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El Perseguidor Christian Kent


Las cosas tienen una secreta hermandad que tenemos el deber de develar en nuestra escritura. Quizás llegue el día en que nos demos cuenta de que tal hermandad secreta no existe. Pero eso será parte del mismo cuento. No por nada nos levantamos cada día, y no por nada amamos. Porque tenemos un sentido, y los sentidos siempre los creamos. También creamos dioses, también creamos terceros y cuartos que seguimos rastreramente y que acaban dominándonos. La imaginación siempre ha sido tramposa. La carta pertenece al umbral de la muerte, y te llega en la vida. Del polvo vienes y al polvo regresarás. Puedes decirle a Isabella que un hombre estuvo esperando por ella en mil novecientos. Ese es el perseguidor, no podemos olvidarnos de él, debe habitar detrás de los espejos y de las páginas, debe robar cartas sin sentido aparente, debe buscarnos para decirnos siempre algo que se le escapa a él mismo.

N.F.Gallardo


Adios Lieutenant Es una trampa Lieutenant, la infancia, andar Arrastrando los zapatos En una vereda que nunca Fue nuestra. Y esa latita abollada Que pateamos mil veces Hasta sacarla de cuadro, El saplé en la cara, la rabia, La camisa dentro del pantalón, Todo es una trampa Que tendimos entre vos y yo, Como la correa entre el perro Y su hombre. Otras cosas también, Ese paso atrás que dimos Cuando llamaron nuestro Nombre, Derribando la última silla De la memoria, Para irnos. Llegará el momento Lieutenant, Daremos la vuelta en la misma Esquina, Me darás la ventana que llevas A cuestas, Para saltar al pasto, a los grillos, A la noche.


Quisco Nada, es sábado, las sábanas sedimentan el Quisco y sus perros poetas cantando la canción del amo: sobre la arena que cae, barco a barco por el cuello del reloj.   Ganamos el premio robado, el deseo de escribir a dos manos un poema simple como ver el sol o arreglarse el cuello.   Aquí en la mano un puñado de troyas y waterlúes y el pacífico muerde el puñal, el deseo de ser el poeta que juega a la pelota.


Iturbe Me siento en la escalera que baja a la calle a esperar que la luna recorra el último tramo de un fin de semana sin dormir, que sea domingo y frente a la casa, en el Dodge 30 de su padre, pueda ver a Teillier sentado al volante, con el motor apagado, las ventanas cerradas, y la mirada estancada en el parabrisas. No es bueno que un niño se quede solo en el auto con las ventanas cerradas, el calor, la falta de aire, hacen que allí dentro sea un infierno, una trampa.   Espero acercarme a golpear el vidrio solo para saber si todo esta bien, si no le gustaría que lo acompañe en eso de mirar el parabrisas, si no le gustaría caminar conmigo a comprar una bolsa de galletas y coca cola o tal vez fumar los últimos dos cigarrillos que me quedan. Como si lo arrancara súbitamente de su espejo, como si al golpear el vidrio hubiese roto para siempre el sueño de Alicia bajo el árbol de la memoria, se da vuelta y me mira. Llega por fin el domingo, Teillier y yo   nos hemos encontrado en una indefinida multitud de ojos, narices y bocas que se revelan con los primeros rayos del sol.


A luz donde se unen y desunen/ el pรกjaro y el canto,/ tomรณ asiento el silencio/ que dio a luz al รกrbol,/ al relรกmpago y al hombre


Presencia Se abre un espacio, y en ese espacio, espacio que es el nuestro, el de siempre, emerge con claridad algo oculto. Esta ahí, hay algo que trae esa presencia, algo que muchas veces sólo a través de las imágenes poéticas puede hacerse presente. Y eso es tan o más real que aquello que solemos llamar de esa manera. Es como arrancar las cosas de su ocultamiento y dejar que se muestren, más allá de los versos que posibilitan su aparición, que se muestren, digo, en toda su luminosidad. Y luego esa tríada terrible, terrible como lo terrible: el árbol, el relámpago y el hombre.


Tebicuarymi Llega el verano del río - otra vez Yo primero, los pantalones  arremangados.  Luego vos, la falda  recogida en tus manos. Comparte el mismo sueño,  nuestros pies, la arcilla,  que se esparce entre las piedras.


Grecia Si esa palabra humilde que sale de vos fracasa en  entrar al mundo, si no ha podido bajar tu calle y palpar las cosas que a diario pasan a tu lado. Entonces recorre el mundo, retrocede en el tiempo hasta la isla de los hexåmetros, donde un bello griego en su motocicleta pueda amarte o mentirte en un idioma que viaja ceùido a su cintura.


