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Y allí estaba ella, arañando el agua, dando patadas y azotes, tratando de salir a la superficie, al aire, y pudo sentir cómo sus pulmones comenzaban a ceder, podía sentir la presión aumentando… Luego la luz del Amuleto de Orynth que colgaba alrededor de su cuello parpadeó, símbolos verdosos bullendo como burbujas a su alrededor. Elena se arrodilló, observando el brillo del amuleto debajo del agua. —Ellos querían que yo te llevara, justo en aquel momento. Tú tenías el Amuleto de Orynth, todo el mundo creía que estabas muerta, y el enemigo estaba distraído con la masacre. Podía llevarte, ayudarte a rastrear las otras dos llaves. Se me permitió ayudarte. Y una vez que tuvimos las otras dos, estuve a punto de forzarte para que forjaras la Cerradura de nuevo. Usar cada última gota de ti para construir aquella Cerradura, evocar al portal, colocar las llaves en él, enviarlos a casa y terminar con todo. Tenías suficiente poder, incluso en ese momento. Te hubiese matado, pero estabas probablemente muerta de todas maneras. Por lo que me dejaron formar un cuerpo, para llegar a ti. Elena tomó una respiración estremeciéndose, a medida que una figura se zambullía dentro del agua. Una hermosa mujer con cabello plateado, usando un antiguo vestido. Ella tomó a Aelin de la cintura, empujándola cada vez más hacia arriba. Golpearon la superficie del río, estaba oscuro, ruidoso y salvaje, y fue todo lo que pudo hacer para agarrarse al tronco al que Elena la había empujado, clavar sus uñas en la madera mojada y no separarse de él mientras era arrastrada por el río hacia las profundidades de la noche. —Vacilé —exhaló Elena—. Te aferraste a aquel tronco con toda tu fuerza. Te habían quitado todo de ti, absolutamente todo, y sin embargo, tú continuaste luchando. No te rendiste. Y ellos me dijeron que me apurara, porque incluso su poder para mantenerme dentro de aquel cuerpo sólido se estaba debilitando. me dijeron que solo te tomara y me fuera, pero… vacilé. Aguardé hasta que hubieses llegado a la orilla del río. Lodo, juncos y árboles acechaban por encima de ella y la nieve aún cubría la empinada cuesta de la ribera. Aelin se observó trepar hasta aquella orilla, pasito a pasito dolorosamente, y sintió el fantasmal lodo congelado debajo de sus uñas, se sintió rota, su cuerpo congelado al desplomarse en la tierra y temblar, una y otra vez. Mientras un frío mortal se apoderaba de ella y Elena se arrastraba hacia la orilla a su lado. Mientras Elena la embestía, gritando su nombre, el frío y la conmoción insertándose en ella. —Pensé que el peligro estaba en que te ahogaras —susurró Elena—. No me di cuenta que al estar en el frío durante tanto tiempo… Sus labios estaban azules. Aelin miró como su propio pequeño pecho subía, bajaba, subía… Y luego dejaba de moverse.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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