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“Historia de un Amor o El Principio del Sufrimiento” Gran poema en prosa

Christopher Jordi Lara


jordilara@hotmail.es


Escribo estas líneas con tinta de sangre, con lágrimas en mis ojos y dolor en el corazón; reclamando “por qués” y pidiendo justicia, hermosa utopía. Terminado el 30 de Junio de 2004


Llegué, llegué como llega un petirrojo a la sombra de un árbol; sintiendo, no sabiendo que pertenece a ese lugar; guiado por el crujir de las ramas y el tintineo de las hojas que juegan con el viento; oliendo el dulce jardín que poco después fuera a perecer. Llegué y entré, quedé admirado por la elegancia del movimiento, por la belleza tan compleja que tenía el intrincado ritmo del corazón, admirado por la pasión tan sublime que jugaba con los cuerpos, humanos y divinos a la vez; entré no sabiendo, sino sintiendo en mi pecho que yo debía estar ahí. Así fue el despertar de mi apasionado ser, sintiendo al viento soplar como cuando una revelación aparece frente a ti. El recuerdo se hace difícil ahora cuando mil voces suenan al unísono no dejando escuchar lo que mi alma me pide escribir...


Así fue ese día, ese momento; regresé tiempo después a aquel lugar, hecho de madera y reflejos, de duela y espejos; era la primera vez que se me enseñaría a volar. El cuerpo es torpe al comienzo, pero cuando sabes que algo es tuyo, el todo se vuelve sencillo; poco a poco, como trazando una nube con la imaginación, mi cuerpo fue sintiendo lo que podía hacer. Golpeteos como truenos, irrumpiendo toda calma, resonaban en mi mente sin dejarme pensar en algo que no fuera sino en ese momento; me agoté y sudé como cuando haces el amor y lo disfrutas deseando que el tiempo se detenga para vivir eternamente en su mirada..., esa mirada que me veía y yo sin notar su presencia, mirada que me envidiaba porque creía yo quitarle su lugar, mirada que pronto se posaría en la mía quitándome el aliento para detenerme a contemplar su belleza.


Así pasó el tiempo, perfeccionando mi arte, consagrándome a la pasión, lanzando palmas y jaleos y envolviéndome en la perfección de esa música tan mágica, sensual y con cierto misterio que la cubre como la capa al torero. Días de agotamiento, llorando diamantes que hacían valer al sufrimiento, brillando como mi rostro frente a la luz al abrirse el telón lentamente, lento como debía mantener la sangre en mi cuerpo antes de hervir. Sangre, motor de ese coraje al dar el primer desplante, seco y certero como un disparo al corazón, hiriendo a la tierra para despertarle y hacerle voltear a ver lo mismo que hace que ella gire, una energía oculta dadora de vida al movimiento universal, resumido aquí por un simple paso; un paso que espera el siguiente al escuchar el rasgueo de las fibras más sensibles del ser, iniciando así una obra de arte que vive solo en ese espacio y en ese tiempo.


Mi primer paso he dado, como si fuera la primera palabra antes de hablar, antes de recitar un poema o antes de decir “te amo”; el primer paso he dado, precursor de esa complejidad propia de la perfección, propia de la belleza. Mi primer paso he dado y he de guardarlo tan celosamente para hacer notar a todos los ojos su gran valor. El cansancio y la dedicación se han convertido ahora en lo que para toda mi vida ha de ser alimento de mi alma: el murmullo de las palmas al unirse, el aplauso. Alimento que va a reclamar mi antedicha alma por siempre. Al cerrarse el telón ya no era quien fui, no sé en que me convertí pero ahora el amor controlaría mi vida. Un amor, como antes he dicho, que se sabe de su existencia pero nadie podrá hacerlo suyo, solo mis oídos se hicieron para escuchar su respiración, y solo mi corazón se hizo para entenderlo.


