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Año iii / Edición 027 / Publicación mensual / jUNIO 2014 / Sur del valle de aburrá / Circulación gratuita.

Aunque las cifras de homicidios en el valle de Aburrá han disminuido en los últimos diez años, cientos de personas continúan desaparecidas, aumentando el drama de quienes las esperan en casa. En el imaginario colectivo ya la guerra se está desvaneciendo, pero sus secuelas permanecen, por lo que la sociedad entera debe exigir la verdad sobre la suerte de quienes no regresaron. Pag 6-7.

Foto: ¡Oh no, hábitat!

Los seguimos esperando


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Los retos de Santos II

a gran paradoja que enfrenta el Presidente Juan Manuel Santos, reelegido el domingo por poco menos de ocho millones de votos, es que la votación que lo llevó a su segundo periodo al frente de los destinos del país es completamente distinta de la que lo eligió hace cuatro años: es decir, sigue en el poder con el respaldo de quienes, hace cuatro años, no votaron por él. Pero, vistas las cosas, eso es la menos difícil de las responsabilidades que asumirá a partir del 7 de agosto de 2014: Renovó su presencia en la Casa de Nariño con la promesa de sacar adelante el proceso de paz con las guerrillas de las Farc y el Eln y en eso recibió el apoyo de amplios sectores de la población. Pero ese proceso tendrá que incluir procesos de reparación de las víctimas de esos grupos, así como de respuestas ante la justicia nacional por parte de sus integrantes. Eso se lo exigirán los grupos de víctimas que lo acompañaron pero también se lo pedirá, a voz en cuello, la prometida oposición del Centro Democrático, cuyo principal vocero, el electo senador Álvaro Uribe Vélez desconoció la victoria de Santos Calderón y la tachó de la más corrupta en la historia del país. A lo anterior, que ya es un reto político que su-

cedió hace más de 20 años con el M-19, se une el hecho de que si logra firmar la paz con los grupos alzados en armas, tendrá que poner en marcha un gigantesco cambio, en el Estado y en la sociedad, llamado postconflicto, una renovación institucional y social que les permita a los colombianos mirarse por fuera de la violencia y del uso ilegítimo de las armas. Además, tendrá que convencer a la sociedad y en especial a la clase política, de que unas reformas económicas, políticas y sociales son no solo necesarias sino urgentes. Habrá de construir un Estado a la medida de la paz, es decir, donde se modernicen los partidos políticos, haya por fin un estatuto de oposición, las instituciones económicas se afinquen más con los tonos de la sociedad que con apenas las aspiraciones de solo los grandes intereses económicos. Santos, al celebrar la victoria, dijo que encabezará las reformas que sean necesarias para llegar a esos objetivos, pero tendrá que enfrentar a unas fuerzas políticas tan influyentes y reacias a cambios, voceras de sectores muy importantes de la opinión pública, que a la fama de político frío y calculador, tendrá que añadir la de piloto audaz en las autopistas veloces de la competencia política. Dijo que asuntos como el modelo económico

o la integridad de las Fuerzas Armadas no están en discusión, pero para empezar, si quiere lograr transformaciones en los 20 millones de colombianos más pobres, habrá que tocar el modelo que privilegió el desarrollo de los mercados especulativos para volver sobre los sectores que hacen la economía real: tendrá que volver a industrializar el país, convertido en una gran despensa de servicios que poco o nada transforman y ello deberá comenzar por reconstruir el agro colombiano, convertido en 50 años de guerra en un inmenso campo de batalla que lograron cooptar los armados. El primer gran anuncio de la nueva administración Santos fue su intención de eliminar la reelección presidencial y a cambio de ella, prolongar por dos años más el periodo presidencial: los primeros a quienes tendrá que convencer son sus asociados en la Unidad Nacional y a los vecinos de la oposición y otrora sus aliados, el uribismo. Pero, si apenas logra silenciar para siempre los fusiles de los grupos alzados en armas y conjura el fantasma de los irregulares en la vida nacional, ya Santos habrá logrado un lugar privilegiado en la historia colombiana. Y eso, mucha gente que no está en la guerrilla, no está dispuesta a permitírselo: esos son los dos retos.

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Director: Alejandro Calle Cardona/ Periodistas: Octavio Gómez V, Carolina Ospina, Daniel Rojas, Alejandro Calle Cardona, Carlos Mario Cano, Tatiana Balvín, / Fotografía: Alejandro Calle Cardona / Diseño: 5 Sentidos Comunicaciones/ Mercadeo y ventas Carolina Giraldo Rúa, 3164678385 - 3165300807 CIUDAD SUR, ITAGÜÍ-ANTIOQUIA

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CIUDAD SUR es un medio alternativo de comunicación independiente, con circulación mensual de 10.000 ejemplares.

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Editorial

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Literatura

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El Hombre que no quería ser padre “Alfonso Buitrago nos sorprende con este gran reportaje, en el que sortea con éxito los peligros que le acechaban desde cuando decidió contar la historia. Nunca cae en el melodrama, y es capaz de arrojar sobre su padre, sobre sí mismo y sobre su familia toda, una mirada tan amorosa como atrevida. Este es uno de los libros más bellos, sinceros y estremecedores que he leído. Al final nos sobrecoge una frase del autor: cuando el padre pierde la voz, su voz empieza a ser el corazón. Los latidos de ese corazón, estoy seguro, resonarán durante mucho tiempo en la literatura colombiana”. Alberto Salcedo Ramos

Orgullo y vanidad

Herencia

(Fragmento)

(Fragmento)

