Page 1

SÁBADO 30 DE JULIO DE 2011 / CIUDAD CCS / AÑO 2 N° 60

Por Daniel Alberto Linares (Valera, 1980)

Obra ganadora en la mención narrativa: Por ser una obra densa, de profundo sentido poético, que reelabora el súmmum de leyenda y fantasía de la región de los Andes de Venezuela, con un relato novedoso, portador de magia y contemporaneidad. Y entonces, sentado en la montaña vi a la flor caída, y hubo una voz que hizo temblar la tierra, diciéndome: ven y mira, el sol se ha ocultado ya, y la luz que te fue dada huirá de tu propio aliento. Y era la flor de siete pétalos y a cada pétalo un sello. Y miré de la flor que caía el primer pétalo, y desató con este pétalo el primer sello en la tierra. Entonces, desde la montaña, vi que todos los hombres sintieron un calor que subía por sus calcañares, y que después se alojó en sus corazones. Me dijo la voz: concebirán ahora entre sus vísceras el calor que han creado en la tierra, y se revolcarán en él; sentirán el desierto que por su maldad y codicia han creado, y no hallarán reposo; porque ese calor es el fuego por el que muchos han muerto, por el que muchos mueren, por el que muchos morirán. Toda creación del hombre se hará caldero, toda la creación del hombre arderá en sus cuerpos. Entonces vi que el hombre se retiró de su creación por aquel calor maldito, y los vi desesperarse y entristecerse y alejarse de su creación. He aquí el primer sello de la flor. Y entonces, la flor echó a tierra el segundo pétalo y con él se desató el segundo sello. Y he aquí que los animales alguna vez domesticados por el hombre se rebelaron. Y bajaron en multitud de las montañas caballos y bueyes, gallinas y cerdos, carneros de lana y pájaros, y los perros también se rebelaron y los gatos, y no quedó animal dócil ante la voluntad del hombre. Entonces me dijo la voz: ellos buscarán el reino que les fue arrebatado. Y vi a los animales bajar a las ciudades para multiplicarse y poblarlas, porque el hombre se había retirado de su creación. He aquí el segundo sello de la flor. Y entonces la flor echó a tierra el tercer pétalo y con él desató el tercer sello. Y cuando se abrió el tercer sello, escuché la voz que me decía: haré llover sobre este valle y crecerán los ríos. Entonces vi que se abrió el abismo de los cielos y llovió por todo el valle del Momboy y los ríos con sus quebradas se alzaron. Me dijo la voz: limpiarán las aguas todo lo que quede de la creación del hombre en la misma creación del hombre. Y vi desde la montaña cómo los ríos entraban a las casas y las desalojaban de sus cosas. Y el hombre se retiró aún más de su creación. Y he aquí el tercer sello de la flor. Y fue entonces abierto el cuarto sello con la caída del cuarto pétalo. Y miré que la lluvia había dejado una bruma gruesa como de corteza de árbol. Y esto escuché de la voz: que se pierdan en la niebla los

II Edición del Premio de literatura Stefania Mosca 2. Poesía: Dos mil nueve, de Carlos Colmenares. 3. Ensayo: Las ciudades interiores y los espacios de la Melancolía en Teresa de la Parra, de Fernado Guzmán 4. Crónica: La vida de los mismos de Carolina Lozada

Narrativa

La flor y sus apóstoles [Fragmentos]

Karla Lazo. La oración. Ensamblaje. 2009 hombres con sus recuerdos. Que sientan todo lo que han dejado atrás, sus alegrías y martirios. Porque en esa bruma habita el ayer, madre y padre de toda la creación del hombre. Y vi la neblina descender hacia los pueblos y las ciudades, y los ojos de los hombres nada veían. Sólo sentían el calor y miraban dentro de sí mismos, recordándose. Y sufrieron por esto grandes desconsuelos, y sus voces se repartían como ecos entre la bruma, como ecos de espadas que libraban grandes batallas. Entonces, allí, cuando la bruma perdía un poco su espesura, los hombres vieron sus propios dramas, sus muertos de antaño,

los primeros pobladores, sus aborígenes y lo que habían perdido de ellos. Y he aquí el cuarto sello de la flor, que abrió el quinto con la caída de otro pétalo, y entonces llegó la desnudez del hombre. Yo miré desde la montaña que al dispersarse la bruma todos los hombres se reconocieron desnudos. Mujeres y hombres sucumbieron ante la vergüenza, pero no podían retomar sus ropas, pues éstas eran también calderos y hervían como las riberas del mar. Y sentían por su desnudez que el calor del primer sello menguaba, y hallaron en sus cuerpos descubiertos cierto sosiego, algo de paz, aunque no la

