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Mal de altura.

Cipriano G贸mez.

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Esta es la historia de un hombre que camina con un muerto. Dicho así, sin explicación previa, la historia que nos disponemos a contar corre el riesgo de iniciarse con un grave error de principio, error que, como narradores conscientes de nuestra responsabilidad, nos vemos en la obligación de subsanar aun a costa de adelantarnos al futuro lector. Para ello, habría que comenzar descartando tres supuestos, tres posibles interpretaciones más o menos razonables pero, en todo caso, erradas. Pero vayamos paso a paso: Supuesto 1: El hombre en cuestión deambula por la ciudad con un cadáver al hombro. En primer lugar cabría decir que esas cosas no pasan. Aun así, alguien podría argumentar que el verdadero autor de esta historia lo que intenta de verdad con una imagen de ese tipo es darle una nota surrealista a la narración. Nada más lejos de la realidad, pues ni el autor, ni nosotros, narradores o cronistas de su historia, hemos pretendido nunca separarla en ningún momento del ámbito de la mas pura y simple cotidianidad, por mucho que los hechos que vamos a narrar puedan parecer extraordinarios y de hecho lo sean. Supuesto 2: Nos encontramos ante el típico cuento de espectros o fantasmas. Tampoco es esta historia de espectros o de fantasmas o de almas en pena, ni de ninguno de esos seres improbables que según ciertas tradiciones suelen errar en busca de un resplandor, una llave o una puerta que les permita acceder al eterno descanso, y que en ese vagar acostumbran buscar seres humanos corrientes y molientes, bien para que les ayuden en su infructuosa búsqueda, bien para hacerles pagar a base de horror la rabia y la amargura que llevan a sus espaldas. Pues bien, aunque más literario que el anterior, tampoco es este el caso que nos ocupa por mucho que, en algunos momentos, pudiera parecérselo a alguien. Supuesto 3: El muerto en cuestión es un antepasado más o menos reciente del protagonista y la historia, por tanto, es una especie de saga familiar. Hemos de admitir que un cuadro como el descrito goza del beneficio de ser más cercano a las posibles experiencias de los lectores y, por consiguiente, más plausible. Es de sobras conocido en casi todas las culturas el caso de personas dotadas, no se sabe bien porqué, de una sensibilidad especial y que, en virtud de la misma y a partir de un determinado momento, se sienten acompañadas por alguna personalidad relevante dentro de su ámbito familiar o simplemente por aquella por la que el afectado sitiera un cariño especial. A pesar de sus ventajas, hemos de afirmar categóricamente que este no es el caso que vamos a intentar presentar en las páginas que siguen. Entonces, ¿cuál es el sentido en el que se debe entender la lapidaria frase con la que da comienzo esta historia? Quizá la forma más sencilla de explicarlo, si es que un fenómeno como el que estamos narrando admite explicación alguna, sea decir que esta es la historia de un hombre que camina a todas horas con un muerto que es él. O dicho de otra forma, vamos a intentar contarles la historia de un hombre normal y corriente que anda – por que la verdad es que anda, y mucho – por la vida con la certeza de que va acompañado de un ente al que no puede caracterizar de otra forma que como un muerto, y que ese muerto, sin que sobre ese extremo le pueda caber la menor duda, no es otro que él mismo. Si llegados a este punto alguien pudiera alegar que el asunto de esta narración no se entiende, al menos no se nos podrá achacar el no habernos esforzado en intentar aclararlo, así que, aunque solo sea provisionalmente, damos el tema por zanjado y pasemos al siguiente. La siguiente cuestión que habría que dilucidar, además del qué le ocurre a nuestro protagonista, es el cuándo, o mejor, desde cuándo le ocurre lo que le ocurre. Cuestión 2


esta no exenta de importancia, porque si, pongamos por caso, dicha presencia hubiera acompañado a nuestro hombre desde siempre o, por lo menos, desde que tuviera lo que comúnmente suele llamarse uso de razón, habría que suponer la existencia de una costumbre y de hasta cierta confianza entre ambos; pero, en ese caso, resultaría difícilmente explicable todo el proceso de extrañeza, horror, confusión y rechazo por el que tuvo que pasar – y de hecho pasó – y, en consecuencia, por decirlo de alguna manera, nuestra historia no tendría historia, o sería otra historia distinta a la que vamos a contar. Pues bien, muy al contrario, el hecho que nos ocupa no es viejo. Bien es verdad que tampoco puede el hombre fechar con exactitud el día y la hora en que empezara a sentirse de esta manera acompañado; hasta hay ocasiones en que piensa que es posible que su muerto se le hubiera ido muriendo desde mucho tiempo atrás sin que él hubiera tenido noticia de tan luctuoso proceso. De lo que sí puede estar seguro es de la confluencia en el tiempo de dos tipos de acontecimientos, a saber: las primeras experiencias con su muerto y el desenlace final de algunos hechos de no poca entidad acaecidos en su vida más reciente. Lo cual nos lleva al espinoso tema de las causas. Tema este en extremo complicado por cuanto si siempre es difícil establecer con exactitud la relación causaefecto entre dos hechos de la vida física, más temerario resulta determinar qué cosas o qué aconteceres han podido provocar una situación como la que estamos narrando. Para salir del atolladero, y poder de esta forma continuar con nuestra labor, podríamos solucionar el asunto diciendo que en la vida de nuestro hombre han sucedido últimamente una serie de hechos que él de alguna manera vincula con la aparición del muerto. Porque, eso sí, hechos hay en su pasado más reciente que podrían justificar ésta y cualquier otra reacción llamémosla anómala. Hechos que es necesario contar. Para empezar, este hombre ha perdido a su mujer y a su hijo. Nadie imagine ninguna tragedia, ningún accidente – al menos en el sentido físico del término –, ninguna desgracia natural o provocada. La realidad, como suele suceder, es siempre más prosaica, más de andar por casa, como un traje de diario; la realidad, resumida en pocas palabras y enunciada tal y como él se la representa, es que este hombre ha perdido a su mujer y a su hijo por la sencilla razón de que ellos ya no quieren estar con él. En el caso de la madre la decisión es clara, explícita y ratificada ante el juez con todos los requisitos legales; en el caso del niño, está por ver, pero al hombre le sirve como conclusión provisional, o cuanto menos prefiere hacerse a esa idea antes que verse envuelto en una batalla sentimental sin cuartel y sin prisioneros. En segundo lugar, este hombre ha perdido su trabajo, aunque sería más preciso decir que lo ha dejado ir. La verdad es que coincidiendo con la vorágine del proceso de separación, empezó a sentir una desgana atroz hacia cualquier obligación laboral, desgana que pronto se tradujo en reiteradas ausencias al trabajo y sucesivos roces con la dirección gerente de la empresa a causa de incumplimientos cada vez más frecuentes en los plazos de presentación de los proyectos que se le habían adjudicado; situación esta que desembocó en algo así como un despido pactado que permitía a la empresa buscar un sustituto más diligente y a él recibir unos emolumentos, reducidos sí pero no por eso menos necesarios, en forma de subsidio. En cualquier caso y para no alarmar a nadie, hay que aclarar que no es este un problema que le preocupe especialmente, pues a la posición de prestigio que como diseñador gráfico atesora dentro del mundillo publicitario, habría que sumar ciertos ahorros que han sobrevivido al temporal económico del divorcio, lo cual le permite mirar al futuro, si no con seguridad, sí al menos con cierta laxitud. Por último, y para cerrar la exposición de los hechos más relevantes en la vida de nuestro protagonista que se pueden relacionar con la aparición de su muerto, habría que destacar un importante cambio de hábitos, costumbres o manías, dicho esto último en el 3


