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2. Poemas, de Amanda Reverón 3. Certeza sentido e interrogación de la palabra, fragmento de ensayo de Nelson Guzmán 4. Penetrables, cuentos cortos de Eduardo Mariño VIERNES 2 DE JULIO DE 2010 / CIUDAD CCS / AÑO 1 N° 7

Por María Alejandra Rojas (Caracas. 1980)

Con la mirada fija en la vitrina ante la que se había detenido, Salice se convencía que el sueño que la poseía siempre era evidente y hasta penoso. Le ardía la vista de tanto espabilarse. Le había gustado y ayudado el quedarse a ratos frente a los mostradores mirando exhibiciones. Salice trabajaba muchos turnos colocando sellos, firmando pases y a veces atendiendo el teléfono. Ahora cruzaba la pierna mientras esperaba el autobús sentada en el banco de la parada. Su gran destreza era el baile, pero ya cansado de danzar con las compañeras del reparto el actor moreno había venido a probar con Salice. Ella sabía que lo había visto en alguna parte, pero no recordaba bien dónde. Salice caminaba tres cuadras porque se equivocaba de autobús, entraba en su casa, tomaba un poco de agua, se recogía el largo y abundante cabello rizado y se sentaba en el sofá junto a su madre que oía un poco de televisión. Él era actor conocido debido a su aparición en la telenovela aquella, era ese quien ahora entraba en la sala con sus lúbricos movimientos, tomaba un poco de café y se recostaba del marquillo de la puerta. Salice no lo había visto pasar, ni salir, ni entrar, y cuando su madre se durmió, ella cambió de canal y se extrañó al ver que las actrices hablaban en la escena a un hombre que no estaba allí, el actorazo moreno no estaba en ninguna parte y todos le hablaban como si en realidad estuviese. Salice sentía los párpados pesados pero no dejaba de hacerle gracia la absurda telenovela. Salice sabía que algo ocurría dentro de ella. Un demonio la habitaba desde la noche anterior y furioso enviaba dolor, pedía salir, luchaba contra sí. Salice frente a los carros pensaba en el necesario pero terrible recurso del mecanismo: expeler humo. Todos necesitan expulsar... le comentaba ingenuamente (quizá demasiado ingenuamente) el actor, compañero de los últimos días, compañero que intentaba aplacar al demonio. En vano Salice creía vivir sola. Eran tres: Salice, el demonio bravucón y el actor moreno que se había escapado de la televisión para hacerla bailar. Sonreía Salice tras el comentario y lo mandaba a callar colocándose los dedos sobre los labios. Avanzaban por la ciudad, al demonio no le gustaba pagar pasaje, le parecía humillante tener que pagar por viajar en un autobús colmado de gente a quien no podía atacar. Al moreno le parecía innecesario que Salice estuviera sentada de pierna cruzada y cartera sobre las piernas, él quería que ella

Salice, Salice somos tres estuviera de pie. Era seguir complaciendo sólo al monstruoso dolor. Salice debía moverse. Y pronto. Bajaba a caminar, parecía complacer a todos. El actor danzador siempre intentaba calmar el dolor, la llevaba custodiada del mundo, protegida de todos, Salice recorría cuatro cuadras de la urbanización, protegida de todos... pero algo estallaba en su interior cuando su jefe le reclamaba los minutos, la tardanza, Salice –quien ahora no reconocía su propia voz– limpiaba extraños e inesperados lagrimones. ¡Ah!, es que estaba llorando sentada en la poceta del baño de damas. Impertinencias. No era pertinente llorar, pero sucedía sin remedio, sin control, sin dolor siquiera, pero sucedía. Ya en la noche se tumbaba en su cama, miraba con recelo el pequeño equipo de sonido. Bailarín pacientemente recostado de la pared, dolor quedándose dormido. Era el momento, Salice iba a bailar y no volvería a tomar la pastilla en ocho horas. No sabía bailar y ni siquiera recordaba cómo lo hacían los demás. Aquello de pasos, ritmo, cadencia, separar las piernas... El mundo intimidaba a Salice con sus normas. Encerrada en el cuarto de baño se sostenía del lavamanos, escupía de una sola vez. Su sueño desaparecía. Salice estaba en vigilia. Era nueva en el mundo y nada más. Estaba nueva y con dolor. Se inclinaba en el retrete, llorar no había solucionado nada; tenía que vomitar, era desesperante el dolor, el sudor, los negros y abundantes rizos cayendo en su cara. Salice oía al actor, tras la puerta rogaba por entrar, salvar, procurar... Y decidía escapar. Salice decidía escapar, empujaba la puerta, le inventaba promesas, un cambio de ropa, llegaba a su habitación, revolvía la ropa interior. Salice apretaba su cartera, había decidido escapar, no bailaría, no lo haría. Decía adiós en la entrada, avanzaba sin reparar, sin confesar, sin ni siquiera recordar por qué huía, lo único que podía hacer era caminar a grandes pasos, con su bolso lleno de pantaletas y la cartera apretada entre los dedos. Le excitaba la idea:

