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Sólo el primer disparo. Sólo su disparo. Quizá éste era tiempo para ver cuán profunda venía esa nueva voluntad de poder. Que vivía dentro de eso. Quizá era tiempo para que Morath aprendiera a chillar. Aelin se reforzó hasta el borde del agua, después saltó en la siguiente isla de hierba y piedra. Rowan silenciosamente saltó detrás de ella, siguiéndola ritmo a ritmo. No fue hasta que ellos alcanzaron la siguiente colina que él dobló su rostro hacia ella, su piel dorada se estiró tensa, sus ojos tan fríos como los propios de ella. Solamente esa ira estaba dirigida hacia ella, quizás más lívida desde que lo había visto en Mistward. Ella rechinó sus dientes en una fiera y desalentadora sonrisa. —Lo sé, lo sé. Sólo añado sugerir usar la Llave del Wyrd para esos cálculos de todas las horribles cosas que hago y digo. Curtidas, masivas alas golpearon el aire, y las crías que chillaban por fin empezaban afluir hacia ellos. Sus rodillas temblaron, pero ella reprimió el miedo, sabiendo que él podría olfatearlo, sabiendo que los otros podrían, también. Por lo que se envalentonó a sí misma a dar otro paso en la empapada y cargada llanura de juncos, hacia ese ejército de ilken. Ellos estarían encima de ellos en minutos, menos, quizás. Y un horrible, miserable Lorcan les había comprado ese tiempo extra. Donde sea que ese bastardo estuviese. Rowan no objetaba mientras ella daba otro paso, después otro. Ella tuvo que poner distancia entre todos ellos, tenía que estar segura que cada última brasa era capaz de alcanzar a ese ejército y que ella no gastase su fuerza por viajar lejos para hacerlo. Lo que significaba caminar hacia fuera de los pantanos solitarios. A esperar por esas cosas para que estuvieran los más cerca posible para ver sus dientes. Ellos tenían que saber quién ahora desfilaba a través de los juncos hacia ellos. Lo que ella les haría. Pero aun así los ilken cargaban sin detenerse. En la distancia, lejos hacia la derecha, las criaturas del pantano empezaron a rugir, sin duda alguna por el despertar de Lysandra. Rezó para que las bestias estuvieran hambrientas. Y que a ellas no les molestara la carne reproducida de Morath. —Aelin —la voz de Rowan cortó a través del agua y las plantas y el viento. Ella se paró, mirando por encima de su hombro hacia donde él ahora permanecía de pie en el banco de arena, como si hubiera sido imposible no seguirla. Los fuertes, firmes huesos de su cara estaban asentados con esa brutalidad del guerrero. Pero sus ojos verde pino estaban resplandecientes, casi suaves, mientras decía:

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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