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Primera edición (electrónica): Octubre de 2013 © Carlos Manuel Cruz Meza © Todos los derechos reservados

Fotografía de portada e interiores: Carlos Manuel Cruz Meza Retrato del autor: Carmen Cecilia Meza


La colección Obras reunidas recoge y sistematiza la obra del escritor mexicano Carlos Manuel Cruz Meza, revisada y corregida por el autor. Pretende fijar las versiones definitivas de cada texto, por lo que muchas veces difieren de las aparecidas originalmente en libros, revistas, periódicos y suplementos. Incorpora poesía, narrativa, ensayo, guión, fotografía, géneros periodísticos, así como ediciones recopilatorias facsimilares de textos publicados en diversos medios.


Funerales de las olas, el viento, en los arenales. Entre apagadas farolas se hunden mis funerales. Rafael Alberti


No es fácil tener empatía con los dolientes cuando alguien muere. Por lo regular, se acude siempre a ejemplos extraídos de las propias vivencias para demostrar que algo "se siente mucho"; se cae en el facilismo de afirmar: "a mí me pasó algo similar, por eso te entiendo", como si el dolor fuera algo idéntico, como si no presentara variaciones o gradaciones tan sutiles de persona a persona, como si se tratase de una emoción generalizada de iguales niveles. Esto, que en sí mismo es un absurdo, se convierte, a pesar de los pesares, en la única manera de acercarse un poco al que sufre. Se establece (como en todo) el recurso de la comparación con los referentes que se tienen, con el bagaje de dolores que se han acumulado desde la infancia. Siempre la muerte de un ser amado es el dolor más atroz, tal vez aún más que el desamor, porque en este pervive la esperanza de que esa persona amada corresponda o regrese; la vida es indisociable de la posibilidad de un cambio de actitud, de sentimientos, de pensamientos. Pero la muerte, la grandiosa anulación existencial, es todopoderosa, insoslayable, invencible. Se puede evadir al fisco pero no al segador. Y de allí nace el dolor que, en gran medida, es un cúmulo abrumador de arrepentimientos. Igual que los pecados, hay de acción, palabra, pensamiento y omisión. “Portarse mal” o haber herido a esa persona, abandonarla, no decirle algo a tiempo (que se le quería es lo más generalizado), si se sostuvo una relación ríspida o fría, si se le deseó la muerte o el dolor, si causaba indiferencia o irritación. La muerte priva del derecho al perdón, vuelve todo remordimientos, todo frustraciones: muestra lo irremediable de una forma atroz y, lo más espantoso, desesperanzada. Si la indiferencia es el fin del amor, la desesperanza es la conclusión de todo. ¿Se sufre por quien muere? No. Hasta en eso priva el egoísmo. El dolor es personal, una pertenencia, un atroz solaz aunque a veces no sea soportable. El llanto casi nunca es por la persona que murió, sino por el propio ser. Se solloza por quedar sin esa persona, por no tener otra oportunidad aunque se hayan desperdiciado cientos sin que importara, porque se sabe que ahora sí es definitivo. Otra parte es la soledad que un deceso transmite. Hace sentir abandono, una sensación de traición, un rencor sordo hacia la vida, Dios, el Destino y los semejantes. La idealización viene después: quien murió tenía más virtudes que defectos o, en el peor de los casos, obtiene el perdón instantáneo. La muerte borra el pecado, mata la Historia. La muerte absuelve de forma inmediata y definitiva y aún más: engrandece.

