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Suplemento extraordinario de la Gaceta Mambo La Merced abril 2007 Distribuci贸n gratuita


Utopías urbanas

Mariano Andrade

“Lo

propio de todo plan, es que fa­ lle” dice, algo irónicamente, Gilles Deleuze, y sin embargo... no hay manera considerar siquiera la realidad, sin alguna referencia de cómo deseamos que sea. El mismo Car­ los Marx hacía de esta cualidad una de las características del tra­ bajo humano y comparaba los quehaceres del peor carpintero y de la mejor abeja diciendo: “la diferencia entre uno y otro es que el carpintero, antes de em­ prender su obra, tiene una idea previa de cómo va a ser y a qué fines va a servir”. Esto convierte al trabajo hu­ mano en una especie de trage­ dia, de lucha, en la que en una parte se ponen los deseos y en la otra esquina, las dificultades que se nos atraviesan. La habi­ lidad, técnica, económica, políti­ ca, está, justamente en la forma en que conciliamos unos con las otras, sin desmerecer el resultado final. Sin escaparnos del tono bur­ lón —pero ahora aplicándonoslo a nosotros mismos— confesamos que originalmente, cuando a mediados del 2006 planteamos una serie de conferencias sobre las utopías y la ciudad, deseá­ bamos que los convocados nos aportaran proyectos con los que acometer los innumerables pro­ blemas que padece nuestro cen­ tro histórico.

En vez de eso, acudieron con muchas ideas, opiniones y críticas... Muchas de ellas muy valiosas, que de todas maneras quisimos compartir con nuestros lectores, en los “Cuadernos” de Mambo. Por ejemplo, el preclaro Le­ gorreta aportó una ristra de an­ tiguas utopías, muchas de ellas irrealizables, pero que conforma­ ron el imaginario histórico de lo que debía ser la Ciudad de Méxi­ co desde épocas de la Colonia Otros, más concretos y concre­ tados, fueron funestos. Por ejem­ plo, la utopía de acabar con el lago que bañaba las orillas de esta ciudad. Un sueño hecho rea­ lidad, del que ahora intentamos recobrarnos. Otro arquitecto, Samuel Mon­ roy, hizo una crítica de los pla­ nes y proyectos atroces que, en el sexenio pasado convirtieron am­ plios predios y ejidos en irrespon­ sables palomares, donde escasean el agua y otros servicios. Mostramos también algunos utopías realizadas, con arduo trabajo y radical decisión polí­ tica, donde, gracias a la partici­ pación civil, se llegó a buen término. Y es que, por más crema que preclaros urbanistas le pongan a sus planos, no hay una idea que llegue a buen término, si no es por el trabajo compartido de la sociedad civil, el consenso de conciencias y voluntades que permite alumbrar el alma de las cosas, y también, ahora dando vuelta la idea de la utopía y los planes, por esas benditas difi­ cultades que nos permiten sen­ tir, compartir, gozar, padecer y —en definitiva— hacer propio el camino recorrido.


Quimeras del pasado Jorge Legorreta*

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lguien dijo alguna vez que no existe nada construido que no se haya imaginado previa­ mente. En México, y fundamentalmente en el Centro Histórico muchos arquitectos han imaginado proyectos. La imaginación forma parte sustancial e indisoluble de la realidad

que se plasma en planos y maquetas. Y así como la imaginación se despierta en los escritores y los artistas, también lo hace en los arquitectos. Es la imaginación la que nos ha llevado al mundo existente. La misma República y la democracia que hoy tenemos fue obra de la imaginación de la ilustración francesa. Entonces ¿Cómo construir un mundo sin imaginación? ¿Sin escritores, sin artistas, sin filósofos, sin urbanistas?

* Arquitecto, doctor en urbanismo profesor de la UAM y del IPN. Director del Centro de Información de la Ciudad de México. El texto, revisado por el autor, es parte de una conferencia dictada en la UACM y fue transcrito por Alejandro Semo.


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estos que siguen son algunos de sus sueños y proyectos

Filósofos, artistas, urbanistas han imaginado la Ciudad de México,

Siglo XVI: la fundación Los primeros planos de la Ciu­ dad de México diseñados por los con­quistadores españoles mi­ nimizaron la gran presencia del agua a su alrededor, misma que comprendía un área de mil cien kilómetros cuadrados; la antigua Tenochtitlán sólo tenía seis kiló­ metros cuadrados. Esta es la pri­ mera gran utopía que se tuvo de esta ciudad. La utopía de desapa­ recer el agua, la cual hasta hoy no se ha concluido totalmente; en el sur de la ciudad persisten aún vestigios de esta cuenca lacustre. La idea de reducir al máximo el agua de dicha cuenca quedó ex­ presada en el plano de la ciudad que formó parte de las cartas de Relación que Cortes envió al Rey de España. En plena conquista, el agua que había sido el sustento militar de los indígenas fue poste­ riormente reducida para ampliar los territorios que dieron paso a los pesados instrumentos bélicos de los conquistadores. En las diferentes cartogra­ fías que se realizaron en el siglo XVI de la Ciudad de México, se plasman imágenes idealizadas entre mezcladas con el concepto medie­val y renacentista europeo de la época. Según nos relata Don Miguel León Portilla, entre 1523 y 1532 Tenochtitlan fue confundida con una ciudad chi­ na sobre el agua llamada Hang Chou, misma que había narrado Marco Polo en uno de sus viajes a oriente; tal confusión tomó auge en Europa durante los diversos viajes realizados por Cristóbal Colón, quien aseguró hasta su muerte que había llegado a Asía por el polo opuesto; no fue sino hasta la tercera década del siglo XVI con los viajes de Magallanes que se comprueba que no era tal

ciudad china, sino una ciudad lacustre de un continente nuevo. Otras visiones utópicas que habían surgido en Europa, fue la fascinación sobre un mito que confundía las chinampas con jardines flotantes. Parte de ese mito fue la base para difundir en Europa la idea de una ciudad de palacios rodeada de jardi­ nes flotantes en el agua. Todo ello fue esencial en la toma de decisiones para la creación de una ciudad desconocida, pero imaginada. Siglo XVII: la valorización Con el siglo XVII surge la nece­ sidad primaria de “valorizar los terrenos” y uno de los primeros proyectos en este sentido fue im­ pulsado por el famoso arquitecto del barroco, Francisco Guerrero y Torres; entre 1730 y 1770 fue autor del actual Museo de la Ciudad de México, entre otros importantes edificios de la épo­ ca. Guerrero y Torres amplía la primera Basílica, comienza a entubar el Río de los Remedios y crea una plaza nueva con la pretensión de utilizar terrenos de bajo valor y rentabilizarlos, con el conocimiento de que por ese lugar confluirían muchas perso­ nas. El mismo Guerrero y Torres construyó más tarde un camino que iba directo desde el centro de la ciudad a la Basílica. En 1760 con el ascenso del Carlos III al trono de España, el Virrey impulsa una serie de me­ didas para erradicar el comercio ambulante, sobre todo al frente del antiguo mercado del Parán; el proyecto utópico consistió en que el día del juramente de as­ censo al trono de Carlos III, la ciudad tuviera puestos para el comercio ambulante limpios y or­


