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2 PRIMAVERA 2006

L U M B R E R A

C I N C O

AÑO

Portada y contraportada: Frida en el metro/ Noviembre de 1993 Esta foto me gusta y quizá es una de las fotos que mejor está armada, lograda. Decía Mariana Yampolsky que todo fotógrafo a lo largo de su vida productiva lograba sólo una o dos fotos con las que se sintiera lleno, pleno con esa imagen, quizá para mí ésta será una de ellas. Está imagen representa la locura, el desaliento, el desinterés, el anonimato, la indiferencia y el folklore que existe en nuestro Sistema de Transporte Colectivo Metro. Somos nadie y nadie es nadie, y a nadie le interesa si eres o no nadie. Luis Jorge Gallegos

SOBRE LUMBRERA ALBERTO CHIMAL | AVÁNDARO VICTOR GARCÍA | CIRCO GARCÍA ISADORA MORA | UNA FOTOGRAFÍA... DESDE LA INTIMIDAD LETICIA OLVERA | ORLAN: EL DISCURSO DE LA CARNE DINORAH ZEPEDA


L U M B R E R A 3

Editorial

DIRECTORIO Hoy tenemos motivos para celebrar, ha pasado un año de la aparición de Lumbrera y la cosecha ha sido abundante; los dos principales propósitos por el que este proyecto nació: la posibilidad de poner gratuitamente en manos de los lectores una publicación sin intereses económicos que nublan el quehacer periodístico, y convertirnos en el medio que da salida a nuevos periodistas, literatos, ensayistas, fotógrafos, ilustradores y creadores; han sido cubiertos.

DIRECTOR

Ricardo Ham

ham412@hotmail.com DISEÑO

Sergio Santiago Madariaga maquinahamlet@gmail.com FUNDADORES

Sin embargo, el camino no ha sido sencillo, hemos sido blanco de duras críticas, de las que hemos aprendido, y palabras complacientes, de las que esperamos más. Un año ha pasado y el corazón de Lumbrera palpita fuerte, el compromiso y esfuerzo de quienes dan vida a este proyecto no ha sido en vano, los éxitos conseguidos nos dan la seguridad de que el camino es el correcto.

Ricardo Ham Samuel González Víctor García EN ESTE NÚMERO COLABORAN: ARTÍCULOS

A través de estas líneas quiero agradecer a quienes han desfilado por nuestras páginas, a todo el equipo que forma este sueño compartido llamado revista Lumbrera:

Alberto Chimal Víctor García Isadora Mora Leticia Olvera Dinorah Zepeda FOTO: Germán Romero [detalle]

FOTOGRAFÍA

Carolina Moro (cuentista) Cecilia Pego (ilustradora) Cynthia de Labra (ilustradora) Dinorah Zepeda (articulista) Edna Campos (articulista) Elizabeth Montes (articulista) Katnira Bello (fotógrafa) Lisette Ávila Orozco (ilustradora) Leticia Olvera (articulista y fotógrafa) Marlene Moreno (articulista) Mireya Juárez (fotógrafa) Olivia París (fotógrafa) Patricia Ramírez (poetisa) Sandra Becerril (fotógrafa) Silvia Gaona (ilustradora) Abraham Ríos (impresor) Alberto Chimal (articulista) Antonio García (fotógrafo) Arturo Rojas (articulista) Carlos Bortoni (cuentista) Fernando Castillo (fotógrafo) Germán Romero (fotógrafo) Javier Quintanar (articulista) Joel Nava (fotógrafo) José Luis León (articulista) José Luis Ortega (articulista) Mauricio Matamoros (articulista) Raúl Miranda (articulista) Samuel González (articulista) Sergio Santiago Madariaga (diseñador) Víctor García (articulista)