La Cena   El camino del pollo no termina en el plato, sigue en el secreto de la bolsa atada y dejada en el patio trasero en la promesa de la venida del camión de basura.   Los gatos del vecindario transitan las murallas y descienden al oler sus huesos, hurtan las tripas que amanecen esparcidas en el piso.   Un apéndice, un gigante monstruo atacado por  ejércitos de hormigas rojas, desaparece por partes bajo la tierra.


Veranillo de San Juan La muchacha que aguanta el hambre Porque no sabe comer Chop Suey, La Toyota bandeirante verde agua Que desciende la calle Iturbe, Las cumbias Que llenan las cortinas del vecino, Este amor, esta casa, que zumba De flor en flor tiùÊndose de polen, Son los colores de un invierno que camina sobre las brasas del cristianismo.


Karai Vosa El tipo de las bolsas encima como las cáscaras de una cebolla las bolsitas de supermercado hasta la nada. La nada es todo y el señor lleva libros, Tolstoi, Casaccia, libros de cosmología, bestsellers, revistas dominicales de los diarios. Se sienta en el café de abajo del Mall Excelsior y descascara con la misma mano: las bolsas, los libros, el tiempo.  El tipo de las bolsas fue un profesor de colegio. Estuvo en una de esas conferencias sobre sí mismo que hace Jacobo Rauskin. El comía galletitas y yo esforzaba el vinagre de gentileza.


a JM y D I Cuando te paras a ver el mar  y piensas en los antiguos  que vieron lo mismo,  alguien desde otro mundo se apoya en tu hombro en silencio.

II Una palabra simple dicha con absoluta soltura es el lugar que quisieras habitar, un decir que salga de vos y terminada la tarde se meta de nuevo como el sol entre las casas.

III Todo muere cuando algo nace, ni vos ni yo ni la creencia de que podemos dominar el tiempo persisten fuera de Daniela y su inexplicable poder creador. IV Pase el día Pase pronto  Se olvide de mí Se vaya  Sea yo de nuevo El ser amado El familiar El esperado


Adios Y queriendo estar cercados de una absurda multitud, abrimos la mano vacía de colibríes.


La oscuridad está a punto de pasar De qué libertad nos hablan si ya trajimos todo lo que hoy debimos, el corazón, el nido indispuesto de tantas abejas. Nos olvidamos ciertamente al despertar. Y la mañana que era tan clara en el paisaje de los sueños, tan nítida, se nos iba como agua entre las manos, y yo me apretaba la cabeza intentando algo aunque sea una pista o no sé. Trajimos esto, tu corazón y todas las abejas y el trébol que se detiene a mirar cómo nos bañamos el uno al otro amparados por las luces fluorescentes. Trajimos lo debido y para no olvidar, me escribiste en el brazo un verso sobre la oscuridad, de los mejores que te he leído.


La naranja de Hipómenes Extender el hogar como una servilleta usada sobre la mesa del desayuno, decir un poema en voz alta, perseguir el grial entre dragones y doncellas custodiadas por plantas carnívoras; para que finalmente la intimidad atraviese los márgenes de lo desconocido. Y entonces, de cara a la máquina que nos vende el viaje a la calle de todo lo perdido, pensaremos en los días en que fuimos un error, una falta ortográfica en la boca de Doña Modesta y su despensa de arquetipos. Entonces, míticos a pesar del tiempo, levantaremos en la mano la moneda inexacta de lo humano y compraremos el pan, el paté y la gaseosa que conforman nuestra alegría. Levantarnos por fin de la mesa, la servilleta ofrecida como un capullo - junto a la taza de café para algún dios fugaz que traza infinitos caminos en el espacio.


Verano de Madrid En la isla de los conejos un fauno nos mira con desgana; y el suelo conmovido despliega sus brotes bajo la explanada de la Plaza Mayor. Danae esconde una mano entre las piernas, huye de la sensualidad luminosa de Tiziano. Un enano desde otra sala nos mira con sincera humanidad a los monstruos fabulosos del invierno. Caminar, es lo que nos queda. Buscar una maquina de tabaco, sensual error de Cristobal ante la pipa sagrada de los Karaive, y la cajetilla de L&M que aprendimos a fumar en un poema de Felix Grande. Madrid es una jota profunda, un oscuro caballo sarraceno obligado a detenerse en los semรกforos.


El Perseguidor