similar impulsó Hank González en 1979. Siglo XIX y XX: modernidad y crecimiento En 1843, el arquitecto Lorenzo de la Hidalga, proyecta el primer monumento a la Independencia que mandó hacer Santa Anna; este primer proyecto representa­ ba una águila que despegaba para elevarse al cielo; el mismo arquitecto diseña sin construir­ se, la primera cárcel en estrella de orden neoclásico; la idea se retomaría mas tarde durante el porfiriato para construir la cárcel de Lecumberri, hoy el Archivo General de la Nación Durante todo el siglo XIX hubo varios proyectos para agi­ lizar el transporte acuático sobre las acequias y los ríos que atra­ vesaban la ciudad. Incluso, hubo algunas propuestas de incluir barcos de vapor para pasajeros, como por ejemplo, en el canal de la Viga. Influido por su hermano, rey del Imperio Austro Húngaro, Ma­ ximiliano trae a México el con­ cepto de los grandes Bulevares similares a los de la ciudad de Viena. Maximiliano impulsa una gran utopía, misma que no hubo tiempo de concretar. Se trataba de crear un circuito de grandes bulevares; el primero fue para unir el Castillo de Chapultepec con el Caballito (el único cons­ truido); otro más, iba por lo que hoy es Avenida Juárez tomando parte de la Alameda, Madero y 5 de Mayo, hasta el Zócalo. De ahí se abría otro sobre la actual avenida 20 de noviembre y con­ tinuaba por la actual avenida Chapultepec, hasta el Castillo de este mismo nombre. El arquitecto, autor original de construir estas

grandes avenidas, lo fue en Pa­ rís, el barón de Houssmann, ur­ banista al servicio de Napoleón III. Este gran proyecto urbanístico de Maximiliano, consignado por la historiadora Esther Acevedo, no fue completado. A finales del siglo XIX, el ar­ quitecto Emile Bernard proyectó el Palacio Legislativo con una gran cúpula, actual monumento a la Revolución. Dicho proyecto fue suspendido debido al estalli­ do de la revolución Mexicana. Ya entrado el siglo XX, el ar­ quitecto Vicente Urquiaga pro­ yectó diversas avenidas para “pe­netrar” el centro histórico a base de diagonales; una visión urbanística del mismísimo Barón de Houssmann. Muchas colonias de la época se hicieron con este concepto geométrico, que en el fondo buscaba rentabilizar los te­ rrenos, como la Álamos, la Con­ desa, la Obrera, etc. Mas tarde, el mismo arquitecto Pallares pro­ puso levantar gigantescas torres sobre el actual Eje Central Láza­ ro Cárdenas, exactamente en el cruce con la avenida Hidalgo; tal visión del modernismo arquitec­ tónico de mediados del siglo XX fracturaba evidentemente los con­ textos históricos de los edificios de Bellas Artes y el de Correos. Para fines de la década de los años cincuenta, el Arquitecto Mario Pani diseña Ciudad Saté­ lite, en cuyos planos originales se habían proyectado grandes extensiones de territorios verdes a su alrededor. Lamentablemen­ te, el actual Periférico que unió dicho fraccionamiento con la ciu­ dad de México valorizó los terre­ nos circundantes y se comenzó a construir en sus alrededores co­ mercios y casas habitación; este proceso urbanizador en el estado

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denados; dicha utopía que hasta la actualidad no se ha logrado, se debe a que la Ciudad no la hacen ni los arquitectos ni los políticos; es una expresión de la sociedad en su conjunto. Ante la preocupación de una gran inundación, un clérigo muy culto llamado Juan Antonio Alza­ te, propone en 1760 -siguiendo la antigua idea de los españoles sobre que el agua era un ene­ migo para la ciudad— construir canales hasta los volcanes del oriente, para así desaparecer los lagos y resolver el problema de las grandes inundaciones. El mismo Alzate participó en otro proyecto similar, en donde se propuso perforar una montaña llamada la Caldera. Trescientos cincuenta años después, Heberto Castillo propuso una idea similar, pero para crear grandes tanques de almacenamiento de agua. En 1790, el segundo conde de Revillagigedo quien fue el Virrey de la Nueva España en aquella época, manda construir muros y zanjas al estilo de las ciudades medievales para prote­ ger a la ciudad de las inundaciones y permitir su crecimiento. Tal pro­ yecto no fue concluido por falta de recursos. A finales el siglo XVIII apare­ ce Ignacio Castera , arquitecto de dicho conde de Reviillagige­ do, a quien se le atribuye la pri­ mera iglesia neoclásica llama­ da de Loreto. Castera también propone una zanja para que la ciudad se pudiera extender ha­ cia los barrios circunvecinos. Se trata del primer plan regulador de la ciudad, inspirado por los cánones geométricos del neocla­ sicismo. Ignacio Castera propo­ ne el diseño de una ciudad rec­ tangular y lineal; una propuesta


de México coincidió con la pro­ hibición para construir fraccio­ namientos habitacionales en el Distrito Federal, impuesta por el regente de hierro Ernesto P. Uru­ churtu, Jefe del entonces Depar­ tamento del Distrito Federal. En 1964 se inaugura la Uni­ dad Habitacional Tlatelolco, un proyecto que se tenía pensado extender en el corazón del Cen­ tro Histórico en 1967, con la in­ tensión de suprimir los llamados cinturones de pobreza y así, valo­ rizar dicha área central. Una uto­ pía que por fortuna, se detuvo. En 1983 surge otro gran pro­ yecto con el denominado “Cen­ tros Urbanos” con intención de valorizar los antiguos barrios de la Ciudad de México; se trataba de levantar ahí grandes edifica­ ciones y construir corredores ur­ banos destinados para albergar todos los servicios. Un proyecto que quedó truncado por el tem­ blor de 1985. En pleno inicio de la globali­ zación, durante la década de los años noventa del siglo pasado, el consorcio internacional Rei­ chman participa activamente en el desarrollo urbanístico y arqui­ tectónico del conjunto Santa Fe y edifica sobre la avenida Refor­ ma, la Torre Mayor. En el caso de Santa Fé, el proyecto original contemplaba edificar 400 mil

