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TRANSFORMACIONES Y MUJERES

Clàudia Romero Camín Marzo 2016 BAU, Centro Universitario de Diseño claus.rocam@gmail.com

INTRODUCCIÓN Siglos enteros se han contado sin incluir a las mujeres: la historia de los hombres era superior a la historia de la humanidad. Las mujeres han estado ausentes en muchos ámbitos de lo cultural, social, científico y tecnológico dado que los límites de su día a día venían marcados por el hombre, en muchos casos su marido. El papel de la mujer era pues obedecer y dejarse “cuidar, guiar y proteger”. En este ensayo exploro el recorrido que ha dibujado el feminismo en la historia, desde los tiempos antiguos en los que se desarrollaban ya pensamientos filosóficos que limitaban la libertad de las mujeres hasta nuestros días, pasando y remarcando sobretodo, las transformaciones sociales que llevaron a cabo las mujeres, unidas por un claro objetivo: el reconocimiento y la libertad social. La lucha de la mujer comienza a tener finalidades precisas a partir de la Revolución Francesa, ligada a la ideología igualitaria y racionalista del Iluminismo, y a las nuevas condiciones de trabajo surgidas a partir de la Revolución Industrial. Así pues, hasta entonces “los derechos naturales de la mujer están limitados por la tiranía del hombre, situación que debe ser reformada según las leyes de la naturaleza y la razón” (Olympia de Gouges, Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana).

NORMAS ANCLADAS A LA ANTIGÜEDAD A lo largo de la historia la mujer ha sido tratada como un ser inferior. Se trata de centrarnos en el hilo conductor que define la cultura occidental desde los tiempos grecorromanos y desde las religiones judaica y cristiana. El papel de la mujer hacia la reproducción produjo la misoginia u odio hacia el sexo femenino que tan arraigado ha acompañado las tradiciones culturales.


La misoginia se confirma tanto en los textos hebreos como en los romanos donde la mujer pasó a ser la causante del pecado, de la impureza y de las maldades en general. En contrapartida, hubo tradiciones que otorgaron grandes poderes a las mujeres. A excepción de la religión judía, hubo diosas en todas las religiones de la antigüedad que estaban vinculadas a los importantes cambios sociales que supuso la revolución agrícola. Además, hubo mujeres guerreras, reinas, emperatrices, y algunas instruidas y artistas. Sin embargo no se subraya si Sócrates tuvo como maestras reconocidas a Diotima y Aspasia, que lógico hubiera sido considerar a estas mujeres las maestras del pensamiento griego. El cristianismo recogió herencias de las culturas griega, romana y hebrea, a los que en la Edad Media sumó las tradiciones celtas y germánicas de modo que se mezclaron realidades de subordinación, pero también se desarrollaron algunos espacios de poder específicos para las mujeres. La misoginia y la subordinación de la mujer fueron constantes hasta la Modernidad, movimiento que fue inaugurado por la Ilustración y el Liberalismo. Esta tendencia tuvo un dificultoso camino en cuanto a la más mínima consideración de la mujer, pues aunque numerosos avances y transformaciones se acontecían, aun en el siglo XIV una gran suma de escritores discutían la valía de las mujeres, si podían ser consideradas humanas y qué educación debían recibir. Cabría destacar entonces, la opinión de Christine de Pisan, quién en el 1405 introdujo una nueva conciencia sobre la dignidad de la mujer a través del cristianismo: Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra, bien en escritos y tratados. No es que sea una cosa de un hombre o dos […] Al contrario, filósofos, poetas, moralistas, todos […] parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Volviendo sobre todas esas cosas en mi mente, yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter y mi conducta y también los de otras muchas mujeres que he tenido ocasión de frecuentar […] Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones podría estar equivocado. Pero por más que intentaba volver sobre ello, apurando las ideas como quien va mondando una fruta, no podía entender ni admitir como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y la conducta de las mujeres.


En efecto, aunque Pisan no cuestionó la jerarquía del varón ni exigió la igualdad social entre los dos sexos, sí se le puede considerar una de las primeras voces con rasgos feministas, pues atacó las ideas dominantes sobre la inferioridad e intrínseca maldad de las mujeres.

