, se mataron de la risa y empezaron a escupirse mutuamente hasta quedar hechos un asco. Luego se lanzaron al estero a limpiarse de sus escupos y a hacer el amor desenfrenadamente en la orilla, afirmados en una piedra azul. La brisa es débil y tibia. Grupos de jóvenes llegan a beber y a conversar en otros sectores de la plaza. Nos encaminamos JORGE MUZAM

67


EL INSOMNIO DE LA CARNE

por una larga avenida hasta el punto exacto donde debemos separarnos. Nos damos la mano y nos prometemos salir a pescar al día siguiente.

Un continuo riesgo Mientras Elena se desnudaba, pensé en las películas de Leconte, en los sinsabores de Grandes Esperanzas, en Rojo y Negro, en las historias de Chéjov. En todas ellas predominaba una concepción trágica del amor. La incomprensión, el tiempo, la distancia y las convenciones le pateaban el trasero a la ilusión romántica. ¿Para qué sentir entonces? ¿cómo evitarlo? ¿cómo acorazarse? ¿valía la pena una vida sin este continuo riesgo? El vino me había puesto sentimental. Elena ya estaba desnuda, bebía otra copa y sonreía sin adivinar o sin darle importancia a mis contradicciones. La ventana seguía abierta, los visillos apenas se movían y las nubes de la temprana noche santiaguina estaban grises, como el pelaje revolcado de un zorro. Llené nuevamente mi copa. El vino estaba muy bueno. Tenía el aroma de las ciruelas maduras. Elena parecía querer jugar. Se reía como una niña traviesa mientras se mordía el dedo pulgar. Quizá bastaría que le diera unas fuertes nalgadas y la mandara a acostar, castigada por pensar cochinadas, y yo me quedara observando la mutación celestial del pelaje zorruno por el de una indescifrable pantera.

JORGE MUZAM

68


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Pornostar chileno

En el verano francés de 1997, un relato mío con este encabezado se imponía unánimemente en Le Grand Prix de Littérature Erótique de Montpellier. Narraba un suceso ocurrido en una periférica población de San Carlos durante la primavera de 1989. La población 11 de septiembre es una agrupación de 200 y pico casas de material liviano y techumbre de pizarreño levantadas, alrededor de 1982, detrás del cementerio de San Carlos. Habían llegado a vivir allí los desplazados capitalinos de Pinochet. Decenas de miles de personas que sobrevivían cerca o dentro de los barrios más acomodados de la República y que con la fealdad de su pobreza y su sola presencia ensuciaban el horizonte, ocupaban territorios que iban adquiriendo alta plusvalía y se convertían casi sin quererlo en una potencial amenaza para los más ricos. Pinochet cercenó este problema acarreando a estas personas en camiones militares y buses viejos hasta los lugares más apartados del país con la excusa de que se debía poblar estratégicamente el territorio y colonizar lugares inóspitos JORGE MUZAM

69


EL INSOMNIO DE LA CARNE

para incorporarlos plenamente a la soberanía nacional. Buena parte de estas personas no encontraron forma de sobrevivir y volvieron al poco tiempo. Pero sus casas habían sido demolidas y en sus antiguos patios se levantaban ahora imponentes edificios. Sólo les quedaba allegarse en torno a las comunas más pobres, levantando carpas de nylon, campamentos y rancheríos miserables. Otros, como las personas acarreadas hasta San Carlos, pudieron adaptarse medianamente, aunque siempre sobreviviendo con lo que se lograba rasguñar en el día a día y con el estigma de no ser más que lacra humana y nido de delincuentes y mendigos. Pero no nos alejemos tanto de lo que estábamos hablando. Sucedió que pasó por ese denostado rincón de Chile un estudiante de comunicación audiovisual talquino que andaba en busca de actores improvisados para filmar el motivo de su tesis de grado. Como buen chileno, tenía tías de primero, segundo y tercer grado repartidas en cada villa a lo largo de los cuatro mil kilómetros de Chile continental. Una de estas tías, algo suelta de cascos y de carnes, acabó por convencer al inocente sobrino camarógrafo de que la mejor forma de ganarse la vida era filmar y editar películas pornográficas. La abundancia de tipos desempleados y aproblemadas madres solteras que supervivían en esa población otorgaba un amplio registro de potenciales actores y actrices. Las cosas se dieron sin mayores inconvenientes. Rápidamente surgieron varios voluntarios y no menos de una decena de mujeres dispuestas a hacer lo que se les pidiera por poco dinero. Se estableció que las locaciones serían al aire libre, en los extensos y solitarios campos que colindaban con la población, para aprovechar la fuerte luminosidad de esos días de octubre. Nuestro cineasta se abocó prontamente a la idea de articular un guión interesante. Leyó cuanta revistilla pornográfica encontró y repasó una y otra vez su repertorio de películas privadas almacenadas detrás de un viejo armario en su casa talquina. Alemanas, holandesas, norteamericanas, argentinas y brasileñas. Puso atención en cada historia, en cada encuadre, en cada ambientación, en cada gesto y sonido. JORGE MUZAM

