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2-3. Fragmento de la narrativa Cuadro con cuadro de Eduardo Gasca 4. Poesía del lector, por Nelson A. López. SÁBADO 21 DE MAYO DE 2011 / CIUDAD CCS / AÑO 1 N° 50

Puertas adentro Por Pedro Salima (Falcón, 1954)

El ruido de las dos hojas metálicas al golpear hirió mis oídos. Fue una sensación la que sentí en la cabeza, en el tímpano, en la piel. Era la pérdida del aire puro, la desazón ante la privación de ver la panorámica citadina y saberme rodeado de la frialdad de un día de pocos saludos en la calle. A mi derecha quedó una mujer gorda, sudorosa, casi asfixiada por el exceso de grasa que durante años había invadido su cuerpo. Vestía de rojo chillón, un blanco collar de perlas postizas intentaba suavizar el rojo que bajaba hasta los cinco centímetros por encima de la rodilla, donde resurgía la piel morena que caducaba en unos zapatos negros de tacones bajos, bastante deformados por el peso. La gorda se levantó un poco el vestido. Supe que verificaba el buen estado de sus medidas. Me pegué a la parte de atrás. Me atrapó el frío firme del panel. Era mi costumbre intentar superar los temores con esta postura, lo que consideraba ridículo. El corazón se me desbocó en un ritmo impetuoso, incontrolable. Pedí a Dios que nadie se diese cuenta de tal agite en mi pecho. La frente se me llenaba de sudor y las manos, con las palmas asentadas en las metálicas paredes, temblaban. Me sentí avergonzado al ver reflejado mi miedo en los dos espejos colocados en las paredes laterales, uno frente al otro. A la izquierda un tipo bien acicalado, tan cuidadoso en vestir de pantalón beige y camisa verde agua que parecía ir a una entrevista de trabajo o una conferencia televisada, pues aparentaba ser uno de esos caballeros que emergen en la pantalla chica hablando del daño del tabaco o de las ventajas de ciertos electrodomésticos que se venden en televisión. Un reloj bañado en oro era indicativo de que no caminaba por sitios oscuros ni visitaba barrios, ni se paseaba por los lados del mercado en busca de una chupi chupi, ni se entretenía en burdeles baratos. El rápido ojeo a la hora lanzado por el hombre señalaba que iba con premura al lugar de la cita o al estudio donde lo esperaba un amanerado maquillador. Los chasquidos bruscos, metálicos y desiguales rebotaban adentro. Eran brutales en su golpeteo contra los tabiques de mi cráneo. Los segundos empezaron a alargarse como asidos de una chirriante cadena que iba jalando desde las alturas. La luz era opaca, titilante, y eso significaba un mayor encierro. Sudaba más. Y las piernas me temblaban. De repente

Alegoría a Reverón. George Calderón. Óleo sobre tela.

parecían de gelatina y fallaban. Temí que el resto de las personas se diera cuenta de mi estado. Frente a mí, diagonalmente a la derecha, un hembrón, como se dice de manera vulgar. Catira, alta, nalgona, pecosa. Y sus senos firmes casi se salían de su camiseta de cuello tipo Halter, la Lycra al frente y el tul ajustable atrás empujaban la punta de sus pezones hasta la mirada de los hombres, entre ellas la mía, lujuriosa, por cierto. Los jeans se ceñían a sus muslos y trasero. Sólo parecía interesarse en sus uñas bien recortadas y en saberse admirada por quien estuviese cerca. Allí estaba el vacío en el estómago. La sangre circulaba con mayor presión, tanto que percibía un golpeteo en la cabeza. Seguro que mi tensión subía a más de 170 por un lado y a más de 120 por otro. Un velo opaco invadió mi mirada. El mareo. No logré sumar fuerzas para buscar en el bolsillo de la camisa los 25 miligramos del antihipertensivo. Sentí la invasión del sudor en las axilas. Era una nueva y penosa incomodidad. Diagonalmente a la izquierda iba la mujer bajita, delgada, muy pizpireta ella. No paraba de hablar. Pocos segundos bastaron para que abordara varios temas. La hora, el tiempo de lluvia, los partes de guerra, la deuda del gobierno con los