Katnira Bello Fernando Castillo Isadora Mora Olivia París Germán Romero

SOBRE LUMBRERA ALBERTO CHIMAL

PORTADA Y CONTRAPORTADA

Luis Jorge Gallegos (Fotografía) IMPRESOR

Abraham Ríos

Zaragoza 223, int 11 Col. Guerrero México, DF CONTACTO

www.lumbrera.tk www.sombradecloto.tk sombradecloto@yahoo.com.mx LISTA DE CORREOS

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5355 7744 Cel. 044 55 1045 9652 Este impreso es distribuido en las principales librerías, museos, teatros, cafés y otros espacios culturales de la República Mexicana y otros países, como Argentina, España, Inglaterra y EU. Solicite tarifas y precios especiales de publicidad.

L U M B R E R A Segunda época, No. 5 Órgano editorial de Proyectos Culturales Sombra de Cloto Publicación de distribución gratuita. Se permite la reproducción de materiales siempre y cuando se cite la fuente. Los artículos firmados son responsabilidad única del autor y no reflejan el punto de vista de Sombra de Cloto o Lumbrera. Todas las imágenes han sido publicadas con fines exclusivamente informativos. © Lumbrera, 2005 Todos los derechos reservados

N

umerosos escritores y literatos recomiendan a sus colegas tener cuidado con el periodismo: no dejarse absorber por el ritmo de las publicaciones constantes y agotadoras, que minan el talento y entregan al olvido los mayores esfuerzos. Se pueden discutir sus razones, pero el origen de semejantes palabras está el otro lado de una idea antigua: que sólo tiene valor a lo que está “pensado para la eternidad”: los textos que apuntan a trascender su propio momento, ignorar la terquedad de los detalles, asumir perspectivas amplias y sacar grandes conclusiones, y que tales escritos sólo se encuentran en los libros. Esta afirmación, así, sin matices ni salvedades, me parece absurda. Es verdad que lo más de cuanto se escribe y se publica en cualquier momento dado no merecía aparecer ni esa primera vez, y que vivimos, ahora como en ningún otro momento de la historia, inmersos en un alud de información inútil y hecha para no durar. Pero dar el paso hacia la dimensión desconocida o la panorámica de los siglos no siempre es posible –aunque a veces haga falta– y la realidad merece contemplarse. Así lo muestran publicaciones como Lumbrera, revista cultural del colectivo Sombra de Cloto, que continúa la andadura difícil de cualquier proyecto independiente en nuestro país. Las revistas son asambleas: reuniones de personas que proponen ideas y voces. Pero al contrario de lo que se piensa habitualmente, esas reuniones no tienen que ser de grupos cerrados, de amigos o compañeros de ideología o de intereses, en las que los demás somos intrusos o receptores de una gracia. Abierta la revista como una puerta, cada visitante, cada lector, puede creer que está ante un grupo de notables o puede, simplemente, pasearse entre los textos, elegir lo que le interesa y dejar el resto sin remordimientos. Las mejores revistas son las que asumen esta voluntad suprema de quien las tiene entre las manos y proponen, dentro de los límites de sus temas y sus alcances, discusiones en vez de monólogos: puntos de partida y no de llegada para quien se anime a recorrerlas.

