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el aislamiento de tu poder. Pero había gente que te conocía por lo que eras, por lo que podías ofrecer. Tus padres, su corte, tu tío abuelo… y Aedion. Aedion sabía que tú eras la Reina Que Fue Prometida, sin saber lo que aquello significaba, sin saber nada sobre ti, o sobre mí, o sobre lo que hice para salvar a mi propia gente. Aquellas palabras la golpearon como piedras. —La Reina Que Fue Prometida —dijo Aelin—. Pero no al mundo. A los dioses, a las llaves. Para pagar el precio. Para ser su sacrificio y de esa manera sellar las llaves del portal al fin. La aparición de Deanna no había sido solo para decirle cómo utilizar el espejo, sino para recordarle que ella pertenecía a ellos. Tenía una deuda con ellos. Aelin dijo en voz muy baja: —No sobreviví aquella noche en el Rio Florine por pura suerte, ¿no es así? Elena sacudió la cabeza. —Nosotros no… —No —la cortó Aelin—. Muéstrame. La garganta de Elena se movió de arriba abajo. Pero luego la neblina se volvió oscura y colorida, y hasta el propio aire alrededor de ellas se llenó de escarcha. Ramas quebrándose, respiraciones irregulares interrumpidas por sollozos jadeantes, pasos ligeros que aplastaban zarzales y matorrales. El estruendoso paso de un caballo acercándose… Aelin se obligó a quedarse quieta cuando aquella familiar madera congelada apareció, exactamente como la recordaba. Cuando ella misma apareció, tan pequeña y joven, en un camisón blanco, rasgado y embarrado, el cabello salvaje y los ojos brillantes con terror y una pena tan profunda que la había quebrado por completo. Frenética por llegar al rugiente río más allá, al puente. Los postes y el bosque se encontraban del otro lado. Su santuario… Manon maldijo en voz baja mientras Aelin Galathynius se lanzaba a través de los postes del puente, descubría que éste había sido cortado… y caía en picada hacia el embravecido y casi congelado río debajo. Ella había olvidado lo lejos que estaba esa caída. Lo violento que el oscuro río estaba, los rápidos blancos iluminados por la glacial luna elevada en el cielo. La imagen cambió y luego todo estuvo oscuro y en silencio, ellas estaban siendo revolcadas, una y otra vez, mientras el río la sacudía en su ira. —Había tanta muerte —susurró Elena mientras miraban cómo Aelin era arrojada, retorcida y arrastrada por el río. El frío era devastador—. Tanta muerte y tantas luces extinguidas —dijo con la voz quebrada—. Eras tan pequeña. Y luchaste… luchaste tan fuerte.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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