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Pero, con las Trece dispersas y probablemente muertas, independientemente de lo que Dorian había dicho, Manon no estaba segura adonde ir una vez se fuera. El mundo nunca le había parecido tan vasto. Ni tan vacío.

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Incluso tan agotada, Elide apenas durmió durante la larga noche en que ella y Lorcan se balanceaban en hamacas con los otros marineros. Los olores, los sonidos, el balanceo del mar… todo le molestaba, nada de eso la tranquilizaba. Un dedo parecía seguir haciéndola despertar, como diciéndole que se mantuviera alerta, pero… no había nada. Lorcan se movió y se movió por horas. Como si la misma fuerza le hubiera pedido que se despertara. Como si estuviera esperando algo. Su fuerza había flaqueado cuando subieron a la nave, aunque no había mostrado signos de tensión más allá de un leve apretón en su boca. Pero Elide sabía que estaba cerca de lo que se conocía como agotamiento. Lo sabía, porque horas después, el pequeño brazalete de magia alrededor de su tobillo seguía parpadeando dentro y fuera de su lugar. Después de que Manon le informará del incierto paradero de las Trece, Elide se había mantenido en su mayoría fuera del camino de sus compañeros, dejándolos hablar con esa joven pelirroja que los había encontrado en esa playa. Al igual que Lorcan. Los escuchaba hablar y planear, con el rostro tenso, como si algo enroscado en él se endureciera a cada instante. Mirándolo dormir a un metro de distancia, ese rostro áspero suavizado por el sueño, una pequeña parte de Elide se preguntaba si habría traído otro peligro a la reina. Se preguntó si los otros habían notado cuantas veces la mirada de Lorcan se había fijado en la espalda de Aelin. Apuntado a su espalda. Como si sintiera su atención, Lorcan abrió los ojos. Le mantuvo la mirada sin parpadear. Por un instante, ella tomó esa mirada sin profundidad a sólo un metro de distancia, etérea por la luz plateada de antes del amanecer. Él había estado dispuesto a ofrecer su vida por la de ella. Algo se suavizó en ese áspero rostro cuando sus ojos se sumergieron en donde su brazo colgaba de la hamaca, la piel aún adolorida, pero… milagrosamente curada. Le había dado las gracias dos veces a Gavriel, pero él la había rechazado con un suave cabeceo y encogiéndose de hombros. Una lánguida sonrisa floreció en la dura boca de Lorcan, mientras la alcanzaba a través del espació entre ellos y pasaba sus callosos dedos por su brazo.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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