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Pero lo que le faltaba de encanto lo compensaba con su sin camisa, aceitado cuerpo. Y dioses sagrados… Lorcan hacía que los hombres jóvenes que la visitaron en su tienda lucieran como… niños. Él balanceó y arrojó sus armas como si fueran nada, y ella tenía el sentimiento de que el guerrero estaba simplemente yendo hacia una de sus rutinas de ejercicio diarias. Pero el gentío todavía decía ooh y aah hacia cualquier giro y lanzamiento y cogida, y monedas todavía se deslizaban en la cacerola hacia el borde del escenario. Con las antorchas alrededor suyo, el pelo oscuro de Lorcan parecía engullir la luz, sus ojos ónix sosos y aburridos. Elide se preguntó si él estaba contemplando el asesinato de todos babeando como perros alrededor de un hueso. Ella no podía echarle la culpa. Un goteo de sudor se deslizó a través del fresco salpicando de su cabello negro en su esculpido torso. Elide miró, un poco paralizada, como esta gota de sudor se movía bajo las musculadas marcas de su estómago. Más abajo. No mejor que esas mujeres que se lo comían con los ojos, se dijo a sí misma, antes de regresar a su tienda de campaña cuando Molly la observó desde atrás de ella: —Tu marido podría solamente reacomodarse en el asiento allí, arreglando sus medias, y las mujeres podrían vaciar sus bolsillos por la oportunidad de quedárselo mirando. —Él tiene ese efecto dondequiera que nosotros íbamos con nuestro antiguo carnaval —mintió Elide. Molly chasqueó su lengua. —Eres afortunada —murmuró mientras Lorcan arrojaba su espada más alto en el aire y la gente jadeaba—, que todavía te mire del modo en que lo hace. Elide se preguntó si Lorcan podría mirarla en absoluto si ella le contaba cuál era su nombre, quién era ella, qué soportaba. Él había dormido en el suelo de la tienda de campaña cada noche, tampoco era que ella alguna vez le hubiese importado el ofrecerle pasar. Él usualmente aparecía después de que hubiese caído dormida, y se iba antes de que despertara. Para hacer esto, no tenía ni idea de cómo lo había hecho, quizás ejercicio, hasta que ese cuerpo fuera… como ése. Lorcan arrojaba tres cuchillos al aire, inclinándose sin una pizca de humildad o diversión hacia el gentío. Ellos jadearon otra vez mientras las cuchillas apuntaban a una expuesta columna vertebral. Pero en una fácil, bonita maniobra, Lorcan rodó, cogiendo cada cuchilla una después de otra. La multitud lo vitoreó, y Lorcan con soltura miró hacia su cazo de monedas. Más de cobre, y algunas de plata, se derramaron, como el tamborileo de la lluvia. Molly dejó escapar una risa baja. —El deseo y el miedo pueden aflojar cualquier cartera de cuerdas —una mirada afilada—. ¿No tendrías que estar en tu tienda de campaña? A Elide no le importaba responder cuando se marchó, y podría haber maldecido cuando sintió una

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IMPERIO DE LAS SOMBRAS 2  

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