Se sentía el viento al girar, cortándolo con mis manos al mismo tiempo que me sostenía de él, para volar. Volar por las más altas y oscuras esferas de la razón, del pensamiento. Lugar que muy pocos conocen y hacen de él su mundo, un mundo al que puedes controlar, donde magia luminiscente resplandece por doquier, un onírico estadio inmerso en la realidad, en donde el tiempo no existe haciendo parecer eterno cada momento, cada suspiro, cada mirada y cada paso. Me volví viajero entre mis sueños, un idealista y un soñador; observando el brillo de cada hoja contra el sol y sintiendo el placer producido por el etéreo elemento que mueve a cada efímera montaña. Nada me importaba al derredor, aprendí a vivir de sueños y esperanzas para poder seguir en ese mundo. De pronto, en aquella dimensión el tiempo aceleró sin poderlo detener; sin embargo se detuvo, hubo una calma inquietante,


y en medio de la calma, apareció... primero vi sus ojos y quedé prendido como de un cristal contra el fuego ardiente que miré dentro de ellos, salí de esa ilusión gracias a un parpadeo y volví a respirar, me había quitado el aliento y no lo sabía, pude haber desfallecido en medio de la nada y perderme en el olvido, pero gracias a un parpadeo volví a respirar; de repente, una sonrisa llamó mi atención, encerrándola en la curva que delineaba sus labios, tiernos y suaves como el terciopelo del crepúsculo de la tarde, esa sonrisa que viajó a mi corazón clavándose por siempre; no sonó ni una palabra, no se oía a ninguna ave cantar, no sentía el cálido abrazo entre las dos almas en medio de esos dos cuerpos firmes y estáticos como dos estatuas de piedra a las que el tiempo no las toca pasando sobre ellas. No sonó ni una palabra, no se oía a ninguna ave cantar; solo se escuchaba el hablar de los latidos, cálidos y profundos, muy dentro de mí.


Giré mi cabeza y rompí con ese puente creado entre los dos por ese instante, pero no se derrumbó. Se perdió su cara entre la gente, su mirada se unió al brillo del sol y su sonrisa se dispersó por el viento. Yo seguía en aquel lugar, probablemente entre el cielo y la tierra, y ciertamente más cerca de uno que de otro. Varado como un barco en el mar sin olas, quieto y tranquilo como esperando alguna corriente que lo sacase de ahí; pero no había nada, quieto y tranquilo permanecí observando el rápido movimiento de mi exterior. Muy lentamente recobré el poder sobre las extremidades haciendo que me sacaran de ahí. Ya no vería las cosas con el mismo color, salió mi esencia de su caja de cristal, la que estaba guardada en la oscuridad del profundo abismo, salió y elevó mi alma hacia los brazos del Amor. Me sentí muy cómodo en aquel regazo y él me acogía con ternura, como sin yo fuera su único hijo, dándome protección y un hogar donde regresar a cada día siguiente.


Pero al aceptar al Amor no sabes lo que eso supone, aceptar todo lo que concierne al amor, dicho por el Profeta bastante tiempo atrás. Pero no me importaba eso ahora, lo hermoso saltaba detrás de los arbustos y el sol hacía brillar mi cara. Solo veía amor. No tardó en regresar aquel que robó mi mirada, que me quitó el aliento y me despojó del corazón, haciéndome sangrar sin vaciar mis venas, sin dejarme morir; me tenía entre la vida y la muerte donde solo su mano me sostenía. Mano que poco después me saludara, me tocara, me acariciara..., recuerdo con suspiro. No tardó en regresar aquel hermoso doncel y no tardó en cruzar palabra conmigo, palabra que deforma al sonido pero que deja ver adentro del otro; salió un banal comentario y respondí otro igual, solo por el simple y curioso placer que produce el cruzar palabra, palabra no con fondo y sí con forma, forma redonda y pausada, propia de quien le habla a la noche; discreta y concisa, así sea solo para


saludar; me saludó y respondí, me miró y le miré, extendió su brazo y yo el mío, me tocó y lo sentí; quería fuese para siempre aquella sensación sentida por mi piel, no quise soltar su mano para tratar de acercarme un poco más y así poder descubrir el misterio de sus ojos, no quise soltar su mano porque me sentía seguro al sostenerme, no quise soltar su mano para no dejarle ir y quedarme solo para no saber de aquel amor. Pero tuve que hacerlo, tuve que soltar su mano y mantenerme en mi lugar sin dejarme caer. No recuerdo lo que de sus labios salió, pero revivo el como lo dijo; con un aire de poeta en su palabra aún diciendo la más sencilla expresión. La conexión con lo real se escondió de algún modo puesto que al siguiente minuto llegábamos a aquel lugar, lugar en donde notó mi existencia por primera vez.