metros cuadrados para diversos servicios comerciales, financie­ ros y habitacionales, de los cua­ les solo se construyeron 70 mil. Uno de las utopías mas mara­ villosas que se han ideado en el siglo XX, se refiere a un proyecto de restauración de Xochimilco a fines de los años ochenta y prin­ cipios de los noventa. Fue una utopía ver construidos un gran lago turístico de 300 hectáreas y edificios de 15 y 20 pisos ale­ daños al Periférico, en la zona lacustre de Xochimilco. Esta uto­ pía quedó truncada en 1994, en gran parte por la oposición de los campesinos de la zona; la idea de estos últimos, fue conser­ var la zona con áreas agrícolas y restaurar las actuales zonas agrícolas de chinampas. En el marco del transporte pú­ blico, otra de las grandes utopías fue el proyecto del tren elevado de Barrientos hasta el Palacio de Bellas Artes. El proyecto quedó pendiente por la oposición veci­ nal; muchos ciudadanos consi­ deraron, con razón, que en cual­ quier parte del mundo, los trenes elevados congelan el valor inmo­ biliario de los terrenos por donde pasan; en cambio, los transportes subterráneos elevan dicho valor; el proyecto se enmarcaba en la política gubernamental de ese en­ tonces, de concesionar a la em­

presa privada, con carácter ren­ table, la prestación de un servicio público; es decir, el gobierno se desiste de invertir recursos públi­ cos en el transporte, a cambio del cobro rentable de tarifas. Otra propuesta digna de mención proviene del arquitec­ to Félix Sánchez para edificar una plaza comercial y puentescorredores comerciales para la estación del metro Chapultepec; la idea era ordenar el comercio ambulante, agilizar la estación de microbuses y hacer mas agra­ dables los espacios públicos. Fue ésta, una más de las utopías urbanas de fines del siglo XX, en la Ciudad de México. Para concluir, hay que men­ cionar tanto la utopía de ampliar el Metro, que solo cubre el 15 por ciento del área metropolitana con escasos 200 kilómetros de vías; mientras el de Nueva York tiene mil 100 kilómetros y el de París 900. Así, como los famosos segundos pisos, cuyo proyecto ori­ ginal contemplaba una red de 50 kilómetros para cubrir parte del Periférico (de la Defensa Nacio­ nal a la glorieta de Vaqueritos), Constituyentes, con un entronque por el Viaducto hasta el aeropuer­ to; y toda la avenida Chapulpe­ tec y Fray Servando Teresa de Mier. En la actualidad la obra solo cuenta con 17 kilómetros.


Desde el Juicio Final, pasando por Tomás Moro, hasta las soluciones radicales en las ciudades de América Latina

P

ara comprender lo que hoy entendemos por Utopía en el sentido moderno de la palabra, quizá haya que remontarnos al relato bíblico del Juicio Final, que en la Edad Media cobró una gran importancia. Dios —dice la Biblia— va a ajustar cuentas con el hombre por haber cometido pecados. Mientras tanto, y como salvaguarda de ese futuro hipotéti­ co, el control social queda en manos de su Igle­ sia. Es así como, a través del Concilio de Trento, en 1512, la Iglesia finca su hegemonía. El rela­ to del Juicio Final, sobre el cual se fundamenta esta apropiación del presente, como preámbu­ lo del futuro, tuvo tal fuerza en aquella época, que los Papas se vieron obligados a establecer fechas precisas para este suceso. Así surgen los grandes profetas seculares del futuro, quizá el más conocido sea Nostra­ damus, pero no fue el único entre quienes disputan la lectura del tiempo. No hay que olvidar que aquellos que controlan el tiem­ po, controlan la política, porque ésta es una promesa de futuro.

La utopía renacentista En forma paralela a esta visión surge la propuesta de Tomas Moro quien escribe el libro “Utopía” donde surge la posibilidad de un sitio en donde la humanidad pueda estar exento de ese Juicio Final . Utopía “fuera de lugar”: precisamente un término que nos lleva a la raíz etimoló­ gica de la palabra utopía.1 Lo que distingue al libro de Tomas Moro es la forma en que los seres huma­ nos se organizarían socialmente, la ma­ nera de configurar las relaciones entre los individuos y los grupos, la estructura de poder, el funcionamiento de las institucio­ nes, las reglas para la distribución de la riqueza colectivamente generada y para acceder a los satisfactores materiales y es­ pirituales, la definición de los derechos y las obligaciones de todos y de cada uno. Lo que suele llamarse “organización social”, —los hechos, en el libro de Tomás Moro son narrados en una isla— con las mismas debilidades y fuerzas, con las mismas inclinaciones y limitaciones. Pero los que viven en esa isla; los utópicos, optan por valores diferentes, de acuerdo con los cuales se organizan de modo distinto, en algunos casos, hasta opuesto, de la sociedad en que vivimos. Al mismo tiempo en que Tomás Moro escribe su libro, se descubre el continente americano que, para muchos europeos de la época, va a encarnar ese territorio ideal, la paradisíaca región de la esperanza.

Una historia del porvenir Como se recordará, la palabra griega “topos” significa “lugar”, “sitio”; el prefijo “u” significa negación. Utopía es, por consiguiente, el “no-lugar”, el “no-sitio”. Utopía, lo utópico: lo que está en ningún lugar. “No hay tal lugar”, traduce Quevedo. 1


En el territorio/texto de Moro no se producen los conflictos que hay en el mundo real . Su orden utópico no conoce la diferencia entre ricos y pobres, entre unos que detentan el poder y se apropian de la mayor parte de los bienes y los demás que tienen que trabajar para los prime­ ros. En Utopía, la vida pública y privada está organizada de tal forma que hay de todo para to­ dos. Por consiguiente, no se genera la oposición irreconciliable entre el bien común y los intere­ ses particulares y no se producen las injusticias y las escisiones sociales que caracterizan al res­ to del mundo conocido. De hecho, como dice Tomás Moro, lo que pasa es que los únicos que tienen un orden propiamente dicho, son los ciudadanos de Utopía. A comienzos del siglo XVI Europa vive un enorme des­ orden que deja en el desamparo a los pobres y a los que no tienen poder, que son los más. La incertidumbre Dos siglos después, la idea del Juicio Final va decayendo, pues éste no suce­

de, y ante esta situación, comienzan a emerger nuevas concepciones del futuro. Para la filosofía moderna, la cual surge a partir del siglo XVIII, el futuro es un concepto abierto, se trata de un sitio que no se viene en­ cima, como lo impulsó la iglesia con el juicio final, sino que es un lugar al cual se llega a tra­ vés de la práctica social y política. Así, para Kant ese mundo ideal no lle­ gará hasta que el hombre se encuentre gobernado por leyes y no por monarcas que estén por enci­ ma de éstas. Para el filósofo germano, la forma de gobernar­ se de los hombres le daría su acceso a una sociedad más justa. A partir de ahí surge la disputa en torno a ese futuro abierto. Para Hegel ese futuro se encuentra prefijado y su con­ clusión es el Estado, como representación de la racionalidad en la historia. Reco­ nociendo esta direccionalidad, las fuerzas so­ ciales pueden convertirse en vanguardias de ese proceso. Una idea que sirvió a Marx para prefi­ gurar la lucha del proletariado y la construcción de una nueva utopía: el comunismo, que disol­ vería nuevamente las desigualdades y acabaría con la pobreza material y espiritual del hombre. Una y otra vez las utopías caen en sórdidas inter­ pretaciones de la realidad, pero el hombre se


encarga de sacarlas a flote, como si de ese vector de futuro, dependiera no sólo su presente, sino también su pasado y todo el sentido de su vida. La arquitectura ha sido un terreno fértil para su desarrollo, pues en este arte se reúnen de manera evidente dos planos necesarios para la utopía: el proyecto y la realidad. Sin uno no hay otro y viceversa, pero, esto no quiere decir que su relación sea fácil y sin conflictos. La historia de las ciudades, da cuenta de muchos de estos inten­ tos, utópicos, de generar espacios de convivencia y progreso humanos. Las ciudades y el mundo En el siglo XIX, la industrialización pro­ voca el desmesurado crecimiento de las grandes ciudades que, conforme se de­ sarrollan de forma no muy organizada, van generando problemas de hacinamiento, basura, transporte, servicios públicos y habitabilidad. Surge así la utopía urbana, como una forma de resolver las grandes contradicciones no resueltas dentro de los espacios públicos y privados.