Lumbrera avanza por ese camino pues contiene miradas diversas sobre diferentes puntos de los asuntos tan vagos y tan urgentes que llamamos cultura, y de la actualidad, ese país en ruinas del que venimos oyendo desde que nacimos y en el que los golpes sucesivos, de tan numerosos, ya casi no se sienten; la revista funciona como un pequeño escaparate de nuestras obsesiones y desesperanzas. La diferencia entre estas lecturas y la vida cotidiana, sin escribir y sin leer, que nos rodea es que a la hora de releernos en los textos nos entendemos de otro modo. Quienes niegan el derecho a existir de cualquier cosa que no dé beneficios económicos inmediatos afirman que la escritura no “sirve”: por el contrario, los textos además de sus virtudes como meros signos o creaciones, resultan tener la capacidad de articular mejor lo que ya sabemos, de permitirnos ver mejor su estructura y, en especial, su tamaño (nunca tan grande como creen nuestra desidia o nuestra impotencia). Dije arriba que no creo en el carácter subalterno o menor de las revistas. Así como no están hechas para leerse necesariamente de corrido, ni completas, así las revistas que valen la pena tampoco están hechas para desecharse en cuanto pasa su fecha de portada. El papel sobrevive de otro modo que las modas vagamente dichas o representadas, o que la información electrónica, a la vez penetrante y frágil, y nunca es posible saber cuál será el destino de las palabras impresas, que pueden seguir caminos de lo más azaroso. Y así muchas veces resulta que los textos de una revista, ya pasado su “tiempo”, se vuelven más reveladores al ser leídos desde otros ángulos, por otras gentes. Creo que esto puede suceder con al menos parte de lo que se presenta en Lumbrera. Y ésta es una medida de la suerte que merece el proyecto, que además, como se regala, se vuelve insidioso, se propagará de maneras distintas, partirá de sus lectores en todas direcciones. kustos@gmail.com


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AVÁ N D A RO VICTOR GARCÍA

E

l 11 de septiembre no aparece feriado en los calendarios mexicanos, pero la fecha se recuerda hoy por el ataque a las Torres Gemelas en E.U. y, aunque en menor medida, por el aniversario de la muerte de Salvador Allende, en Chile. Para los jóvenes mexicanos de 1971, la fecha puede tener un significado distinto. Sin embargo, en este escrito me interesa resaltar tres aspectos para entender el concierto de Avándaro. El primero de ellos es el asalto de los jóvenes sobre las intenciones de un grupo de burgueses por satisfacer sus gustos personales; el segundo, la toma de la cultura por parte de los jóvenes como confrontación a la represión; tercero, la sumisión y ostracismo voluntario e involuntario del rock desde los setenta hasta casi la mitad de los ochenta. EL ASALTO 1971 fue el año en que los Halcones aparecieron y dieron muestra de su buen entrenamiento gubernamental en la represión de estudiantes mexicanos. Por supuesto ese año no se puede entender sin 1968. Jóvenes estudiantes politizados y el común de la población, en esa época sentaron las bases para que la vida de nuestra nación fuera otra, lejana a la represión y la persecución policíaca, no sólo en la movilización social; también en manifestaciones de la cultura urbana, como el rock. Para el 4 y 5 de septiembre de 1971, los yuppies del centro del país, pretendían llevar acabo una carrera de autos más del Circuito Avándaro, pero esa vez necesitaban satisfacer su sed de rock al invitar a uno o varios grupos para amenizar la carrera. Gente del mismo extracto social de quienes corrían sus autos, pretendieron llevar más allá dicho concierto y