Entramos dirigiéndonos a un pequeño cuarto del que salías convertido en otra persona, como en una mascarada en donde tú decides quien ser, pero al mismo momento sale a flote tu desnudez. Desnudez que deja al descubierto la realidad de ti. Salimos de ahí pisando la suave duela de ricas maderas sonoras y a cada centímetro como a cada segundo nuestras miradas se buscaban para estar seguras de que el otro estuviese ahí. Ocupamos lugares cercanos, no tan lejos como para sentirse distantes y no tan cerca como para no resistirme a caer en sus brazos. Empezó la clase y nuestras miradas junto con las sonrisas seguían haciendo lo suyo, buscándose, encontrándose, sonriéndose y deseándose. Inmersos en esa atmósfera de sensualidad y pasión, de placer y seducción, se fue creando una historia, y esto es el principio del principio del fin.


Así fue como ambos nos tomamos de las manos de Anteros, uno a cada lado y caminando al mismo paso y por un mismo sendero; llegando poco a poco hacia la libertad del alma humana, hacia el despertar de la conciencia divina, hacia el esclarecimiento del enigma amoroso, hacia la profundidad tanto del cielo como del mar. Fue en la tarde del primero de los días de aquella felicidad, el primer día de Marzo, el primero de treinta y un días más tres hasta llegar a mi muerte. Fue en la tarde, aquella que en su cielo mezclaba tintes cobalto y violeta, aquella que en su cielo ya divisaba a Venus, mi fiel astro que acompaña cada sueño en el que de noche me encuentro; aquella en la que las estrellas enmarcaban nuestras frentes y aquella tarde que se perdió entre niebla no permitiéndome ver el camino para poder regresar a ella.


Fue en la tarde, dueña de mis deseos, dueña de mis dolores; por aquella tarde lloro cada cierto tiempo y en mi habitación se respira el perfume de las sábanas mezclado con la pútrida y nostálgica melancolía; y antes de dormir, lloro; antes de viajar hacia mi única libertad conocida en el presente. Fue en la tarde llegando al teatro, un lugar tan oscuro como la mente y con la posibilidad de imaginar cualquier cosa. Con un eco tan penetrante y efusivo que cualquier murmullo parecía gritar interminablemente hasta que se perdiese o hasta que otro ocupara su lugar en el espacio, espacio semejante al universo que no sabes donde comienza y donde termina, un lugar eterno.


Llegué y en medio de la escena me planté, esperé a que el silencio me dijera que esperar, y de pronto, de la nada, empecé a cantar, sin música, solo con los primitivos sonidos que de los tacones salían; empecé a dialogar con la oscura y silenciosa sala y paré; paré de zapatear puesto que la charla se vio ensuciada por algunas bocas insolentes. Salí del escenario y me dirigí hacia donde te reflejas en las paredes, y ahí, me estaba esperando. Sentado y paciente, como si me estuviera esperando desde siempre, y yo, un ciego, nunca lo había visto; pero ahora estaba frente a mí y no podía ver otra cosa, solo su expresión; esa expresión de la que se enamoraron mis sentidos. Se paró y me dijo con voz clara y un tanto temerosa: “Permíteme entrar a tu vida”.


Quedé pasmado y sorprendido, era lo que siempre había deseado y ahora sería verdad, verdad que me haría existir solo para ella y solo para el amor. Quedé pasmado y mi cuerpo temblaba, quería hablar y mi boca no atendía mis órdenes. Estaba pasmado y un suspiro hizo que saliera una palabra, una pequeña y simple palabra que te abre las puertas del cielo como las del infierno, palabra tan pequeña que sale en una sola exhalación: Sí...!, salió de mi esperanzado cuerpo; no pensaba, solo sentía; y el instinto habló por mí. Congelé implacablemente aquel instante en esta fina memoria que me ruega escribirlo porque tal vez sea demasiado para ella, tal vez sea muy duro de cargar. El peso de los recuerdos crece a cada movimiento de esa incesante aguja que se clava en los oídos, gritándonos para poder escuchar que estamos condenados, todos somos unos condenados


