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estaba conteniendo, donde la mayoría de los hombres tomaban y se llevaban cuanto ella ofrecía, llenándose de ella. Pero Dorian Havilliard dijo: —El Sabueso Sangriento estaba mintiendo esa noche. Acerca de lo que dijo sobre tu Segunda. Sentí su mentira, la saboreé. Una parte de su pecho que había estado apretada se alivió. —No quiero hablar de eso. Él se acercó más, y esas manos fantasmas se deslizaron debajo de sus pechos. Ella apretó los dientes. —¿Y de qué quieres hablar, Manon? Ella no estaba segura de haberle escuchado decir su nombre antes. Y la manera en la que lo hizo… —No quiero hablar en absoluto —replicó—. Y tú tampoco —añadió apuntándole con un dedo. De nuevo, esa sonrisa oscura y afilada apareció. Y cuando se acercó una vez más, sus manos reemplazaron a las fantasma. Trazando sus caderas, su cintura, sus pechos. Sin prisas, en indolentes círculos que ella le permitió hacer, simplemente porque nadie se había atrevido a hacerlo. Cada caricia de su piel contra la de ella dejaba una estela de fuego y hielo. Se encontró atrapada, por cada golpe, persuasivo y lujurioso. Ni siquiera pensó en objetar cuando Dorian le quitó la camisa y examino su carne desnuda, manchada por cicatrices. Su rostro se volvió voraz cuando tomó uno de sus pechos, su estómago plano, la gruesa cicatriz que lo atravesaba. Esa hambre se convirtió en algo helado y vicioso. —Una vez me preguntaste donde estoy en la línea entre matar para proteger y matar por placer —sus dedos rozaron la cicatriz de su abdomen—. Cruzaré la línea cuando encuentre a tu abuela. Un escalofrío recorrió su cuerpo, alcanzando sus pechos. Él los observaba, trazo un círculo alrededor de uno con un dedo. Dorian se inclinó, su boca siguió el camino donde su dedo había estado. Luego su lengua. Ella se mordió el labio para detener el gemido que subía por su garganta, sus manos deslizándose entre los sedosos mechones del cabello de Dorian. Su boca estaba alrededor de la punta de su pecho mientras encontraba su mirada otra vez, zafiro enmarcado con pestañas de ébano, y dijo: —Quiero probar cada centímetro de ti. Manon dejó ir toda pretensión de razón mientras el rey levantaba la cabeza y reclamaba su boca. Y después de toda su espera por probarla, mientras ella se abría para él, Manon pensó que el rey sabía cómo el mar, como una mañana de invierno, algo tan extraño y a la vez familiar que terminó de arrastrar su gemido desde lo más profundo.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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