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2. Dramaturgia, Fragmento de Oscéneba, de César Rengifo 4. Poesía maya / Ensayo El rostro del viento / Ri upalaj ri kaq’ik’, de Humberto Ak’abal

SÁBADO 9 DE OCTUBRE DE 2010 / CIUDAD CCS / AÑO 1 N° 21

Mito de los antiguos pueblos

Kuay Nabaida / La Mar de arriba Mito warao Mucho antes de que el vaho de la pólvora, y después el del olvido, difuminaran sus plumas de pájaros, sus quisques, sus pedrezuelas de adorno, sus tejuelos de oro, sus collares de concha, sus caracoles blancos, sus sellos de arcilla para atavíos del cuerpo, sus tiestos de engobe, sus chaguales y patenas, sus azabaches contra la desventura, sus ídolos de tres puntas para propiciar la abundancia de la tierra, sus colgantes de filigrana, sus diademas, sus vasijas zoomorfas y encantadas, sus tallas y urdimbres; Mucho antes de que cayeran portier sus mariposas de obsidiana y sus tocados de tucán, sus yerbas y raíces milenarias contra los males del cuerpo, sus granos y olicores contra la muerte, sus copales para la sobrevida en la muerte, sus dominios terrestres y celestes sus flautas de barro y de hueso contra las pesadumbres del espíritu, sus calendarios, sus ciencias y sus canciones; Mucho antes de que fueran sus gentes esclavizadas, servidumbradas, deshonradas, despojadas de la antigua piel de su alma; Mucho antes de que sobre ellos cayeran mandoble y desprecio, las primeras tribus habían descubierto los grandes ríos, la cerúlea bienaventuranza de la mar, las mesetas, las llanuras y las montañas del continente. Unos vislumbraron los brazos de un gran torrente bajo la calinosa neblina del verde impenetrable, lo hicieron hermano, padre y compañero respetado y lo llamaron Uriaparia, Wirinoco. Eso fue mucho después de que los abuelos decidieran abandonar las regiones desconocidas. Pues al principio – cuentan los más ancianos entre los waraos – los hombres vivían en el Kuay Nabaida, el mar de arriba. Allí, sobre la copa de una manaca altísima, venía todas las tardes a posarse una bandadas de pavas para pasar la noche. Cierta vez un indio dijo a otro que le flechara una, pues tenía hambre. El indio apuntó a una pava y disparó. la flecha pasó por entre las aves sin alcanzar a ninguna y al caer se clavó fuertemente en la tierra. El muchacho fue en busca de la flecha

Escrituras de mis antepasados - Petroglifos. Henry Curiel

pero no la halló. Había desaparecido. Buscando y buscando oyó que una anciana le llamaba: “Mauka, ji jatabu tamatika ja” (“Mira, hijito, tu flecha está aquí”). Pero la flecha estaba tan profundamente clavada que aún empleando todas sus fuerzas el muchacho no pudo arrancarla. - Cava alrededor – le dijo la anciana – y de ese modo podrás arrancarla. Los dos indios se pusieron a cavar y en eso estuvieron largo tiempo. Mientras más escarbaban, la tierra se iba hundiendo, hundiendo. Toda la tierra se iba escurriendo mientras ellos cavaban alrededor de la flecha. Por fin apareció un boquete desde donde podía verse el mundo de abajo y todas las cosas de la tierra. Los indios

estaban asombrados y llamaron a otros indios y reunieron a los principales y a los ancianos de la tribu para que fuesen a ver el mundo de abajo desde el boquete abierto por la flecha. Los principales y los ancianos deliberaron y consultaron con el pueblo sobre si debían bajar a conocer el mundo que tan hermoso se veía. Todos querían conocer ese mundo que verde e iluminado parecía, por lo que decidieron descender por una maroma que tejieron con jáu, la fibra del moriche. Uno a uno los indios se deslizaron por la maroma hacia abajo. Uno a uno se deslizaron, pero todavía faltaban un wisiratu y su mujer, que estaba embarazada. El wisiratu ordenó a su mujer que

bajase primero, pero la mujer embarazada no cabía en el hueco. Por más esfuerzo que hacía el wisiratu por empujar a su mujer hacia abajo, ésta se quedaba atascada en el boquete sin poder bajar ni subir. Y por más que hizo, la mujer sólo pudo sacar un muslo con su pierna y su pie. Y de allí no pudo moverse más. En el boquete de Kuay Nabaida quedaron el muslo, la pierna, el pie de la mujer. Quedaron allí para siempre y se convirtieron en estrellas. Por las noches esas estrellas, siete estrellas de la Osa, se pueden ver alumbrando las altas copas de las manacas y reflejándose en los caños. Los waraos dicen al verlas: “Noji jabasi” (“Uno de los dos muslos”)


LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 9 DE OCTUBRE DE 2010

El pueblo caribe ha sido enjuiciado principalmente por quienes en acción conquistadora lo combatieron implacablemente para despojarlos de sus tierras y de su libertad. La actitud gallarda que asumió en la lucha le costó su casi total exterminio bajo las armas invasoras; y también que sobre su memoria se alzara el anatema y la leyenda vilipendiosa de adelantados, clérigos y encomendaderos para mostrarlo por doquier, en tiempo y espacio, como pueblo arquetipo de barbarie y ferocidad. De esos anatemas y leyendas sombrías se ha hecho eco la casi totalidad de los historiadores de las cosas de nuestra América, ocultando tras calificativos deformadores la humildad de los caribes, sus virtudes, aun aquella probada mil veces de amar fervorosamente la tierra donde habían nacido. Amor de íntegra fidelidad y por el cual no vacilaron en soportar múltiples padecimientos y morir – cuando esa lucha se transformaba en muerte – con altiva dignidad. ACCIÓN: En Nueva Cádiz y en sus extramuros, en la isla de Cubagua, una noche del año 1543. … se ilumina débilmente la escena mostrando el interior penumbroso de un pequeño rancho de bahareque y palma, el cual tiene más aspecto de cueva que de vivienda. Hay en un rincón algunas piedras ennegrecidas por el fuego y el humo. Una atarraya tendida sobre unos palos, una nasa y unos remos. En el piso a manera de lecho una estera de palma tejida. En el lateral izquierdo una pequeña puerta también confeccionada con palma tejida da salida al exterior. Un candil débil da una luz difusa. Sobre la estera yace Quenepa. Viste túnica de lienzo, muy raída y sucia. Otro lienzo la cubre hasta medio cuerpo a manera de sábana. El rostro de Quenepa, surcado de arrugas, muestra una dureza fría, lejana. A lo lejos aúllan y ladran perros. Quenepa: (Semi incorporándose sobre la estera donde yace). No cesan de aullar. Quienes lo oigan deben sentir miedo. Esos perros están venteando la muerte. (La puerta se abre y entra Piescó). Piescó: (Muy anciano y encorvado. Viste la misma indumentaria que Tigüire. Trae terciada una pequeña cesta. Se apoya en un bastón). Oigo que aún hay vida en esta cueva. Quenepa: ¿Eres tú, Piescó? Viejo piache, ¡Cuánto has tardado! Piescó: (Mirando a su alrededor) ¿Hablaba sola la abuela Quenepa? Quenepa: Murmuraba de esos perros. Varias noches llevan aullando a esta misma hora, pero lo hacen como si vie-

(1915 – 1980)

Por César Rengifo

ran al mismo miedo. ¿La noche es turbia afuera? Piescó: Ni los ojos del jaguar podrían penetrarla. Pocas he mirado así en esta isla de pedregales y cardones. Quenepa: Y de sufrimientos para los caribes… Piescó: ¡Así es! Quenepa: ¿Tuviste trabajos en venir? Piescó: Poco. La edad me hace caminar como las arañas y vine por las arenas de la playa, el mar ruge con una inquietud extraña. Quenepa, hay signos temibles en las cosas.

Alucinantes faroles. Luis Lizardo

Quenepa: ¿Qué han visto tus ojos, acostumbrados a interpretar misterios? Piescó: Cuando el sol caía vi a los tigüitigües en vuelo raudo al sur como si huyeran de todo esto; y desde un yaque espinoso chilló gimiendo un guanaguanare; hallé también peces muertos en la arena, peces que nunca he visto. Quenepa: Por eso creo que algo miran los perros. Yo sentí hace un rato, cuando caían las sombras, algo, no sé… Piescó: Diga la abuela para ver si es lo mismo que advertí al andar sobre los peñascales…

Fragmento de Oscéneba

Dramaturgia

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Quenepa: Pon cuidado… cuando la luz se iba oí bajo la estera un ruido extraño. Como si bramara el fondo de la tierra… Mi corazón latió temeroso. Piescó: Quenepa, créeme, también yo percibí ese extraño bramido, y estaba lejos de aquí. No sé si tuve miedo o que los años me doblegan, pero las rocas o mis pies se estremecieron. Quenepa: Y ahora esos animales aullando. Si pudiéramos mirar lo que ellos miran… Piescó: (Grave): Nadie puede hacerlo… Quenepa: ¿Viste algo más?