porque al aceptar la vida ya aceptamos a la muerte, al igual que al aceptar al amor, ya aceptamos al sufrimiento; no hay vuelta atrás, ya he escrito tu destino. Dije: Sí...!, y con esa palabra ahora había aceptado ambas partes del destino de todo ser humano. Acepté sin mirar atrás, así como se debe aceptar lo que se desea con el corazón. De pronto la habitación se lleno de luz cegando a mis ojos, solo sentí unos brazos tocando mi cintura con cálida expresión, con delicadeza y ternura; crucé los míos para tocar sus manos, tomándolas suavemente les dije que siguieran avanzando hasta que me rodearan por completo, y así lo hicieron; extraña es la sensación cuando ningún cuerpo ajeno se había acercado tanto al mío, y mucho menos para expresar el deseo de amarme por medio de un abrazo. Tenía dos de mis más grandes sueños en ese instante, uno detrás y el otro de frente, uno era el Amor y el otro la Libertad.


Como si fuéramos uno mismo, entramos al oscuro proscenio, una estancia más negra que cualquier noche en donde no haya luna. Tan oscura, tan solitaria y tan distante del espacio en donde juegan todos los colores del mundo. Tan oscura, tan fría y tan densa que no me permitía ver su cara, necesitaba verla puesto que nos soltamos al entrar, necesitaba verla para sentirme protegido en ese lugar. Pero al siguiente segundo ya no necesité verla, porque sabía que estaba ahí; noté su presencia por las delicadas caricias que regalaban sus manos a las mías. Supo encontrarme en medio de la nada, no sé como, pero lo hizo; tal vez mi corazón guió su paso así como el silencio guiaría los míos hacia la mitad de las oscuridad, caminando sigilosamente, casi sin tocar el suelo, tan suave como el terciopelo rojo del que estaba hecho el telón por el que tenía que pasar detrás y ocupar mi lugar en ese espacio, colocando muy despacio cada parte de mi cuerpo donde debía ir y esperar el momento único, no antes no después,


ese momento en que la música, el movimiento y mi pasión concertan por igual para hacer de la danza un arte. Arte casi efímero que vive en el tiempo y respira en el espacio. Y mientras ese arte existía, divisaba el brillo del cristal que colgaba de su pecho y noté sus guiños y reflejos destinados a mi rosa, rosa que marcaba el lugar de mi corazón, rosa maldita símbolo de amor, rosa y espinas como el dulce dolor, rosa carmín... tal vez como la pasión, sentir que no quiero gastar con mi palabra como lo han hecho con el amor los miles de poetas a través del espiral. Rosa carmín como el carmín de mi camisa, no marrón, no verde, no violeta; carmín como la exquisita sangre. Sangre que camina al ritmo del tiempo hasta detenerse un día, un día ignoto, un instante impredecible que pronto o tarde llegaremos a él, nos espera tan calmado como nuestras almas deberían estar ante su real presencia. Presencia de tu mirada, de tu caricia, de tu aroma..., presencia de ti en mi memoria.


Memoria de la humanidad en la que mi palabra exige vivir, ya que ella es verdadera, ya que ella es universal, ya que ella trasciende la realidad. Deseo nunca muera porque de ella depende ahora mi libertad, de pensamiento, de obra y de poder de nuevo amar. Amar como amĂŠ aquella vez, amar como hace un aĂąo pudo ser, amar como espero todos deban saber.


Una alianza aparece en este camino, visión dorada procedente de la anterior, reluciente como el oro que me unió a su carne, con el conocimiento de pertenencia mutua, conservando la propia independencia en el mundo material, y siendo una sola conciencia en el espiritual. Conciencia que sirve para ella misma y vive de ella misma, se alimenta de su propia materia y respira de su propia esencia. Esta conciencia única se crea de dos personas que viven la una para la otra. Eso fuimos para jamás dejar de ser, o al menos eso creía, o al menos eso fue. Letras, palabras y cartas tapizarían ahora el hogar; así como hay una estrella por cada alma, hubo casi una carta por cada día durante ese tiempo infinito, cartas de amor de la mano del uno a la vista del otro y con su respectiva reciprocidad, cartas de promesas concernientes a vivir eternamente, cartas de verdad como el sentimiento dado; no eran cartas de dolor como las que escribo hoy, tampoco de rencor como las que nunca entregué; cartas que no reclamaban nada pues


