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La última Reina Crochan. Rowan calculó la potencial pelea explosiva hirviendo entre Ansel de Briarcliff y Manon Blackbeak. Él recordaba todo lo que Aelin le había dicho de Ansel —la traición mientras ambas mujeres habían entrenado en el desierto, la pelea a muerte que había terminado en Aelin perdonando a la mujer de pelo rojo. Una deuda de vida. Aelin la había llamado por esa deuda. Ansel, con una arrogancia fanfarrona que explicaba completamente porqué ella y Aelin se habían vuelto rápidamente amigas, arrastró las palabras hacia Manon desde donde se recargaba en el alcázar. —Bueno, la última vez que oí, ni las brujas Crochan ni las brujas Ironteeth se preocuparon por cuidar de Wastes. Supongo que como alguien que ha alimentado y cuidado a su gente por los últimos dos años, tengo derecho a hablar por ellos. Y a decidir a quién nosotros ayudamos y cómo lo hacemos —Ansel sonrió a Aelin como si la bruja no estuviera observando su garganta como si la fuera a arrancar con sus dientes de hierro—. Tú y yo vivimos al lado del otro, después de todo. No sería una buena vecina si no ayudara. —Explícate— Aedion dijo duramente, su corazón latiendo como relámpago lo suficientemente fuerte para que Rowan lo escuchara. La primera palabra que el general había dicho desde que Ansel se quitara su capucha. Desde que la pequeña sorpresa de Aelin les estuviera esperando en la playa. Ansel giró su cabeza, su sedosa cabellera roja brillando por la luz, mirándose, se dio cuenta Rowan, como el más exquisito vino rojo. Exactamente como Aelin lo había descrito una vez. —Bueno, meses atrás, estaba atendiendo mis propios asuntos en Wastes, cuando recibí un mensaje inesperado. De Aelin. Me envió un mensaje alto y claro desde Rifthold. Pelea callejera —Ansel soltó una risilla, sacudiendo su cabeza—. Y supe que tenía que prepararme. Que tenía que mover mi ejército a la orilla de las Montañas de Anascaul. La respiración de Aedion se cortó. Sólo siglos de entrenamiento evitaron que a Rowan le pasara lo mismo. Su cadre permaneció impasible detrás de ellos, posiciones que habían tomado cientos de veces durante los siglos. Listos para un baño de sangre —o para pelear su salida de él. Ansel sonrió, un gesto victorioso. —La mitad de ellos están en camino hacia allí ahora. Listos para unirse a Terrasen. El hogar de mi amiga Celaena Sardothien, quien no lo olvidó, incluso cuando ella estuvo en el Desierto Rojo; y quien no dejaba de mirar al norte cada noche que podíamos ver las estrellas. No había un mejor regalo que pudiera ofrecer para pagarle que salvando el reino que ella nunca olvidó. Y eso fue antes de que recibiera su carta meses atrás, diciéndome quién ella era y que me destriparía si no la asistía en su causa. Estaba en camino con el ejército listo, pero... entonces la siguiente carta llegó. Diciéndome que me dirigiera al Golfo de Oro. Para encontrarla ahí y seguir una específica serie de instrucciones.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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