En nuestras ciudades de América Latina, estos desarreglos no se hacen esperar y en algunas ocasiones se toman medidas drás­ ticas. Un ejemplo ha sido Brasilia, que trajo nuevos problemas tornándose una ciudad de “privilegiados”, con serias dificultades de integrarse al resto del tejido social brasileño. Ante los fracasos de las soluciones radicales, otros especialistas que encaran las problemáticas de las ciudades en vías de de­ sarrollo, optan por atacar situaciones concretas. Todas estas soluciones, requieren un componente activo indispensable: la sociedad civil. México no es la excepción y cómo nos vea el futuro depen­ de, en gran medida, de la capacidad de los ac­ tores políticos y sociales de movilizar los recursos humanos y económicos en pos de utopías creíbles y consensadas por un amplio margen de la po­ blación. Así, las utopías factibles en nuestra ciudad no serán como el juicio final, de­ pendientes del designio divino, ni tampoco, como las de Tomás Moro, podrán presu­ poner un terreno paradisíaco, sin mancha. Partir de la realidad, es la única manera de prepararnos para enfrentarla, y mejorarla.


El

siglo XX ha quedado atrás, y es justo tratar de resumir los principales retos que enfrentaron las prácticas de conservación y restauración en este tiempo, inmersas en una es­ pecie de dinamismo y velocidad que dominaba varios ámbitos del comportamiento. Frecuentes fue­ ron las tasaciones de lo pertinente y lo excesivo, hablando de obras de construcción, porque eran reali­ zadas sobre una base económica, que muchas veces dejó antiguas edificaciones y entornos al aban­ dono, a la demolición o la sustitu­ ción. Comunes fueron también las enconadas discusiones sobre qué sistemas constructivos y materiales emplear, cuando era evidente que ante las nuevas necesidades, se hacía necesario reforzar un entre­ piso con losas contemporáneas, o bien, ya no era posible o siquiera propio, aplicar aplanados y pintu­ ras de cal en muros que estarían sometidos a usos distintos de los tradicionales. Las instalaciones tam­­ bién ofrecieron un problema es­ pecialmente complejo, pero co­mo constituían uno de los elementos de programa, sin el cual, el res­ cate de un edificio patrimonial podría fracasar, se hicieron impor­ tantes concesiones en aras de do­ tar a las viejas estructuras, de un equipo que les permitiera funcio­ nar durante largo tiempo. Muchas son las experiencias que podrían reunirse para tratar de mirar con objetividad lo acontecido en el patrimonio edificado; pero sobre todo, fue notable que la industria­ lización constituyó un centro de actitudes y valores, donde gravita­ ron sus principales amenazas. A partir de lo anterior, en este texto se incorpora una revisión de los testimonios construidos de la industrialización mexicana de los siglos XVIII y XIX. Entre los

La fábrica Los espacios de producción en la ciudad objetivos que se persiguen, está reflexionar sobre las actividades de producción y las característi­ cas de sus escenarios, con fin de avizorar el futuro problema de su conservación. Así mismo, se discu­ ten algunas valoraciones que evo­ can los conjuntos industriales y sus alcances de comprensión pa­ra la mente contemporánea; y por último se cuestiona, en qué medida las dis­ ciplinas de la conservación deben verse afecta­das en sus criterios, con fin de res­ponder a las particularida­ des de estos testimonios que en sus características, demuestran el naci­ miento de tipos edificados que hoy se han vuelto una costumbre para nosotros: el centro de trabajo, la vi­ vienda, la escuela, el hotel, el hospi­ tal, el teatro, el cine y la plaza. Nuestra cercanía y familiari­ dad con estos testimonios supo­ ne el destino incierto de sus pri­ meros modelos. No será posible em­prender medidas para su con­ servación sin una estrategia de comunicación, que primeramente resalte los significados de estas edificaciones y ciudades industria­ les, que para nuestro caso, lo mis­mo ocultaron que desvelaron ideales y utopías de una moder­ nidad versátil y dinámica.

Aportes recientes sobre industria y conservación Durante las últimas dos décadas, se ha dado cierta atención a los testimonios del pasado de la in­ dustria. Ello involucra no solamen­ te la investigación y conservación de los restos de fábricas y gran­ des plantas industriales donde la transformación de materiales fue la actividad primordial y su razón de existir, sino también, plantas generadoras de energía, presas y canales. En otro sentido, se ha des­ plegado un importante ejercicio de arqueología que hace relación de los avatares de la inno­vación y cambios tecnológicos, y el colec­ cionismo se ha enriquecido con la custodia de viejos artefactos utilitarios y suntuarios, que ahora, se nutre de elementos familiares como los primeros au­tomóviles, locomotoras, televiso­res, radios, teléfonos, sumadoras, entre otros aparatos creados durante el siglo XIX. El mensaje más recurrente de este patrimonio verdaderamente numeroso y variado en ejemplos, es el de una revolución industrial que impactó hondamente la vida de seres humanos en el campo y la ciudad. En las fábricas se ins­ talan espacios museísticos con


y el museo Mtro. Alejandro González Milea Profesor-investigador del Instituto Politécnico Nacional recreaciones de la disposición de motores, máquinas y materiales en distintas fases de transforma­ ción, para ilustrar la relación entre la tecnología y la humanidad. En muchos casos, oportuno viene a ser un remanso para reflexionar sobre los impactos que tuvo la industria en el medio ambiente, creándose así un abigarrado dis­ curso sobre los inicios de cierta modernidad que se encuentra hoy indecisa entre preservar los valo­ res de la naturaleza y aquellos del artificio humano. Sin embargo, este movimien­ to indudablemente inclinado ha­ cia la conservación es reciente, y evita o pierde de vista, relaciones más amplias entre la producción y la vida, entre el trabajo, el ocio y el esparcimiento. Se enfoca ma­ yormente en atender la curiosidad del turista sobre hechos descono­ cidos, como saber que el curtido de pieles se realizaba durante tres meses, y que la obtención de plata constituía comúnmente 200 gramos a partir de una tonelada de mineral extraído de las minas, pero la generación de muchos desperdicios no pasa inadverti­ da, y especialmente reveladores son los afanes que movieron a los