70


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Luego se sentó a escribir el guión que terminó al cabo de dos horas. Algo más tarde, compró una batería nueva para su cámara, le sustrajo a su padre un poderoso foco de caza, pidió un pequeño préstamo a su madre y se devolvió a San Carlos. Lo que sucedió en esa ciudad del centro-sur chileno está narrado detalladamente en el relato antes mencionado y no es de mi interés volver a comentarlo, sino sólo resaltar lo extraño que me parece que haya tenido el éxito que tuvo y que fuera publicado en varias antologías de cuentos eróticos, particularmente húngaras, rumanas y lituanas. Aprovechando mi rutilante estadía en el sur de Francia para recibir los honores correspondientes, se me instó por parte de tres importantes editoriales a escribir rápidamente uno o más libros de contenido erótico para su inmediata publicación, lo cual me pareció muy bien. Pero al volver a Chile y sentarme a escribir me di cuenta que nada me resultaba, que los relatos que me salían eran insípidos, artificiosos y cursis. No era un buen ficcionador ni lo suficientemente pervertido como para escribir algo exitoso. Las novelas del Marques de Sade que leí con tanta fruición como asco, no me ayudaron, y las obras de Henry Miller, George Bataille, Witold Gombrowicz, Anaïs Nin, D. H. Lawrence y Charles Bukowski más bien me convirtieron en una especie de filósofo de un abatido erotismo existencialista. Claramente mi filosofía no fue del agrado de los editores y allí mismo fui sepultado como aspirante a escritor erótico. El relato sancarlino previo sólo pude narrarlo a partir de mi experiencia como espectador de los sucesos, pues mi imaginación por sí sola no era suficiente para crear esa pesadilla de carne, sudor, quejidos y lágrimas. Hasta el día de hoy, cuando se lo cuento a alguien, recibo de vuelta incómodas felicitaciones por mi capacidad inventiva, pero nadie osa creerlo.

JORGE MUZAM

71


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Temporada de frambuesas

A eso de las seis de la mañana nos subíamos a un viejo camión. Éramos alrededor de treinta personas. No había donde afirmarse, pues el camión tenía las barandas podridas. Se iba a toda velocidad en medio de un camino pedregoso e irregular hasta las parcelas de Monte Blanco. Allí nos bajábamos, ateridos de frío y sueño. Pocos hablaban a esa hora. Casi nadie se conocía. Había muchachas muy jóvenes, aún colegialas, que intentaban conseguir unos pesos extras. Varios hombres de poblaciones periféricas, de esos que ya habían cumplido el servicio militar y que no tenían qué diablos hacer con su vida. No más de cinco tipos mayores y un profesor que era el más inútil, todos unos fracasados absolutos, porque a esa edad no podías estar recogiendo frambuesas en una cajita por unas miserables monedas. Había una chica que no miraba a nadie. Era rubia y vestía con un buzo de tela fina. Unos muchachos me contaron su historia en medio de las hileras arboladas de frambuesas donde nos íbamos encontrando. Había sido mamá hace poco. Estudiaba en el Instituto Santa María, donde sólo iban los JORGE MUZAM