sentido más habitual e inocente de la palabra. Así, siendo su natural más bien sedentario y, por motivos de trabajo y también de afición, amante de las pantallas fueran estas de ordenador, de e-book o simplemente de televisión; hete aquí que de un tiempo a esta parte empezó a desarrollar una predilección por los desplazamientos a pie desconocida hasta entonces. Predilección que le llevaba no solo a realizar de esta forma los desplazamientos obligatorios, tales como la compra de suministros en las tiendas del barrio o las diversas gestiones propias de la vida en la ciudad, sino también a llenar sus ratos de ocio – por otra parte cada vez más extensos – con largos paseos que le llevaron a recorrer la ciudad en todas las direcciones imaginables dentro de las marcadas por los cuatro puntos cardinales. El otro cambio importante dentro de sus hábitos de vida y, sin duda, relacionado con su nueva afición de andariego, fue la aparición de un desmesurado interés por las azoteas. Fue precisamente en sus largos y cada vez más habituales paseos, donde empezó a fijar su atención en lo que habita fuera de lo percibido a ras de suelo. Más concretamente, empezó a caer en la cuenta de que la mayoría de las personas, él mismo incluido, cuando transitan por el espacio urbano, acostumbran a fijar la vista en un intervalo espacial que, tomando como línea central la altura de sus ojos, forma una especie de cono o pirámide imaginaria cuyos extremos o aristas más alejadas se extienden desde la superficie de asfalto que tienen delante hasta una altura aproximada y equivalente al primer o segundo piso de los edificios que les salen al paso. Dicho hábito impide a la mayoría de los viandantes mostrar ningún tipo de interés por el mundo que se esconde fuera de esos límites, y que en el caso de las construcciones propias de las zonas más modernas y menos definidas de las ciudades, se compone de más de las tres cuartas partes de los edificios y, por encima de ellos, de todo un universo desconocido y misterioso de tejados y azoteas, tan presente como el resto del paisaje urbano pero tan extraño como el mundo interior de cualquiera de las personas con las que se cruzan. Así, y empezando por la más familiar, aunque no por ello más transitada, azotea de su propio edificio, nuestro protagonista empezó a desarrollar la costumbre de intentar acceder a aquellas cubiertas que, por alguna razón que no siempre tenía porqué ser la misma, despertaban su interés; llegando, debido a este impulso imperioso, a conformar en poco tiempo un ramillete de lugares escogidos para tal fin dentro del perímetro delimitado por la zona nueva de la ciudad. Si decimos intentar es porque no siempre es fácil llegar al espacio último de un edificio, y una vez allí, permanecer el tiempo que se estime necesario sin sufrir molestias o intrusiones. Ahora bien, en esto como en otras muchas cosas, el abanico de posibilidades siempre es bastante amplio; así habrá quien pueda pensar que los edificios públicos, por su propia naturaleza, son más accesibles, pero eso sería cometer un grave error, ciertamente algunos de ellos – en el caso que nos ocupa, un par de delegaciones provinciales sobre todo – siguiendo la máxima de que lo que es de todos no es de nadie, permiten el acceso franco a cualquier dependencia común con una dejadez muy meridional; sin embargo, otros como los hospitales, quizá por el carácter de las historias que tienen lugar dentro de sus muros amen de las tendencias suicidas que ciertas personas pueden desarrollar en determinados momentos de desesperación, resultan especialmente herméticos y tienen vedado cualquier acceso al exterior por encima del primer piso. Pero también en el caso de las fincas privadas la variedad es la nota dominante. En principio, las que cuentan con servicio de portería deberían resultar más complicadas, pero las trabas que pudieran originar son fácilmente eludidas si se tiene la precaución de informarse con anterioridad de la presencia en el inmueble de alguna consulta médica, bufete de abogados o entidad similar, algo que se pueda invocar como coartada que explique de forma natural nuestra intención de penetrar en sus entrañas y 4


