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Mientras la oscuridad y el antiguo poder la golpeaban al igual que un martillo golpea un yunque. Elide le suplicó a Manon, ahora solo a unos pocos pasos de distancia: —Has algo. Manon la ignoró, sus ojos fijos en la batalla frente a ellos. Aelin se arrastró hacia atrás, sangre saliendo de su fosa nasal derecha. Goteando sobre su camisa blanca. Maeve avanzó, la oscuridad arremolinándose en torno a ella como un viento letal. Aelin trató de levantarse. Lo intentó, pero sus piernas ya no le respondían. La Reina de Terrasen jadeó, el fuego parpadeaba como brasas extintas a su alrededor. Maeve la señaló con un dedo. Un azote negro, más rápido que el fuego de Aelin, salió disparado. Se envolvió alrededor de su garganta. Aelin lo agarró, destrozándolo, sus dientes al descubierto, llamas estallando una y otra vez. —¿Por qué no utilizas las llaves, Aelin? —ronroneó Maeve—. Seguramente ganarías de esa manera. Úsalas, le suplicó Elide. Úsalas. Pero Aelin no lo hizo. La espiral de oscuridad se intensificó alrededor de la garganta de Aelin. Las llamas soltaban chispas y luego morían. Luego, la oscuridad se expandió, envolviendo nuevamente a Aelin y estrujándola fuertemente, apretándola hasta que comenzó a gritar de tal forma que Elide supo que se trataba de una incommensurable agonía. Un despiadado gruñido se escuchó por lo bajo desde los alrededores, la única advertencia antes que un enorme lobo saltara a través de la pradera marina y se transformara. Fenrys. Un latido más tarde, un león montañes apareció sobre una duna, contempló la escena y se transformó también. Gavriel. —Déjala ir —gruñó Fenrys a la oscura reina, avanzando un paso—. Déjala ir ahora. Maeve volvió la cabeza, la oscuridad aún azotando a Aelin. —Miren quien llegó finalmente. Otro grupo de traidores —alisó una arruga de su vestido suelto—. Que valiente esfuerzo has hecho, Fenrys, retrasando tu llegada a esta playa tanto como pudiste,

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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