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La Cinemateca es una propuesta cultural de Amigos de la Cinemateca con la colaboración del I.E.S. Martínez Montañes y la participación del Institut français d’Espagne (Sevilla), Goethe Institut-Madrid, Secretariado de Recursos Audiovisuales y Nuevas Tecnologías Universidad de Sevilla.

El quinteto de la muerte (The Ladykillers) Reino Unido, 1955. 91’ v.o.s.e. D: Alexander Mackendrick. P: Michael Balcon. G: William Rose Jimmy O'Connor. Historia de William Rose. Mú: Tristram Cary. F: Otto Heller. Mo: Jack Harris. I: Alec Guinness, Herbert Lom, Peter Sellers, Cecil Parker, Katie Johnson, Danny Green Pese a los más de cincuenta años que ya han transcurrido desde su realización el film continua con una vitalidad asombrosa, un sentido de la observación absolutamente prodigioso, una construcción en imágenes brillante… lo sé, todo esto parece palabrería, pero es cierto, como muchos de los denominados clásicos The ladykillers sigue siendo un ejemplo modélico de realización cinematográfica y de vitalidad, una perfecta muestra de la salud de hierro de los teóricos clásicos anquilosados frente a una producción contemporánea mayoritariamente famélica. Todos y cada uno de los elementos están meticulosamente medidos e integrados, es una de esas películas cargadas de pequeños detalles, en muchas ocasiones casi imperceptibles, que acaban resultando definitivos, desde los cuadros torcidos que adornan toda la casa de la señora Wilberforce, el paraguas extraviado, la melodía de Beethoven sonando una y otra vez subrayando un determinado efecto dramático, o los insufribles loros. Es una de esas películas cargadas de momentos antológicos, hallazgos visuales extraordinarios (uno de los más conseguidos lo encontramos en el último tramo: desde un puente, cubiertos por el humo de las locomotoras, los ladrones van deshaciéndose de los cadáveres de sus compañeros haciéndolos caer a diversos trenes de mercancías). En la propuesta uno de los mayores aciertos lo encontramos en el tono. La premisa (una siniestra banda de atracadores que se hace pasar por músicos aficionados debe deshacerse de la desvalida anciana que durante unos días los ha acogido como inquilinos) propia de una crónica policíaca o incluso un cuento de miedo es abordada desde la comicidad, la sátira, el humor negro, y gracias a este planteamiento se superan totalmente los peligros de un argumento a priori cargado de convencionalismos. La presentación de los principales protagonistas ya nos indica el camino tomado. La desvalida, supuestamente desvalida, señora Wilberforce aparece una mañana dando su habitual paseo, Mackendrick la filma en planos generales atravesando una encantadora calle cargada de colores, mientras escuchamos a su paso una dulce melodía que casi nos rememora una canción de cuna; un primer hecho desconcertante, el cielo a su paso no deja de descargar lluvia, de pronto, la anciana se acerca hasta una mujer y su bebé durmiendo en un carrito y al descubrirla este último haciéndole inocentes carantoñas comienza a llorar desconsolado. La señora va a continuación hasta la comisaría del barrio, en lo que adivinamos es un ritual que se repite casi día tras día, y ante la perpleja mirada de los policías se disculpa por la rocambolesca historia de un platillo volante que denunció con una amiga mientras parece prepararse para irrumpir con una nueva barbaridad. Igualmente interesante resulta la primera aparición del siniestro Profesor Marcus, casi como un espectro. Descubrimos después del regreso de la anciana a su casa una extraña, una inquietante silueta que se mueve

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fantasmagóricamente alrededor de la propiedad mientras llama a la puerta. Durante unos momentos tan sólo veremos esa silueta que anuncia el fin de la paz del hogar de la viuda. Al abrir la puerta, encontramos a un siniestro personaje, de facciones casi mefistofélicas que en nada remiten a un encantador profesor inglés, músico amateur, como el mismo se presenta. Al igual que sucede con la primera aparición de Louis (o Mr. Harvey), Mackendrick utiliza un interesante juego de luces y sombras, la silueta para Marcus y las sombras que cubren el rostro para quien sin lugar a dudas pensaríamos que es un peligroso hampón. Un último personaje podría ser la propia casa en la que transcurre la acción que se convierte casi en un protagonista más, y conforme avanza el film y aumentan las dificultades de los ladrones para huir cada vez resulta más claustrofóbica, casi como si de una prisión se tratase. El cineasta en realidad vuelve a narrarnos la clásica historia en que lo extraordinario se encuentra con lo cotidiano, la mezquindad con la inocencia; sin embargo, como se indicaba los roles no tardan en ser aparentemente alterados. La banda protagonista, si exceptuamos el atraco, son filmados en todo momento como unos pobres miedosos atontados que no dejan de sufrir quebraderos de cabeza por culpa de la anciana y sus intentos de no ser descubiertos mientras preparan el plan y una vez ejecutado; es tan reveladora como divertida la secuencia en que Marcus en la estación observa el movimiento de los trenes mientras en la casa Wilberforce sus compinches corren detrás de un loro al que había que dar una medicina. La anciana, por su parte, siempre está rodeada de un halo de teórica inocencia, de dulzura, pero su crispante amabilidad, por ejemplo a la hora de ofrecer una y otra vez una tacita de te a sus invitados, o su facilidad para provocar caos en la vía pública, sólo nos dan las primeras pistas a la hora de descubrir a un personaje mucho más peligroso que los gangsters que se alojan en su propiedad. La banda intenta actuar como unos criminales y apenas resulta una caricatura, la señora Wilberforce por su parte no entra en ese juego de apariencias, es todo un talento innato. Frente a sus inquilinos resulta mucho más cruel, implacable, metódica, sencillamente por que no necesita componer un personaje, simplemente es ella misma, una desvalida ancianita; por supuesto quien finalmente consigue quedarse con el botín después de librarse de Marcus y sus compañeros no es otra que la viuda, y es que la víctima no tarda en convertirse en verdugo. Hablábamos del tono como uno de los mayores aciertos, finalmente Mackendrick vuelve a desconcertarnos, hemos asumido que estamos visionando una comedia, cuando en realidad nos está contando ese cuento de miedo que ya habíamos olvidado: la bruja ha alojado en su caserón encantado a unos ingenuos visitantes y con sus temibles artes ha conseguido embaucar a sus víctimas, antes de hacerlas desaparecer, para salirse con la suya. Así, como otras tantas veces ocurre el demonio se esconde en el último lugar que imaginábamos, en el dulce rostro de una ancianita y no en el terrorífico semblante de un implacable criminal, y hace y deshace a su antojo. (extractos Estudio Mackendrick Miradas de cine)

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Octubre 2012


60. El quinteto de la muerte