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En cuestión de minutos, habían aclarado lo suficiente de un área general, a través del trabajo físico y mágico, para encontrar asientos entre los enormes bloques de piedra, y Aedion comenzó a cocinar: una comida bastante triste de pan duro y criaturas del pantano que Gavriel y Rowan cazaron, considerándolos lo suficientemente seguros para comer. Aelin no miró a su primo, prefiriendo no saber qué demonios estaba a punto de bajar por su garganta. Los demás parecían inclinados a desviar su atención también, y aunque Aedion logró manejar sus escasas especias con sorprendente talento, parte de la carne era… masticable. Babosa. Lysandra había sido cortés, pero en el fondo, rechazó la comida. La noche se estableció, un mar de estrellas parpadeando en existencia. Aelin no podía recordar la última vez que estuvo tan lejos de la civilización, tal vez en el cruce del océano hacia y desde Wendlyn. Aedion, sentado a su lado, pasó el odre donde iba el vino. Ella bebió de allí, contenta por el amargo tobogán que arrastró cualquier sabor persistente de carne. —No me digas nunca qué fue eso —le murmuró Aelin, observando a los demás en silencio terminar su propia comida. Lysandra murmuró en acuerdo. Aedion sonrió un poco perversamente, examinando a los demás también. A pocos metros de distancia, medio en sombras, Manon supervisaba todo. Pero la mirada de Aedion se detuvo en Dorian, y Aelin se preparó. Pero la sonrisa de su primo se volvió más suave. —Él todavía come como una señorita fina. Dorian levantó la cabeza bruscamente, pero Aelin se echó a reír. Hace diez años, se habían sentado en torno a una mesa juntos y le había dicho al príncipe Havilliard lo que pensaba de sus modales en la mesa. Dorian parpadeó cuando el recuerdo sin duda resurgió, incluso cuando los otros se miraron entre ellos. El rey hizo una reverencia magnánima. —Yo lo tomaré como un cumplido —de hecho, sus manos estaban en su mayoría limpias, su ropa ahora seca, inmaculada. Sus propias manos… Aelin se metió en el bolsillo el pañuelo. La cosa estaba tan sucia como el resto de ella, pero… era mejor usar sus pantalones. Sacó el Ojo de Elena desde donde estaba normalmente envuelto en su interior, poniéndolo sobre su rodilla mientras limpiaba los restos de especias y grasa en sus dedos, luego ofreciéndole el pedazo de seda a Lysandra. Aelin pasó los dedos casualmente sobre el metal doblado del Ojo mientras la cambia pieles limpiaba sus manos, la piedra azul en su núcleo parpadeando con el fuego cobalto. —Por lo que recuerdo —continuó Dorian con una sonrisa astuta—, ustedes dos–

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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