programaron a los grupos destacados de la época, por supuesto con el fin de acercar dinero a sus bolsillos. Por razones para mí desconocidas, el concierto-carrera se pospuso para el 11 de septiembre, pero ya una vez que la carrera de autos de los yuppies había sido sobrepasada por el ánimo de los jóvenes, deseosos de encontrar una válvula de escape a la represión y con ánimo de encontrarse con la paz y el amor: la idea original de una carrera amenizada por grupos de rock se transformó en un concierto masivo que por primera vez, y durante muchos años, reunió a más de cien mil jóvenes después de una etapa represiva, en la que ser joven significaba ser un enemigo en potencia para los dueños del poder y más aún cuando se reunía con otros jóvenes. Lo anterior confirma que ante el capricho de un sector burgués de la población por satisfacer sus necesidades musicales para animar un espectáculo automovilístico, permitió cierta apertura para que los jóvenes tomaran por asalto la diversión de la clase media y burguesa de la época. EL CONCIERTO Para el 11 de septiembre de 1971, el costo del boleto al concierto (25 pesos, localidad general) no fue impedimento para que alrededor de unos 100 mil jóvenes se agolparan en la campiña mexiquense de Avándaro, Valle de Bravo, plena reminiscencia de Woodstock en los E.U.A en 1969, y rebasaran las expectativas de los propios promotores de dicho concierto (Armando López Negrete, Armando Molina, Luis de Llano Macedo y Justino Compean). Con una infraestructura insuficiente, el pueblo de Avándaro dio cabida a un conglomerado ansioso de reunirse para escuchar las vibras de un movimiento musical en expansión. Con una estructura deficiente en escenario y audio, el concierto se convirtió en el paroxismo de ellas y ellos. Tampoco la lluvia del 11 fue impedimento, mejor aún, le dio brillo al ser joven y a la improvisación para soportar la ropa húmeda mediante la desnudez sin morbo. Para el día 11 de septiembre, participaron en el escenario la Compañía de Teatro de Eduardo Ruiz con Rock Ópera Tommy y los grupos Sociedad Anónima, The Soul Masters, La Fachada de Piedra y La Ley de Herodes. Para la noche del mismo día y madrugada del 12, las ondas musicales (en plena alusión a uno de los nombres que recibía el sonido del soul mexicano por esas fechas: onda chicana) retumbaron bajo la humedad del campo con acordes y letras de la influencia del rock gringo y británico, pero más con la influencia del soul negro norteamericano. De igual manera, el blues, los ritmos latinos con la influencia de Javier Bátiz y Santana, el rock duro y el jazz se dejaron escuchar en los grupos: Dug Dug’s, Epílogo, La División del Norte, Tequila, Peace and Love, Ritual, Bandido, Los Yaki con Mayita Campos, Tinta Blanca, El Amor y Three Souls in my Mind. Sobre estos dos días, la prensa amarillista los calificó como un ritual de paz y drogas, donde los jóvenes concurrieron a fumar marihuana y protagonizar orgías que dañaban la moral de ese y cualquier otro tiempo en nuestro país. Verdad que quiso encubrir acontecimientos profundos dados por este evento. De hecho es lo que mayor me interesa en este escrito. LA JUVENTUD DE LOS SETENTA Lo anterior fue rebasado por la necesidad de una juventud reprimida por hacer escuchar su demanda de espacios y oportunidades de expresión bajo el precedente de la represión gubernamental y cultural. Si la prensa, como lo dije antes, atacó a los jóvenes, no fue por la marihuana o el amor (convertido por el amarillismo de la prensa en orgía). Los atacó por una complicidad gubernamental por desacreditar cualquier manifestación de los jóvenes que con anterioridad hicieron escuchar su

voz al poner en evidencia la decadencia de un sistema político, social y cultural dirigido desde la presidencia, que culminó con la masacre del 2 de octubre de 1968 y la sistemática represión del 10 de junio de 1971 y la posterior guerra sucia de la década de los setenta. Avándaro no sólo fue Rock y Ruedas (como se le denominó al concierto), fue el clamor juvenil por hacerse presentes durante la represión; fue el ejercer una libertad coartada; fue reafirmar su camino de expresión musical y cultural de la época, donde el mercado determinaba la presencia de jóvenes bien peinados y que le cantaban al amor y no al ejercicio de una libre sexualidad o las drogas. De la misma manera, Avándaro culminó con una etapa en la que los jóvenes fueron los protagonistas de una historia nacional donde la utopía de una vida mejor se vio opacada por la represión y la crisis económica de una nación dependiente. Al mismo tiempo fue el protagonismo de una etapa del rock nacional, pues los grupos asistentes al concierto formaron una expresión musical propia de lo que se ha dado en llamar “contracultura”, pues los medios masivos preferían transmitir las mielosas interpretaciones (por cierto, covers de canciones en inglés) de César Costa o los Hermanos Carreón. EL ROCK DE LOS SETENTA Ese protagonismo del rock duró muy poco, pues con la complicidad del gobierno y las empresas disqueras, sumieron ese movimiento en los llamados hoyos funkies, donde el rock deambuló por muchos años, casi 15 años después, hasta que las propias disqueras que los acallaron encontraron en los jóvenes un mercado que les favorecería mucho con el llamado “Rock en tu idioma” de los años ochenta. Al respecto, es sorprendente que después de Avándaro, no se haya realizado ningún masivo con tales magnitudes, donde el rock y los jóvenes hayan sido los verdaderos protagonistas. Tuvieron que pasar muchos años, hasta los ochenta, cuando el rock mexicano salió de la era cavernícola, pues se refugió en los hoyos funkies y las tocadas sabatinas de los barrios y colonias de la urbe y la incipiente área metropolitana. Después de los ochenta, la comercialización discográfica en una serie titulada “Rock en tu idioma” y los espacios radiofónicos al aire en varias estaciones, incluso la transmisión de algunos grupos por televisión, le valió al rock nacional la ganancia de espacios importantes, pero insuficientes. Los espacios durante esa época fueron muy reducidos para las “tocadas” de rock, menos aún pensar en un concierto masivo. Fue hasta el concierto de los Caifanes en la explanada de la Delegación Venustiano Carranza en 1995, evento que terminó en una bien planeada provocación para mistificar el papel agresivo de los jóvenes, y hasta la movilización social que provocó el alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, junto a los zapatours de los rockeros de los noventa, que se abrieron los espacios de los jóvenes y el rock volvió a los masivos que se apoderaron de la Universidad Nacional Autónoma de México y deportivos de las distintas delegaciones del Distrito Federal, así como del propio Zócalo de la ciudad, para concentrar de nueva cuenta a miles de chavos y chavas con el afán de dar rienda suelta a su gusto musical y expresar su repudio, de nueva cuenta, a la represión gubernamental. CIERRE El mismo afán comercial que en el país vecino del norte revivió el festival de Woodstock en 1979, 1994 y 1999, para ofrecer un producto al amplio mercado de los jóvenes, los cuales en su gusto y práctica musical arrojan miles de millones de dólares de ganancia, es, al parecer, el mismo espíritu comercial que devolvió el rock nacional a la radio y la televisión en los ochenta. Pero, más aún, es lo que impulsa a los organizadores del evento de noviembre del 2006 (inicialmente programado para marzo) a tratar de festejar los 35 años de Avándaro, en el mismo lugar pero con un ánimo diferente. Al respecto es sumamente importante el hecho de que el evento antes señalado tenga precios tan altos en los boletos de entrada, lo cual supone que el concierto Avándaro 2006 está dirigido a sectores jóvenes de la población mexicana que pueden desembolsar hasta mil pesos por boleto, además de su manutención a lo largo de los días que dure el evento. Por supuesto que esto supone que el rock y los jóvenes son un mercado atractivo para empresarios, disqueras y el gobierno en proselitismo electoral (los organizadores del evento del 2006 arguyen que se cambió de fecha para evitar cualquier politización del evento). Al respecto, no trato de ser ave de mal agüero para dicho evento, lo saludo y le deseo un buen éxito, pero después vendrá la evaluación en términos culturales de los jóvenes de principios del siglo XXI. vitrolito20@yahoo.com.mx