Por: Alfonso Buitrago Londoño […] Mi hermano y yo crecimos con la presencia permanente de un padre que no se consideraba como tal, en una ciudad que desprecia la figura paterna y sobrevalora la materna. A veces, en las noches, cuando pensaba en Alonso, oía en las montañas del valle una letanía… Maaaaaadre no hay si no unaaaaaa… Paaaadre es cualquier hijueputaaaaaa… Del mío también decían que era un hijueputa, con rabia. Sobre todo mi madre. Alonso se hizo un hijueputa leyendo. Leer era adicción y cura, una terapia que lo acercaba y lo alejaba de su padre, de su pasado. Cada semana recorría las ventas callejeras de libros de segunda del conocido pasaje La Bastilla, en el centro de Medellín, buscando obras que después de leer ponía a circular entre sus amigos. No pocos mecánicos y cerrajeros aprendieron a querer la lectura de cuenta de Alonso. Para ellos, como le pasaba a Vargas, uno de los hermanos mecánicos para quien dictó un mensaje de despedida la noche antes de morir, el encuentro más cercano que tenían con la cultura era tomar aguardiente con Alonso. A él le regaló El cuchillo, de Patricia Highsmith, un libro que yo le había regalado a mi madre en un cumpleaños y luego le presté a Alonso. […] Alonso era un tipo que no se podía comprar, al que no lo seducían las vitrinas ni los brillantes. No podía aparentar lo que no era ni era capaz de crear o acumular riqueza material. Su posición en contra de una forma de vida basada en la acumulación o que generara “relaciones de poder y sometimiento” era radical. No acumulaba, distribuía. Cada día hacía el dinero necesario para subsistir, aunque casi nunca le alcanzaba, y lo que conseguía de más, cuando se ganaba un chance, por ejemplo, se lo gastaba con sus hijos o compartiendo con sus amigos. Lo único que pudo acumular fueron deudas y algunos amigos, los más tercos. Muchos de ellos le prestaron dinero o le sirvieron de fiadores y en el proceso de pagarles, por retrasos o incumplimientos, perdió algunos. A Jairo, un funcionario de rentas departamentales con quien hizo negocios y acompañó en su duelo de separación matrimonial, o a Jorge, un pintor de desnudos, acomodado, con quien se encontraba cuando el artista estaba deprimido y quería hablar de las mujeres. A ellos los perdió en el camino. Intentó acabar con sus deudas, llevando sus cuentas con cuidado, inventándose negocios cooperativos, pero fracasó metódicamente. Para tener éxito económico hubiera tenido que dejar de ser Alonso.

La noche anterior a la cirugía le pedí, medio en broma medio en serio, que pronunciara sus últimos deseos. —Bueno, don Alonso, deje su testamento, que si las cosas no salen bien callará para siempre —le dije–. Diga dónde tiene escondida la caleta –añadí haciéndome el gracioso. Me miró por unos segundos, en los que tuve tiempo suficiente de advertir mi torpeza, y esbozó una sonrisa complaciente. Más que una herencia material, que sabía que no existía, yo necesitaba saber qué camino debía seguir, si su vida había valido la pena. ¿Había tenido sentido su rebeldía, esa lucha incesante por lo que llamaba su “libertad individual”? Al verlo en silencio, enfermo, volvían a mi memoria algunas de las batallas que había librado y de las que fui testigo, como la separación con mi madre, con sus gritos y golpes, que él decía que habían sido necesarias para liberar a sus hijos de la opresión materna. Las apuestas por su libertad no habían sido pacíficas. El sentimiento que más me costaba controlar frente a su enfermedad era un intenso deseo de sacarle en cara su violencia y de confrontar su forma de vida: su pobreza y su marginamiento. Al mismo tiempo me daba cuenta, por los comentarios y susurros de familiares y amigos, que ellos también querían reprocharle otras cuantas cosas: deudas, críticas, posiciones radicales, pero preferían hacerlo en voz baja, en esa voz que desaparece pero queda en la memoria. Las personas que vivimos muchos años en este valle, llamado de Aburrá, sentimos una poderosa fuerza centrípeta que nos empuja a aplastar al caído, como si fuéramos rocas gigantes que se depeñan montaña abajo —pero entonces no volvemos a subir la roca, permitiéndonos reflexionar en la subida, sino que preferimos esperar a que la siguiente generación conserve la tradición y se deje caer a su vez sobre los que han sobrevivido—: “Él se buscó su desgracia”, pensábamos en secreto. Cuando le pregunté por el testamento, me dijo con su voz enferma: “Si muero pueden hacer conmigo lo que quieran, que si existe un más allá yo vendré a buscarlos”, y soltó una carcajada sorda, como haciendo gárgaras hacia adentro. Decir “más allá” le producía risa. Recordé un verso de “La violencia de las horas”, el poema de César Vallejo que no se cansaba de repetir y con el que le gustaba reírse de cualquier posibilidad de trascendencia: “murió mi eternidad y estoy velándola”. ¿Eso era todo? ¿Mi herencia era la promesa de una compañía metafísica y la libertad soberana de hacer con él lo que quisiera? Libro ganador de las Becas de Creación en Periodismo Narrativo Alcaldía de Medellín, 2011. Editorial Planeta

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Carolina Ospina Foronda periodicociudadsur@gmail.com

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Derechos humanos

l fiscal leía, mientras el llanto de tres madres retumbaba en la sala donde no cabía una persona más. El piso 18 del Palacio de Justicia de Medellín estaba atiborrado de periodistas en la mañana del 18 de julio de 2009. Tres jovencitas, dos de ellas menores de edad, habían desaparecido mes y medio atrás, el 29 de mayo, y cuatro policías adscritos a la Estación Itagüí estaban vinculados al proceso penal que se había iniciado por este caso. Luego de la legalización de las capturas y la tipificación de los delitos, en el juzgado se escuchó el posible paradero de las jóvenes y de un delincuente conocido con el alias de “28”: “Semanas después de las reuniones en la casa de Moncada, le pregunté a mi mayor Manrique por las femeninas y me dijo que a esas viejas y a ‘28’ los habían picado y los habían botado al río Cauca”. Así decía el testimonio escrito del teniente Juan Gabriel Herrera, quien hacía parte del mismo comando que los implicados y quien fue cobijado con medida de protección a testigos. Esta declaración se convirtió en la principal prueba de la Fiscalía para que cuatro policías fueran llevados a la Cárcel Nacional Bellavista con cargos imputados de desaparición forzada agravada, concierto para delinquir agravado y hurto calificado y agravado. Las bandas de La Unión y La Raya se enfrentaban en Itagüí, mientras el mayor Luis Augusto Manrique, en aquel entonces comandante de la Policía de ese municipio, era acusado de ponerse del lado de uno de los bandos criminales. “Le digo mucho al Señor: si a mi niña me la mataron, muéstrenos la fosa; y si está viva, tráigamela en sus hombros, pero tráigamela”, dice Beatriz Saldarriaga, madre de Jennifer Puerta. Pasaron 10 meses antes de que la familia Puerta Saldarriaga decidiera cambiar su domicilio. Ellos vivían en La Estrella al momento de la desaparición de Jennifer. Los días pasaban, de la joven no se sabía nada, y don Albeiro se refugiaba en la habitación vacía de su hija a llorar su desventura. “Estuvimos a punto de dejarnos luego de 25 años de