tomar el ascensor; el resto de las fincas de titularidad privada, que son la mayoría, a falta de vigilancia profesional, presentan una gran gama de sistemas de protección que van desde las que practican el abandono más atroz hasta las que convierten el acceso a sus azoteas en una verdadera fortaleza medieval. No obstante lo dicho, en un periodo más o menos razonable y solo con aplicar el instinto de cazador al acecho de sus presas, nuestro hombre adquirió una destreza nada desdeñable, no solo en la localización y selección de azoteas y terrados, sino en los diversos métodos de acceso a dichos lugares, desde las técnicas para descorrer cerrojos oxidados sin estrépito, hasta las diversas ubicaciones de llaves camufladas o directamente escondidas. Lo cual no dejaba de revestir su importancia porque, además del propio gusto por variar el objetivo de sus incursiones, había que tener en cuenta que, si bien las escaleras más deterioradas, sucias y con acceso franco revestían una dificultad menor, en aquellas en las que había que localizar una llave o eludir una reja, era más improbable el verse sorprendido por alguna visita inesperada. Llegados a este punto, la pregunta obligada es: ¿para qué subía nuestro hombre con tanto ahínco a lugares tan poco transitados?, o de forma más concreta: ¿una vez realizado el arriesgado esfuerzo de llegar hasta un terrado, qué hacía allí? En realidad, nada. O para ser más exactos, nada apreciable a simple vista. Buscaba un lugar en el que se pudiera sentar con cierta comodidad y miraba. Miraba el mar que rodeaba la ciudad por todas partes menos por una, y esta aún tan estrecha que a simple vista resultaba insignificante; miraba la confluencia de la masa de agua con la masa de aire, esa línea evanescente que con tanta ligereza llamamos horizonte; miraba el entramado de azoteas con sus tesoros escondidos y el ángulo vedado para los seres terrestres de balcones y terrazas y celosías; miraba las puestas de sol o las sombras matinales; pero, por encima de todo y de manera preferente, miraba dentro de sí mismo. Precisamente, el primer encuentro con su muerto tuvo lugar en una de esas estancias en las alturas. El lugar: una de sus azoteas preferidas, con vistas al mar por el lado de poniente; el día: uno de esos del mes de octubre en los que la brisa fresca despierta los cuerpos estragados por el largo estío y las primeras nubes devuelven al mar sus tonalidades plomizas; la hora: por la tarde, cuando el sol ya está bajo pero todavía no reina la expectación del atardecer. Pero vayamos a los hechos. Estos, tal y como han llegado hasta nosotros vinieron a ser de la siguiente manera: el hombre se hallaba sentado, como era su costumbre, con las piernas cruzadas sobre una especie de plataforma de la que emergía un tubo de ventilación del bloque de oficinas, miraba al mar, a las ondulaciones y el entrechocar perpetuo de gotas y litros y metros cúbicos de agua, a la demostración más evidente de que nada hay fijo, quieto, inmutable. En medio de su discurrir empezó a notar algo, hubiera dicho que un respirar si no fuera porque no percibió sonido alguno, pudiera ser un hálito, una vibración, aunque él siempre lo definió después como una presencia; en algún momento debió de volver la cabeza y ver por un instante algo que no quedó reflejado en su cerebro; debió de perder el equilibrio, porque lo cierto es que, de pronto, estaba en el suelo, caído, mirando hacia arriba. Entonces lo vio, aunque ver no sea la palabra más adecuada, porque desde el primer momento tuvo claro que ver era tan solo un término aproximado, que, de alguna manera, lo que vio no lo veía con los ojos del cuerpo y, sin embargo, allí estaba, sentado sobre la plataforma, con las piernas cruzadas, a poco más de dos palmos de distancia del lugar que él mismo ocupara apenas unos segundos antes. Pero su horror solo alcanzó su verdadero nombre cuando, además de ver, reconoció – y lo hizo a pesar de la imposibilidad manifiesta de que aquello que estaba frente a él fuera real – reconoció su propia figura, sus brazos reposando lánguidamente sobre los muslos, sus rasgos, esos mismos que le habían ido devolviendo todos los espejos durante toda su vida, su cuerpo visto desde fuera. Desde ese mismo 5


instante supo que aquello no era una copia, que aquello era realmente él, aunque había algo, algo en la pesadez casi rígida de los miembros, algo en la tonalidad mate de las facciones de su cara, en la inexpresividad de sus ojos cerrados, algo que era un conjunto de señales indicando un camino, y entonces, solo entonces, comprendió, a sabiendas de que el mismo acto o proceso de comprender ya era una concesión a la locura, porque era evidente que había perdido el juicio, así, de pronto, pero eso no era óbice para que aquello que tenía ante sí fuera lo que era. Aun así quiso acercarse, confirmar empíricamente la alucinación, pero, transido por el pánico más absoluto, solo pudo agarrar de un zarpazo su mochila y correr escaleras abajo, sin sigilo, sin recato, desaforadamente. Perdido el sueño, activadas todas las alertas, anduvo un par de días en aproximaciones sucesivas al edificio de oficinas en el que se había producido el hallazgo. Necesitaba encontrarse en el mismo lugar y en la misma situación, necesitaba comprobar lo aislado, lo atípico, lo radicalmente extraordinario de la visión de aquella tarde, cerciorarse de que lo que allí sucedió tan solo había sido el fruto indeseable de su imaginación fuera de quicio por la soledad y el aislamiento. Pero no hizo falta. Esta vez fue en plena calle, plantado en la acera, esperando el cambio en el ciclo de un semáforo, uno de esos momentos en los que la atención baja la guardia. Allí lo volvió a sentir, allí volvió a girar la cabeza, aunque esta vez despacio, sabiendo; y allí estaba otra vez, a poco más de dos palmos de distancia; pero esta vez no corrió, en primer lugar porque no podía, porque no quería que la gente que lo rodeaba lo viera fuera de control, pero también porque esta vez, de una forma hasta cierto punto inesperada, su curiosidad, su necesidad de saber fue más fuerte que el miedo que le atenazaba la garganta. Así que cuando el monigote verde de enfrente se iluminó, sus piernas vacilantes siguieron al resto de viandantes pero con todos sus sentidos puestos en lo que avanzaba junto a él; luego con la cabeza funcionando a toda velocidad, fue orientando sus pasos hacia una plaza ajardinada con una estatua en el centro, de la que partían, en forma de aspa, una especie de cortos paseos enlosados y cubiertos por emparrados en los que se ubicaban algunos bancos con espaldar de forja. En uno de ellos tomo asiento, y su muerto con él. Lo primero que se le ocurrió fue volverse ligeramente y mirarlo, y el muerto permaneció impertérrito con sus ojos cerrados mirando al frente; luego, temerosamente, acercó la mano para tocarlo y lo que sintió fue una de las experiencias más extrañas de toda su vida; porque, de alguna manera, sintió un tacto, pero un tacto que llegaba a su cerebro sin pasar por su mano, que más bien hacía el camino inverso, como si las terminaciones nerviosas bajo la piel de sus dedos hubieran recibido órdenes precisas de lo que habían de sentir incluso antes de entrar en contacto con el objeto que había que tocar. Pero de lo que no cabía la menor duda, era de que el muerto estaba ahí, junto a él, y de que había llegado allí caminando a su lado, aunque caminar tampoco fuera una expresión del todo exacta. El encuentro de ese día terminó cuando, en algún momento que no podría precisar, nuestro hombre volvió la mirada y su muerto ya no estaba allí, a su respetuosa distancia de unos dos palmos. Mas como era de esperar, no fue el último. Tras los dos primeros encuentros siguieron otros muchos, cada vez más frecuentes y cada vez más largos; de preferencia en sus estancias en solitario allá arriba, pero también paseando por la calle, leyendo en un banco del parque o bajo las marquesinas, esperando el transporte público en aquellas ocasiones en que decidía usarlo. Pero siempre fuera, porque una de las singularidades – si nos es lícito añadir alguna singularidad más a un hecho de esta naturaleza – de su insólito acompañante, era que nunca se presentaba entre las cuatro paredes del apartamento al que todavía se resistía a llamar su casa; lo cual, dicho sea de paso, suponía un más que mediano alivio o, cuanto menos, un descanso. 6