CI RCO G A RC Í A ISADORA MORA

“J

umurba, jumurba” decían los niños mientras se buscaban unas monedas en los bolsillos. Jumurba significa “vamos” en Pima y los niños salieron corriendo. Una pequeñita me tomó de la mano y preguntó: –¿No vas a ir? – ¿A dónde?, le respondí Señaló la taquilla del Circo García, que estaba al lado de la carretera, y que no era sino una escueta carpa, presa fácil de un lobo feroz fatigado y que, sin embargo, se ganaba el respeto del público por el sólo hecho de contar con luz eléctrica, una planta de luz a base de gasolina que generaba un ruido infernal. Todos los chiquillos ya estaban ahí formados, así que no perdí más tiempo, tomé mi cámara y salí corriendo. No todos los días pasaba algo nuevo en un pueblo perdido en medio de la nada. Adentro estaba Martha, sentada al frente de unas gradas ocupadas por mestizos. Más lejos divisé a Genaro, Gerardo y Lucina... pronto me di cuenta de que el pueblo entero estaba ahí. Me sorprendió ver que pimas y mestizos compartían un espacio público en aparente armonía, ¡no era normal!, tal vez la ocasión no les dejaba otra opción, sin embargo se notaba un espacio físico entre ellos, el mensaje era claro “¡Juntos pero no revueltos!” Cuando llegó el malabarista la sala se llenó de un silencio total. No es que la comunidad no estuviera acostumbrada a él, al contrario, en la comunidad reinaba la tensión. Desde hace muchos años el odio y el rencor interétnico habían sembrado el terror al lado de las parcelas y bajo ese cielo atiborrado de nubes. Tal vez por eso, ahora que las chispas de la camisa del malabarista resbalaban y se esparcían en el suelo, eran como esas estrellas que ellos ya no se atrevían a mirar de noche. Atrás del malabarista había un payaso que de tanto en tanto interrumpía el acto con unos chistes tan trillados que cualquiera lo hubiera abucheado, pero aquí sólo yo me percataba de la vigencia de los chistes, ¡todos los demás reían! ¿Y quién iba a darse cuenta de la moda en una comunidad dónde el tiempo se ha quedado estancado? Un pueblo sin luz eléctrica, que tiene que usar estufas de leña para preparar su comida y calentar sobre ellas sus planchas de fierro, no está en posibilidades de juzgar lo que su atraso tecnológico no les permite saber. La realidad de la región pima es tan frágil y dual como la del equilibrista. Sus cuatro piernas jalan para diferentes direcciones, las dos culturas en vez de unirse se separan más. La caída está más cerca de lo que imagina cualquiera sobretodo si pensamos en que casi nadie conoce a los pimas. Nadie sabe que un cirquero barato ha venido a verlos, vendiéndoles espejos a cambio de plata, repitiendo una vez más la vieja historia de 500 años. ¿Y quién se va a dar cuenta? ¿Quién va reclamarle al circo su disco rayado? Los pimas son el conejillo de indias de un espectáculo ya exitoso en otras sociedades. Y sin embargo, por un capricho del azar, la fantasía y la realidad coincidían. Pero llegó por fin el señor del ocho de fuego y algo mágico pasó, finalmente la multitud había decidido unificarse en un sólo objetivo: “El entretenimiento”. La masa se había fundido en un sólo grito, un sólo sentir, un sólo mirar. El fuego los había hipnotizado, los había hecho olvidar los problemas, y al vecino que los generaba. ¿Quién diablos quería pensar en problemas ahora que la única diversión del pueblo había llegado? Lo importante era el circo, ¡No perderse un sólo acto!, como la nieta de Isidra, que lo seguía todo con sus ojos bien abiertos. Como tantos otros ilusos que compran sin chistar un espectáculo reciclado, que un cirquero deshonesto les vende seguro de que ni siquiera se van a dar cuenta. isadoramora@hotmail.com FOTOS: Isadora Mora


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O R LA N : E L D I S C U R S O D E L A C A R N E DINORAH ZEPEDA

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FOTOS: Germán Romero, Fernando Castillo, Katnira Bello y Olivia París [Detalles]