suficiente. Y entonces, por sus dudas, se extraviaron y el calor arreció nuevamente y volvieron a desesperarse. Luego escuché de la voz: no es la desnudez del cuerpo lo que aliviará sus fiebres, sino la desnudez de espíritu, esa que aún se viste de las más terribles máscaras, desnudez cautiva, espíritu en la mazmorra. Y fue la desnudez el quinto sello de la flor. Entonces cayó sobre la tierra el sexto pétalo y la voz dijo: que se abra el sexto sello y que los hombres se alejen aún más de su creación y retornen a los árboles. Y yo miré, y mis ojos dieron con un gran éxodo de hombres y mujeres desnudos regresando hacia los árboles. Subieron a los árboles y se echaron sobre la hierba. Y el matorral, el arbusto, las campiñas cubiertas por la verdura de sus alfombras recibieron con mansedumbre al hombre. Pero el fuego humano, aquel calor que llevaban en su interior, fue más fuerte que el samán o la ceiba, y el samán marchitó de pronto, y también la ceiba, porque habían ascendido los hombres a ellos. Entonces, escuché que la voz me decía: un hombre existe por el árbol, pero el árbol puede existir sin el hombre. La vida puede existir sin el hombre, pero el hombre no puede existir sin la vida. Que se bajen los hombres de los árboles, que salgan de los arbustos, pues no habrá regreso para ellos a la comunión de sus hojas. Y yo pregunté: ¿Qué haremos ahora que no podemos regresar a ellos? Y la voz dijo: aprendan a mirarlos y a reconocerse en ellos. Y fue este regreso y esta expulsión el sexto sello. Y la flor echó su último pétalo a la tierra y con él se abrió el séptimo sello. Entonces, los hombres se alejaron de sí mismos y contemplaron atónitos las flores. Aprendieron a mirarlas. Y llegó el silencio y la estupefacción de todos los hombres en la tierra, y por fin reinó el sosiego que tanto buscaron, y cesó el calor en sus adentros. Yo escuché que la voz decía: recoge la última flor como sacrificio, muéstrala hasta que marchite su última hoja y luego ve con los jinetes y márchate. Y fue la estupefacción del hombre ante las flores el séptimo y último sello de la flor. He aquí mi profecía


2

LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 30 DE JULIO DE 2011

Poesía

Dos mil nueve [Fragmentos] despierta el agua fría muertas las ventanas las letras de tus piernas llenan mi boca atoran y manos gigantes doblan y exprimen mi cuerpo espirales de piel que se pierde

Por Carlos Colmenares

(Punta de Piedras, 1940) Obra ganadora en la mención poesía por considerarlo un libro honesto que busca la limpidez y evita el exceso retórico. Su propuesta logra momentos de videncia y explora en zonas psíquicas cercanas a la alteridad.

otras veces no sueño nada pero el mismo temor antes de dormir me asalta el de despertar entre enes y vocales amargas asfixiado

*** peces corren por la noche te crispas al verlos [te gustaba esa palabra] y vuelves a casa después de todo el mar

*** entre tu angustia y mi brazo amputado hay un dragón

sí tu cuarto también está inundado sigues crispada vivimos en el agua olvidamos caminar … peces dan vueltas y vueltas sobre mi cuerpo ahogado quisiera perderme lentamente profundamente

su lengua te toca despierta tus paranoias y recoge lo que dejas al salir su cola tumba mis libros del estante me golpea sin darse cuenta desordena las notas acompaña mis pesadillas él esquiva los nombres nos evade

pero floto *** en anestesia estamos y el ensayo de mudez sigue siendo ruidoso

pero aunque no lo veamos sabemos entre tu angustia y mis gestos suicidas hay un dragón

cada poro en su propio lenguaje nos exige paciencia

*** en el temblor todo pareció volver a su lugar nadie sabía lo desubicados que estábamos ni las diferencias a las que nos fuimos acostumbrando

confundirnos sería demasiado no llegamos a eso al vacío tampoco nada más al silencio creemos movernos y no es cierto inválidos para arrancarnos los ojos para pedir la muerte junto al otro esperamos *** tienes más de dos semanas inmóvil sin escuchar viendo a la nada a los ojos repites la misma frase atrapada en el túnel de respiraciones falsas seguro nadie puede imaginarte tan catatónica sólo yo conozco tu quietud pero me es imposible nombrarla no sé nada de metáforas no sé nada de nada