En cualquier caso, y fruto tanto de la proliferación de estos encuentros como de las correspondientes investigaciones o experiencias puestas en práctica por nuestro protagonista durante ese tiempo, este pudo llegar a extraer una serie de conclusiones más o menos definitivas acerca de la naturaleza del ser o el existir de lo que en general hemos llamado su muerto. Dicha caracterización es la que, en un intento de sistematización que él no llegó a realizar, pasamos a exponer. En primer lugar el muerto era una presencia. Bajo esta denominación, el hombre venía a expresar la existencia de algo que no era sólido, líquido o gaseoso, pero que estaba dotado de existencia corpórea en tanto que podía verse – si bien solo por la persona acompañada –, sentirse y, de una manera bastante extraña, tocarse; y todo ello sin ser un fantasma o espectro al uso, sin transparencias, vuelos o malformaciones algunas. En segundo lugar el muerto estaba muerto. Esta cualidad podía deducirse de varios hechos observables, entre los que podemos destacar los siguientes: sus ojos piadosamente cerrados en toda ocasión, la palidez azulada de su rostro y de sus manos, su inmovilidad solo rota por esa extraña forma suya de trasladarse, la total falta de acción de sus miembros, al parecer únicamente capacitados para mantener una postura por un tiempo indefinido, y la ausencia absoluta de respiración. En tercer lugar el muerto era él. A esta terrible y escandalosa conclusión se llegaba primero por la exacta coincidencia física entre acompañante y acompañado, y también porque, como pudo ir comprobando durante su relación, el muerto estaba dotado, si bien con un cierto retraso, de la misma estructura psicológica y de personalidad que él. Pero, sobre todo, por ese acto de reconocimiento más allá de toda lógica que solamente una persona puede hacer de sí misma. En cuarto y último lugar, y como veremos directamente relacionada con la característica anterior, el muerto era un ser con el que se podía establecer una comunicación. Para nuestro hombre era seguro que dicha comunicación solo podía mantenerse entre su muerto y él, pero como tampoco intentó ningún tipo de coloquio entre este y otra persona, dicho aspecto debe quedar, en puridad, sin confirmación empírica. Es verdad que el muerto, como muerto que era, no hablaba, ni escribía, ni estaba dotado para cualquier otro tipo de lenguaje gestual o de signos; pero como era él – y aquí está el peso de la prueba de nuestro hombre – él siempre podía saber lo que pensaba, sentía u opinaba en el mismo momento en que lo estaba pensando, sintiendo o formulando la opinión. Y además, como dicho conocimiento era reversible, del mutuo saber nacía el diálogo y, si nos apuran, un diálogo mucho más veraz que el que suele establecerse entre personas de las que llamamos normales, pues en estas siempre anida la sospecha de que entre lo que su interlocutor le dice y lo que realmente piensa, exista una considerable y hasta radical disconformidad. Llegados hasta aquí, sería legítimo todavía el plantearse otra pregunta: ¿Acaso nuestro protagonista no intentó nunca zafarse de compañía tal? La respuesta es sí, y muchas veces. Pero dado que, como pronto pudo comprobar, no tenía ningún control ni sobre las apariciones, ni sobre la forma o manera en que dicha presencia desaparecía, no tuvo más remedio que acostumbrarse a ella. Además, su soledad en aquellos tiempos era tan absoluta que probablemente llegara a pensar que, puesto que estar iba a estar, era preferible contar con aquella compañía, por muy extraña e inquietante que fuera, que no contar con ninguna. Cosas así no son tan infrecuentes en el género humano como pudiera pensarse a simple vista. Pues bien, aclaradas estas cuestiones y sentadas las características básicas de uno de los personajes fundamentales de esta historia, es hora ya de que continuemos la narración por los derroteros que, en propiedad, le pertenecen y que no son otros que los 7


de la sucesión ordenada de los acontecimientos. Como ya dijimos antes, a aquel primer encuentro siguieron otros muchos y a las primeras y sorprendentes constataciones iniciales sobre la posibilidad de comunicación, algo que, si bien siempre estuvo muy lejos de los cánones normales de un diálogo interpersonal, difícilmente podrán calificarse con otra palabra que no fuera la de conversación. O dicho de otra manera, una vez superado el impacto inicial, la diosa costumbre acabó imponiéndose, pues hasta de situaciones tan fuera de lo común acaba haciéndose dueña a poco que le demos la más mínima oportunidad. Y así, conversación a conversación en tan extraordinaria compañía, se fueron sucediendo las tardes y mañanas de un otoño que fue tornándose invierno de una forma paulatina pero no por ello menos observable; hasta tal punto que, ante la mirada atónita del hombre, fueron desfilando toda una serie de cambios, variaciones de matices, luces y sensaciones, una diversidad y una riqueza tal que costaba comprender cómo habían pasado tantos años con sus correspondientes cambios de estación sin que él tuviera noticia alguna de ellos, fuera de la imagen borrosa y predecible que daba el calendario. Al fin y al cabo, llegó a pensar, la vida no es tan repentina, tan súbita e inesperada como se suele creer. Quizá todo se reduzca a un problema de apreciación, de sensibilidad, algo así como decidir un buen día que es el momento de pararse y ver. Pero volvamos al tema de las conversaciones. Habría que decir para empezar que dichas conversaciones – si seguimos insistiendo en usar esta expresión no es porque sea la más exacta, sino porque era la que él utilizaba – no tenían porqué versar sobre ningún tema en especial; cualquier observación sobre un hecho de lo más trivial podía provocarlas. Incluso no eran pocas las ocasiones en las que el tiempo pasaba en silencio sin que pudiera verificarse comunicación alguna, salvo la mínima consciencia de saberse uno al lado del otro. Eso y el viento, el mar, la ciudad a sus pies y el cielo sobre sus cabezas. No obstante todo lo anterior, también es verdad que poco a poco, sin premeditación alguna y con la mayor naturalidad, ambos contertulios comenzaron a pasar revista a una vida que, al fin y al cabo, era la misma y era la de los dos. Las primeras veces fueron recuerdos pequeños, anécdotas sin transcendencia que gustaban de rememorar con cariño o con una cierta vergüenza no exenta de ironía y de ternura, sobre todo vistas ahora a través del filtro de los años. Mas estas no superaron el estatus de maniobras de aproximación con un carácter poco más que involuntario; acercamientos que fueron desembocando, sin prisa pero de una manera necesaria, en ese círculo íntimo que constituye el meollo de nuestra existencia tal y como nosotros la conocemos, en ese manojo de incógnitas que nos acompañan desde siempre, igual que nuestras frustraciones y nuestros miedos, interrogantes de esos que cuesta toda una vida resolver, caso de que alguna vez pueda llegar a lograrse. Bien mirado, pocas personas despiertas y con un mínimo de curiosidad – y nada nos dice hasta ahora que nuestro protagonista no lo sea – resistirían la tentación de pasar revista a esas cuestiones si pudieran gozar de la opinión sincera de alguien que ha vivido, pensado y sentido lo mismo que ellas, máxime si pueden gozar de la confidencialidad y de la ausencia de testigos molestos que este caso garantiza. Pero precisamente entonces fue cuando empezó a notar determinado fenómeno que, con el pasar del tiempo, acabó definiendo como “el retraso”. En un primer momento dicho fenómeno se reducía a simples divergencias de opinión o de juicio. Dichas divergencias además, nunca se daban en los recuerdos o sucesos canónicos, es decir, aquellos que no suponían ningún tipo de originalidad y que, por tanto, quedaron fijados y convenientemente explicados en su momento. Por el contrario, las diferencias de opinión o de juicio a las que aludimos siempre se daban en aquellos casos que podríamos llamar inconclusos o falsamente cerrados, aquellas situaciones o acontecimientos sobre las que siempre había planeado la sombra de la duda y que, en consecuencia, se habían saldado de una forma cuanto menos provisional. De alguna manera, este hecho por sí 8