empresarios a continuar intentan­ do organizar la producción sobre bases redituables. El patrimonio industrial se está haciendo como conjunto de bienes de la historia de la tecnología, sin colocar al centro la reflexión sobre la forma de organización de las socieda­ des a partir de la producción. Por lo anterior, un problema proviene de lo reciente que es la investigación de testimonios edifi­ cados de la industrialización, que en México se ha realizado con poca asiduidad, aunque con algu­ nos ejemplos rotundos. Los mejo­ res casos de esta pobre experien­ cia son los ingenios azucareros, y las haciendas de beneficio, que son nuestras plantas metalúrgicas del pasado, pero casi nada se tra­ bajado de las villas petroleras. Es probable que la sórdida estética de las edificaciones industriales, y su dependencia respecto a un modelo ideado por las historias universales de los países hegemó­ nicos, haya ocasionado el escaso interés por proteger y conservar conjuntos edificados que remiten a escenarios de la explotación del trabajador por el capitalista. Puede así, parecernos una histo­ ria cruel y desalmada, aquella

reseña de datos entresacados por John Kenneth Turner con motivo de las contradicciones aparentes en que se hallaba sumido el régi­ men de Porfirio Díaz en sus últimos años: una modernidad forzada y expresada en largas jornadas de trabajo, condiciones insalubres, reducidos salarios y nulas presta­ ciones, llevando al descontento, la rebelión y la represión. Los problemas planteados por Turner no fueron irreales o exage­ rados, solo que mayormente se refirieron a las industrias de sus paisanos, cuya principal motiva­ ción de plantarse en suelo mexi­ cano fue la industrialización de materias primas. Mientras tanto, un nutrido grupo de empresarios nacionales sostenía la marcha sobre bases diferentes, aunque el problema técnico y los mercados financieros constituyeron una nor­ ma de alcance internacional que azuzaba a todos a adelantarse, a prever y a ajustar recursos y beneficios. Así, sobre una base inicial, los problemas técnicos y humanos para establecer una in­ dustria fueron reales, y no pode­ mos más que intentar acercarnos de manera objetiva a mirar las distintas formas como se logró su establecimiento. En las recientes investigaciones sobre la indus­ trialización se abre ahora más campo, formándose una visión más amplia y que confirma que en el siglo XVI ocurrió un primer cambio en las formas de organi­ zar la producción. Los siglos XVII y XVIII fueron tiempos de avances lentos, aunque no desprovistos de un poder organizativo de la técni­ ca y las gentes, y finalmente, en el siglo XIX se empatarían ánimos de independencia política con discursos sociales propios.


“El foxismo amparó la voracidad empresarial” Alejandro Semo

“El

pasado gobierno foxista transfirió sumas multimillonarias de instituciones extranjeras como el Banco Mundial, al presupuesto federal a través de di­ ferentes organismos dedicados a la construcción, como el Fondo para la Vivienda (FOVI), para que éstos a su vez, los canalizaran a los dueños de los grandes consorcios de la construcción. En su afán de obtener altas tasas de ganancias, estos empresarios construyeron viviendas en pésimas condiciones, subvirtiendo los esquemas de planeación y quebrantando las más elementales reglas de construcción”, señala el arquitecto Francisco Monroy.

Además de ser profesor titular de Historia de la arquitectura en la UNAM, Monroy cuen­ ta con una carrera que le ha permitido conocer de cerca diversos proyectos públicos y privados en torno de la vivienda popular. Entre sus actividades, fue Jefe de la oficina de Proyecto Arquitectónico en la unidad de Proyectos de Fideicomiso de vivienda y desarro­ llo urbano; coordinó la propuesta de Redensificación de las Áreas Centrales del Distrito Federal; y participó en la dirección de varios proyectos de rehabilitación y renovación de vivienda en México, Cuernavaca y Aguascalientes.


Entrevista al arquitecto Samuel Monroy, especialista en vivienda popular “ Existen casos donde se construyó en zonas sujetas a inundaciones o de recargas acuíferas, dañando la ecología de la zona y burlando todos los estudios de impacto ambiental que establece la ley”. “Basta leer por ejemplo, los testimonios que Jean Meyer hizo sobre una región específica de Zamora, Michoacán, donde pudo constatar que una de las tierras mas fértiles para el uso agrícola de México fue destruida para la creación de unidades habitacionales de muy mala calidad, afectando todo el ambiente a su alrededor; problema que se ha vuelto una constante en todo el país”.

Esquemas funestos “Yo creo que la solución al problema, no sólo para la Ciudad de México, sino como un modelo de desa­ rrollo urbano para todo el país, pasa por revertir en forma total dos esquemas nefastos. El primero es el suburbano, que implica la extensión de infinidad de pequeñas viviendas multifamilares. Es decir, la reproducción esquemática y monótona de unidades iguales, que se han llevado a cabo con un criterio de maximizar la renta de la construcción. Hay un excesivo uso del suelo,independientemente de su costo, y de la facilidad para dar servicios, sea donde sea.

“El otro aspecto se refiere el fenómeno de la intensificación y maximización de la rentabilidad del suelo urbano en las zonas céntricas, al provocar nuevos modelos de hacinamiento, y el creer que la solución en extensión es introducir a las personas que tienen escasos recursos en departamentos de cuarenta metros cuadrados en edificios de seis niveles de altura. De esta forma se construyen edificios de sesenta departamentos en lugar de veinte. Hay quienes ven este esquema como positivo, en lo personal yo creo que es profundamente negativo, porque el esquema suburbano destruye los paisajes, genera mayores necesidades de crear más infraestructura y daña el ambiente, hace obligatorio el uso del vehiculo. Además de que refrenda un carácter clasista y por lo tanto, desigual.


La crisis como oportunidad de transformación “La vivienda hacinada provoca profundas insatisfacciones entre la gente, y lo digo como actor , pues yo he participado directamente en la construcción de este tipo de viviendas, en donde se genera toda clase de tensiones entre vecinos, quienes buscan finalmente recompensar con sus vivienda todas las insatisfac­ ciones que les ha dado la vida”. ¿Cuál es tu propuesta frente a esta situación? Un esquema urbano integral de recuperación de las zonas centrales de las ciudades, buscando por un lado, una drástica reducción del suelo suburbano, y por el otro, una recuperación de los baldíos con usos produc­ tivos del suelo que se vaya dejando libre, es decir, restaurar la agricultura y la selvicultura en la medida que fuera posible. Así como llevar a cabo un trabajo de limpieza ecológica con las cañadas los ríos; una política que en México debería ser primordial. Es necesario hacer una profunda densificación pero no a partir del hacinamiento y la sobre explotación del suelo sino a partir de un uso del suelo lo mas racional posible.