Plasmar una imagen. Luisa Ritcher

estaba escapando... no había nadie, ni bailador, ni dolor, ni antebrazos, sólo Salice y su regocijo de escapar. La huida dulce y de repente una anciana. Una anciana en bata de dormir comiendo chupeta de mandarina frente a Salice sonreía, con una mano

alzaba el borde de su bata, mostraba las piernas, subía al borde del puente y se lanzaba al vacío. Sonreía mientras descendía. Salice retrocedía unos pasos, separaba los labios. El mundo la intimidaba. Entonces, condujo sus pies de regreso a casa.


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / VIERNES 2 DE JULIO DE 2010

Poemas

Certeza sentido e interrogación de la palabra [fragmento de ensayo]

Por Amanda Reverón (Caracas.1958)

I Sentada en la orilla en plena tempestad donde el río y el mar se unen escombros de un viejo barco –extraña sensación de no volver sobre mis pasos–

II Estoy aquí parada inmóvil esperando una señal que me permita acercarme tratando de despejar las dudas sacando crucigramas aún sin saber cuánto perdurará este susto –no sé si se acerca o se aleja un barco–

III A Familia Gutiérrez Tovar Puedo estar en la ciudad de La Victoria y escuchar cada noche el rumor de los barcos que llegan a Turiamo –digamos que se han agudizado mis sentidos–

Por Nelson Guzmán (Cumaná. 1956) La pregunta que Nietzsche se formula luego de haber escrito El nacimiento de la tragedia es la de la voz. En esta subyace oculto el sentido, la interrogación, pero también la decisión del autor que aún no se deja arrastrar por las directrices jubilosas del entusiasmo. Aún no ha encontrado el camino para revelar lo que está allí (en su interior) imbuido de diversiones, de anhelos, de belleza, de fiestas, de cultos nuevos. Están pugnando dos maneras diferentes de ver el tablero de la vida y al otro, cada una representa una cosmovisión y una interpretación. Nietzsche se pregunta desde la irresolución, y está solicitando hacer un camino desde la incertidumbre, desde la no convicción, para ello invoca lo proscrito, no le interesa la certeza instituida. La cientificidad representa un mundo, el de la lógica. El espíritu busca el sedentarismo y desde allí seha instalado en la decadencia. Occidente habría encontrado sus dioses en lo denegado, la piedad instaura el mundo de la repetición pues cree en la salvación, en el equilibrio. Su paradigma ha sido la moderación, la normalidad, comienza a surgir una visión del hombre que se estructura desde la reglamentación de la razón y en la fe de que ésta podría generar una existencia y un mundo mejor. El sentido de la historia desde el cual emerge Nietzsche se aleja de la dificultad de lectura e interpretación que irrumpe de la tradición. Esa voluntad de ser – en el ejercicio de su propia soberanía– lo reconoce como artista en su creación y elaboración del mundo. Nietzsche declara su amoralidad, lo que significa su ruptura con la tradición y con un universo al que no quiere pertenecer. Ese Dios amoral crea desde sus propios preceptos, no necesita en él la intromisión de los mandatos de la cultura. Se está hablando de la superación del universo de las limitaciones que han marcado una civilización. A esa manera de reinterpretar no le son suficientes los valores de la tradición, debe escabullirse de éstos. El cristianismo absolutiza la moral, impone normas que regla-