solo ya resultaba bastante sorprendente, no olvidemos que si el muerto era él, si guardaba en su memoria los mismos recuerdos y en su fuero interno las mismas vivencias, lo lógico, lo esperable, es que también tuviera las mimas opiniones y valoraciones sobre las mismas; cuestión esta que le dio mucho que pensar durante algún tiempo. Pero aún había más, porque examinando el fenómeno con más detenimiento, reflexionando sobre ello en el santuario de la soledad de su apartamento, comenzó a advertir que las llamadas divergencias, tal y como las expresaba su muerto, lejos de ser una forma, por otra parte pueril, de llevar la contraria, no dejaban de parecerse sospechosamente a opiniones, posicionamientos o actitudes defendidas por él mismo en otro tiempo y que, con mayor o menor fundamento, había ido variando en todo o en parte. Y a eso es a lo que llamó “el retraso”. A esa especie de disfunción temporal entre su muerto y él, a ese desdoblamiento o separación entre lo que era y lo que fue, a ese pequeño abismo entre tesis semejantes en su origen, pero llevadas a conclusiones tan dispares que imposibilitaban por sí mismas la formulación de una síntesis. La primera consecuencia, la más evidente, que pudo extraer de estos descubrimientos fue un cambio importante en su propia percepción de su muerto. A partir de ese momento, no pudo evitar verlo como una especie de almacén, como un contenedor donde se habían ido apilando, sin interpretación ni visión crítica alguna, ideas, percepciones y prejuicios acumulados durante años y que, si bien todavía podía reconocer como propios, de alguna manera ahora estaban fuera de él, formando parte de otro cuerpo, de otro ser aparte. Por tanto, si bien hasta ahora, y una vez superados el estupor y el escándalo inicial, se había ido acostumbrando a considerar al muerto como un compañero involuntario, algo así como el vecino de asiento que nos toca en suerte en un viaje prolongado; y en consecuencia, su presencia llegó a hacérsele habitual y de alguna manera hasta familiar, próxima pero liviana y hasta exenta; descubrimientos como el enunciado más arriba, fueron tornando la liviandad en pesadez, la familiaridad en hastío y la vecindad en lastre. Dicho con otras palabras, de compañero o acompañante, extraño sí, pero cercano y razonable; el muerto se le fue convirtiendo en algo que empezó a definir con la palabra “rémora” y que solo podía visualizar como una especie de mochila abultada y maciza que cada vez le dificultaba más las ascensiones y el tránsito de un simulacro de vida que ya se alejaba a un ser nuevo del que todavía no distinguía bien los contornos pero en el que creía vislumbrar un rayo de esperanza, quizás la única posibilidad de salvación al alcance de sus exiguas fuerzas. En definitiva, un peso muerto, si tal expresión no fuera una tautología macabra referida a algo que por definición solo puede ser entendido como falto de vida. La segunda consecuencia tenía el carácter de un fogonazo, un primer paso – o al menos eso pensó él – en el camino hacia una explicación sobre el origen y el significado final de la existencia de su muerto. De forma todavía embrionaria, como una intuición sin fundamento racional que la sostenga, empezó a pensar que la aparición de un ser tal solo podía deberse a algún tipo de falla, a una fractura profunda dentro de sí; un corte en seco capaz de escindir el tiempo y la personalidad, de separar en dos entes distintos lo que había sido y lo que buscaba ser, el camino sin salida de su vida hasta entonces y los intentos denodados por reinventarse que llenaban su presente. Un primer avance que, en cualquier caso, requería de reflexiones más sosegadas a la luz de los datos que pudiera extraer de su propia relación con su muerto. Quizás por eso – y por la ya demostrada imposibilidad de evitar que estos se produjeran – los siguientes encuentros se fueron revistiendo de un carácter cuasicientífico, de estudio e indagación en busca de conocimientos ciertos que le pudieran servir para encontrar unas explicaciones que cada vez se le antojaban más vitales, al menos para él. El frío del invierno en las alturas acompañó ese proceso. Las tardes cortas, el 9