Piescó: Sí, y se entristeció otra vez mi corazón. En las empalizadas, junto al fuerte hay fogatas y perros que aúllan… y muchos hermanos caribes amarrados con dogales por los cuellos… Quenepa: ¡Ah, otra vez se divierten con sus hierros candentes los extranjeros invasores…! Piescó: Sí sobre la frente de muchos hermanos nuestros, el hierro enrojecido está marcando el estigma que nos confunde con sus bestias y ganados… (Se toca su frente marcada). Quenepa: (Como un eco, lejana, turbia, mientras se toca también la marca de su frente). La C de fuego, la C sangrienta, la C que arde más en el espíritu del pueblo caribe que en su carne, ¡Para los hombres blancos significa caribe, caníbal, esclavo! Piescó: ¡Y para nosotros padecimientos, lágrimas de rabia, infamia, muerte más que muerte! Quenepa: Es cierto, Piescó. Más que

Composición con JK. Francisco Bellorinis

muerte, ¿quién así marcado osa alzar su frente? ¿Acaso no es ya peor que una bestia? Piescó: Así es Quenepa, yo he visto con cuánto amor cuidan nuestros enemigos a sus caballos y perros de presa.

Otro lienzo la cubre hasta medio cuerpo a manera de sábana. El rostro de Quenepa, surcado de arrugas, muestra una dureza fría, lejana. A lo lejos aúllan y ladran perros.

¡En cambio a los caribes! Quenepa: Ya ni siquiera sufro pensando en eso. Desde hace tiempo no quiero tener imágenes ni recuerdos. Piescó: Hemos agotado el sufrimiento. Quenepa: Por eso estaba impaciente porque vinieras. ¿Pudiste conseguir mi encargo? Piescó: Aquí lo traigo. (Saca de la pequeña cesta una olla de tierra cocida diminuta). Viene de muy lejos, del Orinoco, mucho costó que llegara hasta acá. Es rojo y violento… (Da a Quenepa la ollita). Quenepa: Me agrada que tu rostro esté sereno al ofrecérmelo. Piescó: También yo haré uso de él. Quenep a: ¿Están advertidos todos? (Esconde bajo la cama la ollita). Piescó: Sí. Desde aquella ocasión cuando la luna alzábase roja, hacia el norte y acompañado por el anciano Arecú y la más anciana todavía Aicuma,

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nos reunimos contigo en este lugar y acordamos lo que se debía hacer, la voz ha ido veloz entre los muertos. Quenepa: ¿Habrá penetrado a todos los sitios? Piescó: A todos. A las naves donde los caribes, con cadenas a los cuellos son lanzados a las obscuras profundidades a bucear las ostras; a los depósitos donde yacen los ciegos, heridos y llagados; a las cuevas y calabozos en las cuales se mata con cepos y tortoles a los que han intentado rebelarse; a las caballerizas, a los almacenes, a los cerros de ostras que se forman día a día en la playa y junto a los cuales nuestras mujeres amarradas y desnudas como animales, rompen las conchas y sacan las perlas tan cruelmente apetecidas por nuestros cautivadores. Esas perlas que para nosotros sólo eran redondas florecillas del mar… Quenepa: Para mí que ahora son lágrimas de él…

SÁBADO 9 DE OCTUBRE DE 2010 / CIUDAD CCS / LETRAS CCS


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 9 DE OCTUBRE DE 2010

Poesía maya / Ensayo

El rostro del viento / Ri upalaj ri kaq’ik’ El poema de Temilotzin

Por Humberto Ak’abal

Noche Noche oscura, oscurísima A punto de llover. En noches así no se sabe dónde termina la tierra ni dónde comienza el cielo.

Por Gustavo Pereira (Punta de Piedras, isla de Margarita, 1940)

Para Américo Lárez

Chaq’ab Q’eb’chaq’ab sibalaj q’eq’ Xa karaj jalaj ri jab. Je taq chaq’ab wa’ man etamatal taj jawchi’ kak’is wi ri uwach ulew xuquje jawi’ kajeqetaj wi ri kaj.

Sin título. firma ilegible

Tz’ikin Maj Uxik’

Piedras No es que sean piedras mudas: sólo guardan silencio

Abaj Man x ata ri’ che ri abaj emem: xa kakik’ol ri kich’awem.

