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balancearan. Comida cayó frente a ellos, los tazones traqueteando y enviando salpicaduras del pegajoso estofado sobre la mesa astillada. Elide no hizo ni poco en mirarlo, o tocar las cervezas que fueron puestas frente a ellos con la misma indiferencia, mientras escaneaba el lugar. —Bebe —le ordenó ella. Lorcan se debatió en si decirle que ella no le daba órdenes, pero… le gustaba ver a esta pequeña y refinada criatura en acción. Le gustaba verla observar un cuarto de extraños y seleccionar a su presa. Porque era una cacería, para la mejor y más segura fuente de información. Hacia una persona que no reportaría a una guarnición del pueblo aún bajo el control de Adarlan que una mujer de pelo oscuro estaba preguntando cosas sobre las fuerzas enemigas. Por lo que Lorcan bebió y la observó mientras ella observaba a otros. Tantos pensamientos calculadores bajo ese pálido rostro, tantas mentiras a salir de esos labios rosados. Parte de él se preguntaba si su reina la encontraría útil, si Maeve se daría cuenta que quizás fue la misma Anneith quien le enseñó a la niña a mirar, escuchar, y mentir. Parte de él temía la idea de Elide en las manos de Maeve. En lo que se convertiría. Lo que Maeve le pediría hacer como una espía o cortesana. Tal vez era mejor que Elide fuera mortal, y su vida tan corta para que a Maeve no le importara perfeccionarla en posiblemente su centinela más cruel. Estaba tan ocupado en pensar sobre ello que casi no se dio cuenta de Elide se inclinó hacia atrás casualmente en su silla e interrumpió en la mesa de mercaderes y capitanes detrás de ella. —¿Qué quieres decir con que Rifthold ha caído? Lorcan se puso firme. Pero ellos habían escuchado la noticia hacía semanas. El capitán más cerca de ellos, una mujer en sus treintas, observó a Elide, luego a Lorcan, y entonces dijo: —Bueno, no ha caído, pero… las brujas ahora lo controlan, bajo el mando del Duque Perrington. Dorian Havilliard ha sido destituido. Elide, esa mugre mentirosa, hizo un gesto de completa sorpresa. —Hemos estado lejos de estas tierras por semanas. ¿Dorian Havilliard está muerto? —murmuró las palabras, como si estuviera horrorizada, como evitando ser escuchada. Otra persona en la mesa, un anciano de barba larga, dijo: —Nunca encontraron su cuerpo, pero si el duque está declarando que él ya no es el rey, asumo que está vivo. No tiene caso hacer proclamaciones sobre un hombre muerto. Los truenos sacudieron la taberna, casi ahogando sus susurros cuando ella dijo: —¿Habrá… habrá ido al Norte? ¿Hacia… ella?

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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