Sin rastro, sólo

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lágrimas e incertidumbre

Fotos: ¡Oh no, hábitat! / Edwin Bermúdez

matrimonio. Recién pasó la desaparición de Jennifer, mi esposo intentó matarnos dos veces en el carro. A mí me daba miedo montarme cuando él manejaba porque decía que no merecíamos vivir sin la niña y empezaba a mover la cabrilla bruscamente. Hasta que le dije que jamás me volvería a subir en ese carro, que se matara él”, explica Beatriz, a la que a veces se le quiebran los ojos, nunca la voz. “Mi corazón me dice que Jennifer está viva. A veces pienso que las vendieron a una organización de trata de blancas o a la guerrilla. El abogado nos dijo que nuestras hijas fueron vendidas en 600 millones de pesos; eso fue lo que le dieron al mayor. Jennifer se graduó de bachiller en 2008. Con 18 años

cumplidos el 20 de mayo de 2009, administraba el negocio que tenía su padre e iba a estudiar inglés el segundo semestre de ese año: el martes 26 de mayo le había llevado la cotización del curso a su mamá. El viernes 29 de mayo, desapareció. Según las investigaciones, la joven fue invitada por Diego Alejandro Mejía Parra, alias 28 (a quien conoció el mismo día) a ver un partido de fútbol, en compañía de otras dos jovencitas al municipio de Sabaneta. Metros más adelante, fueron interceptados en un retén de la Policía y entregados a hombres al servicio de Jesús David Hernández Grisales, alias “Chaparro”, antiguo cabecilla de “La Oficina”.  El pasado 25 de mayo el Juzgado 4 Penal del

Circuito Especializado de Medellín condenó al teniente Camilo José Pérez Parrado, a 37 años de prisión, y los patrulleros José Luis Moncada Ruíz y Alex Fernando Flórez, sentenciados a 19 años de cárcel. Ya el mayor Manrique Montilla había sido condenado a 28 años de cárcel. Pese a las condenas, aún no se conoce la suerte de Yudy Alejandra Castillo Mira, Laura Cristina Echeverry García y Jenifer Puerta Saldarriaga.  Como ellas, cientos de personas continúan desparecidas en el valle de Aburrá, por lo que la ONG Oh No Hábitat, promueve una reflexión a través de 1270 maniquís, cifra similar al número de personas reportadas en la Fiscalía en los últimos cuatro años. Sergio

Restrepo, director cultural de Otraparte, asegura que con ello se busca que la ciudadanía no olvide a quienes aún no regresan a casa y a sus familias que las esperan. “En Medellín continúa la desaparición forzada y Envigado, así como el resto del sur del valle de Aburrá, no es ajeno a ello, producto del accionar criminal de la banda ‘la oficina’, la cual ha llenado de dolor a cientos de familias”, indicó Restrepo, tras el performance realizado en el parque principal de Envigado. Al otro lado del valle, en la comuna 13 de Medellín, decenas de personas reclamaron una vez más que se suspendan los trabajos en el sector de La Escombrera para permitir que la Fiscalía busque por fin a las

92 personas que continúan desparecidas después de las operaciones militares Mariscal y Orión de 2012, y que se presume, varias de ellas están enterradas en este lugar. El flagelo de la desaparición forzada continúa, el dolor y zozobra de sus familias persiste, pero la indiferencia de la ciudadanía aparece con el tiempo, aumentando una tragedia que no se puede permitir.

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No más zozobra: La Plaza en Envigado continúa Tatiana Balvín periodicociudadsur@gmail.com

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ras el incendio de 2008, en el cual las llamas consumieron los locales de la Plaza de Mercado de Envigado grandes cambios se originaron, el anuncio de un centro comercial desconcertó a los comerciantes. Hoy, cinco años después, la tranquilidad llegó luego del anuncio de la reconstrucción de la misma y no demolición, conservando así la memoria histórica que tiene este tradicional lugar. Ramón Bonilla dice que si supiera escribir, una novela saldría de su vida en torno a la Plaza de Mercado. Hace cincuenta años llegó de Fredonia, suroeste antioqueño, directamente a trabajar allí, en un local de legumbres con su padre. Tiempo después voló a Estados Unidos, único momento en que su vida dejó de girar en torno al mercado. Pero regresó, precisamente para ayudar en un negocio de carnes a su hermano, y desde ese día, o sea hace 20 años, madruga sagradamente antes de las seis de la mañana a atender sus clientes de la carnicería. Su local, ubicado en el centro de la Plaza limita con una cacharrería y una montaña de telas, atiende alrededor de cien clientes diarios con la misma alegría con la que madruga. Presenció la mañana después del incendio en 2008 los estragos de las llamas y allí comenzó la zozobra, pero los comerciantes supieron sortearla, se estrecharon un poco mientras algo pasaba. Hace un año la noticia de la demolición de la Plaza lo sorprendió, a él y a los otros 64 comerciantes que habitan 75 locales, y a las más de 700 familias que dependen de este centro de

abastos. “Desde ahí nos unimos más, mandando peticiones, indagando, nos reuníamos periódicamente, teníamos mucho temor” advirtió Ramón. El anuncio hoy es otro, el proyecto que consistía en dos pisos de locales comerciales, parqueaderos y apartamentos y que obligaba la demolición de la plaza no va más. “Cancelaron el proyecto porque realmente los comerciantes no quieren. Quieren que se conserve la arquitectura, lo que está ahí, y así lo vamos a hacer”, señaló el alcalde de Envigado, Héctor Londoño. No solo los comerciantes hicieron oposición al nuevo proyecto de infraestructura, el Consejo Municipal, el cual debía aprobar los presupuestos del mismo no dio luz verde para hacer un acuerdo municipal. “No habrá edificación ni parqueaderos, se va reconstruir y a reformar. Se va a dejar la Plaza  como siempre ha sido, no podemos sacrificar el patrimonio cultural de los envigadeños”, señaló el corporado Víctor Giraldo.