72


EL INSOMNIO DE LA CARNE

hijos de los ricos. Al parecer su embarazo no fue bien recibido en casa y los padres la habían despreciado. No sé dónde vivía ni con quien dejaba a su criatura, pero la notaba enrabiada con la vida. Tenía un cuerpo exuberante, tetas enormes, labios de Sophia Loren, el culo de Jennifer López y la mirada de Hitler en sus peores días. Como tenía que pernoctar en casa de mi abuela, no tenía de dónde sacar una colación para aguantar el día, así que entre morirme de hambre y sobrevivir opté por esto último, alimentándome de puñados de las mismas frambuesas que iba recolectando. El agua la sacábamos de una llave severamente controlada por los capataces. A veces, alguno de mis compañeros se compadecía de los que andábamos sin nada y nos convidaba harina tostada o jugo en polvo. A medida que la maduración de las frambuesas se generalizaba, llegaban más personas a trabajar. Eran muchas hectáreas y todas debían ser recolectadas cada día, o si no simplemente la producción se perdía. Lo que estaba muy maduro no servía para la comercialización. De esta forma comenzaron a llegar muchas chicas, todas muy jóvenes, algunas colegialas y también varias mamás solteras. Bajaban de los camiones con sus poleritas rojas, azules, amarillas, verdes, todas ceñidas a sus cuerpos, la mayoría con pechos grandes, la piel tostada, los cabellos azabaches y la mirada limpia y asustada de los que arriban al primer trabajo remunerado de su vida. Conocí a varios muchachos, me hice de buenos amigos, ex conscriptos, hijos de campesinos sin tierra, alcohólicos precoces, me contaban sus vidas, sus añoranzas de infancia, sus carencias, sus sueños. Todos eran y siempre habían sido pobres como ratas. Explotados durante tantas generaciones que los datos no variaban más allá de la memoria de sus últimos abuelos. En una de esas jornadas conocí a una chica. Era de las más pequeñas. No tenía más de dieciseis años. Traviesa y holgazana, prefería dejar su recolección botada e irse a mojar los pies a una acequia de agua cristalina que estaba en una esquina del predio. Pocos llegaban hasta ese lugar. No había sendero, sólo pastizales muy altos y zarzamora.

JORGE MUZAM

73


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Nos hicimos amigos. Nos gustamos y de ahí al primer beso no pasaron más de dos días. Nos reuníamos todos los días en la acequia. Mi recolección también quedó botada, pero daba lo mismo. Lo que pagaban era absurdo. Y no pagaban más porque los capataces decían que los pobres eran conformistas y trabajarían menos para recibir lo mismo. Fue la segunda chica que acaricié en mi vida. Temblé al recorrerla. El sol pegaba fuerte. El agua salpicaba en las pantorrillas. Nuestros besos eran pegajosos de tanto sudor adolescente. Nunca conocí un culo tan firme. Todo su cuerpo era duro, fibroso, aromático a pobreza, a jabón barato, a frambuesas, toronjiles y pasto, porque se recostaba en cualquier lugar y se quedaba mirando el cielo. No era una chica triste, no había tristeza en ella, ni esperanza ni religión, sólo era piel, sudor y presente, como una estatuita de jade fabricada para ser bañada de lluvia, para ser acariciada con impunidad, para soportar tormentas y frío y calor y soledad y aun así sonreír eternamente. No recuerdo su nombre. No sé siquiera si se lo pregunté. Estuve en ese trabajo casi dos meses. Luego retorné a cumplir mi último año de secundaria. No gané casi nada. Como me fui de un día para otro no alcancé a despedirme de nadie ni a cobrar mi última semana. Mi chica no fue a trabajar esos últimos días. Nunca más supe de ella. Sólo al mes siguiente fui directamente a la casa del capataz encargado y le cobré mi ganancia. Me dio puras monedas sueltas. Sumaban exactamente $3200 pesos. Me alcanzó para invitar a Amparo, mi nuevo amor, al cine de Chillán y comernos unos hot dogs con Coca Cola. Creo que vimos Muerte en Saigón.

JORGE MUZAM

74


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El mestizaje del sudor

No menos de una treintena de estudiantes gringos y chilenos nos reuníamos semana tras semana en un viejo caserón de calle Londres en el centro de Santiago. La mayoría de ellos provenía de importantes universidades del resto del mundo y unos pocos, particularmente japoneses y coreanos, eran enviados por sus respectivas empresas transnacionales para apropiarse de las costumbres locales. Como estudiábamos en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, la más importante de Chile y una de las más importantes de Sudamérica, era natural que llegaran hasta allí cientos de estudiantes extranjeros cada año. Habitualmente tomaban asignaturas de estudios latinoamericanos, literatura comparada, historia de América o historia de Chile. Por esto, en varios de nuestros seminarios de especialización, los chilenos éramos minoría. Durante los meses fríos proseguíamos la charlas y risotadas hasta bien entrada la noche en los numerosos casinos y quioscos del campus. Era buenos momentos para intercambiar experiencias, modismos y groserías.

