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Una sonrisa de vívora curvó los labios de Maeve nuevamente.

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Elide estaba temblando; cada hueso, cada poro de su cuerpo estaba estremeciéndose de miedo ante la reina inmortal plantada por encima suyo, ante la espada del guardia en su garganta. El resto de la escolta de la reina guardaba distancia, pero era a la escolta de quien no apartaba la mirada Lorcan, su rostro tenso, su propio cuerpo casi agitado debido a la ira contenida. ¿Esta era la reina a quién le había dado su corazón? ¿A esta fría criatura quien miraba al mundo sin alegría en sus ojos? ¿Quien había matado a aquellos soldados sin siquiera un pestañeo de vacilación? La reina a quien Lorcan había evocado por ella. Había traído a Maeve para salvarla a ella. La respiración de Elide se volvió rasposa en su garganta. Él los había traicionado. Había traicionado a Aelin por ella. —¿Qué debería exigir como pago por la chica? —Meditó Maeve, acercándose unos pasos hacia ellos, con la gracia de un rayo de luna—. ¿Por qué no me lo dice mi Segundo al mando? Tan ocupado, Lorcan. Has estado tan, tan ocupado estos meses. Su voz sonó ronca al agachar la cabeza. —Lo hice por ti, Majestad. —¿Entonces donde está mi anillo? ¿Dónde están mis llaves? Un anillo. Elide estaba dispuesta a apostar que era el anillo dorado que estaba en su dedo, escondido debajo de su otra mano mientras ella los tensaba ante ella. Pero Lorcan señaló con su barbilla a Aelin. —Ella las tiene. Dos llaves. El frío atravesó a Elide. —Lorcan. —la espada del guardia se retorció contra su garganta. Aelin solo dirigió una fría mirada hacia Lorcan. Él no miró a Elide ni a Aelin. No hizo mucho más que reconocer su existencia al proseguir. —Aelin posee dos, y probablemente tiene una buena idea de dónde Erawan tiene escondida la tercera.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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