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Al final, Rowan y Aelin habían desaparecido durante treinta minutos. El tiempo suficiente para que Aedion y Lysandra hubieran resuelto que todos irían a la aldea. Una persona que conseguía muchos suministros podría llamar la atención, tanto de espías como de posibles ladrones, y después de tanto tiempo en lo salvaje, a Aelin se le antojaba al menos ver algo de civilización. Cómo Rowan había vagado por la selva durante diez años… A Aelin no le gustaba pensar en ello. Él solo durante tanto tiempo, con el dolor y la culpa y la rabia que lo habían arrojado hasta el momento en ese abismo. Aun cuando había regresado a la civilización una década más tarde, en realidad no había… vivido. Sí, había ido a la guerra, desaparecido en mil aventuras, pero… Aelin se mantuvo cerca de Rowan mientras se abrían camino en el pequeño pueblo, con la capucha puesta y disimulando. Lysandra estaba usando la forma de un corpulento, sencillo hombre, para ser su negociador, mientras conseguían lo que necesitaban. Evangeline era su hija, Aelin su nodriza, y los dos sedentarios del norte eran parientes perdidos que lo visitaban desde hace mucho tiempo, ahora que los ejércitos de Adarlan estaban partiendo. Con el mediodía dirigiéndose hacia la tarde, muchos de los habitantes del pueblo habían terminado de almorzar y regresaban a los campos de la cosecha a atender el ahora abundante suelo oscuro. El momento era casi perfecto para ir; la principal, sucia calle estaba casi vacía. Excepto por el centro de la ciudad, donde el murmullo de las conversaciones tranquillas susurraban, junto con el chapoteo del agua y la salpicadura de la ropa mojada. Algún tipo de fuente, sin duda. Llegaron a la tienda de ropa que Lysandra había explorado, la cambiaformas haciendo un show estelar de caminar pesadamente por las escaleras de la pequeña construcción de piedra, para después, ordenarles que esperaran fuera. La risa desenfadada tranquila de Aedion por la actuación le valió una fuerte mirada de advertencia de Evangeline. Aelin bajó la cabeza, como la nodriza recatada que era, para poder esconder su sonrisa cuando Aedion le murmuró sus disculpas a la niña. Llevaron los caballos a la artesa de piedra en el borde del edificio, y Aelin observó casualmente el tranquilo pueblo a su alrededor. Una calle principal flanqueada por una taberna solitaria, un fabricante de ropa que se había perdido de alguna manera la moda de los últimos cinco años, y un herrero. Todos intercalados con lo que parecían ser una o dos casitas de dos habitaciones. No habían caminos que llevaran a las casas más allá de la hierba y las rocas, solo la calle parecía marcar el camino. —¿Alguna vez has venido aquí antes? —le preguntó Aelin a Aedion desde las sombras de su capucha, acariciando el cuello de su yegua cuando el caballo bebió largamente. —No, yo ni siquiera sabía que había algo aquí —murmuró Aedion, mirando por encima del hombro. Unos pueblerinos lo observaron mientras se apresuraban a ir a la fuente donde habían

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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