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Enero del 2017 | Semanario

Niega Assange que Rusia sea fuente de correos sobre Clinton

Republicanos buscarán derogar medidas de Obama Agencias Al

Agencias El fundador de Wikileaks, Julián Assange, negó que Rusia o algún otro gobierno haya sido la fuente de los correos filtrados sobre la campaña de Hillary Clinton y sostuvo que la acusación es un intento de deslegitimar el triunfo de Donald Trump. En una entrevista para la cadena conservadora Fox News desde la embajada de Ecuador en Londres, donde se encuentra refugiado desde hace 5 años para evitar su extradición a Suecia por acusaciones sexuales, Assange dijo que es imposible saber si las filtraciones alteraron el desenlace de la elección. “Podemos decir, lo hemos dicho repetidamente en los últimos dos meses, que nuestra fuente no es

el gobierno de Rusia y no es una fuente estatal”, dijo Assange al comentarista político Sean Hannity, uno de los más populares líderes de opinión de la derecha estadounidense. Más de 50 mil correos fueron publicados por Wikileaks durante la pasada campaña presidencial. Una primera ronda de los correos involucró acciones de favoritismo de funcionarios del Partido Demócrata por Clinton en detrimento de Bernie Sanders. El incidente le costó el puesto a la presidenta del partido, Debbie Wasserman, y a su primer círculo de colaboradores. Otros correos expusieron las acciones de John Podesta, director de la campaña presidencial de Clinton, así como supuestas prácticas controvertidas de

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la Fundación Clinton. Cuestionado por Hannity si el escándalo de lo correos pudo afectar el resultados de las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, Assange dijo desconocerlo. “Quién sabe. Es imposible saberlo. Pero si así fue, la acusación es que las declaraciones verdaderas de Hillary Clinton o John Podesta o Debbie Wasserman, sus verdaderas declaraciones fueron las que cambiaron la elección”, indicó. Las afirmación de Assange surgen luego que agencias de inteligencia de Estados Unidos responsabilizaron a Rusia de intentar interferir en el resultado de los comicios, a través del hackeo de las computadoras del Partido Demócrata y eventualmente del Partido Republicano.

prestar juramento los nuevos legisladores en las próximas horas, se iniciará una agresiva campaña de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y el Senado para deshacer los ocho años de medidas demócratas del presidente Barack Obama. El primer blanco, y a la vez el más grande, es la ley de atención de salud, que los republicanos buscan hacer trizas y a la que consideran una de las causas principales de la mediocre recuperación económica. Pero los republicanos también apuntarán sus cañones a programas sociales que benefician a millones de estadounidenses desde hace décadas, como el sistema jubilatorio y el Medicare (asistencia médica para los ancianos). “Tenemos mucho que hacer... y mucho que deshacer”, dijo el presidente del bloque republicano, Kevin McCarthy, en una carta a sus correligionarios. Había señales de enfrentamientos entre republicanos aún antes del inicio formal del período de sesiones. Los republicanos de la cámara baja votaron el lunes enfrentarse a

sus líderes y desmantelar el panel independiente de ética creado en 2008 para indagar en denuncias de inconducta después que varios escándalos de corrupción terminaron con los legisladores acusados en la cárcel. Según los cambios aprobados, los legisladores tendrían la última palabra sobre la suerte de sus colegas, contra los argumentos del presidente de la cámara, Paul Ryan, McCarthy y otros jefes partidarios. Algunos miembros dijeron sentirse atacados injustamente por el panel independiente, y Kellyanne Conway, una de las principales asesoras del presidente electo Donald Trump, dijo el martes que hubo un “exceso de celo” bajo el viejo sistema. Otros se quejaron de que la medida facilitaría la corrupción. Los demócratas tratarán de bloquear los planes de la derecha apelando a la opinión pública y utilizando tácticas dilatorias en el Senado. Pero esa estrategia tiene limitaciones. Veintitrés senadores demócratas se jugarán sus bancas en 2018, 10 de ellos de estados ganados por Trump, y podrían pasarse al otro bando a la hora de votar.


Edición 32