JORGE MUZAM

75


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Ya el jueves se empezaban a hacer los preparativos para la gran jarana del fin de semana. La mañana del viernes era un simple trámite y académicamente solía ser un día perdido. Los muchachos se dejaban caer desde temprano con ánimo festivo. Las chicas muy arregladas y sexys y los mocetones ardiendo como potros en celo. Seis rubicundos texanos, catorce platinadas californianas, cuatro adineradas chicanas de Illinois, un par de negros de Filadelfia, tres arrogantes neoyorkinas, dos canadienses, dos japonesas, dos japoneses, dos coreanos, dos cubanas blancas de Miami, una francesa ninfómana, un australiano drogadicto, una sudafricana boxeadora, un angloindú socialista y un mocetón gigante de origen ruso pero asentado en Houston. El resto, cinco chilenos bastante buenos para el hueveo. Dinero para alcohol nunca faltaba, ni menos voluntariosos barman que improvisaban sus cosmopolitas tragos detrás de un mesón de nogal carcomido por las termitas. Los gringos, sobretodo los del sur, empezaban a beber desde las tres de la tarde de los viernes y no paraban hasta caerse de borrachos. Las rubias, por su parte, liberaban su erotismo bailando ritmos latinos y se volvían sexualmente hostigosas. Algunas valían la pena y de otras era preferible arrancarse. Sucedieron cosas dentro de esa mansión. La policía cultural se batía en retirada poco antes del anochecer y dejaba el campo libre al más absoluto libertinaje. Las gónadas alzaban su bandera de batalla y empezaba el mestizaje compulsivo de sudor y carne y aliento y mordiscos y besos voraces. No todos tiraban con todos. Había claras delimitaciones sexuales dignas de un análisis antropológico. Los gringos, fueran bellos o feos, heteros o gays, tiraban con todo lo que se moviera a su alrededor. Las gringas solían ser más selectivas y sobre todo las blancas no judías preferían a los latinos. Las judías, verdaderas barbies, se sentían intocables y nadie osaba acosarlas sexualmente. Las chicanas, convencidas de ser las más ricas e irresistibles, se hacían mucho el rogar y terminaban prefiriendo a los gringos más adinerados. Los japoneses y japonesas sólo querían blancas o latinos muy blancos y parecían no sentir atracción alguna por los negros y negras y menos por los indios.

JORGE MUZAM

76


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Las canadienses eran delicadas en el trato y sexualmente generosas. Las cubanas de Miami preferían la virilidad y musculatura de los hombres más fuertes, no importando su origen. El angloindú era una especie de bondadoso santón y aunque era hetero no lo vimos tirar con nadie, aunque bebía whisky como carretonero. Los coreanos, pequeños y complicados con el idioma, sólo sonreían, contemplaban y bebían desde los rincones moviendo apenas la cabeza en señal de llevar el ritmo. A los negros de Filadelfia les gustaban las chilenas y dejaron bastantes bulliciosos recuerdos entre ellas. La sudafricana era lesbiana o carecía de talento para abordar o dejarse abordar por hombres. El australiano siempre estaba drogado y botado en alguna parte. Poco se podía esperar de él. Las californianas, casi todas muy atractivas, aunque varias bastante obesas, eran en su mayoría bisexuales y facilonas, aunque no se dejaban tocar por los japoneses. Al ruso lo usaban como un itinerante muñeco sexual. De la francesa huíamos todos. Al amanecer, un reguero de cuerpos semidesnudos tirados sobre los pasillos daban cuenta del holocausto nocturno.

JORGE MUZAM

77


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Las mellizas Tartini

Entonces yo era un mozuelo de 23 años y vivía en Santiago de Chile. Culminaba mi carrera de literatura, bebía poco, no comía nada y en las noches trabajaba en la bodega de una farmacéutica. Aquel fin de semana de septiembre me habían invitado a un bautizo campesino en El Monte, poblado cercano a Santiago con una acentuada tradición huasa. Llegamos de noche. El bautizo en la iglesia ya se había realizado y la fiesta estaba en su apogeo. Apenas llegar, dos graciosas mellizas trigueñas, de indumentaria y trenzado campesino se aferraron de mis brazos. Laura y Luisa no estaban nada de mal, tenían bellos rostros, ojos verdes, cuerpos esbeltos y parecían muy jovencitas, quizás de 18 o 19 años. Lo único que me intimidó fue su forma de hablar y caminar y agarrarme, pues eran extraordinariamente rudas, por no decir brutas. Bailé con ambas, ninguna soltaba su presa, no se daban tregua ni para ir al baño. Si bien conmigo eran amables y solícitas, surtiéndome de los mejores tragos y de cuanto había para comer, entre ellas había mucha tensión, como si en