Mucha historia tras los muros

Y es que precisamente la Plaza de Envigado conserva la historia de todos los comercios de los pueblos antioqueños que comenzaron con la venta de productos en los parques principales y que luego fueron trasladados por razones sanitarias a construcciones modernas. La historia de ésta data de 1943, cuando por 9.200 pesos fue comprado el terreno de 3226 metros cuadrados a los señores Simforoso Uribe y Carolina Uribe, lugar donde años más tarde se le entregó locales en arriendo a comerciantes de la época como el señor José Luís Ochoa. Por esta razón, los comerciantes actuales su-

frían con la demolición, ya que afirman que destruirían en lo que llevan la mayor parte de sus vidas, lugar que da identidad al municipio y que cuenta una historia en sus muros. Así que el anuncio de las reformas- a cargo del arquitecto Javier Mario Franco- ha dado parte de tranquilidad. La zozobra de no saber qué pasará ha dejado de rondar entre las frutas y verduras y ahora la preocupa-

ción está en que los vendedores tienen 90 días para mejorar las condiciones de sanidad e infraestructura, que preocupan a autoridades de seguridad. De lo contrario, podrían correr con la misma suerte que sus colegas de la Plaza de Itagüí. Por ahora la cotidianidad de la plaza continuará, vendedores como Ramón Bonilla seguirán madrugando a vender en este espacio, sin dejar de preocuparles las com-

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petencias de mercado nacionales con las que se enfrentan en este pequeño lugar que tiene historia, pero poca competencia frente a grandes almacenes de cadena.

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“Si existe el cielo, es El Pedregal” Alejandro Calle Cardona periodicociudadsur@gmail.com

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entado en el mirador de su antigua casona, don Manuel Dávila es testigo del desarrollo de su barrio, tal y como desde hace 86 años y algunos cuantos meses. Su familia fue la primera que llegó al sector y ha sido protagonista del crecimiento poblacional, del crujir de las balas en la época más violenta y del resurgir de la que considera la fiel muestra del que el cielo sí existe. Don Manuel es el habitante más antiguo de El Pedregal. Para llegar hasta esta vereda de Itagüí hay tres opciones si no se cuenta con vehículo propio. La primera es caminar desde el parque principal del municipio, hacia el occidente, atravesar los barrios la Unión, Calatrava, El Porvenir y El Progreso; recorrido que podría tardar hasta una hora, de acuerdo a lo largo y ágil del paso. También existe la opción del caballo, pero aquella es exclusiva

para algunos de sus habitantes quienes aún cuentan con un equino, que por lo general permanece pastando en los alrededores de la vía principal o guardado en las caballerizas ubicadas al finalizar la calle, en la parte alta. Pero para usar la más tradicional hay que tomar un ‘chiverito’, como conocen a los Mazda 9 que hace las veces de colectivo y que tienen su centro de acopio frente a lo que eran los cinemas de Itagüí, diagonal a la carnicería La Gran Esquina. Se tiene que pagar 1.200 pesos y compartir el viaje junto a otras tres personas por al menos doce minutos por la única y empinada vía vehicular que tiene El Pedregal. Sus primeros habitantes llegaron finalizando el siglo XIX, entre los que estaba don Pedro María Dávila, abuelo de don Manuel y quien posteriormente se convertiría en el propietario de la finca La Mariela. Sus vecinos fueron los Pavón, los Restrepo y los Estradas, o cualquier combinación entre ellos. En 1915 el señor Dávila donó parte su terreno para la construcción

de una pequeña casa de palo y paja y que funcionaría como escuela, tras petición de una profesora que llegó a vivir a El Pedregal y se quejó por la falta de educación para ya la veintena de niños que habitaban en la zona. Aquella estrecha aula posteriormente se convertiría en la escuela María Josefa Escobar, quizá una de las más antiguas del sur del valle de Aburrá. Pero la enseñanza no era lo único que escaseaba en el sector. El agua era tomada de dos de las pequeñas corrientes que por allí bajaban y que eran desviadas por un sistema improvisado de canoas, el cual era derribado por cada aguacero. Dos familias, incluyendo los Dávila, negociaron un nacimiento en la punta de la montaña y llevaron el agua hasta sus casas, mientras que los demás se pegaban de dicha tubería. Hacia la década de 1930, parte de la montaña conquistada se había convertido en cultivos de café, plátano y maíz, productos que eran llevados a lomo de mula por un camino de tierra hasta Envigado,

sector que en aquella época estaba más poblado, aunque una pequeña parte quedaba para abastecer a los escasos itagüiseños. Don Manuel recuerda, no con mucha emoción, que su madre lo despertaba cuando asomaba el primer rayo de sol para reunir hierba para las vacas y caballos, y tras dos horas de trabajo, estar muy puntuales a las 7 de la mañana en la ‘María Josefa’. “Mi mamá nos levantaba de un grito a las 5 de la mañana que porque ya nos había cogido la tarde, y como es de bueno dormir cuando se es niño”, confiesa entre risas un tanto cargadas de rabia. A mediados de siglo era ya tanta la población que don Manuel, en medio de unos aguardientes con sus vecinos, decidió conformar la acción comunal, dividiendo la zona en dos: la parte alta, El Pedregal; y la baja tomaría el nombre de El Progreso. Para 1960 el camino de trocha tendría rieles, facilitando la llegada de vehículos y la evacuación de enfermos. “Aquí era muy duro vivir si uno se enfermaba. Si era necesario sa-

carlo en camilla, debía ser con la ayuda de vecinos en una cama de varas de guadua y tela, y tratar de no resbalar en la montaña. Afortunadamente nadie se nos murió en el camino, o no que yo me acuerde”, relata don Manuel. Con la construcción del nuevo camino, los taxis comenzaron a llegar y con ello los carros cargados de material y cemento para la construcción de nuevas viviendas en los lotes que fueron surgiendo de la parcelación de las grandes fincas, lotes que podían alcanzar hasta los 400 pesos. A El Pedregal llegaron centenares de hombres, la mayoría obreros de las fábricas que se fueron asentando en Itagüí, Envigado y Sabaneta, provocando la masiva edificación de casas y el fin de la actividad agropecuaria. Ya nadie quería trabajar la tierra porque no daba tanta plata. En la última década del siglo, ya con la mayoría de servicios básicos asegurados, los habitantes de esta barrio copado de casas color naranja ladrillo, parecían habitar un buen

