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Elide tamborileó un dedo en el mantel, la áspera tela rasguñando contra su piel. —¿Qué es eso? —exigió él. Como si eso fuese un inconveniente para ser educada. —Nada. Eso no era nada, no obstante. Ella conocía porqué se había retrasado en esa vuelta hacia el norte, esa inevitable partida de este grupo y un trayecto final sola. Ella apenas podía hacer impacto en un alejado carnaval. ¿Qué demonios podría hacer en una corte de tan poderosa gente, especialmente sin ser capaz de leer? Mientras Aelin era capaz de destruir reyes y salvar ciudades, ¿qué demonios podría hacer para probar su valor? ¿Lavar sus ropas? ¿Lavar sus platos? —Marion —él dijo bruscamente. Ella levantó la vista, sorprendida de encontrarlo todavía ahí. Los oscuros ojos de Lorcan eran ilegibles en la penumbra. —Tienes suficientes hombres jóvenes que son incapaces de dejar de mirarte hacia ti esta noche. ¿Por qué no tener un poco de diversión con ellos? —¿Por qué? —ella chasqueó. El pensamiento de un extraño tocándola, sin rostro, un hombre sin nombre maltratándola en la oscuridad... Lorcan la tranquilizó. Él dijo con demasiada calma: —Cuando estuviste en Morath, alguien… —No —ella sabía lo que él quería decir—. No, eso no llegó tan lejos —pero la memoria de esos hombres tocándola, riéndose de su desnudez… Ella la empujó lejos—. No he estado nunca con un hombre. Nunca he tenido la oportunidad o el interés. Él ladeó su cabeza, su oscuro y sedoso cabello deslizándose por su rostro. —¿Prefieres a las mujeres? Ella pestañeó hacia él. —No, no pienso eso. No sé lo que prefiero. Otra vez, yo nunca… yo nunca he tenido la oportunidad de sentir… eso —deseo, lujuria, ella no lo conocía. Y ella no sabía cómo o por qué ellos se habían enrollado a hablar sobre esto. —¿Por qué? —y con todo del considerable foco de Lorcan apuntado a ella, con el modo que él había mirado hacia su boca pintada de rojo, Elide le quería contar. Sobre la torre, y Vernon, y sus padres. Sobre por qué, si ella nunca sentiría deseo, si eso era el resultado de confiar en alguien mucho más que aquellos horrores desapareciesen, el resultado de saber que ellos podrían luchar con dientes y zarpas para mantener su libertad y nunca la encerrasen o la abandonasen. Elide abrió su boca. Acto seguido el chillido empezó.

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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