El descabezado. Benito Mieses. 1958 tu distancia se inscribe en mi fémur podría ser otro lugar necesito mi hueso

yo no sabría qué pensar más que por alguna razón recuerdo tus palabras eclipsadas

por la madrugada ellos llegaban y movían nuestras cosas un poco hacia la derecha

el apéndice un dedo de la mano derecha no el pulgar

además de cosas que no quiero mirar vienen a mí otros fuegos y no podría decir que son tuyos

al asomarnos encontramos el espacio vacío que nos perteneció

es el más largo de los 202 o 206 le enseñan a uno en la escuela

elementalmente vacío recibo estas llamas que hacen miedo

tus huidas engañan al resto del cuerpo pero queda la fisura

en la penumbra de mi risa en la palidez de mi memoria en mis alucinaciones rotas

tú me miraste esperando una respuesta una acción yo no quise hablar decidí permanecer descolocado no volver

en la noche

y lo siento nora

*** sueño que tus piernas me ahorcan la misma sensación de impotencia me

algunas veces la grieta me mantiene en estos límites difusos

ya no camino igual *** se dice de algunas personas que poseen una extraña relación con la maldad


SÁBADO 30 DE JULIO DE 2011 / CIUDAD CCS / LETRAS CCS

3

Ensayo

Las ciudades interiores y los espacios de la Melancolía en Teresa de la Parra [Fragmentos] Por Fernando Guzmán (Valera, 1967)

Obra ganadora en la mención Ensayo, en virtud de que el autor revela un excelente dominio del estilo discursivo ensayístico y una perspectiva original y novedosa de la obra de la escritora venezolana Teresa de la Parra. Las Memorias de Mamá Blanca representan una nostálgica memoria de intenso valor afectivo hacia el pasado. Cuando Teresa de la Parra la escribe en el año de 1926 coexisten en el mundo literario venezolano el criollismo, el costumbrismo, el naturalismo, el romanticismo y el modernismo; sin embargo, en esta obra predomina una visión romántica, nostálgica y soñadora que evoca esa infancia enmarcada en una Venezuela rural e idílica, en la cual están presentes el espacio interior, afectivo y reflexivo del escritor, como en una especie de autorretrato que surge como consecuencia de esa extraña magia de la literatura que permite recrear un espacio perteneciente a un pasado remoto y a una temporalidad que pareciese ser avasallada por el ímpetu indomable de la modernidad; es un autorretrato que expresa de una manera significativa los diferentes aspectos de la existencia y que se manifiestan en la actividad de la escritura. Douglas Bohórquez considera que Las Memorias de Mamá Blanca y en general la obra de Teresa de la Parra mantiene vínculos estéticos con el romanticismo (Bohórquez; 1995); sin embargo, trasciende el estilo del horizonte romántico para aproximarse a una exploración de lo textual y de la escritura, que transforma a la obra de Teresa de la Parra en trasgresora, debido a que amalgama de manera magistral la evocación, lo subjetivo, el

sentimiento de enajenación hacia la ciudad, la alternancia de textos y voces, el humor y la melancolía; y asume la modernidad desde una perspectiva estética en el plano de la escritura, con la posibilidad de acceder a un espacio interior, que es evidencia de una impronta emocional y afectiva, que permite recuperar esos vívidos momentos plenos de sensibilidad que no volverán, pero que pueden recuperarse a través de la palabra. Las Memorias de Mamá Blanca se transforman en la única manera de restaurar ese tiempo y espacio perdido a través del manuscrito que deja en la novela Mamá Blanca a la narradora. “Mamá Blanca, quien me legó, al morir suaves recuerdos y unos quinientos pliegos de papel de hilo surcados por su fina y temblorosa letra inglesa, no tenía el menor parentesco conmigo” (Parra, Teresa de la; 2004: 3). “Ya sabes, esto es para ti. Dedicado a mis hijos y nietos, presiento que de heredero, sonreirían con ternura diciendo: ¡Cosas de Mamá Blanca!, y ni siquiera lo hojearían. Escrito pues para ellos, te lo legaré a ti. Léelo si quieres, pero no se le enseñes a nadie. Me dolía tanto que mis muertos se volvieran a morir conmigo que se me ocurrió la idea de encerrarlos aquí. Este es el retrato de mi memoria. Lo dejo entre tus manos. Guárdalo con mi recuerdo algunos años más” (Parra, Teresa de la; 2004: 3). La muerte está presente en Las Memorias de Mamá Blanca, pero no es exclusivamente una muerte física, sino la posibilidad de la extinción de un tiempo y un espacio que se resiste a desaparecer, que transforman al manuscrito en un mecanismo que impide esa desaparición. En Las Memorias de Mamá Blanca, la narradora recibe un manuscrito de Mamá Blanca, lo que permite recuperar esas