JORGE MUZAM

78


EL INSOMNIO DE LA CARNE

cualquier momento se fuesen a agarrar del moño hasta desangrarse. La vida posterior me demostró que siempre es así, que las mujeres son ferozmente competitivas. Sólo que en ese caso eran hermanas, nacidas el mismo día, del mismo vientre. Yo no era ningún santo, y gustoso habría cojido con ambas, al mismo tiempo o sucesivamente, pero no estaba en una situación propicia para hacerlo. Era un invitado secundario y de apariencia citadina, al que miraban con sumo recelo los machos de la comarca, y las mellizas mismas no permitían que tomara ventaja con ninguna. La gente se empezó a emborrachar hasta quedar tendidos en los pastizales. Incluso al padre de las mellizas, un enorme orangután conocido como el rey de la cebolla, lo fueron a acostar tan ebrio como una cuba a eso de las cuatro de la madrugada. Mientras bailaba con ambas intentaba hacerme el simpático y las tomaba de las cinturas atrayéndolas hacia mi cuerpo. Ellas miraban inmediatamente hasta dónde había avanzado mi mano en el cuerpo de su rival. Las decenas de huasos apostados en los costados me miraban con deseos de rebanarme en trocitos, y era entendible. En los campos no abundan las mujeres, y yo, un completo desconocido, llegaba y me quería comer a dos deseadas adolescentes de un tirón. Como a las cinco fingí estar muy cansado y me fui a dormir. Ellas hicieron lo mismo, como si hubiesen tocado la campana de descanso en un ring. Me levanté dos horas más tarde. Ellas ya estaban en pie prestas a proseguir su conquista del señorito universitario. Sabía que en los alrededores había minas de oro abandonadas, así que tras desayunar propuse esa excursión. Las mellizas se mostraron encantadas sólo un segundo, porque de inmediato se miraron entre ellas con cara de perras gruñonas. La madre de las muchachas, al parecer al tanto de la trifulca que se avecinaba, propuso que me acompañara sólo Laura, porque necesitaba que Luisa fuese al pueblo por verduras y

JORGE MUZAM

79


EL INSOMNIO DE LA CARNE

bebidas. Luisa se contuvo y no dijo nada, pero se dio media vuelta enfurruñada y dio un sonoro portazo. La mina a la que yo quería ir estaba en los faldeos de un cerro plagado de romeros. Echamos dos botellas con agua y dos sanwiches en un bolso y emprendimos la caminata. No vimos a Luisa al salir. Las cuevas de conejos eran abundantes y el rocío nos había mojado desde las rodillas hacia abajo. Laura tomaba grandes piedras y las lanzaba al vacío. Eso la divertía mucho. Competíamos por quién llegaba más lejos. Sudaba mucho. Le hubiese lamido con gusto su sudor. Me contó que en las noches de los fines de semana, su papá las llevaba a cazar conejos, y que los tres tenían escopetas propias. Al parecer tenía buena puntería y ya tenía en su prontuario abundantes perdices y torcazas. Llegamos a la mina tras cuarenta minutos de caminata. Habíamos ascendido tomados de la mano y las teníamos enteras sudadas, pero no nos soltábamos. La entrada era tan estrecha como peligrosa. Ingresamos. Todo estaba podrido, oxidado, a punto de derrumbarse. Había carros de hierro abandonados en los costados, ropas viejas, un casco de minero con la linterna hueca. Estaba muy húmedo y al centro del sendero se habían formado profundos charcos con las goteras de los manantiales. Laura no paraba de mirarme y eso me ponía nervioso. No sabía si era admiración, o enamoramiento o calentura o curiosidad por ser de un mundo tan distinto al que ella veía cada día. Cuando la tomé por la cintura con la intención de besarla y hacerle otras cosas que se le pasan por la cabeza a los hombres en situaciones similares, apareció por la boca del túnel una acongojada Luisa. No había soportado perder y se había escapado tras nosotros. Se acercó y me tomó de la mano. A Laura y a mí no nos quedó más remedio que resignarnos y volver a casa. Tres horas más tarde tuve que regresar a Santiago. Nunca más volví a El Monte ni a ver a las mellizas. Han pasado 17 años.

JORGE MUZAM

80


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Galletas caseras

Tengo 40 años recién cumplidos, y hace 35 que probé galletas caseras por última vez. Digamos que fue la única vez que mamá se arriesgó a preparar galletas. Las horneó dentro de un latón redondo tapado por una lata y sobre ella una pira de ramitas secas de maqui. Recuerdo su sabor como si hubiese ocurrido esta mañana. Nunca volví a probar nada igual. Hoy le comenté sobre esta añoranza a Tatiana y decidimos poner manos a la obra. Compramos los ingredientes que nos pareció oportuno, de acuerdo a algunas recetas que encontramos en internet. No concordamos respecto a un modo de preparación, así que optamos por mezclar todos los ingredientes. De esta forma, los huevos se mezclaron con la harina, la mantequilla, el azúcar y la sal. Sólo dejamos los chips de chocolate para incorporárselos al final. A falta de cortadores de galletas esculpimos formas obscenas con las manos. Luego toda esa pornografía culinaria se fue al horno. Como Tatiana es muy poco seria, aprovechó la expectante espera para soplarme harina cruda en la cara. Mi reacción fue espontánea, pues me sentí agredido, así que le esparcí en la de ella lo que tenía a mano, que eran dos huevos y los chips de JORGE MUZAM

