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2-3. Ensayo La pintura es una gran memoria de Manuel Quintana Castillo 4. Cuentos breves del lector Más allá del sol de Valentina Vadell

SÁBADO 3 DE SEPTIEMBRE DE 2011 / CIUDAD CCS / AÑO 2 N° 65

Por Ana María Oviedo (Valera, 1964)

I Escribir es una forma de herirnos, sutil y poderosa. Tiene el encanto de los respiraderos, de las fugas.

Dominio Oscuro

El rigor de cuanto finaliza. Vientre el desafío y el desamparo, no soy más que la carne de una nuez cerrada. Mi voz es una sombra. La sombra más oscura de mi cuerpo. La razón del cuerpo es su ceniza. La intuición es su fuego, su oro, todo su valor. No permanece lo intenso. Si me entrego, soy un cisne que canta y muestra la marca de una cinta negra en el cuello. Damas de atardecer. Saúl Fernández. Piedra, fragmento de algo oscuro, sólo ante mi cuerpo despierto la claridad se obliga. Mantener su vigilia es tarea de tu canto, problema de tu respiración. Nostalgia del fruto cerrado, antes del momento en que el clima astilla cáscaras y termina su función vital, su misión interna hacia la ofrenda. Empeñarnos en hacer más vasto el dominio oscuro, como si fuera poca la alegría en el instante del fuego, cuando logramos olvidar, rehacernos en el silencio. No contemplar el dolor o el sacrificio. Que lo más cercano a ellos sea la reflexión.

Damas de Atardecer. Saúl Fernández. 2011

Si tuviera tiempo para la poesía. O si no contara la torpeza del cuerpo, su voluntad imposible todavía apegada a las palabras. II Mi rival eterno se solaza en tu boca y tus manos que escriben el poema. Tu cuerpo, a mi lado, es de todos amado y cada vez más un recuerdo.

Pensar tu cuerpo, la poesía. Ciertas palabras nos tocan, intensas como Manis, en la piel más literal: labios de aliento tibio que dicen mejor nuestro estremecimiento que nuestro nombre. Casi invisibles, nada débiles son las costuras cotidianas.

El poema es recuerdo de lo que vendrá y de ahora mismo, de cuando tu cuerpo no esté más y sin embargo no se borren todas las palabras. En la página el amante se extiende doblemente, se muestra, por el exceso y el delirio tiene vida

furtiva, eterna. Escribo si no tengo paz, mientras llegan las palabras verdaderas que vienen de lo oscuro, palabras por las que tu amor no será más intenso, inútiles pues nuestros cuerpos seguirán suspendidos sobre agujeros idénticos. El amor es este amor estoy perdida. Nada llevo para el sueño sin su cuerpo al lado, aquí y bajo la tierra. Las palabras cantadas adquieren una forma de ser leves, flámeas, suspendidas (canto en secreto tus páginas,

lamo doradas puntas de pulpa abierta como un animal heridas de su cuerpo). Sobrevivimos juntos sólo si mides tus palabras y el olvido que amo a un poeta. El mundo sigue y nosotros, sin versos ni espejos. Muertos es distinto. Muertos alguien echará mano a tus libros para ver su amor. Yo, mujer del poeta, llego en la madrugada tambaleando mi cuerpo y mis pobres palabras. Camino hacia el abismo, espío cuadernos, husmeo entre la ropa ajena el propio exceso y en mi delirio pido que él aflore todo fuera del alcohol, la noche y las pobres palabras.


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 3 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Ensayo

La pintura es una gran memoria Por Manuel Quintana Castillo (Caucagua, 1928)

