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Lorcan clavó a Elide a la tierra, lanzando cada sombra y hueco de oscuridad en ese escudo. Las llamas eran tan calientes que el sudor goteaba por su frente, cayendo en su sedoso cabello, extendido por el verde musgo. El agua de pantano alrededor de ellos hervía. Hervía. Peces flotaban panza para arriba. Los pastos se secaban y se incendiaban. El mundo entero era un reino de los infiernos, sin final ni principio. La desgarrada, oscura alarma de Lorcan levantó su cabeza hacia atrás y rugió al unísono con la llameante canción del poder de la reina. Elide se estaba encogiendo, puños apretándose en su camisa, la cara enterrada en su cuello mientras él hacia rechinar sus dientes y superaban la tormenta de fuego. No solo fuego, se dio cuenta. Sino viento y hielo. Otras dos, poderosas magias se le unieron, desgarrando a los ilken. Y su propio escudo. Ola tras ola, la magia abollaba su poder. Un poder menor podría haberse quebrado contra él. Una magia más pequeña podría haber tratado de pelear, y no dejar que el poder solamente barriera sobre ellos. Si Erawan pusiera un collar alrededor del cuello de Aelin Galathynius… todo se acabaría. Tener una correa en esa mujer, en ese poder… ¿Sería un collar capaz de contener eso? Había movimiento a través de las flamas. Whitethorn estaba rondando a través de los pantanos hirvientes, sus pasos sin prisa. La flama se arremolinaba alrededor del escudo en forma de domo de Rowan, arremolinándose con su frío viento. Solo un hombre que hubiera perdido la maldita cabeza se pasearía dentro de esa tormenta. Los ilken morían y morían y morían, lentamente y no todos limpiamente, mientras su oscura magia les fallaba. Los que trataban de escapar de las llamas o el viendo o el hielo eran derribados por flechas. Los que se las arreglaban para aterrizar eran desgarrados por emboscadas de garras, colmillos y chasqueantes colas escamosas. Habían hecho que cada minuto de su advertencia contara. Habían montado fácilmente una trampa para los ilken. Y habían caído rápidamente. Pero Rowan alcanzó a la reina en el corazón de los pantanos mientras las llamas se apagaban. Mientras su propio viento se extinguía, y plumas de implacable hielo quebrantaban a los pocos ilken aleteando en los cielos. Ceniza y resplandeciente hielo llovían, grueso y arremolinándose como nieve, ascuas danzando entre grumos que alguna vez fueron los ilken. No hubo sobrevivientes. Ni uno. Lorcan no se atrevió a levantar el escudo.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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