81


EL INSOMNIO DE LA CARNE

chocolate. Tatiana contraatacó con un pocillo lleno de harina cruda y un vaso con Coca Cola. Quedamos medio ciegos, entre riéndonos y enfadados. Nos limpiamos mutuamente a punta de soplidos y lengüetazos. Tanta prolijidad con nuestra higiene nos hizo olvidar las galletas, que quedaron convertidas en bellos trocitos de carbón.

Curiosa luz roja Mi hembra está asustada pues he movido ciertos hilos para que sus fantasías se conviertan en realidad. He encargado dos mocetones calientes y sanos, de vergas rellenitas, para que la penetren simultáneamente ante la curiosa luz roja de una filmadora. Yo no pido nada a cambio, sólo auscultarla tras una rendija anónima y escuchar sus quejiditos crecientes.

JORGE MUZAM

82


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Maybe El café del casino era un asco, pero era barato y nos servía para pasar el rato. Cuando los días estaban muy helados, los cafés se multiplicaban y la concesionista, bien aprovisionada de sopaipillas y pasteles, vendía como mala de la cabeza. Siempre había alguien que tenía dinero y se rajaba con el resto. Las burlas obscenas iban y venían y a veces nos matábamos de la risa hasta caernos de la silla. Parecíamos tontos o vagos o idiotas o burgueses insensibles, pero no revolucionarios como el resto. Eramos un poco de todo. No más de diez estudiantes de historia, algo huérfanos de familia, medio atolondrados y tiernos, sobreviviendo con la mayor simpleza en medio de la contaminada metrópoli santiaguina. El invierno del 97 fue particularmente inclemente. Los días en que había temporal no llegaban muchos profesores, pero nosotros no teníamos adónde más ir, así que nos guarecíamos en el subterráneo de la facultad de filosofía, junto a marihuaneros y comunistas. Fue una época de gruesas bufandas multicolores y paraguas retorcidos por el viento. La primavera parecía tan lejana. Akiko llevaba tres meses junto a nosotros y ya prometía marcharse. Parecía tan independiente, tan segura por el mundo, tan invulnerable. Delgada como una flauta de bambú y blanca como un narciso, su español era más que aceptable y hasta nos trataba de huevones. La queríamos. La cuidábamos. Yo la quería particularmente. Nos tomábamos de la mano para saltar los pozones que dejaba la lluvia y a veces hasta nos abrazábamos para espantar el frío. Me deleitaba aspirando el suave vaho de su respiración y le daba besos en su naricita enrojecida por el frío. Nos gustábamos sin duda. Nos gustábamos mucho. Pero fuimos cobardes, o precavidos. Ninguno quería sufrir con la segura separación. Varias veces, mirándola a los ojos, le dije: "maybe", y ella me respondía con una especie de ternura exasperada: "¿quizás qué? Se marchó el último día de agosto, cuando la primavera apenas daba sus primeros guiños solares.

JORGE MUZAM

83


EL INSOMNIO DE LA CARNE

La imitadora

Jessica fue una persona importante en mi vida. Amigos, amantes y compañeros durante unos seis u ocho meses. Extrañamente, nunca había escrito sobre ella. Vivíamos en el mismo pasaje de la población Juanita Aguirre. Nos saludábamos a diario cada vez que me iba o volvía de la universidad, donde estudiaba literatura. Provenía de una familia enorme, con muchos hermanos, quizá unos doce o más, y al parecer siempre habían vivido en ese barrio. Era la menor, y al igual que el resto de sus hermanos y casi todos los habitantes de esa población, era una perdedora nata. No había terminado la secundaria y le costaba ganar dinero. Vivía con su madre, una hermana soltera y sus tres hijos pequeños. A veces lograba trabajar en los talleres de los turcos de Patronato, confeccionando lencería. No duraba mucho, pues reclamaba, reclamaba por el trato humillante de los empleadores y por la sinvergüenzura de recortarles parte de lo ganado a las trabajadoras. Una vez la vi desde el bus. Estaba llorando sentada en un paradero de micros, justo al lado de esos talleres.