La sabiduría que las cosas contienen puede ser convertida en fuente de inagotables e imprevisibles experiencias. No en vano decía Dostoievski que nada hay más fantástico que la realidad. La realidad en perspectiva total: nada escapa a su influjo ni nadie puede ser inmune a su presencia. La realidad está presente en todas las cosas y circunstancias, incluso en los sueños y los acontecimientos más absurdos. Lo que pudiera habernos molestado es el hábito de parcelar la realidad, de identificar la realidad con un estrecho compartimiento de la vida, cuya excesiva valoración nos conduce a la domesticidad y el aburrimiento, es decir, a la nada. La pintura, antes que un dogma inmodificable, debe ser un medio de asumir la totalidad del mundo. El pasado, el presente y el futuro son ideas que el hombre tiene de la realidad de su existencia, pero antes son experiencias sensibles que mantienen una estrecha relación. El presente deviene del pasado y contiene el futuro; una cosa no puede ser sin la otra, no puede ser aislada, porque su aislamiento e inmovilidad supondría su inexistencia como acontecimiento propio de la vida. La conciencia del pasado, el presente y el futuro son abstracciones de la inteligencia, parcelas de los sentimientos, iluminaciones en el mejor de los casos, que sólo podemos asimilar plenamente cuando se nos presentan, no como ideas sino como sensaciones, como experiencias directas de las cosas. Ese cúmulo de experiencias: imágenes, visiones, olores, sabores, texturas, sonidos; constituye la memoria de lo que hemos vivido, de lo que hemos sentido y comprendido, y que al vivirlo, sentirlo y comprenderlo cada vez de nuevo, cada vez en primera persona del pre-sente indicativo (yo soy) asumimos la totalidad y la conciencia de la vida. La pintura es una gran memoria, es la memoria de algunas cosas y también de todas las cosas, que convertimos en objetos sensibles y objetos ideales cada vez que ponemos colores, líneas, manchas, signos y formas sobre la tela o un soporte cualquiera. La pintura en sí es un objeto, un objeto siempre nuevo, siempre reciente (ningún cuadro existía antes de ser pintado), así como la experiencia ante

Génesis. Manuel Quintana Castillo

ese cuadro será siempre nueva («Nadie se baña dos veces en el mismo río. Nadie ve dos veces el mismo cuadro»). El cuadro posee un contenido propio, capaz de producir determinadas o indeterminadas sensaciones. En tal circunstancia, lo que el pintor hace no es sino transformar las cosas comunes en objetos de otra realidad, de su propia y particular realidad. La función del pintor, como la del alquimista, es la de modificar inevitablemente las cosas que percibe, encontrar la piedra filosofal, no para transformar la materia en oro, sino para transformar el mundo en imágenes. Los objetos entre sus manos, bien sean colores, tintas, mosaicos, papeles o pigmentos; sin perder su naturaleza original, su condición de materia

singular, pasan a ser una cosa distinta a de la que por sí solos constituían antes de convertirse en imágenes de arte. Todo va en función de la sensibilidad, pero la sensibilidad no es igual en todos los casos. El pintor posee una sensibilidad particular, así como el escultor, el músico, el actor, el arquitecto, el cineasta, el escritor, el ingeniero, el jockey (sería interesante registrar la percepción del color y la imagen en movimiento de los jockeys: ellos deben entender a Boccioni y Marcel Duchamp) y el hombre común, también la poseen a su modo. Esa sensibilidad particular hace que las cosas sean vistas y sentidas de un modo y no de otro. El escultor siente el volumen real o virtual, el arquitecto siente el espacio, el músico siente los

ruidos y los sonidos (a lo mejor son la misma cosa. El silencio es como una tela en blanco. Los ruidos perturban el silencio. Los colores manchan la tela; así, pues, la música es una forma de ruido, y el grabado, que consiste en rasguñar, quemar y maltratar una inofensiva lámina de metal, vendría a ser una forma de crueldad. De todo esto podemos fácilmente deducir que eso que llaman «Arte» es una actividad antinatural de permanente agresión contra el orden, la integridad y la inocencia de la naturaleza), el cineasta siente el movimiento, el actor siente la mímica y el gesto en relación a una dinámica espacial y plástica, el escritor siente los acontecimientos como nadie, en la novela y el cuento siempre pasa