¿En dónde están los orígenes del problema? El origen se encuentra desde la conquista. Si tú analizas el trazo original de la ciudad de México, detec­ tas, que existían dos ciudades: todo lo que fue la ciudad española, es decir, la parte que se reservaron los conquistadores y que hoy está ubicado dentro del corredor financiero del Centro Histórico, el resto de lo que era Tenochtitlán, lo que hoy es la Doctores, Tepito, La Merced, etc., quedó abandonado o semi construido.

Es decir la ciudad española esta compuesta por construcciones sólidas con grandes casones estilo medieval europeo, con calles amplias y muy rectas, las cuales sorprenden hasta a los propios viajeros europeos en tanto que los llamados “Barrios de Indios” estaban compuestos por jacales o chozas, casi sin muebles, muchas de ellas sobre las chinampas, pero eso sí ,la mayoría de ellas muy limpias. Si recorres la historia de México, las grandes diferencias en la calidad de la vivienda están marca­ das por el antagonismo de las clases sociales, lo que no sucede, en forma tan antagónica, en muchos de los países europeos. Siendo imparciales, podemos decir que desde la conquista en México, ya se estaba generando un problema en el uso del suelo y de vivienda que venimos arrastrando desde el siglo XVII.


¿Y cómo se trasladan estos antecedentes al crecimiento urbano en el siglo XX? Haciendo una referencia a la época mas actual, no olvidemos que la política del que fuera regente de la ciudad de 1952 a 1967, me refiero a Uruchurtu, se basó en una severa limitación al crecimiento de la ciudad en la zona centro e impulsando su crecimiento en las zonas periféricas, que es cuando surge el fenómeno del crecimiento suburbano, tanto de clase media, como proletario. Ahí es cuando surge Ciudad Satélite, por ejemplo, pero también Nezahualcoyotl como ciudad marginal pobre, con un crecimiento desordenado y anárquico; un problema que en aquel entonces no se vislumbraba, pero que ahora ha tomado matices dramáticos. Y por qué. Por la sencilla razón de que en las zonas periféricas siempre hubo una apremiante falta de servicios urbanos y estos se fueron improvisando, eso sí, como resultado de las pre­siones, o concesiones de los políticos en turno. Pensemos solo en la misma Nezahualcoyotl, que hasta hace pocos años, muchas de las calles importantes no estaban pavimentadas, ya ni referirme a casos como Chiconautla o el Valle de Chalco, que presenta situaciones todavía mas agudas.

En este sentido, todos estos problemas de urbanización son la expresión de la precaria situación econó­ mica de mucha gente, que fincó su futuro en los alrededores de la Ciudad de México, a partir de los 40, pero, que sin duda alguna, éste no es un modelo a seguir, ya que por un lado, el crecimiento ha sido muy desordenado; un proceso en donde la gente ha sufrido muchas carencias de servicios elementales de urbanización.

Otro aspecto que no hay que olvidar es la precaria situación de muchas de las viviendas en México. En ese sentido, el sismo del 85 fue un excelente termómetro para darse cuenta de la realidad de la situación. Muchas de la viviendas y edificios que se suponían estaban en buenas condiciones se vinieron abajo, como fue el caso de algunos edificios de la unidad Habitacional Tlatelolco, o el conjunto habitacional Juárez. Así como muchas de las vecindades que se encontraban en las colonias cercanas al Centro His­ tórico, que al hacer los recorridos para inspeccionarlas después del terremoto, no sólo se pudo constatar el hacinamiento, también la precaria situación en la construcción.


No s贸lo de futuro vive el hombre

Dr. Salvador Urrieta Garc铆a*


C

onservar la memoria de la cultura revelada en sus espacios urba­ nos, particularmente a través de sus centros antiguos o históricos, constituye un ideal entre los individuos o los grupos de habitantes concientes de la riqueza que guarda su ciudad histórica. Los ideales de conservar no solo el patrimonio construido, sino también los contenidos inma­ teriales de la cultura, han sido tra­ bajados por so­ciedades de espe­ cialistas, que han sintetizado ideas y propósitos en importantes Car­ tas Internacionales de Conserva­ ción, como las que han generado los miembros del Consejo Inter­ nacional de Sitios y Monumentos (ICOMOS); en éstas podemos leer, a nivel internacional, algunos

ideales de la preservación del patrimonio cultural y natural de la humanidad. A nivel nacional, estos idea­ les de preservación de los bienes culturales expresados a escala mundial, han sido interpretados, de manera diversa, según las circunstancias de los países que conforman el rico y muy hetero­ géneo panorama de las ciudades históricas del mundo. Lo anterior da cuenta de las diferentes reali­ dades sociales, económicas, po­ líticas, tecnológicas, legislativas y aún éticas, con las que se tiene que matizar la conservación ur­ bano-arquitectónica. En lo que se refiere a la realiza­

ción de intervenciones sobre el parque patrimonial, las adminis­ traciones de las ciudades histó­ ricas han producido un buen número de planes y programas urbanos en los que se incluye la conservación del patrimonio urba­ no arquitectónico, yendo esta conservación de la restauración a la renovación, pasando por la reha­bilitación, la revitalización, el reciclaje, la regeneración y otras posturas teórico metodológicas. En el ideal concerniente a man­ tener vivas las ciudades o los s­itios históricos, se requiere del concurso de sectores amplios de la sociedad, y en este caso, la comunidad aca­ démica ha colaborado de manera importante. Lo anterior, en lo que se refiere al análisis, explicación y propuesta de conservación de

los bienes culturales de la nación, pero esta orientación científica se limita, las más de las veces, a un ejercicio intelectual, aún cuando sea generoso en proposiciones. La solución de los problemas, a los que se enfrenta la conserva­ ción de los centros históricos está en otras instancias, públicas, priva­ das, o en el mejor de los casos, en ambas, a titulo de cooperación. Cuando las propuestas salen del ámbito académico y se imbri­ can con los planes y programas de las administraciones de la ciu­dad, estamos a punto de materia­lizar al­ gunos ideales de la conservación. En lo que concierne a las estra­ tegias teórico metodológicas para conducir la conservación urbana, es recomendable plantear la reali­ zación de proyectos urbanos, y la

* Maestro en arquitectura por la UNAM, se desempeñó como Jefe de Formación Académica de la Dirección de Patrimonio Mundial del INAH y en la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos. También coordinó la elaboración del Estudio Diagnóstico para la Regeneración Integral del Barriode la Merced.

presentación de estos proyectos es susceptible de visualizarse con mayor claridad a través del espa­ cio público, por ser éste un espa­ cio integrador y porque es aquí en dónde podemos establecer la unidad del conjunto patrimonial. El trabajar sobre el espacio público, nos permite tener una visión más integral de la conser­ vación urbana. Se trata de un ni­ vel de estudio susceptible de ge­ nerar propuestas más objetivas para los responsables de tomar las decisiones en la ciudad. La relación entre el proyec­ to urbano y el espacio público, sus estudios y propuestas, plan­ tean la posibilidad de intervenir los conjuntos patrimoniales, con una mayor eficacia que la que ofrece la planificación urbana de escala demasiado amplia o las intervenciones aisladas de restauración o rehabilitación ar­ quitectónica, de una escala de­ masiado reducida.