maestros, “está muy pálido señor”, el hueco en la avenida, la artritis de la abuela, “señor, está como una hoja de papel”, el robo a mano armada contra el chino, Joan Manuel Serrat va a cantar en Lima, la escasez de harina precocida, la especulación de la cerveza, “mire, señor, usted se ve muy mal”, el embarazo de la hija del compadre, la inmortalidad de las novelas de ahora, el deterioro del Castillo Santa Rosa, el bochinche en las calles, Serena le ganó a Venus, “señor, se va a vomitar, ¡cuidado!” La mujer de la derecha reculó. Parecía querer aplastar los globos delanteros que estaban más expuestos. El tipo de la izquierda hizo un mohín y volvió su rostro hacia el espejo de su lado, como si quisiera buscar alguna arruga en su ropa. El hembrón, la catirota esa, se puso a dar saltitos en su solo sitio y movía la mano derecha frenéticamente, igual que si fuese a orinar la ropa. La pizpireta me comparaba con su tío Enrique que se vomitaba en todos lados y ponía la misma cara de bolsa que tenía yo, así mismito de pálido y boqueaba de esa forma, y se apretaba la barriga de esa manera y emitía sonidos con la boca, igualito, como si fuesen morochos o criados por la misma mujer. Sólo un cafecito negro llevaba en mi estómago, y ese trago se agolpó en mi

boca. El aborrecible sabor amargo apareció. Quise contar con un cigarrillo para aminorar en lo posible la horrible sensación y para que, en la medida de lo permisible, pudiera tranquilizarme un poco. Una arcada. La contracción en el estómago. ¡Fo! Exclamó la gorda que casi se metía en la esquina entre el espejo y la pared metálica. El tipo elegante se tapó el rostro con la mano derecha, con la izquierda dio un golpe seco al espejo y ensayó también su arcada, pero fue una mala imitación, una leve convulsión amariconada. El hembrón casi llegaba al techo con sus brincos. Las tetas le subían y bajaban sin control. La pizpireta aseguraba que el vómito iba a ensuciar todo y ningún obrero iba a querer limpiarlo y que hedería a cincuenta metros a la redonda y que luego se armaría soberano peo y que a mí me iban a ver mal de allí en adelante, seguro que perdía el respeto de todos. Miré el panel de botones, uno debajo del otro. Todos miraban hacia el mismo sitio. ¡Se iluminó el once! Al fin las hojas metálicas se corrieron y yo retornaba a la libertad. Cuento extraído del libro Algunos lugares, otras muertes, editado por Monte Ávila Editores Latinoamericana.


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 21 DE MAYO 2011

Cuadros con cuadros

Fragmento de la narrativa Todos los cuentos

Por Eduardo Gasca (Caracas, 1939)

I Vivo al lado del mar, pero no nos tratamos. Nuestra relación no ha ido nunca más allá de ignorarme (tan ocupado en lo mismo, en sí mismo, tan inmerso, tan repetitivo, tan uno) ni tampoco más acá de alguna contemplación ocasional de mi parte, más bien aburrida y nada comprometedora. Claro que en ciertos amaneceres se me hace espejo el gris de agua, pero eso, de Narciso para acá, más que metáfora se ha vuelto redundancia. El sol, en cambio, es un lugar común. De sus antipatías recientes, de las últimas burlas del mar, me olvido por ahora. Me olvido también de haberme dado cuenta. Frente al mar, bajo el sol, conocí a Catalina Del Moral Moradell. No el sol perpendicular del mediodía, que blanquea las cosas y empurpura la piel, el insufrible. Sí, el sol azogado de la primera mañana, el modosito. Caminaba yo, trotaba ella, por la playa hacia el punto en que el destino marcó con una x el encuentro de dos trayectorias opuestas y desconocidas, el que va y la que viene, el destino, ese eterno maestro de geometría. Y esta vez la x recayó justo en la concha de la ostra tirada en la arena: con precisión griega el pie derecho de Catalina se posó sobre esa concha. Catalina trotaba descalza. Así lastimada, Catalina paró el trote y se quejó quedamente, sin atinar a bajarse de la concha. Y no atinó a bajarse de la concha porque levantó el rostro –la cabeza ladeada, el pie doliéndole en los ojos increíbles– hacia mí, que llegaba justo en el momento preciso a nuestra confluencia en la x del destino. Frente al mar, bajo la luz de la mañana que recién nacía, ante mí, Catalina de cuerpo entero posada su pie sobre una ostra –ladeado el otro a la derecha, rozando apenas la arena con la punta del dedo gordo– mano sobre el pecho como a quien le duele, como con recato, como sumisa, como quien se tapa, como quien tapa una y deja la otra a la vista, para la vista que se lleva en claro la franela rosada y toca la otra, esa redonda, pequeña, maciza, suave maravilla con botón en punta, botón de rosa en matiz un toque más róseo, un toque nada más, que el conjunto, aréola apenas, pero en punta. Y el cabello, para qué decirlo, largo, ondoso, batido por el viento, de miel. Atado flojo atrás con cinta de plata. Y la segunda mano, sobre la delantera del short, como a quien le va a doler, como con recato, como sumisa, como quien se tapa, como quien no obstante y a la vez se