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algo, aunque sólo sean las palabras unas tras otras, incluso en el Nouveau Romance y la poesía pánica. Es posible que algunos hombres reúnan varias formas de sensibilidad simultáneamente, pero la conciencia se concentra en un objetivo fundamental, el centro de atención para ser efectivo debe ser único, como un microscopio. No en balde todos los cirujanos rodean de gasas, algodones y delicadas blondas el sitio donde han de cometer sus agresiones (la cirugía es una forma de crueldad supuestamente humanitaria). Hay una forma de sensibilidad que predomina sobre las demás, y esa forma orinal decide que un hombre sea esto o aquello, o reaccione de cierto modo ante las cosas. La pintura ha sido tradicionalmente, y continúa siéndolo, cosa del plano. El pintor siente el volumen, el color y el espacio de un modo sui generis, diferente al escultor o al arquitecto. Todos esos elementos de expresión plástica le interesan, pero más que todo le interesan como factores capaces de modificar una superficie y transformarla en un resultado pictórico. Al pintor, aunque presente simultáneamente todas las dimensiones del objeto (como pretendieron hacerlo los cubistas y fueristas) sólo le preocupa, en propiedad, una de ellas: la del frente. La única dimensión, el único lado de las cosas que le interesa al pintor-pintor es el lado del frente, que en realidad es el único lado visualmente posible, ya que nadie tiene ojos en la espalda. En este caso, decir la dimensión del frente, significa lo mismo que decir la dimensión del plano. Las tres dimensiones no existen, no hay sino una sola dimensión, un solo espacio, una sola superficie: la que estamos percibiendo ahora, en este momento. El pintor, trabajando con una gran mentira que es el espacio virtual, es, sin embargo, quien obedece a la lógica visual más precisa: haber intuido que la única dimensión posible a las condiciones humanas de percepción visual, la superficie única, tal como se demuestra en la cinta de Moebius. Allá los escultores con su problema (no resuelto todavía) de los volúmenes negativos y positivos. Allá ellos con su problema de los dos lados. Habría que preguntarles: ¿de qué lado tiene la taza el asa? El problema del pintor es de una superficie, no de muchas. Incluso, artistas cinéticos como Soto, Cruz Diez, Vasarely y Agam demuestran, no obstante los relieves que aplican sobre el soporte, una sensibilidad de pintor; ya que tales relieves, alambres, accesorios y otros accidentes, a fin de cuentas se traducen en un resultado pictórico: corresponden al plano y no al espacio abierto del arquitecto. No comprendo los penetrables ni los sonoros de Soto, es increíble que Soto haya llegado a semejante aberración. ¿Qué se pretende demostrar con los penetrables (hilos de nylon saturando una habitación)? ¿O con los sonoro-pene-

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Imágenes. Manuel Quintana Castillo

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Las tres dimensiones no existen, no hay sino una sola dimensión, un solo espacio, una sola superficie: la que estamos percibiendo ahora, en este momento.

trables (tubos de metal llenando una superficie habitable)? Si lo que se desea es hacernos tomar conciencia de que el espacio existe, ya lo sabíamos. En los penetrables encuentro, no una voluntad de demostrar el espacio, sino al contrario, de negarlo; pero esto no es lo que

afirma, si así fuera tendría una significación mucho más importante. En cuanto a los sonoro penetrables, Soto peca doblemente, por una parte contra el espacio y por la otra contra el silencio. Pero volviendo a nuestro asunto, y esperando que nuestro amigo Soto comprenda la intención del análisis, es necesario subrayar que las cualidades distintivas de la sensibilidad sí existen. Tan fuerte es ese impulso natural hacia la sensibilidad del plano o del volumen, que existe una pintura pictórica (Rodin). Rodin no es ningún escultor (escultor es Maillol), Rodin es un pintor expresionista. Hay casos como el de Giacometti, quien logró una sorprendente identidad entre su pintura y su escultura. Giacometti, guiado por una singular necesidad expresiva (igual que Reverón, quien no es impresionista, como muchos creen, sino expresionista), logró inventar el espacio necesario a las formas descarnadas y dramáticas de su

pintura, y también pudo hacer que esas figuras ingrávi-das y ligeras de su escultura, sin dejar de serlo, casi se disolvieran en el aire. El pintor utiliza los objetivos volumétricos, tridimensionales y bidimensionales para someterlos a la condición de elementos pictóricos. Puede dotar a la imagen pictórica de una mayor potencia expresiva y una riqueza plástica superior, añadiendo o superponiendo cosas. Su objetivo es el de activar el campo visual propio de la pintura, con la presencia simultánea de diversos elementos que se estimulan mutuamente. El pintor puede utilizar el objeto para convertirlo también en pintura. Integrado al plano de la pintura, ese objeto poseerá una importancia plástica equivalente al color, la línea, la textura y los valores, aunque también contribuirá, en el mejor de los casos, a la obtención de un clima psíquico inesperado y fantástico.


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / SÁBADO 3 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Cuentos breves del lector

Mas allá del sol Por Valentina Vadell (Caracas,1988)