vividero, pero la violencia no tardo en llegar. “Fue tan cruel la guerra que aquí se vivió que hasta los duendes y las brujas se fueron del barrio”, advierte don Manuel, mientras el tercer café de la mañana. “Tuvimos muchos problemas, incluso entre vecinos de otros barrios. Me mataron a mi mejor amigo, me llegaron a poner dinamita en la casa para asustarme y obligarme a ir, pero yo me les paré de frente y les dije: ¿Ustedes creen que yo tan viejo de vivir por acá me voy a dejar sacar por unos muchachitos? ¡Están equivocados!… “Una vez me avisaron que iban a venir por mí, entonces no le dije nada a mi familia y me escondí en la noche debajo del palo de mangos que hay al frente de la entrada principal con una escopeta, a esperar si venían y recibirlos como se merecían, pero nunca llegaron y me quedé dormido”, narra el abuelo. Tuvieron que pasar 15 años de dolor y muerte, para que la tranquilidad retornara a El Pedregal, tal es así que la gente volvió a ocupar las casas abandonadas y los terre-

nos que no valían nada, recobraron y aumentaron su costo. Al caminar por sus calles, algunas de cemento, otras de tierra y unas cuantas en forma de escalas, se aprecian algunas viejas casas campesinas de un solo nivel, grandes corredores y una vista envidiable, desde donde se puede apreciar todo el valle de Aburrá, pero también el impacto de la minería que se carcome un pedazo de El Manzanillo por cuenta de las retroexcavadora al servicio de las ladrilleras. Por allí caminan los niños estudiantes de la ‘María Josefa’ rumbo a su antigua y actual sede, donde en cinco aulas y otras cinco satélites, estudian por lo menos 700 pequeños, quienes esperan ansiosos la inauguración del megacolegio que construye allí la Alcaldía de Itagüí. “Esto por acá es muy bueno, muy tranquilo y con el colegio que están construyendo todo se está valorizando porque todo se está poniendo más bonito”, señaló Óscar Vargas, quien llegó a Itagüí en busca de mejores opciones labora-

les hace cerca de ocho años. Pero la magia de El Pedregal no termina allí. Al finalizar el camino, rumbo al pico Manzanillo, aquel que conquistó recientemente el Ejército con su base militar, el caminante es guiado por esculturas incrustadas en la ladera de la montaña hasta un teatro llamado La Montaña que Piensa. En este escenario decenas de niños y jóvenes encontraron un espacio para el arte, los malabares, la cultura y la vida. Incluso, en medio de la guerra, se convirtió en una válvula de escape y aferrarse al teatro para huirle a la muerte. Johan patea su balón loma arriba y mientras sus pequeñas piernas avanza dos pasos, la pelota desciende con mayor velocidad que con la que sube, por lo que a sus amigos de clase les toca estar pendientes para evitar que ésta ruede colina abajo. Y allí, asomado en el balcón de su casa, don Manuel Dávila divisa el transcurrir del día en El Pedregal, tal vez para continuar guardando historias de su vereda y así contarlas hasta que la memoria le comience a fallar.

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La comuna 13 está pintada de color y vida

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REDACCIÓN CIUDAD SUR periodicociudadsur@gmail.com

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sus 16 años, Stefanía Jiménez es una de las pocas personas que no esconden la historia de su barrio, de su comuna, ni mucho menos de su niñez. Cada vez que tiene oportunidad describe con notable tranquilidad la época de la incursión guerrillera en la comuna 13 y los episodios de violencia que ocurrieron después de la intervención militar conocida como la operación “Orión”, en octubre de 2002, que mancharon de sangre y silenciaron los callejones de su barrio: Independencias I. Todos estos hechos no solo la marcaron, sino que la motivaron a luchar por los niños y jóvenes y por el futuro de su sector. Para eso, cuenta que tuvo el apoyo de su madre, Adriana Restrepo, y la fortuna de que varias administraciones municipales invirtieran recursos en la comuna 13, en especial en su barrio. “Con la llegada de las escaleras eléctricas, en 2011, nos demostraron que sí existíamos y pertenecíamos a la ciudad. La Empresa de Desarrollo Urbano, EDU, fue la primera entidad que conocí y a la que le debo agradecer por inculcarme los valores de un líder”, dice la joven, quien pertenece a la Policía Comunitaria y fue nombrada embajadora de las escaleras para exponer este proyecto en Brasil por invitación del exgobernador de Río de Janeiro, Sergio Cabral. Asegura que esas experiencias le han servido para entender las necesidades de otras personas y para seguir luchando por el bienestar de su comunidad. Más allá del reconocimiento mundial que ha tenido la comuna 13 por las escaleras eléctricas y otras construcciones, Stefanía agradece el acompañamiento social de entidades públicas y privadas como la Alcaldía, la Fundación de Atención a la Niñez –FAN-, la EDU y la Fundación Orbis y Pintuco, porque a través de estas las casas de ladrillo se convirtieron en una gigantesca paleta de colores y en un inmenso mural lleno de cultura y vida. La gerente de la EDU, Margarita María Ángel Bernal, explica que en la comuna 13 la Entidad ha ejecutado, además de las escaleras, obras como dos CAI periféricos, dos colegios de calidad, el parque biblioteca, equipamientos deportivos y recreativos, de salud, senderos peatonales, entre otras transformaciones. Sin embargo, reconoce que el impacto que ha tenido el programa Me-

Fotos: Jessika Montoya

dellín se Pinta de Vida, con el que se intervinieron 17 murales y 1.380 fachadas, culatas y laterales de viviendas y en las que se utilizaron 900 galones de pintura, más la reposición de 40 techos y la siembra de 11 jardineras y 180 plantas, ha sido tan positivo que ahora la convivencia entre las personas ha mejorado. “Los colores que embellecen las casas, el acompañamiento de FAN a 86 familias que recibieron pautas de crianza y el compromiso de la gente en una muestra de que la sinergia entre lo público y lo privado permite verdaderas transformaciones en los territorios, a veces sin tener que hacer inversiones muy grandes”, recalca la Gerente. En esto coincide Stefanía, quien asegura que el significado que ha tenido para las personas ver sus casas llenas de color y vida, les ha hecho olvidar por algunos ratos los momentos de dolor que vivieron cientos de habitantes del barrio, cuando los callejones y las paredes manchadas de color sangre fueron testigos de la violencia que azotó el sector. “Ahora todo cambió y el barrios es muy tranquilo y acogedor. Muchos turistas vienen y se van con otra impresión de la zona. Para mí eso es un orgullo, además de ver el azul y el amarillo de las casas que me llenan de esperanza”, concluye la joven líder. Ahora las Independencias tienes otra cara. Por sus numerosas escalas – de cemento y eléctricas- ya no se escuchan las ráfagas ni ruedan los casquillos. Por allí corren los niños y transitan tranquilos los viejos. Ya, entre las casas apiñadas, caminan decenas de turistas que con sus lentes tratan de capturar el colorido de sus murales y la sonrisa de sus tímidos habitantes.