Muñecas de trapo. Juana Flores. Acrílico sobre tela.

ofrenda, como si mírame o adivíname, para la vista que tropieza con esa mano y pretende colarse por entre los dedos, los dedos que son malla protectora, no pasarán, pero muestran, pero atrapan. Catalina, dicho sea de paso, no se comía las uñas. Y en el centro del cuerpo el ombligo, inevitable, circulito, capital de la zona entre la franela y el short, vórtice y planificación de la tierra firme. Catalina de frente, sobre piernas de atleta, sobre tobillos de balletista o de banderillero, si los tobillos son la base de Catalina no cae, y los pies, como ya vi, como ya dije, de lanzador con hombre en primera. Al pie, la ostra. Catalina dijo hola, mirándome. Y yo no dije nada, mirándola. Encantados, congelados. Pero los encantamientos se cortan como la leche, se vuelven mantequilla sobre pan caliente. Aunque a esa hora el sol no daba para tanto. El nuestro lo rompió la pareja de trotadores descalzos que arrolló entre Catalina y su hola y yo y mi

silencio, cortando el hilo tendido de las miradas, rumbo a quién sabe cuál x, bufando él, aspirando con todo ella, aspirando él, bufando ella, alígero motor de dos tiempos humanos, entrelazados por las cinturas, el pelo al aire, casi en vuelo, casi pedaleando en el aire, trotando descalzos entre Catalina y yo, rompiéndome la visión. Qué cosa, ¿no?, en una mañana así tanto trotador descalzo. Creo que pasaron echando flores. Juraría haberlos visto regar flores rosadas a su paso. Lo apostaría. Pasó la parejita de trotadores floridos y pude volver a ver a Catalina, viéndome, como si no hubiese pasado nada: cabello de miel al viento, cabeza ladeada, rostro bellísimo, ojos increíbles, mano al pecho, mano bajo del ombligo, carne a la vista, carne oculta, insinuada, adorable, sospechable, calculable. Catalina en su jugo, todavía sobre la concha. Catalina dijo me lastimé, mirándome. Y yo no dije nada, mirándola. El sol calienta, la luz se intensifica, el

destino marca las x y algunas y y z en el cuaderno de tareas de la vida. Viniendo de entre los uveros a la derecha, irrumpió una dama a la carrera, con una toalla inmensa desplegada como un manto, como una vela suelta. A la carrera y descalza, otra más. Descalza y con bata de algodón estampada. A la carrera y sin mirarme, ignorándome como a una ostra, llegó y cubrió el cuerpo de Catalina ante mis propios ojos, contra mis propios ojos, con el paño, como una atarraya. Desafiante, sin necesidad de voltear a mirarme, sacó la concha de debajo del pie de Catalina y la hizo volar a lo lejos de una patada. Catalina dijo duele, sin mirarme. La dama dijo se le echa agua oxigenada, mirándola. Y yo no dije nada, mirándome. Cubierta por la toalla, cogida por la atarraya, protegida bajo un brazo, se llevaron a Catalina fuera de mi vista, ¿fuera de mi vida? Así de inoportuna fue siempre la señora Ana.