ya lo tenían, cartas de divagación por amor y no por locura. Locura de no tenerte aquí para no escribir este poema, poema del recuerdo guardado en la memoria, poema que en el fuego quiere perecer como ya lo han hecho aquellas cartas; olvidadas para siempre aunque se escribieron para no borrarse. - Se lamenta mi cuerpo por no observar y haber guardado celosamente cada carácter de cada palabra, ni siquiera porque salieron de sus labios hacia mi entendimiento. Solamente quedan mis palabras, las que yo le escribí (y seguí escribiendo), en algún lugar las ha de guardar porque sé que todavía las posee, pero creo no las cuida como yo lo haría con las suyas, si aún las tuviera. Cada día era despertar a un sueño, soñando en el siguiente despertar; a mi pobre saber, ese es el ciclo de la felicidad, atreviéndome a enunciar que entonces era feliz. Tal vez alcancé la meta de la búsqueda humana, tal vez por eso debía morir.


Morir para poder renacer y volver a amar. Morir para evitar el sufrimiento. Morir y tener otra oportunidad. O morir para vivir en el infierno. Pero el destino sabrá porque sigo aquí, porque me dejó vivir y porque sigo sufriendo por ya no tocar sus labios como lo hice aquella vez, con miedo, con ternura y con sigilo me acerqué a su cara, todos habían salido para dejarnos solos, y frente a esos grandes espejos mirábamos el reflejo del otro, mientras lentamente iba sosteniendo mi mano, miré al lado contrario del siniestro clavándome en sus ojos, no debí hacer eso pues me atrajo hacia él, y lentamente iba acercándome hasta tocar sus labios con los míos..., con delicadeza..., única como cualquier primera vez... y nos separamos, solo quedaron sonrisas en aquellos rostros. Nunca había besado unos labios como esos, suaves y carnosos con un ligero toque de carmín; nunca había besado unos labios como esos pues apenas acababa de nacer.


Nací para estar con aquel que me haga suspirar, para estar con aquel cuyo nombre salga junto a esos suspiros, para estar con aquel cuya imagen se presente en el vacío, para estar con aquel cuya falta de caricias me haga sollozar, no llorar, sino sollozar; pues ahora veo que sí se agotan las lágrimas; pero..., todavía no digo el porque de ellas, hasta este momento todo está bien, el todo es perfecto, sin embargo el caos retornará al universo. A este universo coronado solo por el Amor. Amor que gobierna el reino de los dos. El corazón nos latía por igual..., marchábamos al mismo paso..., veíamos la misma luz..., nos amábamos por igual. Hecho que creo solo sucede una sola vez en la vida de alguien y debería durar hasta que..., pero que digo!?, si así fue; y si ese suceso es vitalicio, también así fue... Ahora me pregunto que es lo que soy, porque estoy seguro de lo que yo era, cuando besé esos labios por primera vez me di cuenta, era alguien destinado para estar frente a esos labios hasta que el universo muriera, yo no debía morir, yo no debía haber pasado por aquel juicio ante el tribunal del infierno, debía estar con aquella otra alma en algún tipo de paraíso,


terrenal o celestial, paraíso al que casi llegamos sino hubiera sido por la tormenta que paró nuestro carro, ese maldito “casi” que define mi patética existencia; casi llegamos, casi era feliz, casi era libre, casi...


Maldigo a aquellos que nos separaron, maldigo a aquellos que me hicieron romper las cartas y quemarlas en ese fuego de ese infierno, maldigo a los que me hicieron devolver la alianza, maldigo a los que me hicieron sangrar ensuciando toda mi vida, maldigo a los que me encerraron creyendo cambiarían así mi locura sin saber que mi alma seguía libre, maldigo a todos los que me desprecian pues yo los podría despreciar igual, pero esa no es mi naturaleza; maldigo a aquellas voces de falsa comprensión y falso cariño, maldigo a esos mismos que me enterraron vivo muy adentro del corazón de la Tierra, maldigo a esos que creen estoy muerto, y sí, estoy muerto pero con nueva Vida; alimentándome con la sangre de ellos, cobrando venganza sin hacerme feliz, quisiera probaran los horrores sufridos que yo pasé y no sería suficiente para pagar todas las deudas hacia mi funesto ser.


