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2-3. Cuentos del Cuartel Maldito, de J.M Rodríguez 4. Poesía del lector: Luis Álvaro Dupuy y Laumarú Armas SÁBADO 14 DE MAYO DE 2011 / CIUDAD CCS / AÑO 1 N° 49

Por Aquiles Nazoa (Caracas,1920

Don Anselmo Desde hace muchos años, sin fallar, a la hora del almuerzo, día a día en el quicio de mi casa se sienta un pobre viejo.

Poesía

El ruiseñor de Catuche

Los muchachos del barrio lo tratan con cariño y con respeto, y hasta hay algunos que con él comparten su menguada ración de caramelos. Nadie sabe su nombre ni jamás ha tratado de saberlo, pero es tan venerable su figura, tan rebosante de bondad su aspecto y su manera de mirar tan dulce, que todos lo llamamos don Anselmo. Y se sienta en el quicio de mi casa –como ya dije al comenzar el cuento– y se pone a contar los centavitos que recogió mostrando su sombrero, o tierno y paternal tiende la mano para hacerle arrumacos a algún perro. Sin que él toque, en mi casa por intuición sabemos que en el sitio habitual ya está instalado como todos los días, don Anselmo. Sale entonces mi madre, y el mendigo le da tres perolitos que al regreso vienen llenos de sopa, de ensalada, de tortilla, de plátano, de huevos y de mil cosas más que, francamente quisiera recordar pero no puedo. Llagados a este punto de la historia me dirán los lectores: ¡Qué embustero! Ni las casas de ahora tiene quicio ni existe semejante don Anselmo, ni en la casa de usted cocinan tanto, ni todo ese menú se come un viejo y aunque se lo comiera, no cabría en unos perolitos tan pequeños. Pues bien, me habéis cogido en la pisada: he mentido, señores y no niego que cuanto he referido es puro embuste: ¿Pero verdad que es bello, bello, bello?

El mayordomo y el gato Recientemente falleció en Montana una viejecita norteamericana que, en calidad de único heredero le dejó a un mayordomo su dinero. Mas la anciana del caso que relato dejó también un gato que ha venido a plantearle al mayordomo un problema, lector, de tomo y lomo, ya que en el testamento hay un mandato que le impide aunque llegue a la indigencia, disponer ni una puya de la herencia hasta que no se muera dicho gato.

El mono Pancho perdido y hallado en el mar. Francisco Itriago. Mixta sobre MDF

Me diréis: –¿Y por qué ese mayordomo no se arma de una estaca o de un zapato y acaba de una vez con ese gato que debe de caerle como un plomo? Ah, porque la viejecita, en previsión de que ocurrir pudiera cosa tal aclaró al imponer su condición que del gato en cuestión la defunción debe ser natural, y si no muere así, tampoco hay real. Lo que le queda, pues, al mayordomo ante este caso, es conservar su aplomo, con paciencia llevar su dura cruz y esperar que se muera el micifuz. y como el gato tiene siete vidas, ¡esas puyas, lector, están perdidas!

Exaltación del perro callejero Ruin perro callejero, perro municipal, perro sin amo, que al sol o al aguacero transitas como un gamo trocado por sarna la sarna en cachicamo. Admiro tu entereza de perro que no cambia su destino de orgullosa pobreza por el del perro fino, casero, impersonal y femenino. Cuya vida sin gloria ni desgracia, transcurre entre la holgura,

ignorando la euforia que encierra la aventura de hallar de pronto un hueso en la basura. Que si bien se mantiene igual que un viejo lord de noble cuna, siempre gordo, no tiene como tú la fortuna de dialogar de noche con la luna. Mientras a él las mujeres le ponen cintas, límpieles los mocos, tú, vagabundo, eres –privilegio de pocos– amigo de los niños y los locos. Y en tanto que él divierte –estúpido bufón– a las visitas, a ti da gusto verte con qué gracia ejercitas tus dotes de Don Juan con las perritas... Can corriente y moliente, nombre nadie te dio, ni eres de casta; mas tu seguramente dirás iconoclasta: –Soy simplemente perro, y eso basta. La ciudadana escena cruzas tras tu dietético recurso, libre de la cadena del perro de concurso que ladra como haciendo algún discurso. Y aunque venga un tranvía,

qué diablos, tú atraviesas la calzada con la filosofía riente y desenfrenada del que al todo perder, no pierde nada

La vida cotidiana Levantarse temprano, cepillarse los dientes y tomar, si lo han hecho, dos sorbos de café; Discutir de dinero con todos los parientes; Irse para el trabajo, probablemente a pie. Volver al mediodía, comerse unos calientes macarrones en sopa y un grasiento bistec, mientras la esposa informa que el tres de los corrientes Cumple un año –y no tiene zapatos– el bebé. Saber que de repente se ha muerto algún amigo, ir al cine a ver cosas que no valen un higo; ponerse los domingos un flux de casimir. Y seguir dando vueltas, como el burro a la noria, en torno de la misma, ¡siempre la misma historia! Qué ciencia tan sencilla la ciencia de vivir. Aquiles Nazoa fue un escritor, periodista, poeta y humorista que se dedicó a cultivar valores de la cultura popular venezolana.