advenimiento repentino de las noches resueltas en un enjambre de luces provenientes del mundo de abajo y las oscuridades del mar y el cielo apenas discernibles en el horizonte, se convirtieron en el marco estrábico de un proceso de investigación inaudito y hasta cierto punto esquizoide. El viento húmedo y penetrante de las mañanas de enero, fue el líquido elemento desde el que surgió una nueva forma de conocimiento no descrita ni explicada por pensador alguno; y su muerto, su yo inerte, su presencia fiel y desdoblada en el monstruoso objeto de estudio a través del cual conocerse a sí mismo. Con el temor reverencial del creyente ante la comisión de un sacrilegio, con el pavor del médico que vulnera a sabiendas el código deontológico, hurgó en su muerto en busca de saberes, sin la menor certeza acerca de si estos iluminarían el despertar de un nuevo día o lo conducirían irremediablemente a los callejones oscuros de la locura. Necesitaba saber, eso era visceralmente incuestionable, pero, ¿el resultado sería su salvación o su condena? Sin perjuicio de esta su actividad principal, y posiblemente propiciadas o promocionadas por la misma, empezó a percibir dos tendencias, dos orientaciones o formas de actuar que cada vez se iban haciendo más fuertes en su proceder de habitante fronterizo de los espacios celestes. Una era su hambre de altura, la otra la atracción del borde. Respecto a la primera, y una vez analizada con más detenimiento, llegó a la conclusión de que obedecía, a su vez, a dos necesidades previas de las que el ansia de altura no era sino el resultado o solución ineludible. Una era la de evitar o salvar, cada vez con más denuedo, cualquier tipo de obstáculo que pudiera interponerse entre ellos y el mar y el cielo. Es muy posible que, en el fondo no fuera más que la necesidad de abismarse, de huir de cuanto le rodeaba en la ciudad, del cotidiano rebullir que envolvía el existir de los simples mortales, de esos que no tienen muerto que les acompañe, ni un puente colgante extendido entre una vida y otra. Lo más probable era que necesitara perderse en los espacios infinitos, en lo inconmensurable, en las extensiones sin medida ni cálculo posible, quizás el único lugar digno de albergar cuanto iba surgiendo de sus estudios e indagaciones. La otra, la otra necesidad previa que provocaba su hambre de altura, era la de alejamiento, la exigencia autoimpuesta de establecer la mayor distancia posible entre él y su muerto y el resto de sus congéneres, y que esa lejanía, además, lo fuera de forma evidente. Por eso era tan importante reflexionar a una altura cada vez mayor, allí donde la vida, el cuerpo y hasta la imagen del resto de las personas no equivaliera más que a un punto, a la mínima expresión de la geometría clásica, a pizcas móviles perfectamente prescindibles. Era consciente de que su ansía de altura tenía sus límites objetivos, de que su tendencia hacia arriba no podía ir más allá de la azotea más alta del bloque más mastodóntico de la ciudad, a lo sumo a la parte más alta de los tres o cuatro edificios que se le podían asemejar y que esto suponía una limitación insalvable para sus exploraciones. Sin embargo, esto no le importó, es más, hasta llegó a verlo como una liberación, como la exención de tener que seguir buscando espacios propicios para sus contemplaciones. Porque la búsqueda, la búsqueda física había quedado atrás. El gusto por andar, por descubrir nuevos puestos de observación, la dispersión del caminar sin itinerario fijo, nave ligera navegando hacia donde el primer viento quisiera llevarla; todo eso había quedado atrás. Ahora su intención, su interés, casi su obsesión, era buscar el sitio más alto posible y allí permanecer horas y horas bajo el influjo benéfico del aire salino, contemplando, cavilando, investigando y manteniendo largas conversaciones con su muerto en busca de algo que todavía no podía definir pero que cada vez le era más vital, más imprescindible, buscando saber, en la creencia de que solo ese saber le podía hacer verdadera y definitivamente libre. 10


Para conseguirlo no escatimó esfuerzos. Incluso llegó a alquilar un pequeño apartamento en el edificio Esmeralda, un monstruo de 16 plantas y más de 250 habitáculos que ostentaba el récord de altura de la ciudad. Y si lo hizo fue solo para disponer de una llave, precisamente la que daba acceso al mundo de las nubes, a la orilla más cercana al cielo, y para poder permanecer allí arriba cuanto tiempo quisiera sin despertar más sospechas de las indispensables pero con la seguridad de que nadie vendría a importunarle y, mucho menos, a expulsarlo de su lugar de trabajo. Porque él nunca vivió en aquel apartamento, al principio ni siquiera pasaba por él cuando subía a la terraza. Accedía al edificio por una de sus puertas, enfilaba la dirección del ascensor más próximo y solo respondía con premura en caso de ser saludado por un vecino o por el portero del inmueble; una vez dentro, pulsaba el botón del último piso y desde allí, tras dos tramos de escalera y una pesada puerta de hierro, se internaba en su laboratorio a cielo abierto, en su campo de pruebas particular. Mas eso fue solo al principio. Después, tan solo algunas semanas después, decidió que aquel apartamento que tanto estaba mermando sus posibilidades económicas podía tener más utilidad que la de ser una mera excusa para disponer de una llave. Aquello debió de coincidir con el momento en el que empezó a pensar en dejar por escrito su experiencia así como las conclusiones más o menos definitivas que de esta irían, sin duda, afluyendo. Para ello, montó su scriptorium: silla y mesa y un viejo ordenador de segunda mano sitos en la habitación mejor orientada del diminuto piso, también instaló una nevera igualmente reducida en el hueco que debía servir de cocina, seguramente pensando en las necesidades de avituallamiento. Y nada más. Al menos eso fue lo que encontramos cuando entramos a inspeccionar la vivienda, eso y un montón de fotografías, la mayoría de ellas impresas allí mismo, que poblaban las paredes del cuarto. Fotografías con imágenes diversas, que mostraban objetos, paisajes y encuadres tomados desde distintos ángulos, pero que guardaban entre sí la estrecha relación – como pudimos descubrir con posterioridad – de haber sido tomadas con la misma cámara y desde el mismo sitio, desde aquella azotea a poco más de cinco alturas por encima de nuestras cabezas. Desde esa azotea o más concretamente desde su borde; porque ese era su puesto, ese el lugar en el que pasó tantas horas en los últimos tiempos. En lo más alto y al borde, punto culminante de un componente de fuerzas contra las que no valía de nada luchar. De la fuerza de la altura ya hemos hablado suficientemente, pero ¿y el borde?, ¿qué significaba para el protagonista de esta historia la noción de borde?, y sobre todo, ¿por qué ejercía esa fascinación, esa atracción tan radical sobre él? De sus propios testimonios podemos deducir que el concepto de borde y su importancia estaban referidos a otras dos nociones que, de alguna manera, confluían en una única línea. Por un lado la noción de no separación o de ausencia de interposiciones. Según dicha noción, el borde era aquel lugar a partir del cual nada podía interponerse entre uno y aquello a lo cual se aspiraba, fuera esto lo que fuese. La otra, la del “finis terrae”, o lo que es lo mismo, la idea tantas veces ansiada por el ser humano de encontrar el último punto sólido sobre el que apoyar los pies, la oceánica sensación de contemplar el mundo, la masa heterogénea e íntimamente desconocida que está siempre más allá, desde el último asidero, desde el acantilado por excelencia. De esta forma, cada vez que subía, acababa sobre el pretil de la azotea, sentado, con las piernas cruzadas o colgando libremente hacia afuera, o incluso de pie y con los brazos abiertos, o hasta deambulando sobre el antepecho en sus momentos de mayor exaltación. Pero siempre al borde, sabedor quizás de que ese era su sitio, un lugar provisional, una especie de parada de postas justo al final de un camino sin vuelta posible, acompañado por un muerto que era él pero que cada vez empezaba más a no serlo, y con la vista y la punta de los dedos puestas en otra realidad, en otra vida y en otra forma de ser que cada vez se iba vislumbrando con mayor nitidez pero a la que 11