mentan la vida. Las acciones se convierten en asuntos de bien o de mal, el mundo pierde su espontaneidad, la posibilidad de la terapia autocurativa está reglamentada de antemano, lo cual sustrae toda posibilidad de creación en el interior del discurso de una heurística y de una estética más libre y espontánea. La creación surge reglamentada, prescrita, las interpretaciones florecen viciadas, plenas de temores. Los hombres tienen aprensiones de la vida. Se cree que los seres alcanzarán la perfección en el más allá, hay un desprecio al tinglado del más acá. Nietzsche lo ha dicho claro, la vida desprecia a la vida, para ello se ha echado mano a la calumnia, se ha satanizado la creación, se ha intentado despojar al arte de su sensualidad, de la soberanía de su ingenio. El mundo ha sido duplicado entre lo bueno y lo malo, las pasiones del cuerpo y del alma han sido tratadas como vicios. El Dios cristiano ha establecido una moral del impedimento, el bien se ha entendido como misericordia en su grado absoluto, detrás de él subyace la amenaza del castigo. Se odia al mundo y se lo interpreta como lujuria, la moral impuesta es la castidad. Impera el desdén hacia lo mundano. La belleza a la cual se le rinde culto en el discurso cristiano es la del ocaso. La filosofía cristiana transmuta la fuerza del goce en sufrimiento, en dolores y en espera de catástrofes. La voluntad del hombre no es la suya, su sostenimiento engendra el castigo, es considerada como acto de desobediencia a la voz que dicta las pautas. Se aconseja para el hombre el retiro del mundo. El hombre comienza a claudicar su sentimiento de satisfacción de la vida. La hermenéutica cristiana pone de costado el disfrute del esplendor, la cultura se presenta como fustigamiento al cuerpo. El poder del hombre como acción autónoma y como artista, es relegado. La existencia comienza a encararse como preceptos, como prohibición, se contiene el sentimiento lúdico. El Dios del artista por el contrario es la plenitud, el goce, el disfrute. La vida impone la necesidad de la experimentación. La moral cristiana adelanta como valor supremo


VIERNES 2 DE JULIO DE 2010 / CIUDAD CCS / LETRAS CCS

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Grafito sobre papel. 100 por 70 cm. Año 1999.

la proscripción, hay un llamado al nihilismo, se convoca a un sentimiento trágico de la vida donde cobra estatus central la renuncia. Se imponen unas reglas de ser, desde allí se declara lo que corresponde al bien o al mal. El cristianismo ha considerado peligroso el entusiasmo, la disposición de voluntad libre de trazar su camino. El concepto de verdad está asociado a penalizar lo que está instituido. Los sujetos del cambio no son los hombres, por el contrario es a la voz exterior, a la palabra estatuida como certeza es a quien le corresponde el ejercicio de la verdad y los juicios. Los hombres están sujetos al sacrificio, al esfuerzo, tienen el deber de dar cumplimiento a los preceptos de la metafísica, la muerte cristiana es la redención, es esa la terapia de su voz. La vida debe ser la estructura de todas las mesuras, en ella todo está planificado. La vida griega encarnada en sus dioses es la posibilidad de ver. El filósofo dilucida problemas del hombre entre telones que se escapan, que están allí y que no han sido vistos en su profundidad, la realidad es huidiza. Nietzsche representa a Apolo como el principium de individuationis.

El poder del hombre como acción autónoma y como artista, es relegado Apolo es la realidad fulgurante, en él reside el orden, sin embargo es justo decirlo no se desarticula de Dionisos. En los hombres emergen estas dos fuerzas indisociables. Nietzsche repudia la fuerza del control total del hombre, las pautas lo sumergen dentro de un piélago inservible de visiones que lo alejan de la fiesta de la vida. Lo ha dicho reiterativamente, los hombres son ebriedad, e himnos solemnes de disfrutes. El mundo moderno ha vaciado la vida del encanto de las emociones, ha impuesto a la técnica como terapia y como curación de lo físico, se ha olvidado con esto a la vieja physis griega. La cultura cristiana ha sacado al hombre de la posibilidad de la reconciliación montando esta acción desde los postulados de la metafísica. Los pasos serían humildad, compasión, toleran-

cia. La conciencia media en ese momento histórico como culpa, intentado substraer al hombre del mundo de la cotidianidad. La enajenación arrincona a los hombres dentro de la cautividad del decir de los preceptos, la pregunta sería: con quién me reconcilio si soy extraño para mí mismo y si espero la redención por la renuncia al cuerpo y a los deseos. Se glorifica la posibilidad de construcción de un hombre que ha sido confeccionado a la imagen de los santos y cuya acción es incontaminada. Por el contrario Nietzsche cultiva el gusto por la exhalación y del goce del cuerpo como síntesis de fragores, de dolores, de espontaneidad lúdica. El lenguaje como absolución, como brebaje de un mundo irredento, dado en lo inmediato, se presenta como irresoluto con el otro. El instante aparece como pasional y sin la mediación de la normatividad hace emanar la redención de lo dionisiaco, están allí presente los dioses; esos que han abandonado al hombre de la modernidad. Lo dionisiaco en Nietzsche convoca a la intensificación y exacerbación de lo simbólico. Lo dionisiaco no es un mundo aparte de lo apolíneo, sino que está allí en lo

