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clara palomar jardĂ­n de raĂ­ces


Texto:

Clara Palomar Garia Fotograf铆a:

Clara Palomar Garcia David Furi贸 Comisaria:

Natividad Naval贸n Blesa


Jardín de raíces Clara Palomar Garcia Comisaria: Natividad Navalón Del 17 al 30 de Mayo de 2013 Sala Campoamor, Valencia.


Ya en las épocas más antiguas, en Japón, los jardines eran espacios para recorrer. Se podría pensar que la gente divagaba por ellos sin ningún tipo de dirección u objetivo, pero no era del todo así. Los paseantes seguían intuitivamente senderos invisibles que los jardineros habían dibujado. Las señales eran claras para aquellos que buscaban llegar al destino, el lugar de contemplación. Eso sí una vez reconocido el lugar, había que parar. La contemplación es un placer lento que requiere tiempo para poderse disfrutar. Este relato podría entenderse como algo anecdótico con respecto a la obra que se presenta en la instalación, sin embargo, hay dos figuras que me parecen de vital importancia: el jardinero y el paseante. Un poco al estilo cortasiano me atrevo a decir que todos deberíamos tener un poco de ambos. Por una parte, el jardinero es la persona que tiene una pasión y se dedica afanosamente a saciar sus exigencias. Es alguien que lucha por conseguir aquello que sueña: la flor. Por otra parte, el paseante avanza guiado muchas veces por inercia o intuición hasta algún punto. Hasta que algo le indica que debe parar y reencontrar la senda. Necesita volver atrás unos pasos para ubicarse, rehacer sus hechos, buscar entre sus raíces.


La cuestión que aborda este trabajo es, por una parte, la necesidad del paseante de recordar y olvidar para poder avanzar en la vida, evolucionar. El pasado se va construyendo poco a poco y nosotros nos vamos construyendo con él. Por otra parte, está también implícita la importancia de ser jardineros. Las raíces las vamos formando nosotros a través de experiencias, sentimientos y vivencias. Una vida rica se convertirá en un pasado fértil, por eso creo que como buenos jardineros debemos intentar saciar las inquietudes y anhelos que tengamos para así cultivar nuestro “Jardín de raíces”. Formalmente, la instalación crea una atmósfera de sencillez y delicadeza que se consigue por una parte, con la elección de la porcelana como material con el que trabajar y, por otra parte, con la disposición de la obra dentro del espacio expositivo. De este modo, las piezas que conservan el blanco original de la porcelana sin ningún tipo de esmalte o colorante se sitúan en la sala suspendidas en el aire mediante hilos transparentes. La obra se funde con las paredes tanto por el blanco como por no estar ancladas a ningún lugar, y hacen que el espectador perciba el conjunto como algo un tanto intangible o onírico. La instalación se percibe así, como una imagen abstracta que acompaña al espectador a adivinar un esbozo de la idea que va más allá de las piezas. Sin embargo, cuando el espectador se acerca a las piezas estas le exigen


un nivel de atención mucho más terrenal, en cuanto a físico: los cambios de luz hacen visible la translucidez y sutileza del material, así como sus sombras; los elementos repetidos que en un principio parecían meras copias, se convierten en mundos diferentes llenos de matices. Esta instalación es, en definitiva, un lugar para evocar la memoria y el olvido. Un lugar para estar, para sentarse y dejar que corra el tiempo, que pase el viento mientras se contemplan las raíces. La imagen de líneas blancas enmarañadas debe ser accidental para dejar paso al propio pasado. Es una mirada, de algún modo, reflexiva, ya que las raíces que se ven deben ser las propias y la contemplación convertirse en reflexión.


“Es en el jardín donde se cultiva el anhelo. Es un proceso esmerado: se escoge la semilla, se le asigna un sitio y, a partir de ahí, se cuida hasta que la flor estalla culminando la espera. Este momento, la flor, es la recompensa; el fruto del tiempo empleado, del empeño. Y como tal, nos agrada. La contemplamos y nos regocijamos en ella hasta que, pronto, perece. Se desvanece dejando como verdadera huella el camino que habíamos construido para conseguirla. Experiencias y decisiones se van hilvanando hasta formar una trama de raíces que es lo que finalmente permanece y nos reconforta. Este jardín debe ser un lugar donde las raíces sean contempladas y las flores se desvanezcan para alimentar al recuerdo. Somos, después de todo, el resultado de nuestro pasado, y recordar nos permite saber quién somos. Sin embargo, también el olvido, la pérdida, forman parte del Jardín de raíces tomando forma de hojas que escapan guiadas por el viento. Se nos muestran en un intento frustrado de desaparecer, impedidas por la maraña de hilos que paradójicamente las sustenta. Todo responde, en definitiva, a una búsqueda; a la necesidad de saciar una inquietud, que es el anhelo de vivir."


CURRÍCULUM Clara Palomar nace el 6 de Febrero de 1990 en Costur, Castellón. Estudia Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia desde el año 2008. Durante el curso 2011/12 realiza un intercambio académico en la Universidad Burg Giebichenstein Kunsthochschule Halle en Alemania. ||EXPOSICIONES INDIVIDUALES

2013 <Jardín de raíces>, sala Campoamor (Valencia) ||MENCIONES

2012 Obra premiada en el Kalenderwettbewerb der Burg Giebichenstein Kunsthochschule Halle (Alemania). 2011 Obra fotográfica seleccionada en el <VII Concurso de pintura y fotografía> de la Universidad Politécnica de Valencia.  

||EXPOSICIONES COLECTIVAS

2013 <Bibliofilia>, centro cultural Obra Propia (Valencia). 2012 <Jahresausstellung 2012>, Burg Giebichenstein Kunsthochschule Halle (Alemania). <El rostro, el otro>. Atrio de los Bambús, Palau de la Música (Valencia). 2011 <VII Concurso de pintura y fotografía> de la Universidad Politécnica de Valencia. UPV, Casa del alumno (Valencia).


Agradecmientos: Ana Berenguer David Furi贸 Roberta Patern貌 Fina Garcia Arturo Palomar Natividad Naval贸n Evarist Navarro Joaquin Garcia Ester Palomar



Jardín de raíces. Clara Palomar