UN A FO TO GRA F Í A ... D E S D E L A I NT I M I D A D

SU VALOR DEMOCRÁTICO LETICIA OLVERA

¿P

or qué nadie habla de la fotografía?, ¿acaso es tan cotidiana y pública que no hay nada que decir?. Somos consumidores insaciables de imágenes y aun así no reparamos en reflexionar sobre su influencia o su raíz. Lo mejor de este invento que inició como un ejercicio científico-tecnológico (1826) y que pronto celebrará dos siglos de vida es, pertenecer a todos. Ahora ya nadie puede decir que hacer fotografía es un asunto de la “burguesía”, como fue en sus primeros años de impulso; dejo de ser sólo un instrumento para ensalzar a la clase acaudalada, para a lo largo de las décadas y gracias a la simplificación de su tecnología, estar dentro del gusto del cuerpo social de toda nación. Así es como encontramos fotografías de todo el mundo, como parte de la memoria de culturas, costumbres e innovaciones que han marcado y seguirán marcando el devenir humano. Actualmente es en sí, un universo; se desarrolla con diversos referentes y necesidades. Independientemente de nuestros contextos sociales o de formación, queremos vernos y ver a los otros, a través de imágenes. La fotografía se enriquece día a día por su historia misma y produce un valor agregado en el contexto en el que se muestra; se ha convertido con el paso del tiempo en mucho mas que un ejercicio técnico. Es una práctica con memoria y alma. El factor humano del “acto fotográfico” es incuestionable y representa una búsqueda constante de nosotros y nuestros ideales; buscamos, creamos esas imágenes que se hacen símbolos. Y más allá de ser una actitud narcisista, “hacer fotografía” es hedonismo puro, el placer por el placer, de hacer imágenes. Esta es la principal razón para que el hacer fotografía se haya convertido en una práctica social popular, totalmente democrática, que hace memoria de todo aquello a lo que pertenecemos y nos pertenece; no importa si lo hacemos con una cámara de juguete, de celular o con el último modelo profesional. Una fotografía se materializa con una serie de decisiones concatenadas que hacen de cada imagen ese “instante único”, fragmento de una realidad social, documental, periodística o familiar, y aunque no a todos se les puede llamar “fotógrafos” como parte de una actitud creadora conciente, todos hacemos fotografía y hacemos “la fotografía” que nos importa.

Y aquí es donde diría: aun más que un acto creador, que sin duda es, es un acto de libertad. Simple. Sencillo. Honesto. La fotografía te deja poseer todo lo deseado, inclusive, la libertad y en el uso de ella, fortalecemos cierta identidad desde donde nos reconocemos. Vemos lo intocable, lo subjetivo: detalles, recuerdos, sensaciones. Esto es lo que la hace más grande de lo cualquiera pensaría; profesional o amateur, con fotos ganadoras de premios internacionales o fotos ocasionales. Cada imagen es un documento con valor único, como el instante que la provocó. Tener la oportunidad de hacer fotografía tiene mucho valor para la historia. Las fotografías, tienen una línea de vida pasado-presentefuturo muy intensa. Al ver una foto no podemos dejar de lado lo que significa con respecto a nuestra vida y atestigua los caminos que hemos tomado. Desafía el tiempo: es aquel pasado-presente en una imagen, la huella de un gesto, un hecho; solo con un click y la reacción de la luz en el soporte elegido. No importa si es digital o análogo, lo importante es que nos provoca la necesidad de fotografiar, ese “motivo”, esa “razón”. Es necesario reconocimiento a todos los hacedores de imágenes a través de la foto, todos aquellos autores “anónimos” que han tejido esa red de imágenes que nos atrapan y fascinan. Pero sobre todo, no dejemos de seguir tejiendo esta red que atrapa lo fugaz. Lo mejor de hacer fotografía es, hacer fotografía. ioana02@hotmail.com

