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aceprensa libros: literatura

29 agosto 2012- n.º 63/12

Una puerta que nunca encontré Thomas Wolfe

Periférica. Cáceres (2012). 101 págs. 15,50 €. T.o.: No Door. Traducción: Juan Sebastián Cárdenas.

Con los claros acentos autobiográficos de todas las narraciones del autor, en Una puerta que nunca encontré se presentan cuatro temporadas de su juventud tituladas, cada una, con una fecha: octubre de 1931, de 1923, de 1926, y abril de 1928. En la primera, el narrador está con un anfitrión rico, acerca del que ironiza y a quien le cuenta su vida en el barrio armenio de Brooklyn. En la segunda se centra, sobre todo, en su regreso a su ciudad natal cuando su padre ha muerto hace ya un tiempo. En la tercera habla del tiempo que vivió en Inglaterra, el único de los relatos con acentos algo distintos y con momentos divertidos. La cuarta se corresponde con la época en la que vivió en una calle donde había un gran almacén al que llegaba y de donde partía cada día una flota de camiones. Son textos publicados antes de Del tiempo y del río, un libro extenso donde cada una de estas escenas, levemente cambiadas, tuvieron su hueco. Por eso, quien no haya leído aquel libro tiene aquí, como en el recientemente publicado El niño perdido (ver Aceprensa, 21-12-2011), una oportunidad de probar a Wolfe: descripciones urbanas en el primer

capítulo, del campo y de personajes de su ciudad natal en el segundo, una irónica y graciosa pintura de aspectos de la vida inglesa en el tercero, y un elogio con tintes épicos de los camioneros cuyo trabajo nocturno es como la savia de Norteamérica. Todo está unificado, también como es habitual en Wolfe, por lo que indica el título: los lamentos del narrador ante la imposibilidad de aquietar su corazón y encontrar la puerta para entrar a un mundo donde llevar “una vida afortunada y feliz como jamás has visto”. Como Eugene Gant en Del tiempo y el río, también este narrador sin nombre pasa horas y horas en la gran biblioteca de la universidad leyendo libros como un poseso, para terminar completamente desalentado: “Quería saberlo todo, y me volví loco cuando descubrí que no podía conseguirlo”. Su desmesura incluso le impide ver los momentos en los que puede tener entre las manos la solución que busca, como cuando se lamenta de la muerte de su padre y concluye: “Supe que cada hombre que ha vivido sobre la faz de la tierra ha buscado y busca a su padre, y supe que incluso cuando el padre ha muerto, su hijo lo busca incansablemente hasta por las calles de la mala vida, con tal de encontrarlo, y supe que el hijo nunca pierde la esperanza y siente que algún día verá de nuevo el rostro de su padre”. Luis Daniel González.

No tengo miedo Niccolò Ammaniti

Anagrama. Barcelona (2011). 232 págs. 17,90 €. T.o.: Io non ho paura. Traducción: Juan Manuel Salmerón.

El

escritor italiano Niccolò Ammaniti (Roma,1966) se dio a conocer con Branchie (1994). Al año siguiente publicó un ensayo con su padre, Nel nome del figlio, y en 1966 una recopilación de narraciones, Fango. Sus relatos también aparecen en la antología Gioventù cannibale (Einaudi, 1966). En 1999 publica Ti prendo e ti porto via y en 2001 No tengo miedo, que ahora vuelve a reeditarse. Recientemente se han traducido al castellano también Tú y yo y Que empiece la fiesta. Ammaniti es uno de los escritores consagrados de la literatura italiana actual, muy traducido en el extranjero, aunque la calidad de sus títulos sea muy desigual. No tengo miedo es una historia de niños para adultos. Estamos en 1978 en Acqua Traverse, un pueblo minúsculo

e imaginario del sur de Italia, que pasa por una de esas olas de calor que meten a todos en casa y quitan las ganas de hacer nada, incluso por la noche. Los niños son los únicos capaces de superar el calor con sus juegos y su fantasía. Un día hacen una excursión al campo y acaban con un fatídico juego en el que Michele Amitrano, un niño de 9 años, tiene que cumplir el mandato del jefecillo y subir a una casa medio derruida y deshabitada. En el recorrido por la casa encuentra un profundo agujero donde descubre lo que le un niño. No sabe si está dormido o muerto. Michele regresa con sus compañeros de excursión y oculta su hallazgo. A la mañana siguiente vuelve a la casa. Comienza así una historia de amistad y de lealtad entre los dos niños. Sin embargo, poco a poco se complican las cosas y se descubre la triste razón por la que aquel niño vive en aquella casa derruida. Pero para descubrir todo eso, Michele tiene que pasar por situaciones en las que pone en juego la lealtad y la obediencia, a la vez que se topa con la maldad de los adultos.


