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urbanos lo hacen principalmente en los sectores de servicios y comercio, y dentro de ellos, en muchos casos, en actividades definidas socialmente como “típicamente femeninas”: servicio domésticos, enfermería, docencia, secretariado, es decir, tareas de cuidado y atención personalizada de terceros (Jelin, s/f). En este escenario, son las mujeres con hijos quienes presentan mayores desventajas laborales, situación agravada en el caso de las mujeres más prolíficas, las que se encuentran en peor situación económica, las que alcanzaron menores niveles de educación formal y las que lidian con su maternidad sin ayuda o con vínculos conyugales informales (Lupica, 2010). Esto es así, porque la imposibilidad de abandonar las tareas del hogar y de cuidado, sumado a la inexistencia de políticas conciliatorias efectivas, las lleva a insertarse en trabajos más precarios e informales (para poder conciliar ambas tareas al trabajar menos horas o con esquemas más flexibles) que no gozan de protección social y resultan en menores salarios. En especial, es posible observar diferencias entre las madres en términos de nivel socioeconómico: mientras que las madres en condiciones socioeconómicas favorables tienden a participar del mercado laboral de manera creciente y constante, las madres pobres e indigentes ingresan masivamente en épocas de crisis y se retiran en momentos de bonanza. Esto refleja que, para estas últimas, el trabajo es una exigencia para proveer de ingresos a sus hogares, mientras que para las madres no pobres forma parte de un proyecto de realización personal (Lupica & Cogliandro, 2011). En términos de la calidad del trabajo a la que tienen acceso las madres en situación de vulnerabilidad, es posible observar que el 94,6% de las madres pobres y el 98,3% de las madres indigentes están insertas en un trabajo de baja calidad. Esto se explica no solo por sus menores niveles educativos y escasos recursos y herramientas para conseguir otro tipo de trabajo sino también porque la precariedad e informalidad se convierten en mecanismos de conciliación (Lupica & Cogliandro, 2011). Estos datos deben ser particularmente tenidos en cuenta a la hora de pensar políticas de conciliación, en especial en un país como el nuestro en el cual el acceso a los derechos de la seguridad social ha surgido ligado a, y continúa estándolo en gran medida, la condición de trabajador o trabajadora formal. De la misma manera, la regulación del cuidado se limita a las trabajadoras formales asalariadas, dejando de lado a trabajadores/as en situación de precariedad laboral, informales, migrantes en situación de irregularidad, monotributistas y autónomos, beneficiarios/as de ciertos programas sociales de transferencias de ingresos, etc. (Pautassi & Zibecchi, 2010)7. Así, ligar los esfuerzos en materia de protección de la maternidad y de servicios de cuidado al empleo formal asalariado excluye, por definición, a la mayoría de las mujeres que, cuando trabajan de forma remunerada, lo hacen en trabajos informales (Martinez & Camacho, 2005). Los cambios ocurridos a nivel de la organización de la unidad familiar así como de la inserción de las mujeres al mercado de trabajo (y las características del mercado en el cual se insertan) requieren pensar nuevas políticas públicas para abordar la problemática del cuidado.

7De

hecho, como se analizará con mayor profundidad en la sección normativa y de oferta, la gran mayoría de las Leyes que protegen el ciclo de maternidad y de los servicios que permiten conciliar trabajo y cuidado durante los primeros años de vida están ligados a la doble condición de trabajadora (mujer) y en relación de dependencia formal, y coexisten con intervenciones vinculadas al sistema educativo y los programas sociales que distribuyen bienes y servicios relativos al cuidado de niños/as pero con un enfoque asistencialista(Pautassi y Zibecchi, 2010). Sin embargo, es importante tener en cuenta el avance que en este sentido significan la Asignación Universal por Hijo para Protección Social y la Asignación por Embarazo.

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Cuidado infantil en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: ¿la disyuntiva entre pañales y pedagogía?  

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