voces quiescentes y ocultas a través de la memoria de la escritura. La memoria se transforma en la edificación del pasado, el despertar del recuerdo, el regreso gradual en el transcurso de la obra a un mundo y un tiempo lejano. El manuscrito de Mamá Blanca permite enfrentarse a la desmemoria que es un estado semejante a la inexistencia. “Me dolía tanto que mis muertos se volvieran a morir conmigo que se me ocurrió la idea de encerrarlos aquí. Este es el retrato de mi memoria” (Parra, Teresa de la; 2004: 13). Gracias al manuscrito se logran recuperar del olvido esos retazos de vida, esas experiencias y emociones que forman parte de una dimensión existencial de un tiempo pasado; Piedra Azul se transforma en la transfiguración de un espacio que la memoria se niega a olvidar y que trasciende lo físico, para enfatizar en la imagen de un lugar utópico donde está presente: la armonía, la fraternidad, el altruismo y la ensoñación. Es una especie de cosmogonía romántica medieval con su señor feudal, sus doncellas, su curandero y su poeta. Las Memorias de Mamá Blanca dentro de esta visión utópica constituye una mirada al pasado, que representa ese tiempo pretérito rodeado de una gran afectividad; es la aproximación a un tiempo y espacio vital ideal a través de varias voces femeninas, correspondientes a distintas generaciones (…) En Las Memorias de Mamá Blanca se funden tiempos, diferencias y analogías en una especie de amalgama transfísica

que surge del impacto afectivo y emotivo de la memoria; y crea esa especie de paraíso terrenal representado en Piedra Azul, en donde conviven hacendados y colonos en un espacio utópico, cuya trasgresión de sus límites representaba un riesgo, que se hace manifiesto al final de la novela cuando la familia se traslada a la ciudad y que ocasiona una inocente víctima, la niña Aurora. Este mundo paradisíaco es imagen de la utopía americana, en la cual está presente la impronta de una cultura nacional que corre el riesgo de perderse, y forma parte de una dialéctica inversa: civilización - barbarie, representada esta última, no por la vida en el campo, sino en la ciudad. Cuando la familia se traslada a Caracas se produce la desconexión con ese pasado utópico que equivale a la expulsión del paraíso, que transforma a la ciudad y al campo en dos espacios enfrentados: el paradisíaco de Piedra Azul y el hostil mundo de la capital. (…) La ciudad se transforma en encarnación de la enfermedad, la muerte, la expulsión del paraíso y el fracaso. Es el Apocalipsis, que tiene como mártires a una familia que fue avasallada por la rueda dentada del progreso que arrasó todo a su paso, incluso, los pocos y exiguos recuerdos que aún persistían en la memoria. (…) Las Memorias de Mamá Blanca representan la evocación de un tiempo pasado, que desapareció progresivamente y que Teresa de la Parra logró recuperar en la magia de su escritura en una impronta de melancolía y dolor.


4

LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 30 DE JULIO DE 2011

Crónica

La vida de los mismos [Fragmentos] Por Carolina Lozada (Valera, 1974)

Obra ganadora en mención Crónica por el intimismo, la crítica literaria y la crónica de la observación urbana se imbrican en un recorrido por la literatura y por el país. El oficio del cronista se evidencia en un texto cuidadosamente elaborado, empleando metáforas que atrapan la realidad apuntando a un sueño realizado.

