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Lo cual estaba bien. Había usado esos tres días para solucionar sus planes para Aelin Galathynius, cómo le devolvería el favor que ella le había dado. La posada parecía segura, así que Lorcan dejó a Elide con su trueque, el resultado, que ella quería ropa nueva, también, y se paseó por las destartaladas calles más apartadas del pueblo en busca de suministros. Las calles estaban muy activas con los comerciantes del río y los pescadores con las amarras para la noche. Lorcan logró intimidar a su manera la compra de una caja de manzanas, carne de venado seca y algo de avena por la mitad de su usual precio. Solo para mantenerlo lejos, los mercaderes a lo largo del muelle en ruinas le arrojaron algunas peras, para la encantadora dama, dijo él. Lorcan, con los brazos llenos de su mercancía, estaba casi en la barcaza cuando las palabras resonaron en su cabeza, un sonido descentrado. No había visto a Elide pasando por esa sección del muelle. No había espiado al hombre mientras había estado atracando, o cuando se habían ido. Los rumores podían dar cuentas de ello, pero esto era un pueblo del río: los extraños siempre estaban yendo y viniendo, y pagado por su anonimato. Se apresuró a regresar a la barcaza, la niebla ondulaba desde el río, oscureciendo el pueblo y la orilla opuesta. Para el momento en el que arrojó la caja y las mercancías dentro del barco, ni siquiera se molestó en atarlas a cabo, las calles estaban vacías. Su magia se agitaba. El escudriño la niebla, las manchas de oro eran velas brillando en las ventanas. No está bien, no está bien, no está bien, su magia susurraba. ¿Dónde estaba ella? Rápido, la quería a ella, contando las cuadras que los habían llevado a la posada. Ella debería estar de vuelta ahora. La niebla lo presionaba. Chillando y resonando en sus botas. Lorcan gruñó hacia los adoquines mientras las ratas corrían por delante, hacia el río. Ellas se arrojaban a sí mismas dentro del río, arrastrándose y arrastrándose unas encima de otras. Algo estaba viniendo, algo estaba aquí.

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La posadera insistió en que ella se probara la ropa antes de comprarla. Ella había puesto desordenadamente la ropa en los brazos de Elide y la había conducido hacia una habitación en la parte trasera de la posada. Los hombres la miraban fijamente, muy ansiosamente, cuando pasó y bajó por el estrecho pasillo.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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