SÁBADO 21 DE MAYO DE 2011 / CIUDAD CCS / LETRAS CCS

dientudas, hasta en las democracias. Mi Catalina de recorte traía atrás la suya, la del azar, la del destino, que no sale en las fotos. Invierno y verano, flujo y reflujo, sábado y domingo, siembra y zafra. Pero también hay, de vez en cuando, los deprontos. Y de pronto, en la lectura bajo el calorón del mediodía, era el retrato de don Álvaro, tamaño heroico, en la última página, nada presentable. Tan poco elegantes, los suicidas. Y la crónica reportando una obsesión con las apuestas, una serie insufrible de cuadros con cuatros aciertos, el más amargo de los desaciertos, el casi acierto, y un método de apuestas en proporción geométrica, el tiempo que sí va a abolir el azar, la certeza por acumulación de probabilidades sustituyendo a la esperanza, tan inestable la pobre. Y los caballos se llevaron por delante las caballerías, y la rueda con dientes le pisó la heredad a Catalina, que ni Atila, el destino y la ley de probabilidades dándose la mano. Afuera, don Álvaro, con un tiro, tirado en el piso, nada decoroso. En página interior, la atribulada hija, huérfana del todo y del todo en la ruina, moraleja viviente y dolorida, se aleja quién sabe a dónde, pero seguro que a la miseria, fuera de la prensa diaria, fuera de mi álbum, a distancia de mi vida, encorvada bajo el tamaño peso de la desgracia, bajo el brazo protector de la señora Ana. Doña Ana, como de familia, como madre, que la crió en Cuba, en su vergel, que la trajeron para eso, para irla sacando de mi vista con precisión infalible, o casi. El cielo sea su escudo. El doctor el mío.

La ciudad perdida. Yilver Lacruz. Óleo sobre tela.

II Sobre la ciudad en que vivo, ni el cielo anda cuerdo. Fuera de los días y las noches, todo es apostable. Puede nublarse y no llover, puede llover una barbaridad hasta esa plaza y no caer una gota en la calle siguiente. Desde una ventana alta, digamos, es probable ver media ciudad bajo un solazo y media disolverse bajo el aguacero. Desde abajo, contemplar un cielo heráldico tajado en gris plomo y amarillo deslumbrante. Si es por el viento, noreste cuando le place. El mar, claro, está en su lugar, al menos por ahora. Pero no cuenta. El azar cuenta. El cielo es su escudo. Así, lo único en verdad periódico son los diarios. Y en uno, para mi sorpresa, me topé por segunda vez con Catalina. Con la cara de Catalina, y su nombre, y los dos apellidos. A Catalina, por Ana, no la vi más en la playa. A Catalina, por azar, la vi en las páginas de sociales. Cómo no verla. El rostro –la cabeza ladeada a la izquierda, el pelo largo, ondoso, de alta peluquería, de miel, atado flojo atrás con cinta de plata– bellísimo, ojos increíbles. Catalina en close-up. Al pie, la concha del nombre, la pura, impoluta ostra de la especie: Caterina, Kathleen, Ekaterina, Karen, Catherine la Grande, de Médicis, de Aragón, de Siena, Howard, Hepburn, Katy, Cuca. Válgame el cielo. Adorable, acatable, comestible. A

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III

P

Pasó la parejita de trotadores floridos y pude volver a ver a Catalina, viéndome, como si no hubiese pasado nada: cabello de miel al viento, cabeza ladeada, rostro bellísimo, ojos increíbles. la de Alejandría la martirizaron en rueda con dientes, y la rueda pasó a catalina, con minúscula, tropo dentado, semejante tortura, mejor ni recordarlo. Pastillas me recetó el doctor para no pensar tanto. Catalina con minúscula, la pirotécnica, giratoria, rueda que gira y bota llamas de colores, catalina de canela, auténtico círculo de fuego. Y la que da la hora. Y la dulce. Catalina en la punta de la lengua, para toda una vida. No hay pastillas que valgan. De la rueda giratoria del nombre, dos candelazos de color: Del Moral Moradell.

Día de reconocimientos, la belleza trotadora tenía nombre y dos apellidos, y casi capicúa. Catalina Del Moral Moradell pertenecía, pues, no a las playas, sino a las páginas sociales. Aparecía en ellas con periodicidad lunar, casi apostable. Y allí la buscaba todos los días, para perderla en parte al encontrarla, por las diferencias de clase y todas esas cosas. Reina de mucho, madrina de todo, cien rostros, medios cuerpos y cuerpos enteros, crónicas van, crónicas vienen. Catalina comenzaba, entonces, a salir de mi vida con velocidad pareja a la de sus entradas. Entra al trote y se la lleva la señora Ana. Entra en foto y se la lleva el Presidente a un vals nada menos que en palacio. Pero también empezaba a quedarse. Porque yo recordé, y coleccioné, y pegué en álbum a Catalina. En la punta de los dedos, en la punta de la lengua, en la punta de la cabeza. Y cuando no había recorte, ese día repasaba y retocaba. No hay doctor que valga. En las crónicas, la señorita del Moral Moradell, hija dilecta de don Álvaro del Moral Moradell, huérfana de madre, tierno vástago de la mejor vara de Cuba, don Álvaro venido cuando el son se fue, administrador de ingenio allá, administrador de mucho mayor ingenio acá, el padre de la blanca, dulce y refinada Catalina, mi rolito de caña imposible, con ese par de apellidos de varias caballerías. A las Catalinas las persiguen las ruedas