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 14 DE MAYO 2011

Cuentos del cuartel maldito [Fragmentos] Por J.M. Rodríguez La pesadumbre comienza en 1778 …Nací solo y bastardo en el año 1770, del vientre de una criolla blanca y de buena familia,casada con un anciano comerciante peninsular establecido en la isla de las perlas. Había un canario, fornido y lujurioso, que servía como tendero en el almacén del viejo, con él esta mujer sostenía fugaces encuentros amatorios…Ofuscado por la ofensa del canario y humillado por los vecinos de la isla, lo mandó a matar…Todo el mundo se enteró. El viejo decidió entonces venirse para la capital de la provincia con la mujer preñada y la encerró en un cuarto de la última casa que existía, apartada de la ciudad, a los pies del imponente cerro. Allí me parió con desgarradores gritos de soledad. Estaba colgada por los brazos de una vigueta del techo. El peninsular desquiciado me envolvió en hojas de plátano y me amarró así, al retorcido cují negro que había en el patio, como si fuera un fruto prohibido. Luego le prendió fuego a la casa y antes que las llamas lo alcanzaran, se ahorcó al lado de mi madre enloquecida. La gente que llegó después del incendio contaba que sólo se escuchaba el llanto de un niño cerca de un negro árbol humeante. Algunos años más tarde el cují renacido y las ruinas carbonizadas fueron eliminadas sin que mi cólera inexperta pudiera evitarlo. Iban a construir el Cuartel. Sobre el terreno aplanado me juré deshacedor de agravios. De esto han ocurrido doscientos veintidós años, y durante ese tiempo he continuado allí, protegiendo vidas buenas cuando no ayudando a la muerte de malvados. Ya no sufro de cólera, ahora soy experto en cumplir mi juramento, no de justicia sino de expiación, que son propósitos diferentes. …Este edificio…ya mostraba una perspectiva de pesadumbre que contradecía el, todavía, frescor de sus paredes, como si las dificultades de su construcción hubieran oscurecido su superficie aún no cubierta con el revoque de barro y la pintura de cal. Era, por su tamaño y abandono, motivo de permanente murmuración, la gente no olvidaba la tragedia del cují negro, y menos aún luego que una mañana en la que apareció muerta en su interior, con los signos groseros de la violación, la mudita que vendía empanadas en la sabana de La Trinidad, una india pequeña de indefinida edad y seguramente ajena a los apetitos lujuriosos que tanta mujer sola genera en tanto macho incontinente. Es bueno incorporar a la narración los

El despertar de una mirada y el color del amor. Nayibe Chaparro. Acrílico sobre tela. comentarios que hacían, a propósito de ese hecho, los parroquias presentes en ese fonda, comentarios que yo mismo escuché en esos tiempos: Ese edificio es un peligro lleva ya varios años construyéndose y mírenlo como está, parece abandonado, tal cosa propicia esos abusos de mujer en solitario, no me quedan duda que fueron esos que por ratos trabajaban allí los que mataron a la infeliz. Se llevaron a tres negros en un cepo y dicen que a pesar de los latigazos no confesaron su abominable crimen. Según el alguacil estaban borrachos la noche que sucedió, que fue viernes, la mudita debe haber ido a llevarse empanadas y se resistió a los requerimientos bochornosos de los sujetos. Seguramente pensó que tres negros eran demasiado para ella, coño, y se iban a quedar allí luego de semejante vaina, Negros no piensan, no fueron ellos los que cometieron el delito, de qué habla. Digo que no fueron ellos sino dos

milicianos blancos que hacían la ronda por los lados del Cuartel, usted parece un libelático, pues, sean o no, van a ser ajusticiados en la horca. Miren lo que son las cosas, esa horca ha estado frente a ellos todos estos años, como si los hubiera estado esperando, los borrachos de este domicilio, y no me refiero a esos tres negros sino a los borrachos decentes, deberíamos pedirle al gobernador que cambie de Planificador Jefe, ese señor no sólo es responsable del abandono de ese edificio, es culpable de que subiera en una moneda el impuesto al barril de aguardiente, cuántas botellas caben en un barril, no sé pero el bando que pagaron en las puertas de las bodegas dice una moneda por barril o por cuarenta botellas que será equivalente. Y cuál es el problema del Planificador Jefe con el aguardiente, tampoco lo sé, lo que dicen las malas lenguas es que toma encapillado, él se la pasa viajando a la corte del Rey Bordón, traerá de esos

viajes el brandy que se toma, por eso no le importa el lavagallo que nosotros tomamos. Para contextualizar esa conversación (como lo hacen los juiciosos) tengo que decirles que el Planificador Jefe, que era el encargado de las obras de la ciudad y de su puerto, había logrado que el Rey Bordón le asignara las doscientas mil monedas que costaría terminar el Cuartel, para eso el Monarca estableció el nuevo impuesto que ahora los parroquianos resentían. Él mismo estaba al tanto de los imprevistos y desgracias que rodeaban la fortaleza. Antes de este homicidio de vil lujuria, ya habían ocurrido otras muertes. Sucedió mientras el Planificador Jefe estaba en la Corte pidiendo el dinero para continuar las obras, uno de los muros de tapia que se estaba levantando en el lado oriental, y que había quedado paralizado por falta de dinero, agotada su resistencia por las lluvias que, el día de San Francisco, arrollan la ciudad, cedió su desnudez y aplastó a dos peones que trabajaban cerca rellenando el socavón que el agua abrió. Todos estos antecedentes y ahora el de la mudita, convertían el Cuartel en parte obligada de las murmuraciones de los ciudadanos y no podía ser diferente con los parroquianos en cuestión, y menos cuando los tragos fuertes facilitan el conversatorio irresponsable. Recuerdo muy bien a las tres personas que lideraban la conversación: un comentador de noticias que editaba la Gaceta de la Ciudad (que era lo que ahora llamaríamos un medio realista), un funcionario de segunda del gobierno provincial y el dueño de la fonda, a ellos me uní intencionalmente, yo era ese que llamaron libelático. Mi aspecto es el que siempre tuve luego de mi corta juventud, un hombre recio entrando en años, con ojos grises y mirada cimarrona. La gente no entendía cómo esa mirada entreverada podía estar acompañada con el suave hablar del bien enseñado, pero eso es así en los inmortales, y yo lo disfrutaba: El Cuartel en ese sitio, y con dos pisos, es todo un exceso, ya ha muerto gente allí y así seguirá ocurriendo, les dije, sin contar los ahorcados de enfrente, los que han muerto son esclavos, señor, me dijo el ventero, había considerado conveniente dejar clara la diferencia entre unos y otros. Era este individuo un blanco de orilla que había obtenido la fonda de su casamiento con una viuda española mayor que él y en estado de ansiedad, estaba sentado con las piernas muy abiertas en una banqueta tejida, sin ganza, lo malo de la muerte de los esclavos es que, por estos tiempos que corren, son los únicos que saben batir el barro y hacer la argamasa para la


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Alas del colibrí. Mayira Alonzo. Mixta sobre tela.

mampostería, los peones se están dedicando al comercio, y a forzar in extremis a mujeres impedidas, intercaló la autoridad civil. Insisto que no fueron ellos los violadores, autoridades como usted deberían ser más rigurosas en sus juicios, mire anciano, no sé quien es usted pero le recomiendo que cuide sus palabras. El editor, aparentemente poco interesado en mi señalamiento, continuó con las murmuraciones. Los constructores de este Cuartel se están gastando toda la plata de la ciudad y van a pasar varios reyes y capitanes generales antes que lo termine, ese Borbón es el segundo Rey que la da plata y el gobernador el segundo que la recibe, por eso ya publicamos, que el primer Borbón, que en realidad era Tercero, le había asignado al Planificador Jefe ochenta mil monedas para el Cuartel, ahora el Borbón Cuarto le dio doscientas mil más, con razón viaja tanto y toma brandy, qué hizo con las ochenta mil monedas, con ellas puede vivir una familia en estas regiones equinocciales por siempre, Eso no es todo, logramos descubrir en nuestras investigaciones reporteriles que se está construyendo una casa en el litoral, y que para tomar baños de mar, a quién se le ocurre tamaño disparate. No fueron tus investigaciones, reclamó el veterano isleño, fui yo quien te dijo que lo vemos a cada rato pasar por aquí con una atado de mulas y varios zambos cargando materiales. No es cierto mulato, así es Ño, con razón el Cuartel no se termina, siempre resultará más fácil hacer