El argumento resulta interesante y, a su manera, cercano, pues la novela tiene como principal protagonista el mundo de la infancia. Aunque el desenlace es casi previsible, no decae el interés. Todo está contado con un lenguaje sencillo que no cae en fáciles sentimentalismos. Los personajes están muy

bien trazados, especialmente la madre y el padre de Michele, pero son sobre todo los niños, su mundo interior, la forma de relacionarse entre ellos, la ternura y la candidez y, también, la crueldad que convive con la inocencia, los que sobresalen en esta novela. Alberto Portolés.

Mary Barton Elizabeth Gaskell

Alba. Barcelona (2012). 480 págs. 30 €. T.o.: Mary Barton. A Tale of Manchester Life. Traducción: Miguel Temprano García.

La

británica Elizabeth Gaskell (18101865) eligió como escenario de su primera novela, Mary Barton, los paisajes donde había transcurrido su infancia, a las afueras de Manchester, ciudad industrial por excelencia. Tras publicarse anónimamente en 1848, en los años siguientes salieron nuevas ediciones, en una época en que Europa se vio sacudida por numerosas revoluciones liberales. El contexto histórico de la novela es el de la Revolución Industrial, cuya incidencia social aborda magistralmente la autora. La implantación de nuevos métodos de trabajo y la introducción de una maquinaria innovadora propiciaron que al principio el desempleo creciera y, por ende, que las condiciones de trabajo se vieran mermadas. Fue entonces cuando surgieron unos audaces movimientos políticos que reivindicaban los derechos de los trabajadores, tales como el socialismo utópico o el “cartismo”. No es casualidad que el padre de la protagonista, John Barton, al igual que muchos de sus coetáneos, simpatice con estas corrientes y, en general, con “todo lo que normalmente se considera descabellado y visionario”. A lo largo de cerca de quinientas páginas, la autora busca conmover al lector acerca de las funestas consecuencias de la deshumanización del trabajo y advierte de que la desconfianza entre las clases sociales es la responsable de tanta “desdicha”.

Mary Barton se divide en dos partes. En la primera, Gaskell nos muestra con mesura pero sin ambages las desgracias provocadas por las míseras condiciones de vida de los habitantes de Manchester en las décadas de 1830 y 1840. En la segunda, la novela avanza con el relato de un asesinato –fruto de esas circunstancias terribles–, que sirve, a su vez, para presentar una sutil historia de amor entre la modista Mary Barton y el obrero Jem Wilson. Todo ello sazonado con una extensa galería de personajes secundarios, tal como encontramos también en las ficciones de Dickens, declarado mentor y protector de Gaskell. Hay en Mary Barton, sí, muchas muertes y desgracias; pero, tras esa desolación, subyace la esperanza de una vida mejor, fundada en el poderoso aliento de los lazos familiares y en la sencilla máxima que proclama uno de los personajes: “Los fuertes tienen el deber de ayudar a los débiles”. Obra representativa de la narrativa victoriana, escrita en una tercera persona tan cálida y empática que en ocasiones se confunde con la de la propia autora, Mary Barton está cuajada de enseñanzas morales en forma de citas bíblicas y de referencias mitológicas que elevan los sentimientos del lector hasta la catarsis final. Ese desahogo, esa liberación, inspiraron también la vida de Gaskell, quien se inició en el mundo de las letras para tratar de superar la muerte de su hijo. Mención especial merece la cuidada traducción de Miguel Temprano, quien, con sus numerosas y siempre pertinentes notas a pie de página, nos ayuda a comprender el pensamiento de las distintas clases sociales que poblaban la Inglaterra de la época. Alberto de Frutos.

Una mezcla de flaquezas Robertson Davies

Libros del Asteroide. Barcelona (2012). 454 págs. 22,95 €. T.o.: A Mixture of Frailties. Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.

Cierra esta novela la Trilogía de Salterton, la primera que escribió el escritor canadiense Robertson Davies (1913-1995), un gratificante descubrimiento gracias a

la editorial Libros del Asteroide, que alcanza con este volumen los 100 títulos. Como en A merced de la tempestad (ver Aceprensa, 9-03-2011) y Levadura de malicia (ver Aceprensa, 21-12-2011), vuelven a repetirse personajes y la ambientación, aunque esta vez gran parte de la novela transcurre en la ciudad de Londres en la década de los 50. Más tarde, Davies escribiría las Trilogías de Deptorf y de Cornish, también publicadas en Libros del Asteroide.


