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Rowan no poseía un ejército propio para ofrecerlo a Aelin. Para ofrecerlo a Terrasen. Así que se había ganado uno para ella. A través de las únicas cosas que Aelin había clamado eran las únicas que ella quería de él. Su corazón. Su lealtad. Su amistad. Y Rowan deseaba que su Corazón de Fuego estuviera ahí para verlo mientras la Casa de Whitethorn colisionaba contra la flota de Maeve, y hielo y viento explotaban contra las olas.

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Lorcan no podía creerlo. No podría creer lo que estaba viendo mientras un tercio de la flota de Maeve abría fuego contra la mayoría de los barcos inhibidos de ella. Y él sabía, él sabía sin que le confirmaran que las banderas ondulando en esos barcos serían plateadas. Como los hubiera convencido, cuando los hubiera convencido… Whitethorn lo había hecho. Por ella. Todo ello, por Aelin. Rowan bramó la orden de presionar su ventaja, de romper la armada de Maeve entre ellos. Lorcan, un poco aturdido, pasó la orden a sus propios barcos. Maeve no lo permitiría. Borraría la línea Whitethorn del mapa por esto. Pero ahí estaban ellos, desatando su hielo y viendo sobre sus propios barcos, enfatizando con flechas y arpones que se abrían paso entre madera y soldados. Viento soplaba en su cabello, y él sabía que Whitethorn estaba ahora empujando su magia al punto de quiebre para arrastrar sus propios barcos hacia la pelea antes de que sus primos perdieran la ventaja de la sorpresa. Tontos, todos ellos. Tontos, pero aun así… El hijo de Gavriel estaba gritando el nombre de Whitethorn. Un maldito grito de victoria. Una y otra vez, los hombres tomando el llamado. Entonces la voz de Fenrys se alzó. Y la de Gavriel. Y la de la reina de pelo rojo. Y la del Rey Havilliard.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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