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Caldas

Tortura a bordo de un bus de Caldas Por: Daniel Rojas Arboleda. Mónica María Vásquez.

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ara muchos es gratificante salir del trabajo en la tarde y llegar a sus hogares a compartir una película, una hora de juegos, la cena o una cerveza con sus familiares y amigos. Pero para otros, vivir tales momentos cotidianos requiere de paciencia y resistencia para soportar un endemoniado viaje que puede tardar tres horas, sobre todo si se tiene la suerte de vivir en Caldas y trabajar en Sabaneta, Itagüí, Envigado, Medellín o cualquier otro municipio del Valle de Aburrá. Aunque desde el 2006 se anunció la construcción de la doble calzada en La Variante a Caldas, las buenas intenciones no han sido rival digno contra la horda de conductores y peatones incultos, políticos desinteresados, contratistas corruptos y guardas de tránsito ausentes. “La movilidad en Caldas es un caos generado en parte por los trabajos en La Variante. Y en la vía antigua el tema pasa por la falta de control que obligue a los conductores del servicio público a conservar las pocas bahías existentes, o por lo menos a orillarse”, explicó Leonel Arroyave, habitante de Caldas. Para él, que debe movilizarse constantemente hacia Medellín por asuntos laborales, la vía antigua es un “territorio de nadie”, pues aunque el tramo desde Ancón a La Raya, incluida La Tablaza, pertenece al municipio de La Estrella, no tiene ningún doliente y, en sus palabras, la cabecera municipal de ese municipio está por otra vía, por lo que no es del interés ni de esa administración ni de sus habitantes.

Suplicio diario

Los 22 kilómetros que separan a Medellín de “Cielo roto”, como se conoce tradicionalmente a Caldas, pueden ser recorridos, según cálculos de Google Maps, en 28 minutos. Los habitantes de Caldas hablan de 45 minutos o una hora como media. Sin embargo, por estos días, el viajecito puede tardar varias vueltas completas del minutero. De hecho, el pasado jueves 29 de mayo, a las 6:30 p.m., tomamos una buseta en cercanías de La Alpujarra, la cual nos llevó en un desenfrenado y peligroso viaje hacia el sur sin nada que detuviera a ese bólido de casi 5 toneladas de peso, hasta que vislumbrados los pilares, tapiados por luces verdes, azules y moradas a esa hora de la tarde, del puente de La 4 Sur. Ahí empezó el suplicio: la espera, en medio del sudor y el malgenio de las rutinas que no ven la hora de concluir, se hace más eterna. El conductor ensayó todas las vías secundarias paralelas a la autopista para evitar los trancones que se forman por la doble y hasta triple fila que los “cultos” conductores hacen para ingresar a las orejas de los puentes que conectan las zonas oriental y occidental. Eso lo demoró aún más, pues encontró poca gente dispuesta a dejarlo entrar de nuevo a la Autopista. “Los puntos críticos son las conexiones de La Aguacatala y Envigado con la Avenida Regional, en ambos sentidos, así como el final de la calzada izquierda en Itagüí, en sentido sur-norte”, aseguró Juan Fernando Zapata, habitante de Medellín nacido en La Estrella. Cerca de 2 horas y 45 minutos después,

amenizadas con vallenato, reggaetón y música popular, y sacudidos por los crecientes huecos, que engordan a punta de abandono estatal, llegamos a La Tablaza, corregimiento de La Estrella, otro de los nudos gordianos que ni el mismo Alejandro Magno podría hoy desenredar. “En La Tablaza también hay mucho taco porque los colectivos no se orillan y nunca hay agentes de tránsito controlando”, se quejó Ana María Herrera, habitante de Caldas. Una imagen que se ha vuelto también cotidiana para Leonel Arroyave, quien refiere cómo ha llegado a ver hasta cuatro o cinco buses filados a lado y lado de la vía, lo que se suma a que ese lugar es el reversadero de los chiveros que esperan gente para subirla a las veredas.

La otra ruta

Para los más arriesgados existe la opción de La Variante, una vía más amplia y bien pavimentada cuyas obras para construir la doble calzada Ancón Sur-Primavera estuvieron detenidas durante un año, luego de que en 2010 comenzaran las investigaciones contra el Grupo Nule, encabezado por Guido Nule Marino y sus primos Manuel y Miguel Nule Velilla, -sí, los mismos de Bogotá-, propietarios de la entonces interventora del proyecto: Ponce de León. La obra, que se esperaba para finales de 2012, aún no culmina, en parte debido a cambios de última hora en los diseños. “La entrada más caótica por la variante es la que lleva a la vereda Pan de Azúcar, junto al Colegio Londres, porque, al parecer, después de que ya estaban los diseños y se inició la construcción, tuvieron que cambiarlos para hacer un paso deprimido o un túnel que pasará por

debajo de la doble calzada y, al parecer, beneficiará a unas pocas personas con poder que tienen allí una caballeriza. Eso está generando un caos tremendo”, manifestó Leonel. Al respecto, el secretario de Tránsito y Transporte de Sabaneta, Edgar Darío Carmona Correa, negó que se esté obstaculizando toda la vía en esa parte de La Variante y aseguró que se trata de una reducción en la movilidad a raíz de las obras cuyo impacto exige tener casi la totalidad de los dos carriles cerrados. A finales del año pasado, Invías entregó una adición cercana a los $10.000 millones para que el actual contratista, Fundación Universitaria del Valle, culmine en el tiempo estipulado, cuyo año límite, según anunció entonces el director operativo, Germán Grajales Quintero, es 2014. Pero esas palabras no calman los ánimos de ciudadanos de Caldas, quienes no encuentran una explicación lógica a las demoras y aseguran que ya ni los taxistas quieren prestar servicio hacia ese municipio del sur del Valle de Aburrá “¡porque allá no entra nadie!”. cFaltan respuestas. Tal vez la secretaria de Transporte y Tránsito de Caldas, Nidia Patricia García Jaramillo, a quien buscamos insistentemente, en vano, para la realización de este artículo, tenga explicaciones válidas. Pero quizá tiene asuntos pendientes en Medellín y, nunca se sabe, aún no ha podido llegar a su oficina.

