4 minute read

Tití Puá

Next Story

Ilustración: Pedro Strukjel | Guión: Pau Janer

1.

Tití Puá vivía en un descampado donde pacían las ovejas, al lado del Estadio Municipal de fútbol de la Unión. Se pasaba los días en el bar del club, solo o mal acompañado. Era un pobre diablo, conocido en el barrio porque una vez se había presentado en urgencias acompañado de una ovejita. Su leyenda se mezclaba con todo tipo de rumores. Era alguien que había perdido el norte y el sur, y nadie sabe por qué razón decidió un día convertirse en árbitro de fútbol infantil.

Pedro Strukelj © dibujos Pau Janer © texto Círculo Vicioso © edición Impreso en papel Conqueror Connoisseur 100% algodón

2.

Sus primeras decisiones le valieron la reputación de árbitro casero, pues casi nunca arbitraba fuera del barrio. En una ocasión, convirtió un rotundo 0 a 4 en un 2 a 2, puesto que se habían marcado 2 goles en cada portería. En otra ocasión, expulsó a la vez a los gemelos Mejía por doble amonestación, a pesar de que tan sólo habían cometido una falta cada uno. Las segundas partes eran siempre mejores, ya que no faltaba una petaca de whisky en la caseta.

3.

La peor resaca de su vida fue el día en que perdió el silbato. En la primera mitad tuvo que arbitrar con un pañuelo blanco que blandía al grito de ‘Faalta!’, ‘Paaaren!’, ‘Vaaale’. En el minuto 28 dio por terminado el primer tiempo, ante las protestas de un grupo de jubilados que andaban pasando la mañana por allí. Al no encontrar un pito en todo el barrio, alguien le consiguió, a cambio, un siurell – el típico souvenir mallorquín – con el que arbitró el segundo tiempo no sin sobresaltos.

4.

Su actuación más recordada se produjo una fría mañana de primavera. La Unión perdía 0-1 y el delantero local se adentró en el área, chutó y, al tiempo que el balón entraba en el marco, era objeto de claro penalti. El colegiado concedió el gol y también el penalti. Los rivales se afanaron en protestar, recordándole el reglamentario ‘penalti y gol, es gol’, pero Titi Puá contraponía: ‘Ido, es lo que digo yo: gol y penalti’. Y nadie pudo sacarlo de ahí, pese a las múltiples protestas. Gol y penalti. Para acabar de rematar la faena, una oveja saltó al terreno de juego y el colegiado, con gesto firme y solemne, le sacó tarjeta roja, rubricando así su ya mítica jornada.

5.

A partir de ese momento, su vocación de servicio se fue deteriorando. Como sucede con los artistas que llegan a la máxima expresión, la violencia aumentaba en su entorno. En una ocasión, ante el ataque de un grupo de padres armados con banderines de córner y al no encontrar la navaja en su bolsillo, tuvo que defenderse echando mano de las tarjetas. Con los bordes puntiagudos, empezó a cortar, a pinchar, a sajar. Ambas tarjetas terminaron rojas la trifulca.

6.

Titi Puá terminó sus días como colegiado inmerso en una profunda melancolía que poca gente pudo entender. Su particular universo siempre había sido un terreno de juego con las líneas mal pintadas. Estaba arbitrando un encuentro a mediados del mes de octubre, enfundado en su traje negro, cuando una bandada inmensa de pájaros migratorios cubrió el cielo. Maravillado ante tal espectáculo, decidió parar el encuentro. Pitó con todas sus fuerzas y dijo ‘Mirad!’. Eso fue su particular canto de cisne.

7.

Titi Puá no volvió a arbitrar desde entonces. Siguió frecuentando la barra del bar del club, solo o mal acompañado. Una vez le oí decir que el mundo del arbitraje estaba podrido y que no se arrepentía de haberlo abandonado. Murió antes de que urbanizaran el descampado donde vivía y desaparecieran todas las ovejas. El pelotazo popularmente conocido como ‘Operación Titi’ todavía hoy está siendo investigado por la Fiscalía.

This story is from: