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Madre - No te muevas.

Siento cómo madre me observa, cada metro hasta ella convertido en el análisis de un animal. Ella, apoyada en su bastón de madera, temblando de forma imperceptible. Entre mis canas y sus recuerdos, sabe que el tiempo no puede evitar que recordemos aquello. Es la sombra que nos acompaña.

- Quédate quieto, no hagas ruido.

En la Residencia continua con sus rutinas. Me espera uno de cada dos domingos. Según pueden en las cámaras de seguridad abre los ojos y abandona las sábanas con un movimiento que no corresponde a sus huesos. Desayuna rápido, demasiada proteína en la dieta, y sale a la puerta. Allí espera sentada hasta que algo le dice que me encuentro cerca. Se pone de pie cuando giro en la esquina, me muestra la mejilla para que la bese y, tras sentir el contacto, me enseña la espalda mientras se aleja con su extraño caminar a dos patas. La sigo de cerca, bajo la mirada fría de los tres vigilantes, hasta el sillón verde en la esquina junto a la fuente de agua. Siempre le ha gustado tener la seguridad de que no habrá problemas si se atraganta.

- Sabe que estamos aquí, si llamamos su atención vendrá a por nosotros.

Me siento a unos metros y espero a que comience su ronroneo. Me habla sobre la señora Lola y su aleteo nocturno, sobre el Manuel y su fea costumbre de no respetar el turno en la merienda de los días con carne fresca. Reconozco que hago un esfuerzo para prestarle atención. No me interesa lo

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que sale de su boca, aunque no puedo evitar mirar sus dientes, ya amarillos, para ver cómo encajan unos en otros haciendo una prensa perfecta.

- ¿Qué haces? ¡Quédate dentro del armario!

Hacerla ingresar aquí no fue sencillo. Descubrir la existencia de lugares como este, demostrar que ella era una más, la candidata ideal para estar entre estos muros reforzados. Las Residencias como cárcel para los que ya han hecho suficiente con sus otras vidas. La mitad de alguien que acaba con el todo de otros.

- ¡Vuelve!

La desaparición de papá convirtió la convivencia en un imposible. Él nos protegía, no enseñó cómo adaptarnos a los gritos y las discusiones. Convirtió las escapadas mensuales en una excusa para hablar de lo que no era ella. La mirábamos desde la ventanilla, con la radio muy alta para no oír lo que nos gritaba desde la ventana. Papá nos hablaba desde el retrovisor. No os preocupéis, decía, ya sabéis que le gusta enseñarnos los colmillos.

- ¡Por favor! ¡No estamos jugando!

Él se marchó y los vecinos hicieron sus cábalas. Abandono del hogar por parte de alguien que mensualmente tenía ladrando de pena a su mujer por la ventana. Nadie se preocupó de buscarle. Desde entonces convertimos la convivencia en una obra de teatro. Tratábamos de ser felices, normales, de puertas a fuera. Ella nos daba de comer, nos compraba la ropa, nos hablaba de lo que hacía para intentar que todo fuera bien. Nosotros hacíamos bunker en la habitación cuando empezaba su fiesta. No decíamos nada porque nadie podría entender el miedo de un par de niños a quedarse sin calendario dónde anotar los días desde la última vez.

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- ¡No salgas!

Huérfanos de padre, pobres niños. Mi hermano y yo nos acostumbramos a ver la ternura en los ojos de gente al otro lado de la ventana. Me duele pensar que en realidad nuestro amor era una vigilancia permanente. Madre trabajaba durante el día y nosotros nunca supimos cómo se ganaba el dinero. Cuando desaparecía, cada veintiocho días, revisábamos las esquelas del periódico temiendo que la muerte hubiera decidido ponerse de caza en el barrio.

- ¡Por favor no abras la puerta!

Llega la hora de irme y procuro acercarme a ella. Me siento sobre el reposabrazos del sillón. Sabe que esa es la manera de insinuarle que ya es tarde, también así permito que huela el aroma que nos separa. Cuanto más cerca más lejos.

- ¡Escóndete!

Hoy hace frío en la calle, es de esos días con manta sobre la nariz en la cama. Me despido con un ligero roce sobre la palma de su mano. Ella sigue hablando, vacía, con sus pupilas ya rodeadas por la telaraña rojiza que precede a los gruñidos. Sé que hay que moverse despacio y siento como los vigilantes de la Residencia se aproximan para ponerla de pie.

- ¡Recuerda a papá!

Cuando salgo a la calle puedo oír sus gritos, me tortura pidiéndome que no escape. Observo el cielo negro y la luna llena. Deslizo la mano en el abrigo y acaricio el recorte de papel de periódico dónde todavía puedo leer su nombre. Camino hacia casa y creo que mi dolor es un aullido. El

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miedo me hace recordar que permanecí quieta, que cerré los ojos y cerré la puerta. No fui capaz de hacerle ver que no debíamos intentar ser más valientes que padre.

Alberto García-Salido Madrid, 16 de octubre de 2013

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Madre  

Relato Corto

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