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Afecta también porque es un reflejo: de lo que somos, de lo que no somos, de lo que podríamos ser. Es también un aviso, un recordatorio de lo efímero del tránsito por el Valle de Lágrimas del que hablan los cristianos. Es sentirse señalado por un dedo huesudo que indica que nuestra energía se apaga día a día, que acechan demonios por todas partes, que nos acercamos a nuestra tumba cada mañana, que un día más es un día menos, que ni siquiera tenemos plena conciencia, más allá de algunos momentos significativos, de lo sucedido en los miles de días y noches que hemos malgastado ya. Los tipos de dolor son también muy diferentes: la muerte de un padre no dolerá igual que la de un hijo, ni la de un amigo igual que la de una pareja. Todas las muertes de aquellos que se conoce afectan, en mayor o menor grado: transitan entre la herida lacerante, el dolor sordo, la sorpresa, el estupor, la desesperación, la negación, la indignación, el enojo y, por fin, el descanso. El relajamiento que acompaña a ciertas muertes, más allá del sufrimiento que causan, es también un bálsamo. La muerte, pese a todo, es también un remedio. La cura para los incurables, como escribió el poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios "Almafuerte". Aplicando cierta practicidad, incluso se puede capitalizar el dolor. Surgen así las Fundaciones con el nombre del finado, los homenajes en su memoria, algunas luchas sociales, las protestas, los cambios en la sociedad y las manifestaciones artísticas. Todas formas de catarsis, todas una manera de darle continuidad y, sobre todo, sentido, a un proceso natural que lleva millones de años produciéndose y que nunca terminará. También se pueden buscar culpables de esa muerte, directos o indirectos: el hijo malo, el esposo mujeriego, la amante interesada, el amigo ausente, el gobierno represor, la situación económica, la injusticia, el vicio o hasta Dios mismo serán buenos blancos para fincar responsabilidades por tanto sufrir. No tardan en llegar la autocompasión, la depresión, la desgana. Toda muerte es una sinrazón aunque se le invente un sentido: “se estaba matando, sabía que iba a morirse, fue mejor así, ya descansa en paz, no se lo merecía, estaba muy joven, estaba muy viejo, murió como vivió, no merecía esa muerte, no es justo que se muriera, él se quería morir” y tantos lugares comunes del imaginario mortuorio de funeral. La gente sigue con sus vidas pese a los eternos dolientes. Tal vez acudan al sepelio, tal vez manden flores o publiquen una esquela, tal vez escriban una carta. Pero en el fondo lo peor es asumir la soledad. Las personas no van a sufrir con el doliente; al menos, no mucho. Se olvidan muy pronto del apoyo que ofrecieron en la sala de velación, del rostro compungido tras los anteojos oscuros, de la promesa de "ayudar en todo lo que puedan" que murmuraron al oído al dar un abrazo en el cementerio, del vacuo y absurdo "lo siento mucho" que mencionaron al marcharse de nuevo a sus casas para seguir viviendo antes de morirse ellos también o alguien a quien quieren. Antes de ocupar ese lugar por un rato. Esa clase de soledad es el equivalente al puerperio, aunque sea más desesperante.

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Y el doliente también está imbuido en la inercia del existir. Aunque quisiera sufrir durante algunos años más, hay que trabajar porque el jefe, aunque lo haya "sentido mucho", aplicará un despido si no se es productivos; la pareja va a hartarse de ver tantos llantos por los rincones e incitará a la resignación o de plano se irá, con ternura o crueldad; los amigos olvidarán tarde o temprano si no se cultiva la relación y, lo más exasperante, el propio dolor terminará por diluirse, por borrarse, por decolorarse, aunque se intente conservarlo intacto, aunque se desee no seguir adelante, aunque se convierta en obsesión. Un día también él se marcha. Los seres humanos no están hechos para conservar demasiado tiempo nada: ni el amor, ni el rencor, ni el deseo, ni el dolor. Todo al final se destruye, todo se erosiona y se convierte en polvo, memoria, recuerdos desdibujados, cenizas sin sentido. Una carga onerosa influye mucho en cuánto impresiona un suceso. A veces puede ser un dolor súbito, a veces la indignación, a veces el interés mórbido en los detalles, a veces la consternación, otras la reflexión. Siempre la atracción de lo fascinante. La fuga hacia la expresión artística. Todas dejan huella en la obra y en nuestra concepción del mundo. No podía ser de otra manera; más que los bautismos, nos marcan los funerales. Erotismo y muerte tienen un vínculo indisoluble que se ha vuelto cliché; el uno proporciona la vida y la reafirmación de la existencia mediante el placer y la concepción; la otra, el dolor y la anulación. En el arte, son origen e inspiración desde hace milenios. Orgasmo y agonía: la serpiente que se devora a sí misma. Hay un poder implícito que se encierra en el pasado, en las cosas que remiten a él, que son las raíces de las experiencias, lo que física-mente ata a lo muerto, a lo polvoriento, a lo marchito; lo que constitu-ye la memoria palpable. Al evocar los viejos días, no se puede evitar la punzada de la duda. De muchas dudas. De la inevitable pregunta: “¿Y qué hubiera pasado si...?” Pero, como sucede con todas las especula-ciones, no se sabe nunca, con certeza, la respuesta. Tal es nuestra maldición. Tal es el dolor y la angustia que experimentamos como humanos. Saber que somos conscientes del “tal vez”, de la relatividad de nuestras acciones, de que tomamos un camino para abandonar otro, de que cada cosa que hagamos tendrá consecuen-cias y de que toda decisión nos conducirá frente a miles de opciones, sin saber jamás qué habría sucedido si hubiésemos elegido una distinta.