LAS MUJERES TAMBIÉN HACEN DEMOCRACIA Como bien hemos comentado, la lucha de la mujer comenzó a tener finalidades precisas a partir de la Revolución Francesa, ligada a la ideología igualitaria y racionalista de la Ilustración, y a las nuevas condiciones de trabajo surgidas a partir de la Revolución Industrial. Olympia de Gouges, en su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791), afirma que los "derechos naturales de la mujer están limitados por la tiranía del hombre, situación que debe ser reformada según las leyes de la naturaleza y la razón”. Estas leyes que otorgaban poder a los hombres y dejaban a un lado a las mujeres, se vieron afectadas sobretodo hacia la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX cuando las reivindicaciones sufragistas de las mujeres británicas y norteamericanas se divulgaron por todos los países democráticos, que basaban sus constituciones en principios de libertad, igualdad y justicia. Fue Finlandia en 1906, el primer país que permitió al sexo femenino ser partícipe de la política y consintió el voto a las mujeres. Sin embargo en España no se concedió el voto a las mujeres hasta 1931, cuando se implantó la Segunda República. Con precedentes de las ideas feministas como Concepción Arenal (1820-1893) y Emilia Pardo Bazán (1856-1921) que, juntamente con muchas otras mujeres organizadas en múltiples asociaciones habían divulgado por España las ideas feministas que corrían por Europa y habían reclamado sobretodo el derecho de las mujeres a la educación, la conquista del derecho al voto lleva un nombre propio, el de la abogada madrileña Clara Campoamor (1888-1972). Fue el 1 de octubre de 1931 cuando el Parlamento Español aprobó el artículo número 36 de la Constitución que reconocía a las mujeres el derecho a la ciudadanía. En cuanto a las voces precursoras del feminismo y el derecho al voto en Cataluña, debemos hacer referencia al feminismo de principios del siglo XX, que fue consecuencia de la Revolución Industrial, pues la situación de explotación y de ausencia de los derechos laborales provocó las


primeras respuestas ideológicas que aseguran que desde la aparición del proletariado inglés se ha dejado de pensar que la esclavitud era la peor desgracia humana dado que el esclavo tiene pan asegurado durante toda su vida y recibe tratamiento médico si se pone enfermo mientras que entre el obrero y el dueño inglés no existe el más mínimo vínculo (Flora Tristán, 1840). Las nuevas ideas provenientes del feminismo anglosajón, europeo y norteamericano no solo llegaban centradas en la lucha por el sufragio femenino, sino que también rompían con todos los esquemas y estereotipos de la mujer discreta, obediente, silenciosa y prácticamente invisible, y promovían un nuevo estilo de mujer: activa, deportista, libre de cualquier tutela masculina, independiente, instruida, con personalidad propia, etc., en una palabra: la mujer moderna. Este nuevo modelo fue ganando popularidad entre la población femenina catalana hasta el punto que algunos hombres manifestaran sus miedos delante de la audacia de las mujeres modernas que manifestaban su deseo por quererlo y poderlo todo. “Cuando las mujeres lo hagan todo… Qué haremos los hombres?”, se titulaba un artículo firmado el 1932 por Ramon Ayné (Gonzalez y Vilalta 2006, p.224). El 12 de abril de 1931 la victoria de Esquerra Republicana creó expectativas para las mujeres, como el derecho a votar, a la educación o a todos los empleos: Evolución, núm. 3, 21 de marzo de 1931. Antes de nada y por encima de todo, queremos el voto y todos los derechos civiles y políticos que tiene el hombre, para coadyuvar a que adquiera eficacia positiva la Ley de enseñanza obligatoria (hasta los 16 años, sin distinción de sexos); ley que tan admirables resultados está dando en casi todos los países extranjeros. Y así, con una lucha dura y constante las mujeres consiguieron transformar una pequeña parte de la sociedad o, si más no, tener acceso a disfrutar de voz y voto para poder transformarla.