Hubo un tiempo ya lejano de galopar de caballos corriendo libres al viento por montes, cerros y llanos. Era el tiempo de sonajas, de tambores y de plumas, de piedras que nos hablaban trayendo mensajes del Sol y de la Luna. Un día todo quedo en oscuridad. El padre Sol no alumbró más y toda la tierra se volvió negra y fría. Los abuelos salieron desde las cuatro direcciones en búsqueda del padre Sol. Danzaron para él, pero no volvió. Cantaron para él, pero no volvió. Rezaron para que apareciera de nuevo, pero no volvió. El abuelo mayor decidió entonces pedir ayuda a sus hermanos, los pájaros. Convocó a toda su familia a la cumbre de una montaña y desde allí pregunto: —¿ Quién de ustedes, hermosas aves, puede volar tan alto y traer de vuelta a nuestro padre Sol? Una gran águila vino volando en picada desde lo alto y dijo: —¡Yo! Yo soy la más grande de las aves, la más fuerte y veloz. Yo iré, mis hermanos, y traeré de vuelta al Sol. Los abuelos alegres despidieron a la gran águila. Vistieron sus mejores pieles, las más lindas plumas, las piedras más brillantes para recibir a su padre el Sol. Pasaron uno, dos, tres días y la gran águila no volvió. Al cuarto día un abuelo la vio en el cielo volando de vuelta a la montaña. El águila les dijo: —Lo siento mis hermanos, no pude llegar al Sol. La familia, con mucha hambre y frío, se entristeció. El abuelo mayor entonces volvió a preguntar: —¿ Quién de ustedes, hermosas aves, puede volar tan alto y traer de vuelta a nuestro padre Sol? Un gran pájaro aterrizó en la cima del cerro, abrió sus enormes alas negras y dijo: —Yo, el gran Cóndor de los Andes, el ave más poderosa de esta tierra volaré alto y regresaré de vuelta a casa al Sol. Los abuelos volvieron a tener esperanzas y con cantos y danzas despidieron al gran cóndor. Pasaron uno, dos, tres días y el gran cóndor no volvía, la familia poco a poco se dormía. Al cuarto día los abuelos escucharon a lo lejos los silbidos del gran cóndor que volvía a la montaña. Se levantaron rápidamente para recibirlo. El cóndor les dijo: —Lo siento mucho hermanos, mis grandes alas no lograron llegar al Sol. Toda la familia entró en desesperación, lloraban y pedían perdón. Los abuelos se reunieron para pedir ayuda a sus dioses. Si las dos aves más grandes, fuertes y ve-

Boves. Arnulfo Poyer. 2011

loces de la tierra no los habían podido ayudar entonces morirían en la oscuridad. Fue entonces cuando el abuelo mayor volvió a preguntar: —¿ Quién de ustedes, hermosas aves, puede volar tan alto y traer de vuelta a nuestro padre Sol? No hubo respuesta. La familia perdió la fe en sus hermanos y se preparó para morir. A lo lejos se escuchaba una vocecita que gritaba con entusiasmo: —¡Yo, yo! ¡Yo puedo traer al Sol! El abuelo mayor fue el único en escucharla, intentó ver de dónde provenía, qué pájaro era, pero en medio de la oscuridad no lograba ver nada. Con un fuerte llamado mandó a la familia a tener calma y prestar atención, pues la ayuda estaba entre ellos. La vocecita continuó gritando: —¡Yo, yo! ¡Yo puedo traer al Sol!

El abuelo mayor logró ver a un pequeño colibrí azul ,que sostenido en el aire frente a sus ojos, le hablaba. El abuelo le dijo: ���Hermanito, te agradecemos mucho que nos quieras ayudar, pero ¿cómo un ave tan pequeña como tú va a volar tan alto y traer de vuelta al Sol ? El colibrí contestó: —Hermanos y hermanas de la Tierra, ustedes han pedido ayuda a los dioses para que la luz vuelva a casa. Yo les pido su confianza para poder ir en busca del Sol. Los abuelos, sin más que perder, despidieron al pequeño colibrí azul desde la cima de la montaña, esperando que pueda volver con buenas nuevas para la familia. Pasaron uno, dos, tres y cuatro días y el colibrí no volvió. Los abuelos dejaron a un lado sus plumas, sus pieles, dejaron de sonar las sonajas y los tambores. La oscuridad reinaba y poco a poco apagaba corazones.

Directora Mercedes Chacín Coordinadora Odry Farnetano Adjunta Rocío Sarabia. Letras CCS es un suplemento de fin de semana de Ciudad CCS, forma parte integral del diario y se distribuye de forma gratuita | Redacción 0212-8607149 correo-e: letras.ciudadccs@gmail.com

Fue al quinto día cuando el abuelo mayor, sentado en la punta del cerro, vio en la oscuridad una lucecita que se acercaba cada vez más hacia él. Era el colibrí azul, que en su pico llevaba una llama de fuego encendida. Al llegar frente al abuelo le dijo: —He traído a vuestro Padre Sol, enciendan este fuego en el centro de su casa, canten, dancen y recen juntos a su alrededor y volverá a salir el Sol. Fue así como el abuelo mayor encendió un fuego en medio de la oscuridad y durante toda la noche la familia permaneció a su alrededor, dándole las gracias, cantándole, danzándole con mucha alegría a la luz divina. Fue así como el Sol regresó a alumbrar el día, y el equilibrio volvió a la Tierra. Vecina de Caracas, Municipio Libertador

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