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¿Qué es el Perú y qué es ser peruano? Juan José Vega

La definición de peruano se torna aun más confusa si apuntamos al pasado. Si no podemos esclarecer adecuadamente lo que es hoy un peruano, menos lo podemos respecto al pasado prehispánico. Por ejemplo ¿Fue peruano Huayna Cápac? ¿Lo Fue Usco Vilca el caudillo chanca? Cualquier respuesta provoca discusiones. Por ello muchos preferimos hablar de «antiguos peruanos» en relación a los anteriores a 1532. Resulta algo así como los egipcios: los de hoy, que son predominantemente árabes; y los del tiempo viejo, el del Faraón. Pero ni aun así existe mucha firmeza en las definiciones. Empezando por el hecho que el propio topónimo Perú o Pirú o Birú, no es oriundo del Perú. Pero creemos de todos modos que, al igual que ese otro país clásico, el Perú tiene dos grandes fases. La Incaica equivalente al tiempo de los Faraones y una nueva que nació de la invasión hispano-africana en 1532, que equivale a la árabe o musulmana en el país del Nilo. La consolidación de todo el proceso resulta aquí menor, porque los sucesos de la llegada de españoles, negros y moriscos son más recientes. Como la de los asiáticos. Nunca estuvimos de acuerdo con el concepto de «Madre Patria» (España) que se usó antes en la Historia Oficial y en el Calendario Cívico (Día de la Raza española; día del Idioma castellano, etc.). Pero si se utiliza el concepto, debemos atenernos al hecho que el Perú Moderno posee varias madres patrias, Africa y la China, para empezar. A nuestra tierra llegaron más negros que españoles a lo largo de nuestra compleja historia. Y también más chinos. El asunto de la identidad es sumamente conflictivo. Manuel González Prada afirmaba ádamente que el Perú era apenas «un territorio habitado». Numerosas citas parecidas podrían obtenerse, entre ellas la de «nación en formación» de José Carlos Mariátegui y de Ricardo Martínez de la Torre. De épocas más recientes podemos recordar la opinión de Luis Jaime Cisneros, «nos vamos acercando a ser una nación», («Dominical», 7 de julio de 1996), que, aunque difusa en el tiempo, contiene optimismo respecto al concepto. Este distinguido intelectual llegó a interrogarse: “¿cuánto puede durar este país?” («El Observador», 27, 1, 1983); afirmaciones todas que cabe también medirlas, a través del hecho que procedían de quien era hermano de uno de los más prominentes miembros de la Fuerza Armada. César Vallejo, mirando la heterogeneidad de las regiones, escribiría que «no se advierte ningún rasgo común entre los tres lados del triángulo» (La Cultura Peruana, p. 179); aunque cabe anotar que tan rotundo criterio fue suscrito en la década de 1930, con un Perú menos consolidado. En el otro extremo ideológico, Ventura García Calderón se interrogaría algo después: «¿Qué es un peruano específicamente?». Desde puntos de vista diametralmente opuestos a los de nosotros, este escritor se preguntaba también: “¿Qué es el Perú?”, para responderse que constituía «un laberinto y una síntesis, un ser in fieri, como dirían los teólogos; un crisol de razas, oro, plata y cobre, donde nadie colige todavía el pergueño de la estatua final. Nos corresponde a todos nosotros la obra urgente de prefigurar el rostro futuro». Afirmaba, también, que «procedamos, pues, como Fichte en esta investigación, más difícil de llevar a cabo que en otros pueblos de menor enredo histórico. Nos preguntamos ¿Qué significa el Perú a través de cuatro siglos de historia verificable o presumible; qué es un peruano específicamente y cuáles rasgos esenciales hemos de fomentar o mantener?». Luego señalaría que en el Perú existen complejos raciales y que tal es «el secreto íntimo del Perú, como visible y sangrando en esa oscura conjunción de atavismos». Estas aseveraciones, importantísimas por provenir de quien vienen, constan en el ensayo Materiales para un Discurso a la Nación Peruana, (Páginas Escogidas, p. 960-975). Pero existen ideas mucho más optimistas sobre el destino de nuestra patria, en otros autores. Los García Calderón -son tres, todos valiosos- constituyen una versión de los problemas de la identidad vistos desde grupos sociales superiores; ajenos por completo del pueblo. Más firme ha sido el criterio de Alberto Tauro del Pino. Pero Luis Alberto Sánchez ha dicho que lo de la


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identidad «está sólo en el capítulo preliminar... pues no está definido... según parece se trata de que una población de raza viva de acuerdo con sus principios originarios, pero, ¿cuál es ese país?» («Caretas», Diciembre, 16, 1993). En el punto extremo Pablo Macera ha llegado a sostener ¿en un exabrupto? que el Perú es «país inventado». La identidad pues alcanza niveles extremadamente difusos y contradictorios. No sólo aquí. Es el caso de quienes reclaman, por ejemplo, «la identidad europea», como el rey de España en célebre discurso, el 27 de Abril de 1996; identidad que en tal caso apenas cubriría superficialmente algunos aspectos en ese océano de naciones, religiones, lenguas, a grupos étnicos caucasoides y culturas que es Europa, maremagnum más complicado hoy, tras el derrumbe del llamado mundo socialista. Es extremadamente difícil definir lo que es un peruano. Inclusive la misma palabra peruano es nueva, como gentilicio. Durante la colonia la sociedad del Perú contaba con: a) colectividad de indios («república de indios» decían las leyes); b) colectividad de españoles (entre los españoles se consideraba a todos los criollos y mestizos y mulatos muy claros); y c) castas, vale decir los frutos de mezclas como mestizos, zambos, cholos, etc. Los negros cuando eran esclavos tenían un marco especial. Así fue hasta San Martín, que por decreto democratizante impuso el término peruano para todos los nacidos en el suelo del Perú. Pero fracasó. Aun ahora se sigue hablando con significaciones raciales y hasta racistas en todas las clases sociales, aunque en algunas más que en otras. Incluso cada sector tiene palabras de su propio uso. Los llamados indios por ejemplo, poseen varias: misti, viracocha, pucacunga y chori son algunas de ellas. Salvo en espíritus progresistas, resulta dificilísimo escuchar la frase «nosotros los peruanos». Hablar así constituye una meta todavía. Los peruanos somos, pues, de tipos étnicos que cubren todos los continentes del planeta y de todas las mezclas de ellos derivadas (lo cual es importante a causa del racismo). Pero, además, participamos de distintas culturas y poseemos muchas características propias y diferentes según sectores, como veremos. Pero esta variedad no es un mal, como muchos creen; es nuestra mayor riqueza. El Perú, encarando su realidad, debería procurar la unidad en la diversidad. País de legendarias riquezas culturales y étnicas, debería tener como misión asentar y fortalecer la peruanidad, suma de identidades. Como bien dijera Monseñor José Dammert Bellido, obispo progresista de Cajamarca e intelectual de nota, «nuestro Perú está compuesto por varios Perúes». Por algo fue que este sacerdote llegó a Presidente de la Asamblea Episcopal de nuestro país. Esa frase fue una respuesta a quienes pretenden un Perú parejo y homogéneo, con desdén de la creatividad múltiple de los peruanos de todos los tiempos.

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