Primero fue la imagen A veces despierto con la aterradora sensación de que en algún momento me quedaré sin recuerdos. Esa sensación de irme vaciando me paraliza sobre la cama. Me quedó pensando cómo será una vida sin memoria y mientras formulo la pregunta, algunas remembranzas se reproducen en forma caprichosa. Veo el vestido nuevo, beige, que llevaba puesto la abuela la última vez que la vi. Veo el zapato de mi hermano el día que no regresó, mi bolso que se fue con él; era gris y tejido. Recuerdo mi vestido amarillo, combinado con zapatos de niño, pero sí yo era niña, ¿por qué usaba zapatos de varón? No importa, me compraron zapatos de niño. No puede ser que un día me quede sin imágenes del pasado, la ciencia tiene que hacer algo. Tendré que hallar la fórmula para atajar la memoria antes de que se me deshile como si fuera un suéter que ya no uso. Tal vez deba comenzar por anotar las cosas pasadas, podría anotar que un día me caí y me partí uno de los brazos, ahora no me acuerdo cuál de los dos, ¿ven? Ya se me está gastando la memoria. Me partí un brazo y me pusieron yeso. Era 31 de diciembre y la gente que llegaba al hospital llevaba puesta ropa de fiesta. Esa noche vi a una señora con un vestido color rosa vieja. El vestido estaba manchado de sangre. Ella pasó a mi lado, acostada en una camilla. No me le clavé como un recuerdo (como ella sí lo hizo conmigo) porque llevaba los ojos cerrados. ¿Se pueden hacer recuerdos con los ojos cerrados? Yo los cierro eventualmente para escribir esta crónica del pasado que se desgasta. Los cierro para rebuscar los recuerdos, para rememorar la

Conocimiento al arte. Homer Valero. Óleo sobre tela. 2009 sensación de angustia que padezco cada vez que siento que me estoy vaciando. No sé por qué la señora del vestido rosa vieja siempre se me aparece en la memoria; ¿sobreviviría a su accidente de fin de año? Yo ya llevaba mi yeso puesto cuando la vi pasar a mi lado, trasladada en la camilla. El yeso me lo ataron con una tirita de tela blanca al cuello. Un yeso limpio, listo para ser firmado. Ninguno de mis compañeros de escuela ni de juegos infantiles dibujó un corazón sobre mi brazo enyesado. Qué raro, los corazones siempre se dibujan sobre yesos, sobre árboles, sobre hojas de papel que es como redundar gráficamente sobre los árboles. A mí únicamente me pusieron nombres, algunos se conformaron sólo con iniciales. A veces me pregunto cuál es el primer recuerdo que tengo y siempre doy con lo

mismo: la imagen de dos mujeres afanando en una cocina, grande y rústica, una cocina campesina. Las veo de espaldas, tienen faldas largas y caderas anchas. Me he preguntado si acaso sea ése el primer recuerdo que tengo de mi madre y de mi abuela, pero no creo que sean ellas; las mujeres que veo tienen los brazos oscuros. He llegado a pensar que más que un recuerdo, ése es un invento, algo que saqué de las historias de Mark Twain. Lo extraño es que esa imagen-recuerdo siempre me ha acompañado; aunque esté encuadrada en un contexto poco verosímil de mi infancia. Veo a dos mujeres negras trabajando en una cocina campesina, las dos parecen de otro tiempo. ¿Es mi primera remembranza o es mi primera imagen literaria sugestionada por

Directora Mercedes Chacín Coordinadora Odry Farnetano Adjunta Rocío Sarabia. Letras CCS es un suplemento de fin de semana de Ciudad CCS, forma parte integral del diario y se distribuye de forma gratuita | Redacción 0212-8607149 correo-e: letras.ciudadccs@gmail.com

las historias del Mississippi que sólo conozco gracias a las aventuras de Huckleberry Finn? ¿Acaso los escritores somos tan extravagantes que en vez de un primer recuerdo tenemos una primera imagen literaria? No sé, no podría responder esta pregunta porque esas dos mujeres siempre han estado en mi memoria a pesar de que yo no las reconozca. Ya estoy vieja para echarlas de mi casa, de mi memoria. Mejor cierro los ojos y quizás escuche un blues, algo tan viejo como 1890 o 1930, sonando en un lugar en el que nunca he estado. Recuerdo, realidad, ficción; lo importante es no vaciarse.

Extraído del libro La vida de los mismos (Crónicas literarias).

Ciudad CCS es un periódico gratuito editado por la Fundación para la Comunicación Popular CCS de la Alcaldía de Caracas | Plaza Bolívar, de Monjas a Principal, edificio Rialto | Teléfono 02128607149 correo-e: ccsciudad@gmail.com | Depósito legal: pp200901dc1363

letrasccs300711  

Ciudadccs letrasccs300711

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you