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Ojos Ashryver. Lo mismo para el apuesto hombre de cabellera dorada quien llegaba al lado de ella, su cuerpo musculoso tenso mientras analizaba si tenía que esparcir sangre, un arco colgando de su mano. Dos lados de la misma moneda. Aelin. Aedion. Ambos estaban mirándola con esos ojos Ashryver. Aelin parpadeó. Y su rostro dorado se arrugó mientras decía —¿Eres tú Elide? Todo lo que pudo hacer Elide fue asentir. Lorcan estaba rígido como la cuerda de un arco, su cuerpo aun un poco inclinado hacia sobre ella. Aelin se acercó más, sus ojos nunca apartándose del rostro de Elide. Joven, se sentía tan joven comparada con la mujer que se aproximaba. Había cicatrices sobre las manos de Aelin, y en su cuello, alrededor de sus muñecas… donde esposas habían estado. Aelin se deslizó sobre sus rodillas no más de medio metro de distancia, y se le ocurrió a Elide que debería estar haciendo una reverencia, su cabeza en el suelo– —Te pareces… tanto a tu madre —dijo Aelin, su voz quebrándose. Aedion en silencio se arrodilló, poniendo una fuerte mano sobre el hombro de Aelin. Su madre, quien se había ido alegre, quien había peleado para que esta mujer pudiera vivir– —Lo siento —le dijo Aelin, sus hombros curvándose hacia adentro, su cabeza cayendo un poco mientras las lágrimas se deslizaban sobre sus ruborizadas mejillas—. Lo siento tanto —¿Cuántos años habían estado esas palabras encerradas? El brazo de Elide dolió, pero no la detuvo de tocar la mano de Aelin, puesta en su pierna. De tocar esa cicatrizada y bronceada mano. Piel cálida y pegajosa encontró la punta de sus dedos. Real. Esto era, Aelin era, real. Como si Aelin se diera cuenta de lo mismo, su cabeza se levantó. Ella abrió su boca, pero sus labios temblaron, y la reina los apretó uno contra otro. Nadie de los que estaban ahí habló. Y entonces Aelin le dijo a Elide: —Ella me consiguió tiempo. Elide supo a quién se refería la reina.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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