A pesar de doña Ana, Catalina no salió para siempre de mi vida. Hasta el mar, que se ríe para adentro, falla. Hasta el burgués, implacable y cruel falla. Hasta Ana falla. Y no es sólo que un álbum de recortes termine en rompecabezas de recuerdos armados y pegados, manualidades del alma. Por motivos de fuerza mayor (los Del Moral Moradell habían dejado de ser materia crónica, esa pasantía fugaz de don Álvaro por las páginas rojas) mi álbum se cerró. Pero no se cerró. Me explico. Se cerró como álbum viviente: no hubo más recortes, cesó el crecimiento y el desarrollo. Rompecabezas armando, rompecabezas kaput. No se cerró como álbum viviente: sí, hubo repasar y retocar las páginas, sí, hubo cerrar las tapas cada tarde, acto dolorido y luctuoso. Y cotidiana exhumación en esfinge a la siguiente, acto enfebrecido y anhelante; sí, hubo revisión vespertina de recortes de Catalina pegados, siempre Catalina en la punta de los ojos, de los dedos, de la lengua, en la punta de la cabeza, Catalina entrevista al trasluz de una lágrima, Catalina prevista entre un puchero y otro. Melancolía, lipemanía, paso de luna perenne y perentorio, cacofónico. Dejé de ir al doctor. Extraído del libro Todos los cuentos, editado por Monte Ávila Editores Latinoamericana.


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBABO 21 DE MAYO DE 2011

Poesía del lector

Canción de amor Por Nelson A. López (Mérida, 1959)

Perdido

Hoy me llevó la tarde Quizás aparezca flotando en la noche Si me buscas vente con la luna Si me encuentras deja un beso sobre mis labios Regálame tu alma Hoy no vi tu rostro

Hoy Hoy la ventana es un paso de gritos Sin embargo la habitación continúa siendo amable Hace rato llegó ella con su sonrisa su beso y su mirada Desde que se quitó la ropa no ha habido manera de saber del tiempo tanscurrido Sólo ha sucedido Su olor, formas, abismos. No hay manera de saber donde estoy Y reconozco todo. Hoy la ventana continúa abierta. No he sido capaz de cerrarla.

Musa Cuando repito Tu Nombre Suena como A Besos

La luz en el bodegón. Manuel Lucena. Acrílico sobre tela.

Marisal

Nostalgia

Soy de sal Eres de mar Soy de mar Eres de sal Eres de mar De mar De mar De sal De sal Soy de mar Eres de sal Soy de mar Eres de mar Soy de sal De sal De sal

Este cuarto sin gemidos Este cuarto sin abrazos que desaten el tiempo caprichoso Sin olores, sin color Sin vida.

Eres de mar Soy de mar Eres de sal Soy de sal Somos de mar Somos de sal Eres Soy Somos De mar De sal Mar Somos mar

Canción de amor No me dejes sin tus besos sin tus ojos. No dejes que me pierda en la tristeza. Tómame con tu boca sostenme en tu mirada no dejes que me vaya solo. Quédate conmigo. Regálame un beso. Brindame tus

Directora Mercedes Chacín Coordinadora Odry Farnetano Adjunta Rocío Sarabia. Letras CCS es un suplemento de fin de semana de Ciudad CCS, forma parte integral del diario y se distribuye de forma gratuita | Redacción 0212-8607149 correo-e: letras.ciudadccs@gmail.com

pechos. Abrázame fuerte. No dejes que me lleve la soledad, no te marches nunca. Quédate en mis ojos. Quédate en mi boca. Quédate en mi cuerpo. Vuélvete mi Amor.

Yo tampoco por aquel entonces ella era una golosina y estábamos todos mis amigos en una fiesta y todos éramos niños y ella es mujer y quiere ser mía ...todos la miran yo la miro nadie me mira ni ella que quiere seguir siendo mía, pero no sabe. YO TAMPOCO. Vecino de la parroquia Caricuao, municipio Libertador

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