LA LUCHA ANTIFASCISTA CATALANA En julio de 1936 se inició un período de profundas transformaciones sociales y políticas en la sociedad catalana. La Guerra Civil actuó como catalizador de la movilización femenina y desencadenó un reajuste significativo de su papel social y político. Desde el primer momento, la agresión fascista generó una respuesta masiva en las mujeres catalanas de gran protagonismo en la lucha antifascista. Todo y las duras condiciones, muchas mujeres vivieron la Guerra Civil como una


experiencia emocionante de fuerte compromiso político que les permitía desenvolver su potencial hasta un punto en que la sociedad nunca lo habría consentido anteriormente. Exigían un mayor reconocimiento de su condición social como mujeres, así como el derecho al empleo, la formación profesional y una participación directa en todas las esferas relacionadas con el esfuerzo bélico y la resistencia antifascista. El dinamismo de las mujeres fue evidente durante toda la guerra y lo demostraron emprendiendo nuevas actividades sociales, económicas y militares. Las mujeres catalanas se organizaban a gran escala sin precedentes, creaban organizaciones femeninas con el objetivo político de combatir el fascismo y contribuían eficazmente a promover un nuevo movimiento de mujeres ante la agresión fascista, mientras una minoría tomaron las armas como milicianas ante la guerra. Durante la Guerra Civil apareció por primera vez el sindicalismo femenino de masas, cuando miles de mujeres se movilizaron en las asociaciones UDC o POUM. Según su presidenta, las finalidades de la organización eran conseguir la contribución de las catalanas en la guerra y asumir el triunfo antifascista y las reivindicaciones sociales y políticas de la mujer. De esta manera, la resistencia antifascista a la retaguardia y la defensa de la paz, de la cultura y de la unidad femenina en la lucha, fueron los puntos esenciales o principales de su agenda política. Su programa se concretaba en la incorporación de la mujer a los servicios de asistencia social en los hospitales, a las industrias de guerra y a los organismos de defensa pasiva. El espacio laboral se dedicó a la formación profesional para substituir la mano de obra masculina incorporada en la guerra, e impulsó la creación de guarderías y sanatorios para los hijos de las mujeres que se incorporaban al trabajo. En el ámbito cultural, se organizaron clases de alfabetización y de cultura primaria para adultas. De esta manera, el sexo femenino aprovechó los cambios realizados o conseguidos durante la República para seguir avanzando y evolucionando, y llegar así a su objetivo de tener libertad y reconocimiento.

LA MUJER MODERNA La mujer moderna de hoy en día disfruta de la libertad que se le ha otorgado o más bien, que ha conseguido con esfuerzo y sudor. Aunque mirándolo bien, quién otorga libertad a quien? Y por qué?


La desigualdad entre género no es una creación divina ni un hecho científico. Esta desigualdad es creación única y exclusiva del hombre, y nada más allá que del mismo hombre; del sexo masculino que desde siempre y con ayuda del sistema capitalista y una socialización diferencial, sexista y patriarcal, se ha posicionado de forma jerárquica por encima de la mujer, creyéndose así superior. La mujer de hoy no es ni mucho menos un ser libre, aunque si tuviéramos que cuestionarnos la libertad o la igualdad, tampoco el hombre lo sería en su totalidad. Volviendo al sexo femenino, aún queda mucho camino por recorrer, pues nuestra propia entidad o cuerpo ni siquiera nos pertenece; todo forma parte de un conjunto que juega con nuestro ser y moldea a su favor nuestra vida. Podríamos poner centenares y miles de ejemplos de esta manipulación social, pero pongamos solamente uno: Nuestro cuerpo es individual y singular, pero también es común a toda la humanidad siendo al mismo tiempo sujeto y objeto. De esta manera, además de ser carne y hueso, también somos entidad social. Así, la misma anorexia se podría analizar desde dos perspectivas distintas: la biomédica y la sociocultural. Haciendo referencia al problema sociocultural, que desde el punto de vista de algunos psicólogos y terapeutas es el principal causante de tal trastorno, cabe decir que la esbeltez femenina se ha convertido en un valor moral como distintivo de moda, belleza y éxito social. La preocupación generalizada por conseguir “el cuerpo ideal” según la concepción social y cultural de Occidente lleva a trastornos de alimentación que vienen marcados sobretodo por la presión social que tiene la mujer hacia la delgadez extrema, la función de los medios de comunicación en la difusión de esta imagen y la imposición para ser super-mujeres. Todas estas exigencias, se ven reflejadas con sencillez con este claro ejemplo de cómo desde un punto superior nos están tratando como marionetas, por lo que no deberíamos conformarnos con todo aquello que hoy tenemos, pues no es suficiente dado que ni es igualitario entre géneros, ni tampoco es preciso para ambos sexos. Así pues, a raíz de la transformación social de la mujer, dejaríamos al aire un segundo debate que abriría las puertas también al sexo masculino y, en general a todas las personas.


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