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—Lo hice —logró decir Aelin —. Gracias. Elena cubrió su rostro al escuchar aquellas palabras, temblando. Pero después de un momento, escudriñó a Aelin y luego a Manon, en silenciosa evaluación. —El poder del espejo embrujado se está desvaneciendo; no podrá mantenerte aquí mucho tiempo más. Por favor, déjame mostrarte lo que debe hacerse. Cómo terminarlo. No serás capaz de verme después, pero… yo estaré a tu lado. Hasta el final, cada paso del camino, estaré contigo. Manon se limitó a colocar una mano en su espada mientras Aelin tragaba y decía: —Muéstrame, entonces. Así lo hizo Elena. Y cuando hubo terminado, Aelin se quedó en silencio. Manon estaba caminando de un lado al otro, gruñendo en voz baja. Pero Aelin no se alejó cuando Elena se inclinó para besarle la frente, justo en el lugar donde esa maldita marca había estado durante toda su vida. Una pizca de esclavitud, estigmatizada por el matadero. La marca de Brannon. La marca del nacido bastardo… la Innombrable. Mi precio es innombrable. Para comprarles un futuro, ella estaba dispuesta a pagarlo. Había hecho todo lo que había podido para poner las cosas en marcha y asegurarse que, una vez que ella se hubiese ido, la ayuda aún llegase. Era la única cosa que podía darles, su último regalo a Terrasen. A aquellos a quienes había amado con el fuego incontrolable de su corazón. Elena acarició su mejilla. Luego, la antigua reina y la neblina desaparecieron. La luz del sol las inundó, cegándolas tan violentamente que bufaron y chocaron entre sí. La salmuera del mar, el romper de las olas cercanas y el crujido de las algas marinas las recibieron. Y aún más allá, en la distancia, el clamor y el bramido de la guerra. Estaban en los alrededores de los pantanos, sobre la orilla del mar, la batalla librada millas y millas a la mar. Habían debido de viajar dentro de la niebla, de alguna forma. Una suave risa femenina se filtró entre los pastos. Aelin conocía aquella risa. Y sabía que, de alguna forma, quizás no habían viajado a través de la niebla… Pero habían sido posicionados allí. Por cualquier fuerza que estuviese de turno, por cualquier dios que estuviese observando. Para plantarse en el arenoso campo ante el mar turquesa, los guardias muertos que llevaban las armaduras de Briarcliff habían sido masacrados sobre las dunas cercanas, y continuaban desangrándose. Para plantarse ante la Reina Maeve de las Fae. Elide Lochan estaba arrodillada ante ella, con la espada de un guerrero Fae clavada en su garganta.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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