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El Giro que ‘Rigo’ Alejandro Calle Cardona periodicociudadsur@gmail.com

Fotos: Óscar Ríos / Esguca

41.5 kilómetros recorrió Rigoberto Urán en la primera contrarreloj del Giro de Italia entre Barbasesco y Barbolo -región de viñedos en el Piamonte italiano-, para cruzar como primero la meta y lograr lo que nunca un colombiano había hecho: portar la Maglia Rosa. “Trabajé mucho por tener un rendimiento así y ahora hay que disfrutarlo. Hay montañas muy fuertes, etapas muy duras, pero hay que continuar”, aseguró luego. Aquellas palabras podrían ser el comentario común de cualquier deportista ante las cámaras, pero las de Rigo son una alegoría a la vida, pues el ciclista sí ha escalado junto a su madre, Aracelly Durango y su hermana, Marta Lucía, montañas muy fuertes y sí ha sufrido etapas muy duras. Sobre el valle de Urrao que se alza a más de 1.800 metros de altura en el suroeste antioqueño, embebido por el páramo del sol, los paramilitares asesinaron a su padre, Rigoberto de Jesús, tam-

bién ciclista y quien entrenaba junto a tres compañeros en la madrugada del 21 de agosto del 2001. Para la fecha, ‘Rigo’ tenía solo 14 años, muy poco pelo y escasos pedalazos en la bicicleta roja que le habían regalado en varios pedazos y que su padre, al verla botada en un rincón de la casa, decidió mandar arreglar. Y aunque meses atrás había iniciado sus entrenamientos, tras un acuerdo con don Rigoberto, esa mañana su padre prefirió no despertarlo porque tenía que ir al colegio. Don Rigoberto salió a entrenar con otros dos amigos en su bicicleta y en el camino fueron retenidos en por un grupo paramilitar y obligados a tomar montaña arriba para arriar un ganado que se querían robar. Al regresar del colegio Rigo se encontró con la noticia de que su padre no había llegado a las 7 de la mañana como era costumbre y que por más que su familia ya lo habían buscado por las calle de su pueblo, éste no aparecía. Rigo tomó su bicicleta roja y salió a buscarlo en el hospital, la estación de policía, en la morgue y aunque sabía que a su papá no le gustaba el trago, también recorrió todas las cantinas de Urrao, pero nunca encontró razón de él. Solo hasta el día siguiente llegarían noticias de don Rigoberto. Había sido asesinado por los paramilitares y Rigo se convertiría en un niño más que le guerra le había quitado lo que más quería: su padre.

Con el dolor y la rabia que causa ver el cuerpo de su padre inerte, Rigo le prometió que se haría cargo de su madre y hermana, que

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le ganó a la guerra

terminaría el bachillerato y que no pararía de pedalear hasta convertirse en uno de los mejor ciclistas del mundo. Por ello, cumpliendo el pacto que ya había hecho con él en vida, el muchacho continuó vendiendo chance montado en su cicla, mientras que en las tardes avanzaba en sus estudios. Sin embargo el doloroso recuerdo por quien fuera su promotor y fiel compañero de paseos en cicla, lo llevaron a dejarla a un lado. Tres meses después, mientras iba a cobrar al parque principal a cobrar unas platas que algunos vecinos le debían, vio a lo lejos un puñado de pelados en bicicleta, quienes se inscribían para competir en la Válida Contrarreloj Municipal Prejuvenil de Urrao. Tal vez esto le hizo recordar la tercera promesa que le hizo a su padre y regresó a su casa corriendo, tomó su cicla roja, se puso los únicos tenis que tenía, una pantaloneta y una camiseta de su papá.

Tras pedalear tres kilómetros, Rigo paró el cronometro en tres minutos, veintisiete segundos y ochenta centésimas y cruzó la meta con los brazos en alto y levantó la mirada al cielo. Tal vez para que a su mente retornaran aquellas pequeñas competencias con su padre, quien lo estaría esperando en la meta de no ser por aquellas balas que acabaron con su vida. Sin pensarlo, con aquella marca había puesto un nuevo record nacional, lo que lo llevó a integrar el Club de Bicicletas Urrao de la mano del entrenador y gran amigo de su papá, José Laverde. Meses después, Rigo integraría el Orgullo Paisa, uno de los mejores clubes del país. Tres años después, en el 2005, Rigo ganó siete medallas de oro del Campeonato Nacional en Pereira y otras cinco en el Campeonato Panamericano, convirtiéndose en la revelación de aquella com-

petencia. A partir de allí, una seguidilla de triunfos y medallas doradas, llevaron a que el ciclista antioqueño Santiago Botero recomendó al equipo Phonakde Suiza que lo fichara, pero por cosas del destino Rigo terminó en el Team Tenax de Italia. Lejos de Urrao, vinieron más triunfos desde su debut profesional en el 2006: ganó la contrarreloj de Euskal Bizikleta, fue fichado en el 2007 por el Caisse d’Epargne de categoría ProTour con un contrato por dos temporadas. Los podios se volvieron un común denominador para este líder: en el 2008 fue segundo en Cataluña y tercero Lombardía. Corrió su primer Tuor de Francia en el 2009; segundo dos veces en la Vuelta a Suiza, el 28 de septiembre de 2010 se anunció su fichaje por el Sky Procycling, de categoría ProTour. En el 2012, mientras que el Estado

colombiano indemnizaba a su familia dentro del programa de reparación a víctimas, Rigo escribía a punta de pedal una nueva historia para el ciclismo: en ese año obtuvo medalla de plata en los juegos Olímpicos de Londres. Luego subió al podio del Giro de Italia 2013 como subcampeón. Falta mucho camino en su carrera profesional, faltan triunfos y caídas. Del golpe más duro sufrido en el 2001 queda la fortaleza y la herencia de un hombre común que hoy pedalea con él, como lo dijo su madre durante la última etapa del Giro en su casa del barrio El Poblado: “Él dice que el papá lo guía desde el cielo, que le da más valor moral para este muchacho salir adelante”. Y Urán, con esa alegría y carisma que lo caracteriza, escribió de inmediato en su cuenta de twitter: “Ma´, este triunfo es para ti, de todo corazón”.

