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mercado de trabajo formal, interpelando a las mujeres como ciudadanas sólo cuando éstas se vinculaban al trabajo remunerado y no cuando realizan tareas indispensables ligadas a la reproducción de la sociedad. Las corrientes feministas interpelan además la noción de desmercantilización desde un enfoque de género al considerar que las mujeres pueden efectivamente desmercantilizar su bienestar pero a costa de depender de los ingresos de sus maridos o la asistencia social1. Por eso, introducen el mencionado concepto de desfamiliarización para examinar el modo en que se estructura la oferta de servicios de cuidado y las alternativas de las mujeres para insertarse en el mercado de trabajo y acceder a los derechos sociales (Faur, 2009). Así, es posible identificar, por un lado, regímenes familistas, donde la responsabilidad principal del bienestar corresponde a las familias y a las mujeres en las redes de parentesco. En estos casos, sólo se admiten intervenciones públicas dirigidas a las familias si son de carácter subsidiario. Por otro lado, en los regímenes desfamiliarizadores existe una derivación hacia las instituciones públicas y hacia el mercado, dependiendo del peso que tengan los servicios del Estado y los grados de desmercantilización que se alcancen (Aguirre, 2008).

La economía de cuidado

Algunos trabajos más recientes de la economía feminista han desarrollado el concepto de economía del cuidado, que resalta la importancia de visibilizar en el análisis económico el papel insoslayable del trabajo de cuidado, cuya modalidad de organización, además, explica una proporción importante de las desigualdades existentes. Este concepto refiere al conjunto indefinido de bienes, servicios, actividades, relaciones y valores relativos a las necesidades más básicas y relevantes para la existencia y reproducción de las personas en las sociedades en que viven. Es decir, aquellos elementos (tanto físicos como simbólicos) imprescindibles referidos a la alimentación, la educación, la salud y la vivienda, tomando en cuenta tres dimensiones: la material, que implica un trabajo, la económica, que implica un costo, y la psicológica, que implica un vínculo afectivo (Rodríguez Enríquez, 2007). Así, el concepto de economía del cuidado aúna los diferentes significantes de economía: el espacio del mercado, de lo monetario y de la producción, es decir, ese espacio donde se generan los ingresos y se dirimen las condiciones de vida de la población; con el cuidado. Así, el cuidado aparece como un problema de política pública que no queda circunscripto a la esfera de lo privado y de su naturalización como un asunto de las mujeres (Rodríguez Enríquez, 2012). Como es posible observar, el concepto de economía del cuidado cuestiona el funcionamiento mismo del sistema económico y la forma en que se lo ha interpretado. Se interesa por el valor económico del cuidado y por la relación entre sistema económico y organización del cuidado. Una propuesta para incorporar esta dimensión ausente del cuidado en el análisis económico es el flujo circular de la renta ampliado que introduce el espacio de la reproducción, propuesto por Picchio (en Rodríguez Enríquez, 2012). Este espacio incluye tres funciones económicas: la ampliación del salario real en forma de nivel de vida ampliado o consumo real; la expansión, a su vez, del nivel de vida ampliado en condición de bienestar efectiva, que consiste en el disfrute de niveles específicos de educación, salud y vida social, posible gracias a la mediación del trabajo de cuidado no

Esping-Andersen retoma estas críticas en trabajos posteriores y reconoce que los Estados de Bienestar se configuran sobre el modelo familiar de varón proveedor/mujer ama de casa y que cada tipo refleja nociones distintas acerca de las obligaciones familiares y el papel del Estado en relación a ellas (Faur, 2009).

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Cuidado infantil en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: ¿la disyuntiva entre pañales y pedagogía?  

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