JORGE MUZAM

84


EL INSOMNIO DE LA CARNE

Jessica tenía una hija de no más de ocho años, fruto de una relación con otro vecino. No habían durado mucho. Luego otro vecino más y tampoco duraron. Luego vine yo, el vecino que estaba más cerca. Comenzamos bromeando en una de esas noches calurosas del verano santiaguino. Esas donde nadie se quiere entrar porque las casas son un horno. Nos sentábamos en el borde de una reja y Jessica fumaba conmigo, comíamos chicles de limón, contábamos chistes fomes, y entre bromas y pelambres terminábamos imitando las caricaturas de la televisión. Yo no tenía talento para eso, pero ella sí. Nunca conocí a una imitadora tan perfecta. Le pedía y le pedía nuevas imitaciones y ella me complacía y ambos nos matábamos de la risa. El Pato Lukas, Penélope Glamour, Gárgamel, Pitufina, la Chilindrina, el Chavo, Quico, Speedy González, Piolín y Pablo Mármol. El que mejor le salía era Pitufo Tontín. Pero yo la exigía al máximo pidiéndole el más difícil de imitar que era el gato Silvestre, y ella salía airosa. Le gustaba reírse con El Chavo del Ocho y comer arroz con huevo. Era su única entretención, su único deseo. Más allá no tenía sueños. Ningún sueño, ningún deseo más que sobrevivir a cada jornada. A veces añoraba las vacaciones de su infancia en la playa de Quinteros. Recuperadas imaginariamente esas olas y esas arenas y esos baldes con caracolitas muertas, sus ojos se iluminaban, y toda la fealdad de esa villa parecía esfumarse. Cuando estábamos en la intimidad le excitaba mucho que le besara los pechos, pero nada más, porque parecía sentirse sucia, inmerecedora de otros besos. Ella sí me besaba entero. Nos escondíamos en callejones oscuros y en el antejardín de la casa donde yo vivía. Dos veces lo hicimos en el living de su casa (era de madrugada, hacía frío y los demás habían salido) y dos veces en un hotel decorado con rojos intensos. Una vez salimos a bailar. En el camino intenté llevarla a un motel, pero Jessica buscó la forma de hacerme saber que tenía su período y que sería muy incómodo para ella. Nos dirigimos a Pío Nono. Esa noche bailamos y bebimos mucho. Volvimos caminando a nuestro barrio. Llegamos casi amaneciendo. Objetivamente era una mujer hermosa, una Pocahontas de barrio bravo. Tenía la piel limpia, el cabello brillante, y usaba JORGE MUZAM

85


EL INSOMNIO DE LA CARNE

un vestido blanco medio hippie que se adhería a sus caderas y le trasparentaba sus minúsculas bragas. Uno de sus hermanos, rudo y mulato, vivía justo al frente y cada vez que la veía con ese vestido le gritaba: ¡Ya andai calentando a los weones! No recuerdo exactamente el momento en que nos empezamos a separar ni por qué. La última vez que hablamos me intentó decir que tenía un retraso en su período. No me espanté. Al contrario, sentí cierta felicidad, un hijo siempre es una felicidad. No logro armar el rompecabezas posterior. Nos vimos escasamente, muy a lo lejos. Ella nunca estaba. Luego me fui yo de ese lugar. En facebook no la puedo encontrar. Ni siquiera sé si tiene un perfil. Pongo su nombre y aparecen cientos de mujeres y muchas sin siquiera una foto.

JORGE MUZAM

86


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El cotorreo de la especie

Una mujer ha quedado encandilada con un hombre. Lo ha olfateado, lo ha sopesado, ha observado la envergadura de sus hombros, la fortaleza de sus piernas, la seducción de su voz, de sus palabras, la tersura de su piel, el carácter de su mentón, la paz de su mirada. Acto seguido, le ha quitado todos los cerrojos a su cuevita. Quizás la mujer no lo sabe pero intuye que ese hombre debiera ser el padre ideal que fecundará el resto de sus óvulos, la sangre apropiada para perpetuar una nueva sangre fortalecida, la gran verga que esparcirá salud y oxígeno para la especie.Ambos sacudirán sus plumas y danzarán al ritmo de una buena canción, unirán sus picos y cotorrearán su excitación avivando al espermio más enérgico a ganar la maratón. Es la vida la que hace su juego, no el amor. El amor es un aderezo, una palabra, un susurro, una promesa de que los cachorros serán cuidados y alimentados hasta que crezcan y se puedan valer por sí mismos. Luego el amor seguirá siendo mencionado para espantar los fantasmas, para ahuyentar el JORGE MUZAM

87


EL INSOMNIO DE LA CARNE

pánico al silencio. El amor será un capuchón semántico que guarecerá la soledad de los que ya no tienen nada más que hacer. La vida se ha relevado y nuevas avenidas atraviesan por encima de los senderos de la memoria. Los huesos se contraen y es hora de partir.