“Yo a él lo admiro mucho en ese sentido. Desde muy pequeño ha empezado a salir adelante. A cualquiera le puede pasar, vivir la situación que vivimos nosotros, sin embargo, mire el muchacho dándole muchas alegrías a Colombia y a todo un país, a pesar de los malos momentos que hemos tenido”, destacó doña Aracelly. Al frente de la pantalla y con la sonrisa que provoca el orgullo, veía a su hijo subir nuevamente al podio, nuevamente logrando el subcampeonato, aunque esta vez acompañado del ciclista boyacense Nairo Quintana, quien se coronó campeón. Allí, en el pequeño poblado de Trieste, tal y como lo había hecho por primera vez en su natal Urrao, Rigo levantó la mirada al cielo y cerró sus ojos, quizá para recordar a su padre, a quien le había prometido coronar en su bicicleta las montañas más altas del mundo.


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Fútbol: Octavio Gómez Velázquez periodicociudadsur@gmail.com

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o siempre el fútbol es un fiesta: una vez, en 1942, fue una extensión de los campos de batalla. Sucedió en la Ucrania que hoy vuelve a padecer la guerra. Esta es una historia de dignidad y espíritu deportivo. Un recuerdo a propósito del Mundial de Brasil. Football Club Start fue el nombre que eligieron ocho ex jugadores del Dínamo y de tres del Lokomotiv Kiev, para enfrentar, en el verano de 1942, a los equipos de fútbol formados por soldados de los ejércitos alemanes nazis invasores de Ucrania. Los invasores –que habían llegado en una campaña relámpago en 1940, pero se habían quedado administrado una lenta y costosa derrota- buscaban a través del fútbol, ya el deporte más popular en la Europa de los años de la II Guerra Mundial, demostrar una vez más la pregonada superioridad racial que su líder, Adolf Hitler, no cesaba de

declarar y que la poderosa propaganda nazi repetía por todos los rincones de Europa.

Dignidad y hambre

Los muchachos del Start eran refugiados de la guerra en su propio país y, según lo recuerda el suplemento Planeta Redondo, del diario El Clarín, de Buenos Aires (11 de agosto de 2011), tenían hambre. La investigación recuerda que se habían organizado en la panadería de Iosif Kordik y el equipo lo integraron el viejo portero del Dínamo, Nikolai Trusevich; y sus compañeros de campo Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko, Makar Goncharenko, Mikhail Svyridovskiy, Fedir Tyutchev, Mykola Korotkykh y Oleksiy Klimenko, a los que se sumaron los jugadores del Lokomotiv Kiev, Vladimir Balakin, Mikhail Melnyk y Vasil Sukharev. Con los estómagos vacíos pero la dignidad intacta, entraron a los campos de juego donde deberían, en el papel y en la minuta de los comandantes alemanes, perder uno tras otro los juegos programados. Pero, entre junio y julio de 1942, 72 años ha, vencieron a seis equipos de igual número de guarniciones y todos por goleada (en la época se alineaban

cinco delanteros, tres volantes y dos defensas, con lo cual eran normales los marcadores «abultados»). El fútbol, que había nacido en los campos deportivos del colegio de Eton, en Inglaterra, como una manera de elevar la caballerosidad de los jóvenes mediante la competencia limpia a través del uso de las reglas, se había convertido en los campos de batalla de Europa oriental en otra forma de la guerra. Pero los muchachos del Start resistían haciendo lo que se espera de todo club de fútbol: ganar. El juego central, sin embargo, no había sucedido y se programó para el 6 de agosto de ese año y el Start debería enfrentar al once de la Fuerza Aérea Alemana –Luftwaffe- destacada en el frente soviético. La advertencia era clara: debían perder, bajo la amenaza de que si intentaban superar a sus contendores, los esperaba el patíbulo. A pesar de las amenzas, ganaron 5-3. Los vencidos programaron una revancha e incluyeron al juez central. Volvieron a ganar y un tercer juego, esta vez contra otro equipo formado por milicias de tierra, terminó con un contundente 8-0 a favor de los invadidos. La Gestapo (la policía politica alemana) organizó una operación para rete-

Fotos: web

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guerra, civilización y barbarie ner al once invicto: el Start, uno a uno, fue enviado a campos de concentración donde fueron asesinados (incluso, la leyenda dice que el golero, Trusevich, murió con su buzo puesto). Ningun sobrevivió para contar la osadía de derrotar a los equipos militares alemanes. Habían sido acusados de pertenecer a las redes de policía política de Stalin, con lo cual su condena automática era la muerte. La civilización que les había dado la contienda deportiva, había terminado en la barbarie de la guerra. La historia de los héros de Kiev fue llevada al cine de Hollywood pero en una versión almibarada y protagonizada por soldados aliados en un filme largo, aunque bien hecho, que en Colombia se conoció como Escape a la victoria (1981) y que protagonizaron Michael Cain, Sylvester Stallone y Max von Sydow y con la presencia de las entonces estrellas del fútbol mundial Pelé, el argentino Oswaldo Ardiles, el belga Paul Van Himst, el inglés Bobby Moore y el polaco Kazimierz Deyna. Como era una historia de Hollywood, aquí todos terminaban a salvo… El fútbol había nacido con la intención, escolar y muy inglesa del siglo XIX, de domesticar la forma de resol-

ver las diferencias: que lo hiciéramos usando reglas, tiempos, espacios y colores definidos; que se celebrara la inteligencia, la habilidad y la destreza física y que, al final, pasara lo que pasara, vence-

dores y vencidos terminaran en un saludo, en un abrazo, de fraternidad. Pero, a veces, la historia del fútbol no ha terminado en fraternidad sino en fratricidio.

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Ciudad Sur #27  

Ediciòn junio 2014 del periódico Ciudad Sur- Medio informativo alternativo de Medellìn y sur del valle de Aburrà.

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