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Si Levadura de malicia terminaba con el compromiso entre Solly Bridgetower y Victoria Vambrace, Una mezcla de flaquezas comienza con la muerte de la madre de Solly y la apertura de un curioso testamento que Solly y Victoria consideran una venganza más de la madre por el matrimonio de su hijo con quien ella no quería. La madre deja en manos de un fideicomiso una considerable cantidad de dinero que debe destinarse a sufragar una beca de estudios para una joven de Salterton que quiera dedicarse al mundo del arte. El fideicomiso elige a la joven Monica Gall, que deberá trasladarse a Londres a completar su formación musical. Monica es una joven sin apenas formación ni cultura. Es soprano de un coro de góspel, que actúa en la radio en nombre de una pequeña y exótica secta protestante instalada en Salterton. Monica es ingenua, trabajadora, sin apenas experiencia del mundo y apegada a las tradiciones familiares. Sin embargo, en Londres poco a poco empieza a relacionarse con un grupo de artistas que frecuentan la casa de Gilles Revelstoke, uno de sus maestros musicales. Monica encaja poco a poco en ese grupo de bohemios, lo que la permite estar más cerca de Gilles, de quien se ha enamorado perdidamente hasta convertirse en su amante. La novela describe el atrayente y doloroso aprendizaje musical y existencial de Monica hasta su posterior regreso a Canadá, cuando termina su beca. A Davies le interesan sobre todo los cambios interiores que se dan en la protagonista. Subraya, de manera un tanto tendenciosa, su dependencia afectiva y religiosa de la secta pro-

testante a la que pertenece, introduciendo así un tema aparentemente secundario que tiene cada vez más fuerza en la novela como es la religión. Las creencias de Monica son, según las presenta Davies, epidérmicas, superficiales, anticuadas y fuera de la realidad. La vida artística y licenciosa de Gilles, su maestro y amante, contrasta con sus sentimientos; sin embargo, no le cuesta mucho a Monica cambiar radicalmente de vida y de valores, decisión que subliminalmente aplaude el autor. Davies presenta los cambios que se dan en Monica como una experiencia necesaria y positiva para oxigenar el espíritu y aprender de los claroscuros de la condición humana, y más todavía si está en juego su dedicación artística. Como se ve venir desde el primer momento de su llegada a Londres, Monica renuncia a sus valores religiosos y se integra en la vida que llevan estos artistas, que juegan a ser transgresores en su arte, en sus vidas privadas y hasta en sus experiencias sexuales. El autor escribe todo esto de manera tranquila, sosegada, con una gran calidad literaria, saboreando las escenas y los diálogos y proporcionando la necesaria información para entender los drásticos cambios que se dan en el pensamiento y los afectos de Monica, sus vivencias amorosas, sus avances y gustos musicales, el ambiente de la época. Davies aplica el mismo realismo detallado en el tratamiento de los personajes, también de los secundarios, describiendo con agudeza su interioridad. Adolfo Torrecilla.

La leyenda del ladrón Juan Gómez-Jurado

Planeta. Barcelona (2012). 664 págs. 21,90 €.

Tras varios thrillers de ambiente contemporáneo, algo flojos y deudores de Dan Brown, Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977) cambia de registro en su última novela y recrea en La leyenda del ladrón la Sevilla de finales del siglo XVI, una época en la que el poderío del imperio español no mejoraba la vida de sus súbditos, condenados muchos de ellos a la mendicidad desde su nacimiento. La trama sigue los pasos de Sancho de Écija entre los trece y los diecisiete años. Tras perder a su madre a consecuencia de la peste, Sancho es acogido en un orfanato y sirve después en una taberna. Con el patrón clásico de la novela picaresca, el autor nos presenta en la primera parte la biografía de un rebelde, a quien la vida va curtiendo a golpes. Como un personaje de Dickens, Sancho se adentra en las cloacas del hampa sevillana, gobernadas por el temible Monipodio, y descubre los secretos de la supervivencia de la mano de un truhán de buen corazón, el enano Bartolo. Entre tanto, una acción paralela nos cuenta la vida de Clara, hija de un rico co-