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Él se la pasa viajando a la corte del Rey Bordón, traerá de esos viajes el brandy que se toma, por eso no le importa el lavagallo que nosotros tomamos.

culpables a los de abajo, de que habla, nada, me refiero a los negros inculpados y al Planificador disoluto, de verdad que usted parece ser un libelático, recriminó el celoso funcionario. Así hablan los que viven en tolerancia con negros y nativos, lo que quiero decir es que si el Planificador Jefe se está cogiendo lo reales, el gobernador debe estar involucrado, ni que fuera pendejo. Hay un garrote rifándose y usted parece estar comprando todos los números, ya el funcionario de segunda pasaba a la amenaza, el torpe hombre no supo nunca a quién se dirigía. La charla picaresca se expandió como parte del traer y llevar de la muy joven y aldeana ciudad. El editor no perdió la oportunidad de construir con los

cuentos de la fonda, la chismografía del Cuartel, y no desaprovechó mis señalamientos, menos aún cuando, luego del ahorcamiento de los tres negro infelices, aparecieron dos milicianos muertos en el fondo de la quebrada Catuche. Nunca se supo si los habían lanzado desde el puente Carlos III, o si, en el pago de algún pasivo moral, ellos mismos lo hicieron. Eran tiempos donde la prensa aún no había adquirido el monopolio oficial del infundio y los que en eso trabajaban aún no eran conscientes de la impunidad de sus acciones. Esa impunidad fue la que permitió hacer públicos aquellos chismes de la prensa privada que siempre comenzaban: Supiste que la fulanita la vieron... Con los años la prensa aprendió el estilo y sus noticias repetían con más rigurosidad ese traer y llevar: Alguna gente comentó su sorpresa de ver a la fulanita... fue la frase que los liberaba de responsabilidad. También con los años, a pesar de los augurios de los borrachos, y de mi propia voluntad, el Cuartel se terminó de construir. La verdad es que lucía espléndido con sus dos pisos mirando el valle, que era una mirada al sur. Se instaló allí el regimiento de la Reina (si ese periódico de la ciudad no hubiera sido borbónico, como el era, el subtitulado de la noticia no dejaría pasar lo apropiado del nombre tratándose de una reina conocida por sus pasiones por los jóvenes granaderos). En poco tiempo concluiría, para fortuna de los blancos criollos, el vasallaje a los reyes borbones. Con los pardos, mulatos, zambos y

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negros la cosa no cambió mucho y menos cambió para los esclavos. Y es que la oligarquía criolla ya no tenía muchas ganas de continuar repartiendo con la Junta Suprema las riquezas que generaban sus esclavos. Me refiero a la Junta de Sevilla, la que sustituyó al abdicado monarca, que a su vez sustituyó al de los grandes cuernos. Una junta patriótica declaró la independencia que luego fue firmada por el congreso de las provincias unidas. Salieron los oficiales realistas, no así las milicias reales que, en su mayoría, se integraron al movimiento. En poco tiempo esos milicianos, transformados en republicanos, se instalaron en el mismo edificio llamado ahora Cuartel de Veteranos. Igualmente fue desmontada la horca luego de tanto tiempo cumpliendo su terrible tarea de limpieza real. Sin embargo, el halo trágico que desde sus momentos iniciales envolvió ese recinto, se hizo trepidante, arrugó pisos de piedra y despedazó muros de barro. Era jueves santo y la tropa se alistaba para asistir a la procesión de la catedral. Las naves internas del Cuartel estaban colmadas con la joven soldadeaca que ajustaba sus correajes para salir con marcialidad a lucir sus mejores galas. Desfilarían frente a la catedral como preámbulo de la ceremonia religiosa más importante de la ciudad. Se aproximaba la media tarde y la vocinglería de los soldados comenzó a ser callada por un ruido oscuro y extenso que subía de la ciudad. Las casas, torres y cúpulas se estaban cayendo a pedazos, asombrosa y cruelmente, sobre la gente que gritaba sin voz. Toda la ciudad quedó partida por tal sacudida las fuerzas telúricas de donde brotó el barro, lo arrojaron en secos pedazos sobre el humanal que lo amasó. La loma escogida para plantar el Cuartel, con sus tierras aluvionales, que son milenios de sedimentos arrastrados desde lo alto de la gran montaña, se movió con el impulso adicional que le imprimía su pastosa construcción. El segundo piso del edificio, una armazón enteramente de madera sostenida sobre la esbelta mampostería, fue lo primero que se desplomó, tras él colapsa los muros sur y este, luego el oeste. Todos caen hacia adentro jalonados por las vigas de madera que sobre ellos descansaban, y las naves, los corredores y hasta el gran patio de armas, de magníficas proporciones, se cubrió de escombros. Debajo de ellos el horror. El regimiento que, hace unos momentos, arreglaba sus modestas casacas, yace sepultado. El azul de sus uniformes ha desaparecido bajo la polvareda arcillosa. Son muchos centenares los muertos. Un ejército de veteranos que en razón de los cortos tiempos republicanos eran sólo jóvenes con uniformes nuevos, había sido diezmado por fuerzas naturales incomprendidas, se revolvían los caldos aún calientes de los castigos divinos por la osadía cometida contra la corona. Yo aunque sin ser responsable de los telúrico, debo confesarles que lo asumí como una vindicta.