El ejemplo de otras ciudades Utopías realizadas1 Hay veces que las utopías son indispensables, el desarrollo de ciudades de la dimensión de El Cairo, Los Ángeles, Tokio, Nueva York e inclusive, México, debe ser concertado y programado bajo el peligro de que se tornen inhabitables en un corto lapso. Por eso, a pesar de los riesgos que como vimos, conlleva la realización de cualquier utopía, existen casos de proyectos monumentales, realizados de forma radical. Su resultado revela que no siempre las utopías son irrealizables. La basura en El Cairo La población de 15 millones de El Cairo se incrementa a una velocidad de casi un millón de personas cada ocho meses. Con este explosivo crecimiento demográfico, es fácil ima­ ginar a qué ritmo y de qué manera se reproduce la basura. Aunque se trata de una tarea titánica, una comunidad cariota, la de Zabbaleen, se dedica por tradición a la recolección de desperdicios, clasificándolos y reciclándolos. Pero cuando el gobierno consideró sistemas modernos para disponer de los desechos, la comunidad se vio en peligro de perder su fuente tradicional de sustento. Por ello, en 1980, se formó una alianza entre la comunidad Zabbaleen, un grupo de asistencia técnica y el gobierno local. Este programa ha funcionado a lo largo de diez años, a través de varios subproyectos, y ha creado miles de empleos.Se instalaron, por ejemplo, microempresas con maquinaria pequeña para convertir ma­ teria prima seleccionada y limpia, en productos de manufactura simple como suelas de hule para zapatos, muñecas de plástico y platos metá­ licos que se venden a un precio mucho más alto que las materias pri­ mas. El programa también incluye una planta para compostas, un proyecto de limpieza vecinal y otro dedicado a la mecanización. El éxito del programa de Zabbaleen fue tan grande que se ha reproducido en Bombay y en Manila. Ponencia de Nicole Vaharte. “La solución que tres distintas ciudades han tomado, El Cairo, Tokio, y Los Ángeles. Investigadora de Mega-Ciudades, una red transnacional sin fines de lucro, con sede en Nueva York”. 1


La demanda de agua en Tokio En función de su acelerado crecimiento, Tokio ha necesitado multiplicar su capacidad de recursos hídricos. La construcción de nuevas presas amenazó las tierras agrícolas y los bosques de los alre­ dedores de la ciudad. Al irse cubriendo los espacios verdes de Tokio con asfalto y concreto, se deterioró el ciclo del agua. Uno de los 23 distritos de Tokio, Sumita, estableció entonces un siste­ ma para reciclar el agua de lluvia y resolver los problemas de escasez en la ciudad. La Ofi­cina Dis­ trital de Sumita promueve el uso de agua de lluvia desde 1983 y ha construido 13 ins­talaciones para este fin en los últimos 8 años. La promoción del uso del agua de lluvia sirve además para asegurar el suministro del recurso en el propio distrito, extinguir incendios en casos de emergencia, prevenir inundaciones y el desbordamiento de aguas negras cuando llueve mucho, así como el hundimiento del subsuelo por falta del recurso. El almacenamiento de agua de llu­via ayuda a reducir el consumo del agua entubada y, en un plano mayor, protege los bosques y las tierras agrícolas que se destruirían con la construcción de nuevas presas. La Oficina Distri­tal está de­ cidida ahora a promover agresivamente el uso de agua de lluvia en instalaciones públicas y pretende difundir la tecnología para su utilización en el sector privado. Horticultura en Los Angeles La zona sur del área central de Los Angeles, California, enfrenta problemas similares a los de mu­chas zonas urbanas en crecimiento: elevados índices de criminalidad, pobreza y desem­ pleo. El estado de deterioro de esta zona tiene efectos nocivos para los jóvenes, quienes carecen de entrenamiento para trabajar, no tienen acceso a actividades recreativas, ni han adquirido buenos hábitos alimenticios. La violencia de las pandillas y los homicidios son parte de la vida diaria: el asesinato es la causa principal de muerte entre los jóvenes negros de menos de 25 años. Este panorama impulsó a George Singleton, fundador de “Hope LA”, a buscar una forma de transformar esta zona de Los Angeles en un “ecosistema que defienda la vida en lugar de aniquilarla.” “Hope LA” emplea a jóvenes en situación de riesgo para convertir lotes vacíos en frondosos espacios verdes y cultivos de hortalizas. Al mismo tiempo que mejora las condiciones ambientales y crea fuentes de ingresos, el proyecto infunde amor propio a los miembros del grupo y conecta el centro de la ciudad con la naturaleza. El programa tiene varios componentes que demuestran a los participantes las aplicaciones prácticas de la ciencia. Los jóvenes toman un curso integral que incluye matemáticas, quí­ mica, economía, arquitectura y jardinería. En el cul­tivo de los jardines se emplean antiguas técnicas agrícolas egipcias y nativas de América, como el establecimiento de surcos más profundos para la siembra de semillas, que permiten maximizar la cantidad cosechada de plantas en la escasa tierra urbana. Hope LA es único por su autofinanciamiento: el proyecto alcanza a cubrir sus gastos con la venta de los productos cosechados. De ahí, que es necesario que la sociedad civil en los espacios de las grandes ciudades de nuestro país, haga suyas propuestas concretas para ir resolviendo los grandes problemas que nos aquejan. De lo contrario serán los funcionarios en turno quienes impulsen soluciones temporales como hasta la fecha ha ido sucediendo.”


Utopías Chilangas: ambulantes, transporte y agua Como arquitecto y urbanista, Jorge Legorreta tiene todos los títulos. No sólo tiene una maestría en sociolog��a y un doctorado en urbanismo, sino que también ha puesto en práctica sus conocimientos en la función pública, nada menos que como delegado de la nunca bien ponderada Cuauhtémoc, de 1997 al 2000. De los proyectos que aún tiene en mente y que, de alguna manera, luchó por establecer durante su gestión, todos tienen algunos temas en común: la vialidad, el abastecimiento de agua y los ambulantes “hechos que —como él mismo afirma— atañen a todo el mundo... “