as imágenes de instrumentos quirúrgicos cruzando la piel, pasando por debajo de la carne, manipulando entre hueso y sangre pueden retar la tranquilidad de quien ve la intervención en una pantalla, pero para Orlan es un acto político simbólico completamente alejado del placer del dolor. La artista del performance nacida en mayo de 1947 sabe que sus actos se lee más como un escándalo al intentar hacer una relación del binomio dolor-placer, sin embargo, ella no considera prestigioso sufrir y aprovecha la posibilidad que brinda la ciencia médica de poder ser intervenida quirúrgicamente sin dolor; eso le ha permitido convertir a la cirugía cosmética en un acto premeditado, voluntario y con fines beligerantes... en arte. En 1978 Orlan es llevada de emergencia al hospital e intervenida quirúrgicamente, además de los instrumentos médicos había una cámara que registró la operación y que en una ambulancia fue trasladada para proyectar dicha operación en el Simposio de Performance de Lyon. Orlan trasciende la manufactura tradicional del trabajo del artista; su concepto de creación para el arte la ha llevado a esculpirse a si misma en carne viva, a construirse a si misma como objeto del arte... Orlan es una auténtica encarnación del arte. Convertir su cuerpo en campo de batalla no implica tener que correr riesgos, ella está convencida de no tener que enfrentarlo pues poner en peligro su vida o someterse al dolor no son parte del discurso que estructura con sus acciones. No hace cortar su piel para conseguir un espectáculo ritual de redención, no acude a un quirófano en busca de dolor como acto de purificación... el dolor no está en sus planes, el dolor simplemente se evita. Su séptima cirugía, que fue realizada en Nueva York se transmitió simultáneamente en el Centro Pompidou de París y en el Mac Luhan Center en Toronto, no es un altar al dolor ni un culto a la imagen estridente de la carne y la sangre. A la fecha la artista se ha sometido a nueve intervenciones con la certeza de poder controlar circunstancias temibles como aquellas que tienen que ver con entrar a un quirófano; pero su más alto valor es el control sobre la imagen que está dispuesta a hacer sobre rostro ...“ no siempre somos lo que podemos ser” dijo en México en una presentación en 2005, pues hay muchas personas que tienen la apariencia que el mercado y la norma social establecen de forma casi impositiva. Las cirugías cosméticas a las que ha sometido hacen de la actitud y el rostro de Orlan una gramática de la imagen de la mujer, pues frente a los cánones de belleza impuestos y establecidos por lo grupos y razas dominantes o por el millonario mercado de los cosméticos y la belleza Orlan se propone como una opción independiente, constructiva y crítica. Fuera del escándalo de la carne, ella se esculpe a sí misma para colocarse fuera de la norma y la ley de la belleza aceptada, establecida, difundida y heredada, y aunque no juzga a quienes lo hacen propone un discurso diferente sobre la belleza femenina desde una bella femenina construida a si misma, con recursos diferentes e intenciones distintas. La falta de libertad de consideraciones diversas sobre la belleza se convierte en una cárcel principalmente femenina que Orlan no sólo no está dispuesta a aceptar, sino que también cuestiona y que fundamentalmente trabaja desde el performance para mostrar opciones que reestructuren esa imagen. La construcción gramatical que logra con sus acciones de carne invierte el tradicional “verbo hecho carne” por “carne hecha verbo”, de tal suerte problematiza el discurso de ser lo que se dice que se deba ser y en cambio proponer ser para que se diga que se es. Con su carne opina sobre el concepto de belleza, su rostro se vuelve un acto lingüístico que habla del valor de desprenderse de la imagen facial con la que se nace que en principio da identidad, del valor de someterse múltiples ocasiones a una intervención quirúrgica, del valor de tomar su propia carne como soporte para el arte y del valor de construir una imagen bella con signos no convencionales, no aceptados, no aprobados, no comerciales. Su séptima intervención le deja un chichón en cada sien que maquilla con colores y brillos y que acompañan su cabeza con cabellos mitad amarillos, mitad negros. Ahora trabaja en el proyecto de lograr una nariz lo más grande que su rostro pueda soportar y que sea médicamente posible. Orlan, arte de la carne... escultura de piel con la que puede desatar una reflexión ante los cánones de lo bello... acto lingüístico a carne viva que invita a tomar una postura de mujer más independiente. dinozc@hotmail.com

Revista Lumbrera 5  

Órgano Oficial Proyectos Culturales Sombra de Cloto Beca FONCA 2006

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