todavía no se podía acceder aunque la distancia a recorrer fuera solo la de un paso. Lo dicho, cada vez más lejos, más alto y más al borde. Allí estuvo hasta que el invierno fue dejando paso a una primavera caprichosa que se insinuaba y huía dejando paso a días húmedos y lluviosos, días para quedarse abajo y escribir, para contemplar las últimas imágenes tomadas, para continuar su angustioso trabajo de descubrimiento, de autorrevelación. En aquel apartamento en el que nunca durmió – al menos no se encontró en él cama u otro artilugio que pudiera servir para ese fin – quizás porque hasta allí le siguiera su cada vez más engorroso acompañante, o tal vez porque para poder hacerlo necesitaba del santuario de su casa, el encierro de su lecho, la seguridad de la puerta y las ventanas cerradas. Y todo... ¿para qué?, podrán preguntarse todavía algunos. ¿Para qué tanto esfuerzo, tanta angustia, tanta disciplinada dedicación?, ¿a qué conclusiones, si es que hubo algunas, le pudo llevar una experiencia tan delirante y extraordinaria como la narrada?, ¿qué enseñanzas le reportó este doloroso tránsito?, y si es que las hubo, ¿eran estas dignas de ser transmitidas o acaso fueron de tal naturaleza que solo eran válidas para él? La respuesta es bien simple: “No lo sabemos”. Y no lo sabemos por la sencilla razón de que él no quiso que lo supiéramos. La cosa fue así. Cuando recibimos las primeras noticias sobre esta insólita y excepcional historia, como es lógico pensar, fuimos presa del más completo asombro. Nuestras sensaciones oscilaban entre las comprensibles dudas ante lo inverosímil de su trama y una poderosa curiosidad por confirmar los extremos que en ella se contaban. La carta en la que llegara a nuestra redacción era escueta, casi lacónica, pero medida. Contenía los datos suficientes como para iniciar las averiguaciones, así que al final, pudo más la intriga e iniciamos la búsqueda. Esta fue corta pues siempre parecía que cada paso que dábamos estaba previsto con antelación: la localización del edificio, el acceso al apartamento mediante una llave que con una obsequiosidad no exenta de sospecha nos facilitara el portero y la posterior ascensión a la azotea mediante otra llave, esta sin usar, convenientemente depositada sobre la mesa de trabajo. Todo lo hayamos menos al protagonista doble de esta historia. Hayamos el ordenador apagado, la mesa ordenada pero dispuesta para el trabajo, la nevera provista pero curiosamente sin ningún producto a medio consumir. Hayamos las habitaciones limpias sin exceso, las ventanas cerradas pero con las persianas levantadas para dejar pasar la luz, hayamos las paredes cubiertas con fotografías pero dispuestas regularmente, con criterio, como para una exposición. Hayamos un lugar de trabajo, no la guarida de un monstruo. Pero lo que más nos sorprendió del aspecto de aquel apartamento fue esa sensación que destilaba a medio camino entre lo concluido y lo reanudable. Como si alguien lo hubiera dejado así sin saber si volvería al día siguiente o si no volvería nunca, es más, como si su propietario lo hubiera ordenado adrede para nosotros, pero de forma que pudiera aparecer en cualquier momento con la mayor naturalidad, como si nada hubiera pasado. Aquello era un reto – o al menos así lo interpretamos desde primera hora – el reto de intentar descubrir los secretos de aquel lugar, y el primero de ellos la presencia de aquella llave reluciente sobre la mesa de trabajo; puede que haya personas capaces de rehuir un influjo tan enigmático, desde luego nosotros no lo fuimos. La azotea era enorme, una inmensa extensión embaldosada con multitud de losas rojizas, un yermo desde el que se alzaban aquí y allá pequeñas plataformas repletas de chimeneas sin humo, con seguridad respiraderos por los que aliviar las miasmas del edificio. Esas plataformas y la caseta por la que ascendía la escalera, eran los únicos obstáculos a la vista, a excepción de algunas estructuras metálicas oxidadas que antaño debieron servir para sujetar algún tendedero o alguna antena de televisión. Todo lo demás 12