¿Cómo es el ambulantaje hoy en México? Es un mundo aparte, que en los últimos 15 años ha sido liderado por mujeres y ejerce entre sus agremiados una función social muy importante. También claro está, se encuentra su función política, que el mismo gobierno requiere, ya que sería imposible tratar con los 12 mil vendedores del Centro Histórico por separado. Hay que ver también que, quizás por la función social que cumplen, mantienen una fuerte cohesión social entre sus agre­ miados, tienen programas sociales y consiguen un fuerte arraigo en la vía pública. Aquí las líderes demuestran que el ser mujer no les resta nada de poder, incluso hasta tienen mayor capacidad de organización. ¿Cuál fue su trabajo con los ambulantes? Como funcionario, mis tratos son todos los que menciona la ley, el ambulantaje es una actividad muy complicada, se relaciona con reglamentaciones de funciones locales y centrales del Distrito Federal. Pero también hay muchas actividades que no son reguladas por la delegación, en general, la ocupación de las vías públicas, sí es competencia de la autoridad y esta permitida por la ley, aunque en 1994 la asamblea dictó un bando de regulación del comercio ambulante, que especifica que se permitirá la ocupación del comercio en la vía publica en determinadas temporadas, para ciertas actividades. ¿Qué se logró en su administración? Propusimos plazas con una función recreativa. Unas funcionaron y otras no. Hicimos pro­ puestas de pasos peatonales que no se construyeron. Se logró trasladar a los ambulantes que estaban en el eje central y dejamos limpios: la calle de Moneda, el Zócalo, Madero, Benito Juárez, Ángela Peralta, Argentina, Pino Suárez y el tramo que va de la plaza Semi­ nario a Donceles.


Jorge Legorreta relata su experiencia como arquitecto y funcionario


Quedaron muchos pendientes, pero la Ciudad de México requiere muchas cosas, es un barril sin fondo. En este sentido también es muy corto el periodo de gestión para desarrollar proyectos a mediano plazo. Uno de los pendientes es la seguridad, que no es responsabili­dad del delegado porque no tiene a su cargo ninguna policía preventiva. Algunos de los proyectos propuestos por la administración de Legorreta, son aún viables y constituyen intentos de combatir problemáticas que, como las enunciadas, son parte de la la lucha cotidiana de los citadinos y específicamente, de aquellos que deben vérsela a diario con los inconvenientes que representa vivir en la delegación Cuauhtémoc. Puente para ambulantes El comercio ambulante es un problema que ataca a la mayoría de los países. Aquí en México, en cada elección, los políticos lo usan como trampolín para sus campañas políti­ cas. Entonces prometen dejar libres las calles y reubicar a los comerciantes en un lugar fijo para que empiecen a pagar impuestos. Lamentablemente son contados los que llevan a cabo sus promesas. Los proyectos que se siguen para reubicar a los ambulantes consisten en crear plazas, que la mayoría de las veces no funcionan y terminan como bodegas. Pero ¿por qué no funcionan? El arquitecto Jorge Legorreta adjudica a la mala ubicación el fracaso del proyecto, porque son localizadas en lugares a los que difícilmente tienen acceso las personas. Debido a esto el arquitecto Legorreta hace dos décadas dio a conocer el proyecto de un puen­ te peatonal en los cruceros que presentan más ambulantes. La propuesta fue del ingeniero Ra­ mírez Vázquez basándose en el antiguo “Ponte Vecchio” que une a Florencia, dividida por el río, donde se ubica a los lados a los comerciantes y deja un pasillo central para el peatón. “En México —señala Legorreta— la idea era construir un puente en los cruceros más concurridos, colocar a los costados a los ambulantes y enrejar las avenidas para obligar a las personas a subir”. Pero el proyecto tampoco funcionó esta vez. El arquitecto señala que la respuesta de los ambulantes fue negativa, ya que para ellos cualquier inversión significa aumentar el pre­ cio de sus mercancías, lo que ocasionaria perder mercado, pues en el puente ya estarían pagando impuestos. Metro VIP En los últimos años, el sistema de transporte público en el Distrito Federal se ha mostrado insu­ ficiente para dar abasto a los millones de usuarios. El 84 por ciento del área es operada por microbuses, quienes juegan un papel importante en las cifras rojas de accidentes. El número de trolebuses y ruta 100 han sido reducidos al uno por ciento y el metro sólo ocupa el 15 por ciento restante. No obstante se ha reducido el presupuesto público destinado al transporte. El metro es el sistema más importante para la ciudad, ampliarlo es una necesidad que se ha venido postergando. El arquitecto Jorge Legorreta asegura que comprar un sistema como el que se usa en Japón, de monorriel (una trabe central donde se articula el vagón que va sobre un riel metálico y requiere poco trabajo de mantenimiento) es más barato que el metro de origen francés, que actualmente opera en la ciudad. El arquitecto menciona que el proyecto consiste en cofinanciar las líneas del metro con los consorcios privados. “Por ejemplo, hoy hace falta una línea de metro a Santa Fe, no para los empresarios que tienen coche, pero aún para ellos, si tuvieran a su disposición una línea de metro eficaz viajarían en metro y le haríamos un gran bien a la ciudad. “Esa línea de metro debería ser financiada por los mismos consorcios de Santa Fe, que se verían beneficiados con la puntualidad de sus empleados y los mismos ejecutivos, que podrían usar el metro —agrega— si le colocamos un vagón que tenga aire acondicionado y otros accesorios de confort, como en otras partes del mundo. Así, el que tiene capacidad económica paga una comodidad mayor, y se podría aumentar las líneas del metro con esa misma visión.”


Recuperar los ríos El último libro del arquitecto Legorreta se titula EL agua de la ciudad de México. De Tenochtitlan a la megalópolis del siglo XXI. En pleno 2006, los 48 ríos existentes alrededor de la ciudad, son los mismos que vieron los españoles y alimentaban el lago en 1519. Éstos mantienen su corriente en las partes altas de las montañas, pero, al llegar a las partes bajas no alimentan el lago, porque se van al drenaje. “Podrían ser recuperados, —afirma Legorreta—, el Amecameca, de 60 Km de largo, podría ser rehabilitado si se construyera un drenaje con un tubo, abajo del cauce de ese río contaminado, para meter las aguas negras y dejar el cauce para el agua blanca que siguiera cayendo desde los deslaves del Iztazíhuatl y corriera prácticamente hasta Ermita” aseguró el arquitecto. De la misma ma­ nera, otros ríos de los que conforman la cuenca de las altas cumbres, podrían abastecer el valle, como lo hacían en otras épocas. Estos tres proyectos son algunos de los que Jorge Legorreta, alguna vez, imaginó como utopías urbanas. Actualmente, el único que sigue propulsando es el de recuperar, al menos en parte, el sistema acuífero que constituía el valle de México, cuando la ciudad de Tenochtitlán, apenas ocupaba 6 kilómetros cuadrados de los 1,100 que constituían el lago donde se encontraba. “Es interesante que ésto sea una especie de contrautopía —señala Legorreta— pues, durante casi 5 siglos la utopía fue la contraria, la de hacer desaparecer el agua”. Legorreta piensa que esta última utopía es muy factible si tomamos hoy las medidas perti­ nentes como por ejemplo: “detener la práctica de ocupar ríos como drenajes y almacenar en forma sistemática el agua de lluvia”. El urbanista opina al respecto que ningún esfuerzo es demasiado, puesto que “así como vamos, nos dirigimos hacia una catástrofe hidráulica inminente”.


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