Así sobreviví por aquel juicio, y ahora me siento a escribir el principio del sufrimiento: “Sucedió en aquel día y en aquella tarde, aconteció en aquel lugar y en aquel momento; hubiera preferido que no pasara pero no lo pude evitar, como un rayo que decide caer cobre ti y que tú no puedes aceptar ni rechazar. Ese fue el cuando y el donde, pero el cómo es el que se oculta inmerso en mi mente donde he de buscar, tomarlo de nuevo sin llorar, soportando decisamente su peso sin caer, caer de nuevo en ese oscuro estado no lo soportaría más. Me subí en aquella barca, silenciosa como el agua por donde flotaba; sabía a donde me llevaba y sabía que algo pasaba..., el silencio me dijo ahora que no hablara pues el barquero lo iba a hacer, saliendo de él palabras que resuenan por décadas quedándose en el eco del universo y muy de vez en cuando de topas con ellas, palabras parecidas a navajas, filosas y cortantes que pasan lastimándote. Yo contesté hacia aquellas palabras que me herían sin cesar, me escudé en una inocencia aparente, me escudé en mi verdad.


Verdad que no ha sido aceptada en toda la historia del hombre, porque los hombres no aceptan su propia verdad rechazando al que lo haga, atacando al que lo manifieste, matando al que irrumpa la “verdad” aceptada, criticándola e ignorándola dando lugar a su libertad; esos hombres odian a los otros porque son libres y los encierran en los lugares más oscuros como si estuvieran en cuarentena, como si estuvieran locos, como si fueran a pervertir a las mentes “buenas”. NOSOTROS SOMOS LOS PERVERSOS DE MENTES ERRADAS, DE VIDAS ROBADAS Y ALMAS ALADAS. El barquero me llevó ante aquel tribunal y él mismo me enjuició; situación extraña al parecer, pero el barquero era el sutil disfraz de aquel que prometió comprensión. Ese ser intransigente me condenó, no escuchó lo que de mi boca salía, no atendía razones mandándome a callar, él era quien tenía el control, y yo... lloraba. El castigo sería pena eterna, muerte en vida y llanto infinito.


En aquella corte me hicieron arrojar las cartas al fuego, y con mis propias manos lo hice; traicioné al amor y al que me amaba, pero no tenía otra opción; pude haber escapado, nadar por aquel lago, pero tenía miedo de morir en el intento; sentimiento irónico pues si me quedaba, también moriría; que podía escoger. Eso quería pero tenía las manos atadas por aquella etérea imagen que sería designada para vigilarme hasta el final, aquella que no te deja mover: la maldita Impotencia. Está aquí a mi lado en este momento en el cual escribo. Solo me dejaron escribir, escribir hasta que tal vez sea libre; no podría decir que hasta que muera, porque ya lo estoy; o escribir hasta que el mundo muera, no lo sé. Divago en busca de respuestas y en busca de preguntas para poder responderlas también, como si no tuviera suficiente trabajo en tratar de sobrevivir.” Viento... no me llames a volar que ya no tengo alas...


“Solo me dejaron escribir, escribir estas palabras para que quede testimonio de aquellas estelas de aquellos fugaces instantes de aquella hermosa felicidad de aquel amor que mueve aquel universo... pues ahora estoy lejos de él, del amor y de la felicidad, pues ahora solo puedo dar testimonio de estos eternos momentos de este eterno dolor que invade a este poeta infinito - vanaglorio mi propia imagen pues nadie lo va a hacer, solo yo estoy conmigo, solo yo y aquel ángel que reconforta mi tormento, solo yo y ese ángel que soy yo mismo -, solo me dejaron escribir, pues de todo lo que he hecho, escribir no me ha hecho daño. Así como yo dañé a aquel amor, pues me ordenaron terminar con él, terminar con aquella historia. Fui ante su cara y ante sus ojos, los cuales no pude mirar, y le leí el mandato - si me hubiera dicho que huyera con él, lo habría hecho, pero no fue así - me escuchó con atención y no recuerdo ninguna muestra de dolor en su expresión como yo la tenía, representada por una lágrima; me escuchó y solo me dijo que si eso tenía que hacer, entonces no había opción. Rompió mi corazón