era cielo y nubes y la línea quieta de un mar en calma allá en lontananza. Conforme nos acercamos a uno de sus extremos la ciudad fue surgiendo de las aguas, primero la playa, estrecha desde esa perspectiva, y luego un abigarrado cúmulo de tejados, azoteas y cubiertas de todo tipo cortadas a intervalos regulares por lo que debían ser calles y avenidas. El antepecho era ancho, seguramente para evitar accidentes, y había que apoyar en el casi todo el torso para poder mirar abajo, al asfalto y al fluir del tráfico del que solo llegaba una rumor lejano a dieciséis pisos de distancia. Siguiéndolo dimos con el sitio, la cruz lo marcaba, un aspa dibujada con cinta adhesiva ancha de color azul. Ahora ya estaba claro nuestro papel, no éramos detectives, éramos simplemente aquellos que él había elegido para darse a conocer. El sitio miraba a poniente, al lugar donde el sol se hundía diariamente en el mar, y también hacia la franja de tierra más estrecha, con la mayor parte de la ciudad a sus espaldas. El espectáculo a media tarde ya era impresionante por lo que no era difícil deducir que acercándose el ocaso alcanzaría proporciones majestuosas. Visto desde allí resultaba hasta lógico que alguien pudiera pasarse horas solo, contemplando aquella panorámica a distintas horas y con distintas luces. Volvimos a bajar al apartamento H del duodécimo piso. Esta vez sí encendimos el ordenador sin sorprendernos de que no tuviera clave de acceso alguna. En el escritorio prácticamente vacío solo dos documentos – por mucho que buscamos después en las distintas carpetas no hayamos ninguno más –, una exposición bastante detallada de como se había ido desarrollando el proceso y que, junto a nuestras ulteriores pesquisas, constituye la base de lo narrado hasta ahora, y una especie de relato en el que se daba cuenta de lo sucedido la última mañana. Nadie, ni quienes estuvimos allí aquella primera tarde ni quienes después han tenido acceso a la información, duda de que aquellos dos documentos debieron de ser por lo menos tres. Nadie que haya podido leer lo que él escribió puede defender honradamente la inexistencia de un tercer escrito, aquel en el que de una manera definitiva o provisional o tal vez confusa, se diera cuenta de las conclusiones, decisiones o enseñanzas provocadas por una experiencia como la que se cuenta en los otros dos. Lo único que sigue abierto a la especulación y probablemente siga abierto por mucho tiempo es el porqué. Por qué quiso hacer desaparecer – otra explicación se nos hace demasiado dudosa e inverosímil – ese tercer documento, probablemente el más importante. Por qué si nos hizo llegar hasta allí, si nos condujo deliberadamente hasta hacernos conocer su historia y demostrarnos, en la medida de lo posible, su veracidad, nos hurtaba ahora lo que, sin duda, era la culminación y la razón de ser de su necesidad de transmitirla. ¿Quizás porque al final dudara seriamente de sus facultades mentales, o tal vez porque la sabiduría alcanzada era demasiado personal para ser comunicable? No lo sabemos y cada vez dudamos más de que lleguemos a saberlo algún día. Por eso, y porque queremos ser fieles hasta el final al propósito que nos hicimos de dar a conocer tan inusitada historia, para concluir nuestra labor de cronistas no nos queda más que transcribir aquí el contenido de ese segundo documento que nos fuera confiado en su día. Eso y nada más. Por lo demás y como dice la Vulgata: consummatum est. Hay una nube con forma de pájaro. Las alas abiertas y la cola que se estira a favor del viento. Las mismas gaviotas de ayer suspendidas en el aire, aves planeadoras, bellas, aunque también carroñeras. La mañana es propicia, el cielo azul, el mar azul y una brisa fresca que viene desde poniente. Hacia donde miro, o mejor dicho, hacia donde miramos. Anoto en el cuaderno el día y la hora. Intento concentrarme pero acabo repasando las anotaciones de días anteriores, sé lo que dicen. Necesito concentración. Debo estar 13


concentrado para ser consciente en todo momento de lo que voy a hacer. No puedo perderme nada porque cada segundo cuenta y es importante. He de hacer lo que he de hacer. Completar el paso. Y ha de ser hoy. A veces quisiera ser escritor para ser capaz de contar esta historia como debe ser contada. Porque esta historia debería ser contada. Quizás en lo porvenir decida ser escritor. En lo porvenir habrá siempre tiempo para hacer cosas, muchas, todas las que no pude hacer. Pero para que lo porvenir llegue hay que dar el paso y el paso lo he de dar yo. Él no cree en lo porvenir, no puede y no quiere. Para él lo porvenir no existe simplemente porque no puede existir. No quiere dar el paso. No quiere que yo dé el paso. Tiene miedo y juega con mi miedo. Intenta hacerlo grande y poderoso, más grande que yo. Intenta atarme a este lado del borde. No comprende porque no puede comprender que yo ya no pertenezco a aquí. No comprende que mi única posibilidad de supervivencia está en lo porvenir, al otro lado de este borde en el que llevo sentado tantos días. Con él. La nube de pájaro se ha roto. Hay otra en forma de cabeza de caballo. Siempre he sido muy bueno al juego de las nubes. De pequeño siempre era yo el que descubría más nubes. De pequeño también hacía muchas cosas. De pequeño había tiempo para hacer muchas cosas. Me estoy distrayendo y no debo, no puedo. Él quiere que me distraiga. Quiere que pase el tiempo y que lo deje para mañana, porque sabe que después de mañana puede haber otro mañana. Pero tiene que ser hoy. La mañana es propicia y está decidido. He de vencer al miedo grande y poderoso. He de vencer mi miedo y la suma de miedos de los dos. Puedo hacerlo, porque ya sé. Sé que existe lo porvenir. Sé que está ahí al otro lado del paso. Lo llamo el paso pero no sé si será solo un paso o dos o tres, más no. Sé con toda seguridad lo que hay aquí, sé con toda seguridad lo que no habrá en el porvenir, lo que de aquí no habrá allí, y veo con bastante claridad lo que de nuevo habrá en el porvenir. Pero no sé lo que sucederá durante el paso. He intentado calcular las posibilidades y siempre son demasiadas. Imposible reducirlas a un esquema lógico. No sé, y ahí anida el miedo. En mi no saber él se crece y actúa, manipula mi miedo, lo hace grande y poderoso. Por eso llevo aquí tantos días, sentado en el borde, pasando miedo. Tampoco sé lo que hará él. Es posible que me siga, también es posible que se quede aquí. Aquí es adonde pertenece pero puede que sea capaz de transformarse, de entrar en lo porvenir. No lo sé, pero tampoco me preocupa mucho. Sé que hará lo que tenga que hacer. Su capacidad de decisión es muy limitada, a veces creo que nula. Me pongo en pie. Él me mira con asombro y alarma. De pie la perspectiva cambia radicalmente. Tan poca distancia y todo se ve diferente. Mucho más suelo, más abajo. Un temblor de piernas, un conato de mareo. Inseguridad. Pasará. Hay un barco al fondo. Un vela diminuta. Primero se pierde el casco y luego la vela, entonces la Tierra es redonda. Creo que fueron los griegos. Siempre he pensado que los griegos estuvieron más cerca que nosotros de lo porvenir. Hacia adelante, hacia atrás, como en una danza. La Historia. Se está bien de pie, creo que me estoy acostumbrando. Se siente uno como más poderoso. La actitud de él es ahora suplicante. Tiene más miedo que yo. Yo ahora no tengo miedo. Me acerco más al borde del borde. Solo hay aire frente a mí. Aire y cielo y nubes con forma de pájaro o de cabeza de caballo, y mar y velero en el horizonte y la Tierra que es redonda y la Historia. ¿Cuántos eran los siglos de historia que nos contemplaban? Y abajo..., pero lo de abajo ya no me importa. Doy un paso, luego otro. Me siento estable y nuevo a la vez. El viento me da en la cara y en el pecho, levanta el faldón de mi camisa. Intento controlar la euforia. Hay lágrimas que escapan de mis ojos. No pienso en nada o pienso que no puedo pensar. Miro hacia abajo, ingrávido, sostenido. Vislumbro a mi muerto allí, en el suelo, y a otras personas que se le acercan como diminutas hormigas. Octubre – noviembre de 2012. 14


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Mal de altura  

Cuento sobre un hombre, su muerto, el cielo y el mar.

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