Derrumbe La noche se derrumba y la oscuridad cae al fondo del barranco: se hace agua y se vuelve río

U’l

Q’eq’um ri xe’qal, nj animal nim upam. Xwi ri q’eq’umal k’o ujelikal ri kakwinik kujet ri silobem naj xuquje kunimarisaj ri ch’utin. Xqaj ri jab, kinwolqotij wib pa xoqol. Ri nuna’ tasibal katzalij tzanrachaq k’a kuriq ri uranima re alaj ak’al (ri q’eq’umal kakwinik kuban wa’). In, in chikop ri maj uxik’, man kintzaq taj rumal kinchap wib pa ri kaq’iq’.

Y lo sabe

La costumbre

Ri chaq’ab kawululik bik ri q’eq’umal katzaq ubik k’a chupad ri siwan: kujaluj ja’ kujaluj nima’

Pájaro sin alas Noches oscuras hondas profundas La oscuridad tiene el encanto de acercar ruidos lejanos y agrandar pequeños. Ha llovido me enlodo. Mi memoria recula, recula hasta encontrar mi alma de niño (la oscuridad se presta para eso). Soy un pájaro sin alas y no me caigo porque me agarro del aire.

La costumbre es levantarse al canto del gallo. Hoy comenzamos las tareas sin esperar el sol. Cuando va a llover los gallos cantan más temprano.

Ri Naq’atalik Ri naq’atalik are ri’ ri kojwlajik kuk’ ri koq’ej ri ama’ak’. Ak’ab mer xqa chap ri chak man xqayej ta ri q’ij. re chi jampa kaqaj ri jab ri ama’ak’ aq’ab’ ke’tziriqinik.

Lluvia En hilitos de agua se desmadejan las nubes y se hartan de tierra. ¡Qué fresco verdor de campos! Juega la lluvia chapoteando entre lodo.

Letras CCS es un suplemento de fin de semana de Ciudad CCS, forma parte integral del diario y se distribuye de forma gratuita

La tierra huele y los pájaros dejan volar sus cantos. Jab Pa intaq batz’ re jab ausol rib ri zutz’ are k’ut kitijijej ri ulew. Kajoror ri urexal ri q’ayes! Ketz’an ri jab pa taq ri xoqol. K’ok’ ri ulew are k’u ri chikop man kitanaba ta ri kibixonik.

El viento no puede atajar un sueño La noche se hace luz para el pensamiento. Yo vivo aquí pero pienso allá… Y mi pueblo lo sabe. Xa Reta’m Wa’ Ri kaq’iq’ man kakwin taj kuq’atej jun achik’. Ri xe’ qal kuban saq che ri chomabal. In chi kinel wi, xa are wa’ jela’ kinchoman wi… Ureta’m wa’ ri nutinimit. Humberto Ak’abal (Momostenango, Guatemala, 1952). Habla, lee y escribe maya – k’iche’ y español. Ha publicado más de diez libros de poesía. En su haber se distinguen los siguientes premios: el Premio Internacional de Poesía Pier Paolo Pasolini (2004), el Premio continental Canto de América para escritores de lenguas indígenas (1998), y el Premio Internacional de Poesía Blaise Cendrars (1997).

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En el siglo XVI una recopilación anónima, la Colección de cantares mexicanos (descubierta en 1880, en la Biblioteca Nacional de México), reveló para la poesía un nombre que debe ser recordado por nuestros pueblos: el de Temilotzin, de Tlatelolco. Temilotzin era tlacatécatl, que en lengua náhuatl quiere decir comandante de hombres. Su nombre es citado con frecuencia en los Anales de Tlatelolco, en algún poema de Tecaychuatzin y en muchos testimonios orales recogidos en los siglos XV, XVI y XVII. Amigo y compañero de Cuauhtémoc, padece con éste cautiverio. Cuando el rey prisionero es asesinado por Cortés, Temilotzin logra huir lanzándose a las aguas desde la nave en que es conducido. Sabe que va hacia lo ignorado, como algún antiguo canto lo recuerda, pero adivina en el último acto un trágico vestigio de ulterior resplandor. A diferencia de Nezahualcóyotl, de quien han podido identificarse una treintena de poemas, del valeroso Temilotzin sólo nos han quedado unos versos, fragmentos del único poema que dejó a la posteridad. Quien había nacido para la guerra, quien palmo a palmo defendió suelo, pueblo y dignidad en el trance definitivo, nos deja, extrañamente, no un canto guerrero, ni un himno marcial, ni una feroz blasfemia, sino una mano tendida, esta hermosa canción de amistad: Pinto con los colores del oro, con trepidantes plumas de quetzal enlazo el conjunto de amigos, Con cantos circundo a la comunidad. La haré entrar al palacio, allí donde todos estaremos hasta que nos hayamos ido a la región de los muertos. Así nos habremos dado en préstamo los unos a los otros. Yo soy Temilotzin,

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