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La tormenta que él podía sentir viniendo desde el horizonte retumbaba hacia el pueblo de piedra, la luz cambiando de dorada a plata. En cuestión de minutos, la leve humedad que había se fue por una barrida de bienvenida frescura. Lorcan le dio a Elide una distancia de tres cuadras antes de que fuera hacia ella para decirle: —Va a llover. Ella le dio una leve mirada. —Sé lo que una tormenta significa. El pueblo amurallado había sido construido en un lado de un río pequeño y medio olvidado. Vieja agua, peces, y madera podrida aparecieron antes de que las aguas fangosas y serenas lo hicieran, y era precisamente en la orilla del muelle del río que Elide hizo una pausa. —¿Qué estás buscando? —le pregunto él al fin, un ojo en los oscuros cielos. Los trabajadores del muelle, los marineros, y mercaderes, monitoreaban las nubes, también, mientras se movían aprisa por ello. Algunos se apresuraban a amarrar las barcazas grandes y de panza plana, asegurando los suaves remos que usaban para navegar en el río. Él había visto un reino, quizás hacia trescientos años, que dependía de barcazas para llevar sus bienes de un extremo a otro. Su nombre se le escapaba, perdido en las catacumbas de su memoria. Lorcan se preguntaba si aún existiría, escondido en lo lejos entre dos cordilleras en el otro lado del mundo. Los brillantes ojos de Elide siguieron a un grupo de hombres bien vestidos dirigiéndose hacia lo que parecía ser una taberna. —Las tormentas significan albergue —murmuró—. Un refugio significa estar atorado adentro sin nada qué hacer más que hablar. Hablar significa noticias sobre mercaderes y marineros sobre el resto de la tierra —esos ojos cortaron sobre él, un humor seco danzando desde ahí—. Eso es lo que significa una tormenta. Lorcan parpadeó mientras ella seguía a esos hombres quienes habían entrado en la taberna bajo el muelle. Las primeras gotas gordas de la tormenta comenzaron a caer en los adoquines del muelle. Lorcan siguió a Elide dentro de la taberna, parte de él admitiendo que en todos sus quinientos años de supervivencia y matanza y servicio, nunca había encontrado a alguien tan… indiferente hacia él. Incluso esa maldita de Aelin tenía una idea de la amenaza que él poseía. Tal vez vivir con monstruos le había arrancado cualquier tipo de miedo adecuado hacia ellos. Se preguntaba cómo Elide no se había convertido en uno en el proceso. Lorcan tomó los detalles de la bodega por instinto y entrenamiento, más no encontró nada que valiera la pena revisar dos veces. El hedor del lugar, cuerpos sucios sin bañar, orina, moho, lana húmeda, amenazaban con sofocarlo. Pero en el lapso de unos momentos, Elide había agarrado una mesa cerca de un grupo de esas personas en el muelle y ordenó dos tarros de cerveza y lo que fuera que tuvieran de comida del día. Lorcan se deslizó en una de las sillas de madera al lado de ella, preguntándose si la maldita cosa colapsaría cuando crujió. Relámpagos sonaban afuera, y todos los ojos se giraron hacia las ventanas con vista al muelle. La lluvia cayó después de ello, haciendo que las barcazas se menearan y

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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