Carlos Manuel Cruz Meza Xalapa, Ver. – Octubre de 2013

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SOBRE EL AUTOR

Carlos Manuel Cruz Meza (Xalapa, Ver., México, 1973). Escritor, editor, periodista, fotógrafo y difusor cultural. Cursó estudios de Letras Españolas, Sociología e Historia en la Universidad Veracruzana; de Publicidad y Relaciones Públicas en la UEH; y de Criminología y Criminalística en el Colegio Libre de Estudios Universitarios (CLEU). Cursa actualmente la Maestría en Educación. Ha obtenido premios y reconocimientos de la UNAM, la Universidad Veracruzana, la Universidad Autónoma de Sinaloa, la ONU, la Asociación Nacional de Periodistas, la Secretaría de Educación Pública, el Colegio de Sociólogos y el Instituto Veracruzano de Cultura, entre otros. Fue becario en el Programa de Jóvenes Creadores del IVEC en 1994 y 2004, en el área de Literatura. Se desempeñó como editor en la Dirección General de Educación Media Superior y Superior, dependiente de la Secretaría de Educación y Cultura (1998) y como investigador en la Coordinación de Publicaciones y Bibliotecas del Instituto Veracruzano de la Cultura (2001 a 2002). Ha colaborado en revistas circulantes en Europa y Sudamérica, así como en periódicos y suplementos de diversas partes del país, entre los que se incluyen Tierra Adentro, Archipiélago, La Ciencia y el Hombre, Graffiti, Hojas de Utopía, La Ventana Cerrada y Albatros viajero. También en publicaciones electrónicas, como ficticia.com. Algunos de sus ensayos sobre Artes Plásticas han sido publicados en Europa. Colaboró en el programa La Revista, de Radio Universidad Veracruzana. Igualmente, condujo segmentos sobre cine y literatura en programas de televisión. Dirigió varios años el suplemento cultural de Gráfico de Xalapa (1995 a 2006), y entre 2000 y 2002 fue coordinador del suplemento cultural semanal "Palabra Otra" en Diario de Xalapa, además de cofundar y dirigir la sección cultural diaria del mismo periódico, y fungir como Asesor de la Dirección del mismo medio. Coordinó además el Cine Club de la Galería de Arte Contemporáneo del IVEC (2003 a 2006). Ha publicado los libros Zona de guerra; Al otro lado del espejo; Muestra de poemas veracruzanos; Voces diversas. Antología de ensayo veracruzano; Nirvana (incluido en el Fondo Editorial Tierra Adentro); El jardín de Babel. Poesía joven de Veracruz; Corpus; Funeraria; y Paisaje onírico, en coautoría con Héctor Montes de Oca. Coprodujo el largometraje Escrito con Sangre, del cual también escribió el guión, mismo que obtuvo el Premio a la Mejor Película Extranjera en el Festival de Cine de Belfast (Irlanda del Norte) en 2011. Sostiene un blog del mismo nombre. Se ha desempeñado además como publicista y asesor cultural en diversas instituciones públicas y privadas. Sus fotografías han aparecido en revistas especializadas sobre el tema. También como colaborador en programas de radio y televisión, con secciones fijas sobre arte y cultura. Desde 2009 es miembro de la Sociedad Mexicana de Criminología.


Foto: Carmen Cecilia Meza

“No es fácil tener empatía con los dolientes cuando alguien muere. Por lo regular, se acude siempre a ejemplos extraídos de las propias vivencias para demostrar que algo „se siente mucho‟; se cae en el facilismo de afirmar: „a mí me pasó algo similar, por eso te entiendo‟, como si el dolor fuera algo idéntico, como si no presentara variaciones o gradaciones tan sutiles de persona a persona, como si se tratase de una emoción generalizada de iguales niveles. Esto, que en sí mismo es un absurdo, se convierte, a pesar de los pesares, en la única manera de acercarse un poco al que sufre. Se establece (como en todo) el recurso de la comparación con los referentes que se tienen, con el bagaje de dolores que se han acumulado desde la infancia”.

Necrópolis  

Ensayo introductorio y fotografías de Carlos Manuel Cruz Meza

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