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—¿Tú eres el único a cargo? Lorcan simplemente dijo: —Sí. Eso decía lo suficiente. Ellos no sabían quién era él, su papel en el escape de Marion. Los cuatro ilken sonrieron. —Buscamos a una chica. Ella mató a nuestros parientes, y algunos otros. ¿Ellos la culpaban por la muerte de los ilken hace aquellas semanas? ¿O era la excusa ideal para sus propios fines? —La rastreamos hacia el Acanthus cruzando… Ella tendría que estar escondida allí, entre tu gente —una mueca. Lorcan deseaba que Nik y Ombriel mantuvieran sus bocas cerradas. Si ellos siquiera comenzaban a delatarlos, el hacha en sus manos se movería. —Comprueba otro carnaval. Hemos estado en este grupo por meses. —Ella es pequeña —continuó, sus demasiado humanos ojos parpadeando—. Lisiada de una pierna. —No sabemos nada de eso. Ellos la raptarían hasta los confines de la tierra. —Haz que tu grupo se alinee para… inspeccionarlos. Los harían caminar. Les echarían una ojeada. Buscando a una mujer joven con el cabello negro con cojera y cualquiera de las otras pistas que su tío les hubiese proporcionado. —Tú los has ahuyentado a todos. Tardarán días antes de que vuelvan. Y, otra vez —dijo Lorcan, su hacha golpeando un poco más arriba—, no hay nadie en mi caravana que coincida con tal descripción —detrás de él, Nik y Ombriel estaban en silencio, su terror era un hedor que se le metía hacia arriba en su nariz. Lorcan deseaba que Marion permaneciese escondida. Los ilken sonrieron, la más espantosa sonrisa que Lorcan había contemplado en todos sus cientos de años. —Tenemos oro —ciertamente, los ilken detrás de él tenían una bolsa de cadera que se hundía con él—. Su nombre es Elide Lochan. Su tío es el Lord de Perranth. Él te recompensará generosamente por habérsela entregado. Las palabras golpearon a Lorcan como piedras. Marion, Elide había… mentido. Había logrado impedir que incluso oliera la mentira en ella, había utilizado las suficientes verdades y su propio miedo general para mantener su aroma de eso escondido– —No conocemos a nadie con tal nombre —dijo Lorcan otra vez. —Lástima —canturreó el centinela—. Porque si tú la tenías en tu compañía, nosotros tendríamos

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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