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Lorcan no sabía por qué demonios él estaba en la ridícula y pequeña tienda de campaña del oráculo de Marion. Él necesitaba lavarse, la necesidad de limpiarse el sudor y el aceite y sentir lejos todos esos ojos que se lo comían. Pero él había divisado a Marion en la multitud mientras había finalizado su actuación patética. No la había visto más temprano en la tarde antes de que ella se hubiese vestido con ese tocado y esos ropajes, pero… quizá eran los cosméticos, el intenso lápiz de ojos alrededor de sus ojos, el modo en el que los labios pintados de rojo hacían que su boca pareciese una fresca pieza de fruta, pero… la había visto. Dándose cuenta de la manera en que los hombres la habían localizado, también. Algunos la habían mirado totalmente boquiabiertos, asombro y lujuria escritos a lo largo de sus cuerpos, como Marion se detenía, ajena, al borde de la multitud y divisaba a Lorcan al mismo tiempo. Preciosa. Después de unas pocas semanas de comer, de seguridad, la aterrorizada, demacrada joven mujer de alguna manera pasó de bonita a preciosa. Él había finalizado su actuación más temprano de lo que tenía pensado, y para el momento en que había alzado la mirada otra vez, Marion se había ido. Como un perro maldito de dios, él recogió su aroma entre la multitud y la siguió de vuelta hacia su tienda de campaña. En las sombras y resplandecientes luces adentro, con el tocado y las gotas colgantes y oscuros ropajes rojos… el oráculo encarnado. Serena, exquisita… y completamente prohibida. Y él había estado demasiado concentrado en maldecir para quedarse mirando hacia esa desarrollada y pecaminosa boca mientras ella admitía que todavía no había sido tocada, que él no había detectado nada incorrecto hasta que el chillido empezó. No, él había estado demasiado ocupado contemplando qué sonidos podrían proceder desde esa boca llena si lentamente, gentilmente, le enseñaba el arte del dormitorio. El ataque, Lorcan supuso, era el modo de Hellas de decirle que mantuviera su miembro en sus pantalones y su mente saliera de las alcantarillas. —Ponte detrás de una carreta y permanece allí —chasqueó él antes de lanzarse fuera de la tienda de campaña. No esperó a ver si ella obedecía. Marion era inteligente, sabía que podría resistir una mejor oportunidad de sobrevivir si lo escuchaba y encontraba refugio. Lorcan soltó su don a través del sitio del carnaval que estaba en pánico, una ola de oscuridad, un terrible poder propagándose en una ola pequeña, después corriendo de regreso para contarle qué se sentía. Su poder era jubiloso, jadeante en un modo que él conocía demasiado bien: muerte. En un final del campo extenso estaban los alrededores del pequeño pueblo. En el otro, un bosquecillo de árboles y una noche infinita, y alas.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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