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 14 DE MAYO DE 2011

Poesía del lector

Por Luis Álvaro Dupuy (Caracas, 1957)

Estoy matando tu amor I Estoy matando tu amor, lentamente, poco a poco. Se me ha olvidando tu voz y la forma de tu rostro. Estoy matando tu amor cada minuto que pasa. Porque en verdad, ya tu amor no me hace mucha falta. II Ya no recuerdo en verdad, si te amé, si me amaste. Si alguna vez te lloré, o quizá tú me añoraste Hoy me pongo a imaginar qué sabor tenían tus besos No lo puedo recordar, por más esfuerzos que he hecho. III Estoy matando tu amor,te juro, lo estoy logrando Ya no siento aquel dolor,cuando te ibas alejando. Se me ha olvidado el calor de tu cuerpo y de tus labios. IV Me cuesta mucho entender,por qué razón te quería. ¡¡Cómo pude olvidarte!! ¡¡Cómo tú también lo hacías!!

Dividiendo Si dividimos para dar, ¡¡Dividamos!! Si dividimos para separar,¡¡Detente un instante!! Prefiero sumar. Y aunque a veces tenga que restar, lo pienso... Sumo y multiplico para dar,resulta mucho más grato que restar y dividir para quitar. Te doy lo que tengo dividiendo y divido entre dos lo que te pueda dar. Por eso disfruto sumando, multiplicando y dividiendo Que restando para dividir o dividir para no dar.

Autorretrato. Juan Sebastián Rodríguez. Óleo sobre tela.

Por Lauramarú Armas

(Barcelona, Anzoátegui, 1986)

Noche oscura

Hermosa ironía Hermosa ironía Tenerte sin saberlo Compartirte sin oponerme Encontrarte sin buscarte Amarte sin quererlo Desearte sin sentirlo Extrañarte sin pensar en ti

Mendigo I Con los pies descalzos, la miseria duerme Incierto el futuro,inciertas las sienes Con las ropas sucias,llenas de sudor Horas marginadas por el desamor

Como siempre Las almas se encuentran Ironía, de la vida Existir sin querer hacerlo Nacer sin sufrir Pagar las consecuencias Sin haberlas conocido Destruir el mundo, sin tener conciencia Perder la belleza de las mañanas, aun cuando se duerme Matar la inocencia, sin poseerla

II Con las barbas largas, negras y plateadas Un sombrero roto le sirve de almohada Con la mirada perdida, se fue hacia el pasado Recorrió despacio momentos dorados. III Anoche lo hallaron en aquel rincón Su cuerpo sin vida sobre un escalón. En sus ojos fijos se podía ver El recuerdo hermoso de una mujer. Vecino de la parroquia El Recreo, municipio Libertador

Hermosa ironía Está vida Y después pensamos, que nuestras vidas no están planeadas Si todo parece encajar en la perfecta ironía de la vida

Directora Mercedes Chacín Coordinadora Odry Farnetano Adjunta Rocío Sarabia. Letras CCS es un suplemento de fin de semana de Ciudad CCS, forma parte integral del diario y se distribuye de forma gratuita | Redacción 0212-8607149 correo-e: letras.ciudadccs@gmail.com

Mis pensamientos viajan al compás de la música Las imágenes hablan de ti El silencio dice tu nombre La noche intenta hacerme un vestido con tus recuerdos Con cada abrir y cerrar de mis ojos Con cada milímetro de la piel que recubre mi cuerpo Tu esencia vive Tus besos se reconfortan Tus manos me recuerdan Cuentan una historia de amor hermosa Las estrellas se ríen de nosotros en silencio A lo lejos tu cuerpo minado de besos míos te habla Escuchas y respondes como el suave viento del norte Sueño despierta no ser de este mundo Me imagino corriendo por praderas libre, indómita, caballo negro Y siempre estás a mi lado Me ves de lejos con tus hermosos ojos Sonríes Y yo sigo soñando

Vecino de la parroquia Candelaria, municipio Libertador

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