como si fuera un cristal al oír ese alarido, era la primera vez que lo habrían de quebrantar. Se fue de la estancia dejándome solo, no sé si salió para olvidarme o para no verlo lamentar. Se fue de la estancia dejándome solamente con aquello que nos unía, lo tomé y lo dejé frente al espejo; no imagino lo que sintió o pensó al verlo, pero sé que lo tomó pues sigue hoy en su dedo. Después de aquello y después de ocho meses de infierno, en donde dormía de día y lloraba de noche, en donde mi boca callaba y mi alma gritaba, en donde miraba al suelo e imaginaba el cielo, en donde estaba solo y su imagen se presentaba en cualquier rincón oscuro, incluso dentro de mi oscura mente veía su cara; después de todo eso, estoy aquí, siendo otro que no es quien fue, estando con alguien que desconozco, viviendo con él, durmiendo con él; ya no soporto su voz que me habla día a día, no sé quien sea pues solo es una cárcel para mí; de vez en cuando me deja ver hacia el exterior, a veces me deja soltar una lágrima, a veces permite que escriba sobre el pasado para atormentarme más de lo que él me tiene.


¡Quiero mi cuerpo, quiero mi vida...!, ¡quiero arrancarme la piel y salir en busca del amor, quiero morir para ser libre...!; ya quiero terminar de escribir este sufrimiento. Eso era lo que gritaba en aquella vida silenciada, y hoy día es lo que anhelo. Me levanté como pude regresando a esos lugares donde se llevó a cabo la historia, recordando al pisar en ellos, buscando su presencia en cada cosa, pero no estaba. Regresé al primer lugar donde empecé este poema, y tampoco estaba. Así volví cada día hasta ver en mi cara su figura... Llegó..., lo he visto; se que me busca pues yo lo busco también. Me ve..., lo veo yo...; se acerca y me pone en el rostro una flor, saca un papel color carmín y comienza a recitar lo que tenía escrito. Sonrío llorando..., limpia mis lágrimas..., me abraza..., me besa..., se va... Ahí quedé, guardando la flor en la carne de un poeta.


Ahí quedé, volviendo a sufrir; escribiendo día a día lo que mi sentir asomaba. Texto infinito como el filo de la daga. Sé que terminaré pronto, pues sé que emprenderé un largo viaje hacia el incierto; tengo la certeza de que seré libre, feliz y amado; no es la esperanza la que incita estos versos, pues ella ya murió. Después de algún otro tiempo volvió su recuerdo a mi presente y se materializó frente a mis ojos, yo quería un abrazo para que me llevara de aquí, pero recibí un seco y estéril saludo; me hizo sentir y pensar que todo fue un sueño que solo yo tuve; le entregué el producto de mi dolor y pena de cinco años en sus frías y distantes manos que una vez acariciaron mi cara mientras decía: “te amo”..., le di aquel mapa con un camino dibujado en sangre y aún así no volvió; no ha llamado. Entonces supe que ya se había ido y yo quedé esperando a la nada, pues él ya no venía; y aquí estoy sentado esperando el momento de levantarme con ayuda del coraje atrapado en mis músculos, de


levantarme y salir, de levantarme y dirigirme a cualquier lado, sin rumbo fijo..., pero no puedo.”

¡¡MALDITO MIEDO QUE ME DETIENES, TE PIDO TE VAYAS PUES OBSTRUYES LA PUERTA, VETE PARA YO PODERME IR!!

Me doy cuenta que este poema no acabará sino hasta que me levante y ya no piense en él.

Muy pronto será...


Autor:

Christopher-JordiLara

Pรกgina personal: http://christopherjordi.bubok.com Pรกgina del libro:

http://www.bubok.com/libros/173125/Historia-de-un-Amor-o-El-Principio-de


Historia de un Amor o El Principio del Sufrimiento  

No tardó en regresar aquel que robó mi mirada, que me quitó el aliento y me despojó del corazón, haciéndome sangrar sin vaciar mis venas, si...

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