merciante y una esclava, que vence todos los obstáculos para escapar a su condición (y que, previsiblemente, se enamora de Sancho). En el otro plato de la balanza, se encuentran los antagonistas, personajes de alta alcurnia sobre los que el autor ha bromeado: “No es casualidad que los malos sean un banquero y un duque”. Hay que agradecer a Juan Gómez-Jurado el optimismo que transmite esta historia, en la que los sueños de los personajes se acaban imponiendo a la crudeza y las injusticias de la realidad. Sancho, Clara, Bartolo y el resto de figurones no son precisamente un dechado de psicología profunda, pero la variedad de las aventuras que corren capta el interés desde la primera página. Varios capítulos se desarrollan en galeras y otros en la forja de un herrero; y de ambas pruebas sale airoso el autor, merced a una escrupulosa documentación. La inclusión de alguna escena en la que Shakespeare y Cervantes comparten peripecias es la mayor libertad que se ha tomado la novela y puede resultar, desde el punto de vista histórico, su aspecto más discutible; pero el cariño que el autor ha puesto en el retrato de ambos hace que la hipótesis no chirríe y aporta la sal que le faltaba al conjunto. El libro se presenta, finalmente, como “la primera novela


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con realidad aumentada”, mediante una aplicación para smartphones, bastante prescindible en nuestra opinión pero

interesante para saber por dónde pueden ir los tiros del sector el día de mañana. Alberto de Frutos.

Nubosidad variable Carmen Martín Gaite

Anagrama. Barcelona (2012). 416 págs. 21,90 €.

Dentro

de su colección “Otra vuelta de tuerca” recupera la editorial Anagrama una de las obras más importantes de la escritora salmantina fallecida en 2000. Junto con Entre visillos, reeditada también recientemente por Siruela (ver Aceprensa, 22-02-2012), son las novelas que mejor representan el realismo íntimo, psicológico y costumbrista que frecuentó Martín Gaite, autora que también supo trabajar con acierto los personajes femeninos. Nubosidad variable, publicada en 1992, es una densa y ambiciosa novela sobre la historia de la amistad entre dos mujeres, Mariana y Sofía, quienes fueron en sus años adolescentes dos almas gemelas. Tras treinta años sin saber nada la una de la otra, vuelven a encontrarse. Ese fugaz instante será, para las dos, un momento crucial: sus vidas se tornarán hacia el pasado, intentando justificar así el presente, dominado por el desencanto. Desde ese punto, el libro se convierte en los “ejercicios de escritura” que realizan las dos amigas. Sofía recupera su pasión por escribir y narra el deterioro de sus ilusiones y de su fuerza de voluntad con un excelente sentido del humor. También repasa sus “capacidades más que discutibles como madre y esposa”, que le

llevan al borde de la ruptura con su marido, un ejecutivo obsesionado por el dinero. Por su parte, Mariana, psiquiatra, narra en diversas cartas su proceso de desintegración psicológica tras una serie de fracasos amorosos. La solución para estas dos desencantadas existencias reside en el reencuentro, en la vuelta a la amistad. La novela es entrañable, apasionada, con grandes dosis de emotividad y de calidad literaria. En todo momento, la autora maneja con habilidad numerosos registros y referencias que enriquecen la trama. Sobran, sin embargo, algunos personajes secundarios, excesivamente estereotipados. Y aunque Martín Gaite apunte algunos males de la sociedad de la década de los noventa, muy parecida a la actual, donde el dinero y la búsqueda del placer parecen ser las únicas metas, las pretensiones sociológicas de la novela parecen un tanto desorbitadas. En este sentido, resulta bastante subjetiva su visión del papel de la mujer en la España de Franco y la España de los noventa. Más interés tienen, por ejemplo, sus reflexiones indirectas sobre el arte de narrar, en las que la autora sintetiza las tesis de su ensayo El cuento de nunca acabar (1983). Por encima de todo esto se impone, sin embargo, lo más importante: conocer las “tuberías del alma” de las dos protagonistas, que tratan de reconstruir la amistad perdida. Adolfo Torrecilla. ❐

Otras reseñas en www.aceprensa.com 1 2 3 4 5 6

Luis Ramoneda, Los crímenes del esteta y otros relatos (Ángel Amador). Irène Némirovsky, Jezabel (Ángel Amador). Julien Green, El viajero sobre la tierra (Ángel García Prieto). Kenneth Cook, El lagarto astronauta (Ángel Amador). Manuel Chaves Nogales, La vuelta a Europa en avión (Adolfo Torrecilla). Ota Pavel, Cómo llegué a conocer a los peces (Ángel Amador).

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