humano, podríamos decir con Nietzsche que es un momento de revelación del velo de Maya. “¡Con qué estupor tuvo que mirarle el griego apolíneo! Con un estupor que era tanto mayor cuanto que con él se mezclaba el terror de que en realidad todo aquello no le era tan extraño a él, más aún, de que su consciencia apolínea le ocultaba ese mundo dionisiaco sólo como un velo”. (El nacimiento de la tragedia. pág. 50) (...) Nietzsche consideró a Eurípides como un poeta moral que había expulsado de su tragedia a las fuerzas dionisiacas. Eurípides había considerado a la antigua tragedia como cargada de tropos, de una absoluta abundancia de efectos. El socratismo tuvo como base fundacional a la inteligibilidad como principio del conocer, a partir de ella se fundaba la belleza. La sapiencia engendraba la virtud, y la altura, todo lo que no estuviera enmarcado desde estos estatutos estaba condenado al fracaso. Nietzsche condenará en el origen de la tragedia, la actitud petulante del artista que organiza el desarrollo de su obra montando como elemento central el descriptaje que debe realizar el público en su intención de interpretar este o aquel personaje.


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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / VIERNES 2 DE JULIO DE 2010

Cuentos cortos Poemas Por Mahmud Darwish

(Al- Birwa, Galilea. 1941Houston, Estados Unidos. 2008)

La niña/ El grito En la playa hay una niña, la niña tiene familia Y la familia una casa. La casa tiene dos ventanas y una puerta... En el mar, un acorazado se divierte cazando a los que caminan Por la playa: cuatro, cinco, siete Caen sobre la arena. La niña se salva por poco, Gracias a una mano de niebla, Una mano no divina que la ayuda. Grita: ¡Padre! ¡Padre! Levántate, regresemos: el mar no es como nosotros.

Por Eduardo Mariño

(San Carlos, Cojedes. 1972)

El padre, amortajado sobre su sombra,

Penetrables

Persistencia de los antecedentes

a Manuel Da Silva Se ven desde sus distintas mesas, que es como decir desde sus mundos disímiles. El levanta el vaso con un gesto que quiere la elegancia y termina viéndose artificioso y ella hunde su rostro coqueto en una revista inútil. Entre los dos pasan indiferentes los mesoneros, los ebrios, los caminantes, los políticos, las novias de los hijos de los dueños y los hijos de los dueños. Entre ambos fluyen lentos una canción de Belanova y el ruido impúdico del tráfico. Como en un penetrable de Soto, ambos son elementos que se entretejen sin fundirse. María no sabe que Evaristo la observa. Evaristo no sospecha que ella codicia esas miradas en la fe de quien secretamente asiste a un ritual tan misterioso y mágico como banal.

a Deibi Díaz Es miércoles y hace varias horas que está lloviendo. Detrás del humo de un café, Pedro Quintero nos está contando un viaje a Brasil. Hay profusión de verde, de ruidos y descubrimientos. Hay una alegría que flota y se hace Amazonia de verbo y detalle, de juegos de manos y gestos de taumaturgo. Tú te ríes apenas y él se queda como pensativo. Hace muecas. Cosas de viejo, me digo, y lo miro con desconfianza. La verdad, no sé si creerle. Hace tres, cuatro años que murió y aún sigue terco, prestidigitando sueños en la terca memoria.

Geisha a Susette Hernández Claro, podrías hacerlo. Sólo mira y mide bien los pasos: Dos hasta acercarte, tres y ya estás sentado. Cuatro y si, ya se encuentra a tu lado. La medida del tiempo será enteramente comparable a la de tu sed. El instante del amor llegará quizás al tiempo que seas bien atendido. Porque, vamos, la palmada en el hombro, la satisfacción de lo que ya sabemos, bien puede valer los pasos cortos, la insignificante ópera.

a merced de lo invisible, No responde. Sangre en las palmeras, sangre en las nubes. La lleva en volandas la voz más alta y más lejana de La playa. Grita en la noche desierta. No hay eco en el eco. Convierte el grito eterno en noticia

Otra versión de Judas a Gloria Peña y José Carlos de Nóbrega Hacer que uno de los personajes vaya adquiriendo poco a poco un carácter errático, azaroso e impredecible, de manera que los demás vayan sintiéndose cada vez más incómodos, tanto con su actitud como con su rol en la trama general. Llegados a este punto, podríamos suponer que alguien denuncia su comportamiento en distintas formas, o incluso, le hace ver lo peligrosas que podrían resultar sus acciones. Con el tiempo, todos van, de un modo u otro evitando su presencia, haciéndose los desentendidos, y por consiguiente, transfiriendo ese desinterés al resto de la historia, con lo que el autor, al fin, puede tomarse un descanso.

Letras CCS es un suplemento de fin de semana de Ciudad CCS, forma parte integral del diario y se distribuye de forma gratuita

Rápida que deja de ser noticia cuando Los aviones regresan para bombardear una casa Con dos ventanas y una puerta.

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Ramalá, agosto del 2006


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