Amante duro de aguantar Me gusta morder muslos y pantorrillas, besar espaldas y hombros, aspirar el aroma de una boca excitada. Confieso que he tenido sueños tórridos con la verdulera y con Sarah Palin, que a veces sufro de insomnio pensando en ciertas doncellas de medio siglo, que hablan con la sabiduría de un siglo y parecen conservadas de treinta. La arrogancia de las veinteañeras y el estrés de las treintañeras me espantan como el insecticida a un mosquito. Soy impetuoso e impaciente y el adobo prembular excesivo de la carne me exaspera o me duerme. Soy juguetón, sentimental y poco romántico. Es decir, no soy romántico sino cortés, jamás grosero. No espero nada de mi amante. Puede despacharme hoy o mañana y lo mismo me da. Navego siempre en el borde de un paralelepípedo. No tolero que me cuestionen, ni que me indiquen ningún camino. No acepto consejos. No me gusta que me cobren sentimientos, que me saquen en cara favores que nunca he pedido, que me hablen de dios, o que me citen frasecitas de autoayuda. No tolero que mis amantes me hablen de sus ex parejas. No tolero que me pregunten por mis ex parejas. Me agrada ver juntos películas clásicas bebiendo un carmenere. Si ambos decidimos sólo dormir abrazados, soy igualmente feliz. Usualmente mi pene piensa por mí, y ni todo un universo teórico puede contra su lógica.

JORGE MUZAM

88


EL INSOMNIO DE LA CARNE

El realismo más sucio Narrar desde la mente de un personaje excepcional, desde un héroe moderno refinado y políticamente correcto es fácil. Lo difícil es meterse en la mente de un ser trivial y acompañarlo como si lleváramos una cámara oculta en sus ojos y un micrófono escondido en su pensamiento. Cuantos despotriques, prejuicios, atropellos, injusticias, tosquedad y códigos arbitrarios hay dentro de cada uno de nosotros.

JORGE MUZAM

89


Índice Prólogo …………………………………………………………………… El insomnio de la carne ………………………………………… Rasguños en la espalda - Parte 1 ……………………………. Rasguños en la espalda -Parte 2 ……………………………. Rasguños en la espalda -Parte 3 ……………………………. Despertando junto a las olas …………………………………. Sexito hinchado …………………………………………………… Braguitas impolutas …………………………………………….. Amor a orillas de un río ………………………………………… El deseo esparcido en la brisa ………………………………… Brusquedad sexual ……………………………………………….. La misma mesa, la misma ventana …………………………. Piernas largas ………………………………………………………. El dudoso calzón ………………………………………………….. Lo tienes demasiado grande ………………………………….. Adiós a un susurro ……………………………………………….. Voy por el libro de Rojas ……………………………………….. Antonia ……………………………………………………………….. Sandwich dance ……………………………………………………. Celos retrospectivos ………………………………………………. Sobre una alfombra de acículas ………………………………. Una propuesta poco ortodoxa …………………………………. Calzones de frutillita ……………………………………………… El preámbulo del absurdo ………………………………………. Multiorgasmia estética …………………………………………… Biologizando la mirada ………………………………………….. Amante arribista …………………………………………………… Sexo virtual …………………………………………………………… Pornografía …………………………………………………………… El aire apestaba a mierda de vaca ……………………………. Un continuo riesgo ………………………………………………… Pornostar chileno ………………………………………………….. Temporada de frambuesas ……………………………………… El mestizaje del sudor ……………………………………………. Las mellizas Tartini ……………………………………………….. Galletas caseras …………………………………………………….. Curiosa luz roja …………………………………………………….. Maybe ………………………………………………………………….. La imitadora …………………………………………………………. El cotorreo de la especie ………………………………………… Amante duro de aguantar ………………………………………. El realismo más sucio …………………………………………….

33 55 76 119 1412 1513 1715 1816 20 18 2219 2721 28 25 30 26 3128 3329 3931 4237 4539 4642 4743 48 46 5147 5349 5450 5652 5753 5854 60 55 6257 6558 68 60 6963 7263 75 78 81 82 83 84 87 88 89



El insomnio de la carne